Alberto Luna: «La lora patriótica» (cuento)

Un cuento humorístico escrito por uno de los más importantes historiadores de El Salvador en el siglo XIX.

Alberto Luna
La Zebra | #113 | Enero 12, 2026

Vi a Pedro sentado en uno de los quioscos que hay en el Parque Bolívar y, acercándome a él, le dije:

—¿Qué te sucede? ¿Por qué estás triste?

—No estoy triste —respondió con viveza—. Lo que aquí me tiene preocupado es la impotencia en que me encuentro para meter en los bolsillos de aquel cantinero que veis ahí al frente veinticinco colones que le debo.

—¿Dispones de ellos?

—Sí.

—¿En qué consiste, pues, la dificultad?

—Consiste en que él ignora que soy su deudor.

—Y entonces, ¿cómo se explica que le debas esa cantidad?

—Muy fácilmente: se la debo porque se la he robado.

—¡Cómo! ¿Es posible?

—Como lo estás oyendo. Escucha…

Y acercándose más a mí, me contó su historia.

* * *

Tú sabes que hace poco más de dos años que desempeño, en una oficina de gobierno, una plaza de escribiente que me proporciona lo suficiente para atender a la subsistencia de mi anciana madre atacada de hemiplejía. El jefe de la oficina, que llevado de su decidida afición de coleccionar toda clase de animales ha convertido su casa en un arca de Noé, habíase enamorado perdidamente de una lora que hablaba hasta por las alas, y que precisamente ocupaba aquella estaca que veis clavada a un lado de la puerta del Café. Pues bien, habiendo perdido toda esperanza de conseguir por ningún valor el codiciado animal, adquirió poco a poco la costumbre de venir todos los días a tomar su ajenjo, y a recrearse con la incesante charla de la lora.

Un día, mi jefe —haciendo el triste papel de la Serpiente Paradisíaca, de quien nos habla la Santa Biblia— me dijo:

—Pedro amigo, si usted me consiguiera por cualquier medio la lorita del Café, caería usted conmigo… digo, sería como yo, inamovible.

A la poderosa seducción de esta propuesta yo resistí mucho tiempo con la misma fuerza de voluntad que sostuvo a Jesús en el desierto delante de aquel a quien las Santas Escrituras llaman, probablemente para no mancharse con su nombre, “la cosa que mancha en las tinieblas”. Pero una tarde, que jamás olvidaré, supe luego iba a ser sustituido por un sobrinito de mi jefe, y desde entonces ya no vacilé en la resolución que debía tomar. Enderecé mis pasos a su casa, y pasado el saludo de ordenanza, me dijo:

—¿Qué hay de la Lorita, Perucho?

—Señor, puedo asegurarle que es ya de usted.

—¿Cierto?

—Ciertísimo.

—Es usted un héroe, me dijo, trasportado de alegría, y dándome palmaditas sobre el hombre.

Desde aquel momento ya no pensé más que en hacer una chanada.

Desarrollando mi plan de ataque contra la propiedad del cantinero, me sorprendió el espantoso crimen de la noche del 22 de junio de 1890, y el cobarde envenenamiento del presidente de la República, el benemérito general Francisco Menéndez.

Al siguiente día, muy temprano, mientras la consternación reinaba por todas partes, llegué al portal que lleva el nombre de “Los cafetales”, y entré en el Café en busca de pormenores ciertos de aquel calamitoso acontecimiento. Había allí mucha gente que yo no conocía; traidores militares que pedían qué beber, después de haberse hartado con la sangre del ilustre Jefe que acababan de asesinar de la manera más villana, o paisanos que celebrando la “jangada hecha por Carlos”, metían una algazara infernal con sus gritos, machetes, pistolas y fusiles.

Cuando vi al pobre cantinero metido en aquella Babilonia, lo primero que se me vino a la cabeza fue el encarguito que me había hecho mi jefe. Tuve un instante de vacilación; quise alejarme… pero de pronto, como lanzado por ímpetu irresistible, corrí a todo correr al barrio de San José a casa de una vieja verdulera para comprarle por un peso una Lora muy parecida a la del Café, pero tan cerrada y tan ruda de memoria, que en cuatro años de asidua enseñanza y de comer pan con vino dulce, no pudo aprender a balbucear ni un monosílabo, motivo por el cual su dueña la vendía tan barata. Diez minutos después estaba ya de vuelta con la Lora en el índice de mi mano izquierda, que parecía un trozo de tinta añil a consecuencia de la fuerte compresión de sus garras. Entré al portal, precisamente en los momentos que los “héroes” del crimen de la noche anterior, armaban una tranca va y tranca viene, y la Lora de la cantina, zafando el cuerpo a un botellazo desperdigado caía en el pavimento, diciendo:

—¡Caracolitos! ¡Estos Etcéteras no amagan!

Aprovechando aquella confusión, y mientras unos aventaban sendos puñetazos y regulares sablazos a diestra y siniestra, y otros metían paces desde lejos, y la mayor parte defendía el número uno escurriéndose hacia el parque, yo puse a la lora muda en la estaca, y le pedí la pata a la incansable habladora, que, al dármela, decía:

—¡Qué escapón! ¡Pues por poquito me saco la rifa yo!

Ya en posesión de aquel precioso talismán que debía sostenerme en plaza de escribiente por muchos años, salí a la calle y fui a ofrecérselo a mi jefe.

Poco después… la historia, como era natural, se repitió. Con la caída del honrado gobierno del general Menéndez, se vinieron abajo el secretario municipal de Berlín, el maestro de escuela de Nueva Esparta, el de Grecia y hasta el corchete de Turín. Mi jefe y este vuestro humilde servidor fueron los primeros que cayeron.

Pasada la tempestad y serenada la atmósfera, quise, como vulgarmente se dice, descargar mi conciencia, y con tal fin puse en mi cartera veinticinco pesos y entré al Café con el pretexto de tomar una cerveza. Apenas el cantinero había puesto delante de mí la botella y el vaso, cuando tomó un pedazo de pan y, dirigiéndose a la lora, le decía con la expresión más cariñosa:

—¡Hurra, lorita! Tome su pan la niña.

—Todavía cuida usted su lorita —le dije con intención.

—Y hoy con más esmero que nunca, me respondió sin apartar del animal su amorosa mirada.

—¿Quiere usted veinticinco pesos por ella?

—¡Ni veinticinco mil! —exclamó, con su habitual orgullo—. Este animal —continuó—, es un tesoro inapreciable para mí. ¿Creerá, caballero, que desde que murió el general Menéndez perdió el habla? Pues sí, señor, desde entonces no ha vuelto a chistar palabra.

* * *

Esa es la historia de la lora patriótica.

Santa Tecla, agosto 15 de 1891.


ALBERTO LUNA (1856-1922). Historiador y editor. Incursionó sólo de manera casual en el cuento, pero con felices resultados. “La lora patriótica” se publicó por primera vez en la Revista El Progreso, Vol. I, Nº 6, 1896, con el título “Episodio”. La versión que se reproduce a continuación, con el título actual y un final revisado, se publicó en Diario del Salvador el 11 de junio de 1898.