Un inspirador texto inédito de la primera poeta panameña.
Amelia Denis de Icaza
Edición y nota biográfica de Jorge Ávalos
La Zebra | #103 | Marzo 31, 2025
Al señor Alberto J. Galindo
Tú, que también has sabido retratar los diferentes sentimientos del corazón.
Tú, qué has encontrado en las estrellas que brillan en el firmamento un lenguaje sublime, desconocido para la mayor parte de los hombres.
Tú, quien quiera que seas, recibe la expresión de mi admiración y gratitud.
Sí, yo te debo gratitud. No te admires al encontrar esta palabra trazada por una mano desconocida. Yo te la debo porque trajiste a mi alma, con tus sentidas líneas, una hora de felicidad.
Tú trajiste también a mi corazón despedazado por el infortunio una magnífica idea de ese mundo encantado al que sólo tienen derecho los seres privilegiados.
Tú tienes razón: también para mí tienen las estrellas su mudo y arrobador lenguaje; pero hay algo más que ellas en el espacio, sí, cuando en esas altas horas de la noche y en medio del augusto silencio con que se duerme el mundo, cuando sólo velan los corazones que sufren, he levantado mis doloridas miradas hacia la bóveda celeste.
¿Sabes lo que he visto en un hermosísimo lecho de plata con arabescos de oro? La obra más bella de la creación, y me ha prostrado para rendir un justo homenaje a esa divina amiga de los hombres, la Luna, reflejándose orgullosa y serena sobre nuestra espléndida Tierra americana, bañando con su amorosísima luz nuestro tranquilo mar con sus olas máximas que vienen y se van con acompasada timidez, como si temieran despertar con sus ecos el genio que guarda nuestras inmensas y doradas playas. Entonces he sentido en mi alma algo parecido al éxtasis: mi espíritu se ha remontado al infinito.
¡Ay, en esas hermosísimas noches he visto con dolorosa resignación todo un pasado de esperanzas, perdido para mí!
Tú no debes haber tenido nunca dolores en el corazón, ni lágrimas en los ojos. La mañana de tu vida parece comenzarse ahora. Sueños de color de rosa adornarán tus horas de reposo. Ojalá que despiertes velado por el serafín de blancas alas que, guardándote en ellas, te preserve de las decepciones de esta vida, donde el huracán de las pasiones ha destrozado sin piedad tantas existencias, creadas quizás para la dicha.
Dices que es un crimen dudar de la mujer que se ama: cuán dulces deben deslizarse las horas de tu vida. La confianza en él afecto que te inspira lleva consigo la paz y la tranquilidad.
No dudes nunca: la duda es una espina que se clava sin hacer sangrar la herida que produce. El daño que causa no lo percibe otra persona que la que la lleva. La duda: el genio del mal debe sonreírse satisfecho cuando este sentimiento se apodera de un corazón amante.
Yo he tenido grandes dolores: las primeras flores que se abrieron en el oasis de mi vida fueron destrozadas por el vendaval de las desgracias y he llorado tanto que mis ojos llevan por mis penas un tinte de melancolía. Mis primeros dolores los creó la duda, ella emponzoñó mis noches haciendo viajar mi alma por espaciosas sendas, de dónde no volvía sino para traer a mi cuerpo el insomnio, el desaliento y la desesperación.
¿Sabes tú lo que es el primer dolor para ciertas criaturas?
Una pendiente resbaladiza donde van a parar todas las horas de una vida, una cadena interminable que no podemos desatar y sólo abandona a su víctima al borde de la tumba.
No dudes nunca. Ama con la fe de los escogidos. Espera, sueña, y si no quieres despertar entregado a dolorosas decepciones, entrega tu corazón cuando tengas seguridad de ser comprendido.
Tú debes ser amado de esa manera, no lo dudes. Has encontrado, sin duda, un alma hermana de la tuya. Cuando esa inmensa dicha te deje una hora para los demás, escribe, sigue regalándonos con tus “Flores del corazón”. Tus pensamientos encuentran eco: también yo, que nada quiero ni espero, los he meditado y los he comprendido.
Sé feliz. Una desconocida, a quien jamás verás, te envió estas líneas: hijas mimadas de un pobre corazón. Ellas te dirán que “Las estrellas” han tenido su rayo de luz hasta para un alma lacerada por el dolor.
Elena
Acajutla, septiembre 2 de 1875.


AMELIA DENIS DE ICAZA (Panamá, 1836-Nicaragua, 1911). Poeta. Fue la primera mujer de su país en publicar poesía y prosa, a partir de 1856 en las páginas literarias “La Floresta Istmeña”, del periódico El Panameño, editado por su padre, Saturnino Denis. De esta manera surge a las letras junto a los poetas de la primera generación romanticista: Gil Colunje, Tomás Martín Feuillet, José María Alemán y Manuel José Pérez. Amelia contrajo nupcias dos veces. Tuvo varios hijos con su primer esposo. Con el segundo, José María Icaza, se mudó a la zona del puerto de Acajutla en El Salvador en 1875. Ese año comenzó a publicar en el periódico El Universo de San Salvador bajo el seudónimo Elena, y alcanzó cierta celebridad. Inspirados por sus sentidos versos patrióticos, los poetas salvadoreños Isaac Ruiz Araujo y Carlos Bonilla le dedicaron poemas muy elogiosos que fueron incluidos en la Guirnalda Salvadoreña (1884-86), una antología editada por Román Mayorga Rivas. También vivió en Guatemala en la década de 1880 y colaboró allí con el periódico El Bien Público. Tras la muerte de su marido en 1894, se mudó a Nicaragua, donde vivía su hija Mercedes. Durante un viaje a Panamá en 1906, escribió su poema más célebre: “Al cerro Ancón”. Falleció el 16 de julio de 1911 en Nicaragua. Su poesía fue recogida en el libro: Hojas Secas, Talleres Gráficos Robelo, León, Nicaragua, 1927. Recuperado por el poeta salvadoreño Jorge Ávalos, su texto inédito “No dudes”, el cual es una carta a un joven poeta, apareció publicado en el periódico El Universo, San Salvador, 11 de septiembre de 1875. [Nota biográfica de Jorge Ávalos.]
