Jorge Ávalos: “Santuario” (crónica)

El retrato de una activista salvadoreña, que trabajó a favor de los derechos de los migrantes indocumentados, en la zona fronteriza de los Estados Unidos con México.

Jorge Ávalos
Ilustración de Catalina del Cid
La Zebra | #25 | Enero 1, 2018

Un esfuerzo de síntesis narrativa y de concentración en el drama particular de una niña parecen ubicarnos ante una ficción. En realidad, cada sorprendente detalle de esta crónica es real. Es el retrato honesto de una de las protagonistas salvadoreñas del primer caso judicial de los Estados Unidos contra el movimiento “santuario”, liderado por religiosos que buscaban dar protección a perseguidos políticos de Centroamérica durante la década de 1980, y que inició con el arrestro de un periodista, una monja y una defensora laica de inmigrantes que acompañaban a dos salvadoreños indocumentados en Texas (“Reporter is arrested with five in Texas in aiding of aliens”, New York Times, February 19, 1984). Este caso fue, en realidad, el inicio de una política de prosecución e intimidación legal contra el movimiento “santuario”. Los nombres han sido cambiados para proteger a los inocentes.

1

Corría hacia nosotros. Era una niña, de nueve o diez años. Creímos que pedía nuestra ayuda cuando vimos sus manos, sucias de tierra y sangre. Salimos del carro y partimos a su encuentro. Entonces nos vio. Se detuvo y dudó. Dejamos de correr y la llamamos. No sé si nos escuchaba. Oía nuestro español como si escuchase una lengua extraña.

—Mirá sus piernas —dijo la mujer a mi lado.

La niña notó mis ojos, la mirada que la escudriñó con descaro, y entonces giró y corrió hacia el desierto.

—¡Mierda!

Yo corrí tras ella, y me adentré en la planicie roja y vasta. Sus pasos breves y rápidos levantaron un remolino tras ella: era el polvo seco, fino y asfixiante, de la orilla del desierto. Segundos antes pensé que no había manera de perderla de vista en aquella explanada, y sin embargo la perdí de vista cuando me rodeó la estela de polvo que dejaba la niña al correr y que se extendía y se ceñía en torno a mí en densas espirales. Comencé a toser. Tenía el polvo, agudo y letal, en la lengua y el paladar, y de pronto me encontré ofuscado y ciego. Intenté limpiarme con las manos y no hice nada más que restregarme el polvo en los ojos. Cuando me detuve escuché el motor del carro, muy cerca de mí. Sentí el golpe del espejo retrovisor y caí de rodillas. La polvareda me cubrió por completo y apreté los ojos. El carro se detuvo con un rudo frenazo. Cuando abrí los ojos, entre lágrimas, la vi. Emergía de una nube roja que se partía en dos, pero esta vez ella corría hacia mí. La atrapé con mis brazos al mismo tiempo que me levantaba del suelo. Ella se agitó con fuertes espasmos, pero estaba confundida y agobiada por el polvo.

—¡La tengo! —grité—. ¡La tengo!

La sujetaba con un fuerte abrazo, pero la niña logró liberarse con un rudo empellón y ambos caímos al suelo. La retuve por los hombros y comenzó a golpearme al mismo tiempo que lanzaba largas zancadas. Me sorprendió que sus piernas fueran tan fuertes y me sorprendió que sus golpes fueran sólidos puñetazos.

Escuché la puerta del carro, al abrirse y al cerrarse. Y luego, de la nada, la escuché a ella decir su nombre:

—Soy María… —dijo—. María —repitió, y tomó a la niña en sus brazos.

Me puse de pie. Me limpié las lágrimas de los ojos.

—¡Es más fuerte que una mula! —grité, y me arrepentí de inmediato de lo que había dicho.

María la arrullaba y la mecía en sus brazos mientras le lavaba el rostro con agua que vertía de una botella de plástico.

—Todo acabó, mi amor —dijo—. Él no vendrá más. Nunca más…

La niña comenzó a toser. Escupió barro. Abrió los ojos y miró al cielo. No me miró ni a mí ni a María. Miró al cielo, como una ciega cuando despierta.

2

En Harlingen, Texas, todas las mujeres que conozco se llaman María. Mi amiga, la que estuvo a punto de atropellarme en medio del desierto hace unos instantes, se llamó alguna vez Magdalena; y en algún lugar de su casa, en una caja de metal oculta en su ropero, hay una partida de nacimiento que lo comprueba, pero nadie en esta ciudad la ha llamado así jamás. Y no conozco a nadie —de entre los políticos, los oficiales de migración, los policías o los criminales locales— que se atrevería a poner su nombre en duda. Ella es María, a secas. Diez años atrás, en 1984, había sido capturada por agentes de migración de los Estados Unidos mientras cruzaba el mismo tramo del desierto donde encontramos a la niña, pero quienes la conducían a este lado de la frontera no eran simples coyotes, traficantes de mercadería humana del bajo mundo mexicano. Eran monjas de nacionalidad americana. Tres religiosas vestidas con sotanas blancas y sandalias de cuero, y que blandían rosarios en los puños cuando fueron arrestadas. Arriesgaron su derecho a la libertad para darle refugio a una mujer perseguida en El Salvador cuando esa pequeña nación estaba en plena guerra. Fue una historia compleja y dramática, y generó reportajes nacionales y un libro que narra esa historia memorable. La captura de María desencadenó un movimiento de temas que nadie, en la zona fronteriza, quería discutir: una oleada migratoria suscitada por una guerra civil en una nación bajo la influencia o el control de los Estados Unidos; una religiosa laica perseguida por sus ideas; una política nacional de migración expuesta por su hipocresía; una historia de solidaridad religiosa y un acto colectivo de desobediencia civil que ninguna autoridad esperaba ver repetirse. Nadie quería revivir los pormenores de la batalla por otorgarle santuario a una mujer llamada María. Nadie quería tocar estos temas otra vez porque nadie se atrevía a afrontar a esta mujer que se hacía llamar María. Y por esa razón la visitaba yo ahora, diez años después de su peligrosa saga por la frontera: para contar la historia de cómo una mujer perseguida en su propio país se había convertido en la más eficaz defensora de los inmigrantes ilegales. Ella pudo haber seguido su camino hacia el norte. Había mejores oportunidades de trabajo en Houston, tenía familia en Nueva York, y sus viejos compañeros de trabajo religioso en El Salvador la invitaban a Canadá, donde le ofrecían asilo político, pero ella decidió quedarse aquí, en el lado de la frontera donde su vida había cambiado. Se casó con un joven deslumbrado por su celebridad cuando el juicio contra ella aún no había comenzado. Con él, tenía una hija de nueve años, y aún era admirada por su coraje y por su belleza agreste, con su rostro punteado por pequeñas pecas sobre la nariz y los pómulos, con su pelo castaño de tensos rizos, y por la mirada sagaz de sus ojos verdes.

—No entiendo por qué te capturaron —le dije al conocerla—. Con esa cara, pasás por gringa.

—Las gringas no huyen de la migra —dijo. Al reír se le notaba la falta de un premolar. Pensé que en ese detalle estaba la clave de lo que la hacía tan atractiva: no tenía conciencia de su belleza. No le importaba cómo era vista, y un detalle como ese, una brecha en su sonrisa, la tenía sin cuidado.

Es una mujer libre, pensé.

Esa tarde, María manejaba el carro y, desde el volante, me describía la ruta que las monjas habían tomado por el desierto diez años antes cuando vimos la pequeña espiral de polvo que se movía hacia nosotros. Imaginé que al fin podría fotografiar al mítico correcaminos, el pájaro más veloz y más huidizo del mundo, y saqué mi cámara. Me tomó unos instantes reconocer lo que veía. Ajusté el enfoque del lente varias veces. Hasta que la distinguí. Su piel oscura brillaba bajo el sol. El pelo negro y corto se movía en un vaivén circular sobre su cabeza, formando un halo negro. Su vestido rojo estaba rasgado y un largo retazo triangular ondeaba como una banderilla desde su hombro derecho.

—¡Es una niña!

María se inclinó sobre mi lado para mirar a través de la ventana. Sentí su boca a unos centímetros de la mía.

—Mirá sus manos —dijo.

No respondí de inmediato. Veía el perfil de María, y sentía su aliento. Cuando ella notó mi distracción asió mi quijada y me hizo voltear el rostro.

—¿Sangre? —pregunté.

La niña corría, veloz.

—Las manos —dije—. Tiene sangre en las manos.

Bajamos del carro y corrimos en dirección al desierto hasta que la niña nos vio y se detuvo.

—Mirá sus piernas —dijo María.

Hurgué con la mirada las piernas de la niña. Sus muslos estaban manchados de sangre.

3

Una hora después aún no sabíamos nada. María decidió abandonar aquel tramo del desierto al norte de Brownsville y regresar a Harlingen. Entramos a la sala de urgencias del hospital público. Yo llevaba a la niña en brazos. Ella estaba consciente, pero todavía tenía la mirada fija en el cielo.

—¿María? —la pregunta llegó como una afirmación.

Era la voz de la jefe de residentes en la sala de urgencias, y era la imagen exacta de lo que yo habría esperado de una doctora en un drama de televisión: el pelo platinado por las canas sujeto en un moño, anteojos de lentes circulares, la bata blanca, el estetoscopio colgando del cuello, y una expresión fija que combinaba empatía y preocupación.

Tres enfermeras rodearon a María, quien siguió caminando hasta el fondo de la clínica. Nadie la detuvo. La doctora caminó a su lado.

—La encontramos así —dijo María, se dio vuelta y levantó el vestido de la niña. Cuando la doctora y las enfermeras vieron la sangre seca en los muslos reaccionaron como si hubiesen ensayado este momento innumerables veces. Sin decir una palabra tomaron a la niña de mis brazos y la colocaron sobre una cama. Una enfermera colgó una bolsa de suero y buscó en el brazo de la niña una vena para inyectarlo. Otra enfermera rompió el vestido de la niña mientras una más la cubría con una bata de hospital. La doctora se dirigió hacia mí y noté los ojos azules detrás de los espejuelos. Era dueña de una mirada tan inescrutable como impasible.

—¿Podrías esperar afuera? —preguntó.

Sólo entonces noté que la pequeña placa blanca a la izquierda de su pecho la identificaba como la doctora María Haskell.

—¿María? ¿Es en serio?

—Como la novicia rebelde —dijo.

Mientras la doctora Haskell cerraba la puerta y me dejaba fuera de la habitación, escuché a una enfermera preguntar el nombre de la niña, y alcancé a oír cuando mi amiga contestó:

—María. Se llama María, como yo.

4

Veinte minutos después María salió de la habitación con los ojos hinchados. Ella había llorado y ahora sabía con certeza lo que antes sólo habíamos intuido.

María se sentó y comenzó a llorar de nuevo. Había juntado sus rodillas y posó sus manos sobre ellas. Yo puse mi mano derecha sobre las suyas y María la levantó apretándola con los dedos y me vio a los ojos cuando dejó de llorar.

—Tiene nueve años —dijo—. Es de El Salvador.

—¿Lo dijo ella?

—No. Reconozco su acento. Es salvadoreña, como nosotros. Parece que viajaba sola.

—¿Desde El Salvador?

—Tenía una guía que la acompañaba, pero antes de llegar a Matamoros salió del autobús y desapareció. La niña completó el viaje, sola.

Si la niña entró por aduanas, era improbable que hubiera entrado por cuenta propia.

—Alguien la ayudó a cruzar la frontera —dije.

María apretaba mi mano entre las suyas, jugaba con ella, y de pronto la puso sobre sus rodillas, que asomaban bajo el borde de una falda ilustrada con enormes orquídeas.

—Fue violada —dijo, pero se lo decía a sí misma—. Sucedió hace poco, muy poco, una hora a lo sumo, justo antes de que la encontráramos.

—¿Y cómo determinaron eso, tan rápido?

—Sangre y semen —dijo, mirándome.

Sentí vergüenza. Consideré lo que me había contado.

—No corría hacia nosotros —concluí—. Huía. Cuando la encontramos escapaba del hombre que la violó.

María colocó sus manos sobre la mía, que ahora descansaba sobre sus rodillas, y la apretó. Mis dedos se deslizaron entre sus piernas.

—Ahora somos nosotros los que tenemos que correr —dijo.

Me tomó un segundo asimilar lo que había dicho.

—¿Correr?

—La policía está en camino, y nos vamos a llevar a la niña.

—¿Qué?

—¡Ahora!

María saltó de la silla sin soltar mi mano. Me haló por el pasillo hacia la habitación. La doctora y las tres enfermeras estaban alineadas afuera del cuarto. Apoyadas contra la pared, miraban al piso.

María se acercó a la niña y le susurró al oído mientras le cubría los ojos con una pequeña toalla.

—Nos tenemos que ir, mi amor.

El suero ya había sido desconectado, y la aguja colgaba a un lado de la cama. Había gotas de sangre en el piso.

—¡Vamos! —dijo María.

Tomé a la niña en mis brazos y salimos. El personal médico en esa sección había desaparecido.

—¿Adónde se han ido todos? —pregunté.

—Sólo tenemos unos minutos —dijo María.

La seguí a través de varios pasillos hasta cruzar por una puerta que al principio creí que daba a la salida de atrás, pero era, en realidad, un pasaje a la entrada principal del hospital. Eran las seis de la tarde y el vestíbulo todavía estaba lleno de pacientes y empleados del hospital. Salimos por la puerta principal y María me pidió que la esperara allí. Ella corrió hacia el otro lado del hospital, hacia el parqueo de la sala de urgencias, y unos minutos después apareció en su carro. Acosté a la niña en el asiento trasero, y partimos. Una patrulla de la policía estaba a las puertas de la sala de urgencias y los dos policías, que salían del vehículo en ese momento, nos miraron al pasar.

—¿Vieron a la niña? —preguntó María.

—No, pero nos vieron a nosotros.

—Eso no cuenta. No vieron a la niña. La niña no existe.

Oscurecía. María apretó el acelerador y muy pronto salimos de la arteria principal de la ciudad y nos encaminamos al suburbio pobre donde ella vivía, en una casa dilapidada, muy cerca de la orilla norte de la bahía de Río Grande.

—¿Por qué la niña está así? —pregunté.

—¿Cómo así?

—Como si estuviese ebria.

—Le administraron un sedante.

Recordé la fuerza irrefrenable de la niña que me había doblegado una hora antes. Ahora ella yacía en el asiento trasero, y proyectaba un aura de limpia inocencia. Tenía rasgos indígenas, el pelo era muy liso, negro como el azabache, los ojos eran almendrados y su piel tenía el lustre de la caoba oscura.

—Es muy linda —dije.

—Hace un rato la comparaste a una mula.

—No negarás que es tenaz. Muy tenaz. Fue un cumplido.

Una sirena de policía sonó detrás de nosotros.

—¿Son ellos, los del hospital? —preguntó María.

—Es un agente de tránsito —dije—. Vas demasiado rápido.

—Estaremos bien, entonces —dijo ella—. Cúbrela.

—¡No tengo nada para cubrirla!

María apretó el acelerador, se adelantó a la patrulla por unos cien metros y se parqueó en un codo del camino. Encendió las luces altas y salió del carro.

—No dejes que la vea —dijo, señalándome con un dedo.

Se paró frente al carro, se bajó las bragas hasta las rodillas, se levantó la falda decorada con grandes orquídeas y se acuclilló. Las luces blancas de su carro iluminaron el manojo salvaje de su vello púbico. Esperó a que apareciera la patrulla, que se parqueó a su lado, y orinó. Cuando el agente salió del vehículo para hablar con ella la miró con asombro y se apartó del camino cuando el copioso chorro de orina lo alcanzó.

—Ya no podía aguantarme, Bill. ¿Me vas a multar?

El agente la miró boquiabierto mientras María se subía las bragas y la falda.

—¡No, por Dios, no, María! —dijo el agente con el rostro enrojecido—. No me di cuenta… —Él regresó a su vehículo y se marchó.

Diez minutos después llegamos a la casa de María. Su esposo la esperaba afuera, en el vano de la puerta. Fumaba un cigarrillo.

Frunció el ceño cuando me vio llegar con la niña en brazos.

—¿Otra? —dijo él.

María lo encaró, furiosa.

—¡Aquí se queda! —dijo.

Su marido tiró el cigarrillo al suelo y lo pateó.

—¿Y el periodista? —preguntó, mirándome—. ¿Hay que esconderlo a él también?

Ella entró a la casa y yo la seguí. Su hija, Alejandra, estaba sentada en el comedor con un cuaderno y un libro frente a ella. Hacía una tarea de la escuela.

—¿Quién es? —preguntó.

—La encontramos en el desierto —dijo María.

Alejandra se adelantó a su madre y entró a su cuarto, un cuarto pulcro de adolescente solitaria, aunque sólo tenía nueve años. Las paredes estaban pintadas de un rosa desvanecido, viejos osos de peluche descansaban intactos en dos estantes y un poster de Michael Jackson decoraba la puerta de su armario.

Alejandra señaló su cama, una cama angosta con barreras blancas de madera a los lados. Acosté a la niña sobre la cama.

—¿Cuántos años tiene? —preguntó Alejandra.

—Nueve —contestó María.

—Yo también tengo nueve —le dijo Alejandra a la niña. La niña la miró, como si la reconociese—. ¿Cómo te llamás?

—Marta —respondió la niña. María y yo quedamos paralizados.

—¿Vas a ser mi amiga, Marta? —preguntó Alejandra.

Marta pareció confundida y echó un vistazo a su alrededor, pero le respondió.

—Sí —dijo.

El esposo de María gritó desde la sala.

—¡Adivina quién está aquí!

María salió a la puerta de su casa. Afuera estaba el carro de patrulla de la policía que habíamos visto en el hospital. Uno de los agentes medía casi dos metros de estatura y usaba gafas oscuras a pesar de que ya era de noche; tenía el talante para proyectar una figura amenazante, pero permaneció al lado del vehículo, con los brazos cruzados. El agente que le acompañaba era una mujer, alta, blanca, gruesa, con un largo pelo rubio disimulado bajo un sombrero. Tenía los pómulos redondos y rosáceos como manzanas y una expresión compasiva. Ella fue la que se acercó.

—Queremos a la niña —dijo.

—¿Cuál niña?

—María, sabemos lo que pasó, y te vimos salir del hospital. Necesitamos hablar con ella.

—¡Yo no tengo a ninguna niña!

—Tú sabes que no somos agentes de migración. Vimos el informe clínico. Necesitamos hablar con la víctima.

—El hospital tiene todo lo que necesitan: los resultados del examen vaginal, las pruebas de sangre, las radiografías. ¡Lo tienen todo!

Hubo una pausa, un tenso intercambio de miradas.

—Sabemos que la niña fue violada —dijo la mujer policía—. Las pruebas son concluyentes, pero la sangre que ella tiene en sus manos no es suya.

María enmudeció. Entró a la casa por un momento. Una pálida expresión de horror la sobrecogió.

—No los podemos dejar entrar —dijo.

—Pueden hacerlo —dije.

Ella se cubrió la boca, como si tratara de ocultar su espanto. Salió de nuevo a la puerta de su casa.

—¡Ella es la víctima! —gritó.

—Y lo sabemos, María —contestó la agente—. Lo sabemos muy bien. Haremos las cosas a tu manera, pero tenemos que hablar con ella. Alguien más podría estar en peligro.

María pateó la puerta de su casa. Comenzó a llorar.

—¡Mil doscientas millas… sola! ¡Sola! Desde El Salvador. ¿Y qué van a hacer con ella? Una fotografía de identificación, una tarjeta con sus huellas digitales, un informe policial y un viaje de regreso a un país donde no hay lugar para ella. Tiene nueve años. ¡Nueve! ¿Podrías tú haber hecho este viaje, sola, a los nueve años?

La agente bajó la cabeza.

—No, María. Pero esto no es sobre ti o sobre mí. Alguien más podría estar en peligro. Sólo déjanos hacer nuestro trabajo.

María lloraba aferrada al marco de la puerta.

—Si quieren hablar con ella, vamos a necesitar a Frank —gritó.

La agente miró a su compañero. Él hizo un gesto de negación con la cabeza.

—Ella no necesita un abogado defensor, María —dijo la agente—. Ella es la víctima. Sólo necesitamos su testimonio.

—¡A esta casa no entran sin Frank!

La agente tocó el borde de su sombrero.

—Así se hará, entonces —dijo.

Los agentes regresaron al vehículo, hicieron una llamada y esperaron por Frank.

Frank Hernández era un amigo íntimo de María. Diez años antes él fue el abogado defensor en el célebre caso de su santuario, y desde entonces se convirtió en su amigo más fiel y en su asesor más cercano. Yo lo había entrevistado un par de días antes y si algo sabía de él con absoluta certeza es que estaba enamorado de María. Es el tipo de cosas que un hombre sólo comparte por medio de una confesión a un mismo tiempo encubierta y desafiante: “Nadie la conoce como yo”.

Media hora pasó antes de que él llegara. El esposo de María estaba en la sala y veía una sangrienta película de los hermanos Almada en un canal mexicano de televisión. Alejandra estaba en su cuarto con Marta y le leía de un libro para niños. Yo estaba de pie en la cocina y bebía un café con la mirada fija en María. Ella tenía los ojos hinchados. Lloraba de vez en cuando. Recordé el reportaje que contaba la historia de su viaje desde El Salvador, y recordé, en particular, la descripción del estado en que la encontraron las monjas después de que había cruzado el Río Grande: tenía las ropas rasgadas, las piernas heridas por abrojos y la mirada perdida.

Apenas un día antes yo la había entrevistado, entre las ruinas de una casa de adobe frente a la bahía —una de las estructuras más antiguas en una ciudad donde lo histórico era inconcebible—, y ella recontó los detalles de su viaje a la frontera como lo había hecho una infinidad de veces antes. Era lo que todos sabíamos de ella. Pero cuando la noche cayó, de súbito, sin los extenuados alardes que uno espera del atardecer en otras latitudes, mis preguntas se hicieron más personales.

—¿Has pensado, alguna vez, en dejar todo esto?

—¿Dejar Harlingen? —Ella rió—. Sólo hay dos cosas que no se mueven de aquí: la frontera y yo.

Ella veía decenas, quizás cientos de personas cruzar el área cada día, camino al norte. Nada era fijo. Todo era mudable. Había niños, nacidos en los Estados Unidos, que cruzaban la frontera todos los días desde sus casas en México para asistir a las escuelas públicas del condado. Al cumplir los nueve meses de embarazo, las mujeres de Matamoros cruzaban el Río Grande a nado para tener a sus hijos en un hospital de maternidad con mejores condiciones de salud que las que México les ofrecía. Los funcionarios públicos me hablaron con frustración de cómo la mayoría de los recursos sociales se invertían en una población agotada y peregrina que sólo dejaba huellas de su creciente existencia en informes estadísticos que todos sabían que subestimaban las cifras, pero que aun así no atraían más recursos económicos para el condado, uno de los más pobres de los Estados Unidos. Y además existía la complicación humana de personalidades como María, activistas incansables que defendían, sin retribución alguna, los derechos humanos de los migrantes ilegales.

María cerró los ojos.

—¿Oís ese rumor? Es como el mar, pero el mar está muy lejos. Es la corriente del río y el murmullo de los insectos en los humedales.

—Es el sueño de un mar —dije.

Ella sonrió. Aún tenía los ojos cerrados. Me acerqué a ella en silencio y besé sus labios. María abrió los ojos, sorprendida.

—Vamos —dijo.

—No quiero disculparme —dije—. Pero si tengo que hacerlo…

Ella se dio vuelta y me empujó contra la pared de adobe. La oscuridad era cada vez más densa y apenas percibía las líneas de su rostro, iluminadas por la débil luz de la luna menguante. Ella comenzó a acariciar mi torso y se agachó para aferrar mi muslo derecho.

—¡La pierna en alto! —dijo María.

Era una orden, pero no esperó a que yo lo hiciera. La haló con impaciencia, y cuando comprendí lo que quería apoyé el pie contra la pared para elevar la rodilla. Ella repetía un acto que había hecho antes, y no lo hacía por mí o para mí. Era un rito. Una ceremonia secreta realizada para aplacar sus propios fantasmas. Tomó mi mano y la llevó hasta su pubis, y luego se posicionó con su entrepierna sobre mi muslo extendido. No dijo nada. Apretó su mejilla contra la mía y se aferró a mi cabeza como al tronco de un árbol.

No permitió que me moviera. También me prohibió hablar. Inició un rítmico vaivén de su pubis contra mi muslo, con mis dedos apretados entre las partes en fricción. Comenzó a gemir. Su cuerpo se tensó y muy pronto la sentí temblar. Después empezó a combatir sus reacciones. Intentó controlar y reprimir su placer, y cuando no pudo más, se desbordó en llanto. Se apretó contra mí y haló mi pelo, lo haló hasta que torció mi cabeza y tuve que asir su muñeca para liberarme de la recia prensión de sus dedos. Ella respondió soltándose y apartando el brazo, y luego me propinó un golpe en la cara, un golpe extraño, plano, con la palma abierta de la mano, como si fuese un gesto de desprecio. Se ajustó el vestido, se limpió las lágrimas de la cara y suspiró.

—Eso estuvo bien —dijo, y sonrió.

El sueño del mar desapareció. Y ahora ella estaba aquí, frente a mí, llorando otra vez, preocupada en proteger a una niña que había sido violada hacía apenas unas horas. No era un suceso extraordinario para ella. Era lo que había ocurrido este día, y ella hacía lo que creía que tenía que hacer.

—¿Sabés algo que yo no sé? —le pregunté, poco antes de que Frank entrara con la mujer policía a la casa.

—Yo sólo sé lo que la vida me enseña —dijo.

Marta tenía miedo de mí y de otros hombres, pero Frank tenía un aspecto de innata dulzura, y se sentó a su lado en el comedor. Al otro lado de Marta se sentó María. Y frente a ellos sólo se sentó la mujer policía, que se había quitado el sombrero para desplegar su largo pelo rubio y demostrarle a la niña que ella también era mujer. El marido de María salió al patio a fumar, y yo me quedé en el pasillo, cerca del comedor, inmóvil, escuchando y observando a través de la puerta entreabierta. Durante el interrogatorio la niña permaneció inmutable, excepto cuando afirmó, con movimientos de su cabeza, que era de El Salvador y que su nombre era Marta.

Mientras se llevaba a cabo la entrevista de la niña, dos unidades de policía fueron despachadas al lugar en el desierto donde María y yo la habíamos encontrado ese día, según las indicaciones que María les dio. Cuarenta y cinco minutos después, el otro agente de la policía se acercó a la casa y llamó a su compañera. Habían hallado el cuerpo de un hombre en el desierto; tenía el cráneo destrozado, y habían encontrado a su lado una roca ensangrentada. ¿Había sido él el agresor, el hombre que violó a Marta? Todo parecía indicar que sí. Yo comencé a caminar hacia el comedor y recordé su capacidad de resistencia, su poder físico, los puñetazos directos que habría esperado de un varón, pero no de aquella niña asustada que descubrimos huyendo en el desierto. En ese momento yo ya estaba en el comedor, y María me veía, turbada. Reconocí en su rostro la misma expresión de desconcierto que había visto la noche anterior, frente a la casa de adobe, cuando terminó conmigo y dijo: “Eso estuvo bien”. El único que no parecía estar sorprendido del hallazgo del hombre en el desierto era Frank. Él sonrió, como si recordase algo de pronto, algo que no era un recuerdo sino una revelación, y miró a la niña.

—El hombre malo —le dijo—, el hombre del desierto, él ya no te va a volver a tocar, ¿verdad?

—No —contestó Marta.

—¿Le diste una lección?

—Le pegué con una piedra.

—¿Cuántas veces?

—Muchas. Muchas veces.

5

Más tarde, Frank le dio la razón a la policía y convenció a María de que, en efecto, ella podía darle refugio a esa niña que había viajado desde El Salvador hasta cruzar el Río Grande, y podía acompañarla en un proceso para superar el trauma del abuso, pero no podría esconderla del crimen que ella misma había cometido, aun si lo había hecho en defensa propia.

—No podemos ignorar lo que hizo —dijo—. Ese acto está en sus recuerdos, es ahora parte de su historia. Necesita ayuda, María. Y tú lo sabes.

Alejandra preguntó si Marta se quedaría esa noche en casa. Su padre le dijo que no.

—¡Todas mis amigas se van! —dijo—. ¡Ninguna… ninguna se queda!

María me llevó al hotel donde me alojaba. Afuera, en el estacionamiento, guardamos silencio por varios minutos. No sabía cómo despedirme.

—Lo supiste desde el primer momento —dije.

—No lo sabía —dijo ella.

—La viste correr en el desierto y de inmediato comprendiste que esas manchas eran de sangre.

—Eso es lo que vimos los dos.

—La tomaste en tus brazos, allí mismo en el desierto, y le dijiste que él no vendría más. Nunca más… ¿Cómo supiste que la niña había matado a un hombre?

María se inclinó hacia el volante del carro y abrió la boca como si estuviese a punto de soltar una carcajada, pero permaneció inmóvil, con sus emociones contenidas en ese gesto truncado, hasta que respondió a mi pregunta.

—Yo sólo sé lo que la vida me enseña.

La miré. Todo el día había querido besarla. Sin cesar, había anhelado tocar su rostro. Hasta hacía un momento, incluso, pensé que tendría la oportunidad de perderme entre los rizos de su pelo una vez más. Y ella lo sabía. Tomó mi mano y apretó mis dedos entre los suyos como si jugase con ellos, y los acercó a su boca y con ellos se acarició los labios y los besó por última vez. Yo había cruzado, sin querer, la frontera más íntima de su ser, y me había acercado al horror de lo indecible. Cuando al fin dije su nombre ya no había marcha atrás.

—Esta es una historia —dijo ella—, que no puedes contar.

Y esa historia, no la de la niña sino la de María, no la he contado nunca ni la contaré jamás.

 


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JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel(2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014. Sitio oficial: Imaginador: jorgeavalos.com