Jorge Ávalos: “La esquina” (cuento)

En toda vida hay un punto de encuentro y desencuentro entre el ser que fuimos y el que seremos, o algo así nos dice este cuento humorístico de un destacado narrador salvadoreño.

Jorge Ávalos
La Zebra | #18 | Junio 1, 2017

El peligro no tiene hogar. Ciertas calles, en ciertos lugares de la ciudad y a ciertas horas, lo demuestran. Lucrecia se paró en la esquina con cierta aprehensión. Estaba sobre la avenida Roosevelt, a dos cuadras de El Salvador del Mundo, una plaza llena de luces y movimiento hasta muy tarde en la noche. Nunca supuso que se podría sentir insegura afuera del edificio administrativo de la universidad. Comprendió que había cometido un error al pedir que la buscaran justo en esta esquina y no en los alrededores de la plaza. En realidad, había cometido dos errores, porque tampoco había solicitado un carro a una agencia de taxis, que la habría atendido de inmediato. Prefirió, en cambio, usar el servicio que le proporcionaba su vecino, un ex sargento, ya retirado, que tenía un viejo Toyota rojo “bordó” que cuidaba con un cariño casi paternal; él hablaba mucho mientras conducía, pero era un “hermano”, alguien a quien conocía desde hacía muchos años en la iglesia pentecostal a la que asistía.

El sol se ocultó diez minutos antes de la seis de la tarde. Ella decidió ser paciente. Se apartó los mechones de la cara y se limpió la nariz con su pañuelo.

“Jesús me protege y me llevará a mi destino”, pensó.

Media hora después, la oscuridad se hizo muy densa y los faroles de la calle no se encendieron. Miró al cielo. Era la primera noche de luna nueva del año. Una noche sin luna, en apariencia. Tampoco ayudaba que negros nubarrones encubrieran las estrellas. Oyó pasos. Miró a su alrededor. A dos cuadras de distancia, un trío de mujeres se acercaba. Por sus atuendos —zapatos de plataforma, minifaldas y medias caladas— comprendió que eran prostitutas. Miró al suelo. Por alguna razón, desde que era una niña, había creído que mirar al suelo era una forma de hacerse invisible. En cierto sentido, era cierto. Pero no porque apartara la vista, sino porque su pasividad la hacía pasar desapercibida. Había llegado a los treinta y seis años sin haber tenido un solo pretendiente. En su adolescencia, en algún momento, aceptó su dificultad para hacer amigos: era una niña simple. Cada persona tiene su naturaleza. En su caso, era mejor asumir la sencillez de su personalidad y sacarle ventaja. Despojada de la inseguridad social de la típica adolescente, vertió su atención en los estudios y en la iglesia.

Lucrecia fue una buena estudiante, pero no destacó. No era original, le faltaba la chispa, la imaginación que necesitaba para triunfar en su rama elegida de estudios: las Comunicaciones. No fue ella quien llegó a esa conclusión, sino la profesora que supervisó su tesis. No se lo dijo por crueldad, sino por compasión: le quedaba el camino de la docencia. Lucrecia era inteligente, metódica y generosa con el tiempo que le dedicaba al estudio. Al fin, aceptó el desafío y comenzó a enseñar, primero como asistente, luego como profesora. En el proceso se encontró a sí misma: tenía talento para la investigación y el análisis. Ahora, al fin, después de una década, acababa de ser elegida por una universidad para dirigir un nuevo departamento de comunicaciones. Estaba tan feliz por la cita de hoy, en la que firmó el contrato, que se arregló el pelo y se dejó maquillar en un salón de belleza.

—¿Y vos, mujerzuela? —dijo una voz muy ronca y afectada—. ¿Quién te ha dicho que te podés parar en esta esquina? ¡Esta es nuestra esquina!

Lucrecia levantó los ojos. Estaba rodeada por las tres prostitutas. Eran muy altas y robustas. Una de ellas se colocó un cigarro entre los labios y encendió una cerilla. A la luz de la llama, la vio con claridad. Era un hombre vestido de mujer. Vio a los demás, y comprendió que también los otros eran hombres.

—No soy…

—¿No? Pues se te nota a la legua que estás aquí buscando macho.

—¡No! —musitó Lucrecia—. Soy profesora.

—¿Profesora de qué?

—¿Del culo y la mamada?

—¡Puta!

—¡No soy una puta! —gritó Lucrecia— ¡Soy Licenciada en Comunicaciones!

Las tres travestis estallaron en risas.

—Ay, chicas, esta mujer nos va a dar una clase de expresión oral.

—A ver, ¿cómo te llamás?

—Lucrecia.

—¡Lucrecia! Qué seudónimo más garrón escogiste, niña —dijo una de las travestis y, tras un rápido movimiento del brazo y un chasquido de los dedos, se presentó—. Yo soy Keiry.

La segunda hizo otro gesto y otro chasquido.

—Y yo, Yajaira.

La tercera, además del gesto y el chasquido, adoptó una pose imperiosa y se colocó las manos sobre sus enormes pechos.

—Fabiola.

—Somos tres mujeres que nos ganamos la vida a taconazos…

—Así que no vamos a tolerar, te lo advertimos…

—¡Que nos usurpen la esquina!

Lucrecia comenzó a temblar. En ese momento escuchó un súbito rechinar de llantas al frenar. Entre las sombras, un viejo Toyota rojo bordó se detuvo frente a la esquina.

—¡Ese es el hombre que me busca! —gritó Lucrecia—. ¡Y es un hombre de verdad!

Despavorida, saltó la cuneta, abrió la puerta del carro y entró tan rápido como pudo. El vehículo arrancó de inmediato y las tres travestis se despidieron con dramáticas poses, no con insultos: nalgas paradas, uñas en garra, mentones al cielo. Lucrecia se llevó las manos a la cara y sollozó desconsolada hasta que la mano del hombre se posó sobre su muslo.

—¿Motel La Pradera? —preguntó él.

Lucrecia giró la cabeza. El hombre que conducía no era el “hermano” que esperaba. Era un desconocido, un hombre guapo, elegante y perfumado que le sonreía y le acariciaba el muslo. Entonces comprendió: un destino le había sido revelado. Ella decidió ser valiente. Se apartó los mechones de la cara y se limpió la nariz con su pañuelo.

—El Motel La Pradera está bien —dijo Lucrecia.

Un rayo desgarró el cielo oscuro, una fina lluvia comenzó a caer y un viejo Toyota rojo bordó aceleró su marcha. Y sucedió así, porque incluso en los corazones más solitarios el amor nunca deja de buscarse un hogar.

 


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JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel(2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014. Sitio oficial: Imaginador: jorgeavalos.com

Fotografía de una “Una mujer pintada” por Jorge Ávalos.