Una lectura crítica de El hombre flaco, el nuevo libro de poesía de C. Casalz.
Jorge Ávalos
La Zebra | #114 | Febrero 9, 2026
La publicación en 1999 de La casa en marcha convirtió al poeta Carlos Santos en un autor de culto. Con su segundo libro, El hombre flaco del cuento negro, se reinventa y reemerge del silencio convertido en C. Casalz. La espera de 25 años valió la pena. Esta es poesía doblemente luminosa: es el andar de una conciencia lúcida que busca los umbrales de salida de los acechos de la realidad, y es el cuidadoso cuadro de “luz interpretada” que sus hallazgos nos dejan, con sus racimos de imágenes temblando en las aristas de la palabra.
C. Casalz nació en San Salvador en 1956. Forzado a residir en Toronto durante los años más intensos de la guerra civil salvadoreña en la década de 1980, desarrolla una poética marcada por el desarraigo, la fractura del tiempo histórico y la búsqueda de sentido en escenarios liminales. Tras su regreso a San Salvador luego de los Acuerdos de Paz, participa activamente en la vida cultural del país como redactor y colaborador de revistas como Tendencias y del suplemento cultural El Búho de La Prensa Gráfica, antes de retornar definitivamente a Canadá en 2001, donde reside hasta hoy. Su trayectoria literaria es mínima: un libro de cuentos inscrito en la tradición fantástica y neobarroca de Lord Dunsany y Salarrué, Bitácora (revista Ars, San Salvador, 1998); y los libros de poesía La casa en marcha (DPI, San Salvador, 1999), y El hombre flaco del cuento negro (La Zebra Libros, San Salvador, 2025).
Esta vida escindida entre territorios y lenguas no sólo está presente en sus libros como sustrato biográfico, sino como condición estructural del discurso poético. En El hombre flaco el poema se articula desde una conciencia escindida, para la cual la pertenencia es siempre provisional y el tiempo una materia inestable. Su estructura —dividida en grandes secciones que dialogan entre sí— propone una experiencia de lectura que avanza por retornos, desplazamientos y variaciones, más cercana a un recorrido que a una secuencia lineal. Desde el inicio, el texto declara su vocación liminar al situarse en un espacio llamado “Un‑Limbo”, una figura que no remite únicamente a un lugar imaginario, sino a un estado de conciencia y de lenguaje: “Ni en el tiempo cerrado. / Ni en el tiempo volcado. / En el limbo”. Un‑Limbo no es solo un lugar imaginario, sino una metáfora del exilio permanente, un estado de suspensión entre pertenencias, identidades y certezas. una zona intermedia donde las fuerzas de la memoria, el deseo y la violencia histórica confluyen sin resolverse del todo.
En Señor de Un‑Limbo, la voz poética no se presenta como un sujeto unificado, sino como una instancia que observa su propio pensamiento en movimiento. “El poema ha comenzado a trocar / presente cerrado, en hora abierta”, afirma el texto, señalando que la escritura opera como un mecanismo de apertura temporal. La imagen del taller —“hace de las horas un taller de la muerte”— sugiere un trabajo continuo sobre la experiencia, donde el poema no representa el mundo, sino que lo procesa.
Uno de los rasgos más visibles del libro es la multiplicación de figuras y máscaras. El Bufón, el Loco, el Mago, el Bebedor, el Soñador, entre otros, no funcionan como personajes narrativos en sentido estricto, sino como modos de enunciación. Cada máscara encarna una forma distinta de relación con la memoria, el deseo, la violencia o el lenguaje. En la Galería de máscaras bufas, el texto señala: “La imagen levanta una atalaya. / Quiere ubicarse en su aparición”. La imagen no ilustra una experiencia previa; es el lugar donde esa experiencia se vuelve legible.
Estas máscaras permiten que el poema articule registros diversos sin resolverlos en una síntesis. El Sobreviviente, por ejemplo, introduce una memoria explícitamente ligada a la violencia histórica: “En los cráteres abiertos por las bombas se empozaba la lluvia”. Sin embargo, el texto evita la narración testimonial directa. La experiencia de la guerra aparece fragmentada, desplazada hacia imágenes que insisten más en la persistencia del daño que en su contextualización histórica.
El espacio urbano ocupa un lugar central en el libro. La ciudad no es un fondo estable, sino un organismo cambiante, atravesado por fuerzas económicas, sociales y simbólicas. En El poema, se afirma: “La parte nuestra que no vive / en estas calles humeantes / se alza como la imagen”. La ciudad funciona como superficie de inscripción de lo vivido, pero también como aquello que expulsa o margina una parte del sujeto. La tensión entre experiencia interior y espacio colectivo atraviesa todo el libro.
En Sombra de rayo, el registro se desplaza hacia una exploración del encuentro amoroso y del cuerpo. La irrupción del erotismo introduce una temporalidad distinta, más cercana al instante y a la revelación. No se trata, sin embargo, de una suspensión del conflicto, sino de una intensificación del instante. El poema describe una temporalidad que se resiste a la clausura: “Dueña del tiempo desdoblado, / sujetas en las manos las dos playas, / y no dejas caer este momento”. El amor aparece como una forma de concentración del tiempo, pero no como promesa de permanencia. La conciencia de la pérdida sigue operando incluso en los momentos de mayor cercanía.
La sección titulada El poema explicita una reflexión sobre la escritura que recorre todo el libro. Allí se afirma: “Llega el día y se va, / llega el amor y se va, / llega la muerte y se queda”. El poema no se presenta como refugio frente a esa evidencia, sino como el lugar donde dicha evidencia puede ser sostenida sin resolución. Más adelante, el texto insiste: “No hay caso en buscar el fiel. / Sólo el poema”. La escritura no garantiza sentido, pero permite una forma de permanencia que no depende de la estabilidad: toda plenitud está atravesada por la amenaza de la pérdida, por la certeza de que “el tiempo es corto para empeñarte en vivir”.
Finalmente, en Continuación de partida, el motivo del viaje reaparece sin promesa de llegada. El desplazamiento no conduce a una revelación final, sino a una conciencia más aguda de la intemperie. El propio título sugiere que partir no es un gesto inaugural, sino un estado prolongado. Hacia el cierre, la figura que da nombre al libro se define de manera indirecta: “Aquel hombre flaco del cuento negro, / decía me encuentro cuando me busco”. La identidad se formula como una búsqueda que sólo ocurre en el movimiento, nunca como resultado.
Desde el punto de vista formal, El hombre flaco trabaja con una prosa poética de frases extensas, encabalgamientos y destellos de imágenes. El ritmo no responde a una métrica regular, sino a una cadencia que acompaña el avance del pensamiento. Las imágenes se encadenan sin jerarquías claras, lo que obliga al lector a sostener la lectura en un estado de atención continua. Esta elección formal se corresponde con la concepción del poema como acontecimiento: algo que sucede en el lenguaje y no antes de él.
En conjunto, El hombre flaco propone una escritura que no busca cerrar sus preguntas ni ofrecer una visión reconciliada del mundo. El libro se mueve entre la memoria de la violencia, la experiencia del exilio, la intensidad del cuerpo y la reflexión sobre el lenguaje, sin privilegiar un eje único. Su coherencia no proviene de una tesis explícita, sino de la persistencia de ciertos motivos —el limbo, la máscara, el viaje, la ciudad— que reaparecen bajo formas distintas. El resultado es un texto que se sostiene en su propio movimiento, y que entiende el poema no como conclusión, sino como tránsito.
Esperamos con ansia una continuación de La casa en marcha, y El hombre flaco del cuento negro de C. Casalz no decepciona. Su ambición formal, su densidad simbólica y su capacidad para articular experiencia personal, memoria histórica y reflexión poética lo convierten en un libro exigente, pero profundamente revelador.

JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014. Su obra narrativa aparece en varias antologías de cuento, incluyendo: Puertos abiertos, editada por Sergio Ramírez (Fondo de Cultura Económica, México, 2012); y Universos Breves, editada por Francisca Noguerol (Instituto Cervantes y Editorial Cobogó, Brasil, 2023). En El Salvador ha ganado cinco premios nacionales de literatura en las ramas de cuento, ensayo y teatro.
OSCAR SOLES, artista salvadoreño, en Instagram: https://www.instagram.com/oscarsolessoles/
