Ruth Grégori: “Una alegoría sobre el carácter trágico de la postmodernidad” (ensayo)

Un análisis exhaustivo de un cuento clásico de Costa Rica: “Y vendimos la lluvia” de Carmen Naranjo.

Ruth Grégori
La Zebra | #29 | Mayo 1, 2018

La época “postmoderna”, inaugurada por el fin de la Segunda Guerra Mundial, se caracteriza por la caída de la fe en la razón, el extravío del sujeto —individual y social— frente a la pérdida de los referentes previos en todo ámbito de vida —desde la ciencia hasta la cultura— y el predominio de los valores de un sistema económico capitalista voraz. En el mundo postmoderno, las reglas del mercado operan a nivel global amparadas por una ideología difundida de manera encubierta pero masiva a través de los medios de comunicación y las nuevas tecnologías. Los efectos de esta dinámica económica-político-social también se han hecho sentir en la literatura, en el arte y en la cultura en general: todo se ha vuelto un bien transable, medido en función de su valor de cambio y utilidad para dicho sistema. La naturaleza y el ser humano, como parte de ella, se vuelven piezas del engranaje de ese sistema-máquina alienante.

El cuento “Y vendimos la lluvia”, de la costarricense Carmen Naranjo, es un relato que construye una alegoría sobre la dinámica perversa que gobierna el mundo contemporáneo, heredero del fracaso de los ideales de la modernidad: Los líderes políticos de un país subdesarrollado deciden palear la crisis económica exportando el único bien que aún poseen —la lluvia—, pero el acueducto para exportarla se convierte además en un canal de migración para sus habitantes hasta que la crisis completa es trasladada al país comprador de la lluvia. La lluvia y el acueducto aparecen en él como dos metáforas clave —fuerzas en pugna— que articulan una imagen alegórica de un conflicto social de carácter trans-territorial.

La tesis de este trabajo de análisis literario es que el cuento “Y vendimos la lluvia” se construye como un metadiscurso —un discurso sobre el discurso imperante en la sociedad contemporánea capitalista— cuya “imitación” apunta a facilitar una lectura que “deconstruya” la naturaleza absurda, cíclica, trágica, de dicho sistema. La consideración de múltiples dimensiones para el análisis teórico y contextual apunta a develar la codificación del relato oculto sobre las dinámicas perversas de la sociedad contemporánea a fin de alcanzar un nuevo estado de comprensión sobre la validez de las imágenes literarias para dar sentido al caos vital del mundo postmoderno.

La comprobación de esta tesis se apoya fundamentalmente en tres teorías literarias: el Materialismo Histórico, el Psiconálisis y el Postestructuralismo. Luego de una breve revisión de antecedentes biográficos y del contexto en el cual la autora generó su obra, se parte del análisis de las condiciones materiales que determinan a los individuos y las relaciones sociales en el mundo del cuento; posteriormente se considera la influencia de las instituciones —y particularmente del lenguaje— en la construcción de imágenes alegóricas y mensajes ocultos que constituyen el puente común entre el inconsciente, el mundo de los sueños y el relato que nos ocupa; y, finalmente, se examina la manera en que la pérdida de referentes vinculados a la literatura y el lenguaje se revelan como manifestaciones de un “malestar” característico de la época posmoderna.

La autora, su contexto y su obra

Carmen Naranjo (Costa Rica, 1928-2012), fue hija de padre español y madre de origen judío. La única mujer entre los cuatro hijos del matrimonio. Graduada en Filología Española de la Universidad de Costa Rica (1953), estudió posteriormente en el Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa (1969). Desarrolló una carrera en la administración pública, siendo la primera mujer en ocupar posiciones administrativas importantes a nivel de jefatura tanto en organismos nacionales como internacionales. Entre los cargos más importantes que tuvo en instituciones estatales destaca su labor como Ministra de Cultura, Juventud y Deportes, y su rol como embajadora. En organismos internacionales fungió como Asesora de la OEA y representante de su país ante la UNICEF. En el campo literario fue miembro de la Academia Costarricense de la Lengua y directora de entidades gremiales de escritores del ámbito internacional como la Asociación de escritores del Caribe y Centroamérica y la Asociación  Mundial de Periodistas y Escritores (Rubio 1996: 350).

Naranjo cultivó los géneros de poesía, novela, cuento, ensayo y teatro, una prolífica obra que le valió numerosos reconocimientos y premios nacionales e internacionales, así como un Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Costa Rica. Sus escritos exploran una gran variedad de temas pero también reflejan un interés predominante por la manera en que las circunstancias sociales, económicas y políticas determinan la existencia humana, sobre la alienación de los individuos en una sociedad materialista y su capacidad humana para degradarse tanto como para trascender dichas circunstancias (Idem: 351). En términos de estilo, la obra narrativa de Naranjo se caracteriza por experimentar con estructuras fragmentarias, preferencia por personajes cotidianos, desdibujamiento de la guía del narrador en favor de una mayor preponderancia de los diálogos —que devienen voces más que personajes— y un despliegue de prosa poética (Idem: 350).

La relación de la obra de Naranjo con su vida laboral, que puede ser sopesada a la luz de dos hechos de su trayectoria como servidora pública, resulta relevante para el presente trabajo. Durante su paso por el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) Naranjo ejerció una gran influencia para nacionalizar todos los recursos naturales; este conflicto respecto a cómo administran las autoridades estatales los recursos naturales de la nación aparecería posteriormente en el cuento “Y vendimos la lluvia” (Borloz 2003: 9). Su trayectoria en la administración pública acabó cuando, siendo Ministra de Cultura, se propuso mejorar los medios de comunicación. El Presidente de la República la había apoyado inicialmente, pero luego cambió de opinión, algo que ella consideró una farsa y por lo cual presentó su renuncia irrevocable (Borloz 2003: 11). No volvió a trabajar para el Estado.

A inicios de la década de los 80, los años que precedieron a la publicación de “Y vendimos la lluvia”, factores como el alza de precios del petróleo y el debilitamiento del modelo de sustitución de importaciones habían provocado una crisis económica generalizada en América Latina. En Costa Rica la crisis provocó una serie de reformas neoliberales que contrarrestaban las políticas social-demócratas que se habían desarrollado durante la segunda mitad del siglo XX: la mayoría de empresas estatales fueron privatizadas, se establecieron zonas francas —libres de impuestos— y se comenzaron a negociar tratados de libre comercio (Hidalgo: 2015).

Rojas y Ovares han señalado que la obra narrativa contemporánea que ha explorado la noción de identidad costarricense ha venido aparejada de una actitud de cuestionamiento, denuncia y desencanto respecto a la realidad económica y política. En esa línea ubican la obra de Naranjo y su cuento “Y vendimos la lluvia”. “Las tendencias mencionadas se concretan, en ocasiones, en la alegorización del entorno social, es decir, en relatos en los cuales las situaciones y los personajes carecen de un significado particular y más bien interesan como representantes o símbolos de una situación general” (Rojas y Ovares 2005: 189-190).

Las condiciones materiales en el país de la lluvia

Ningún relato o descripción es “sincero”, afirma Raymond Williams en su libro Marxismo y Literatura. Por tanto, todo relato implica, explícita o potencialmente, proponer una relación, “tanto si esta condición de relación es considerada como la verdad de un acontecimiento real o como el significado de un acontecimiento imaginado, la realidad de una situación social o el significado de la respuesta a dicha situación…” (Williams 2009: 191). A la luz del planteamiento de Williams resulta pertinente considerar la pregunta: ¿qué tipo de relación propone el cuento “Y vendimos la lluvia”?

Este relato da cuenta de un país en donde “llueve diariamente” (Naranjo 2006: 111), el hambre y la pobreza crecen como un mar sobre ciudades y aldeas (Idem: 112) y la gente, ante la falta de medios de comunicación —también inundados—, y sin nada qué hacer o en qué trabajar, empieza a “llover por dentro” (Idem: 114). Los funcionarios de gobierno, mientras tanto, enfrentan las dificultades de someter sus vehículos último modelo a los caminos anegados por la lluvia y las negativas de los fondos internacionales a facilitarles más crédito a no ser que redujeran aún más el gasto social. Este escenario plantea, en primer lugar, una relación entre instituciones opresivas y un sujeto colectivo alienado —aletargado—.           En contraposición al país de la lluvia, aparece el Emirato de los Emires, un país desértico, cuyo Sultán —Abun dal Tol— llamó vía larga distancia al despacho del ministro de exportaciones del país de la lluvia para ordenar construyeran una acueducto para hacerle llegar toda esa lluvia que estaba dispuesto a comprar. Este segundo escenario plantea una relación de subalternidad mediada por el dinero: el que paga, ordena.

Se construye el acueducto, colocando embudos para captar la lluvia en los océanos Atlántico y Pacífico, en el norte, en el sur y en el centro —“donde antes llovía y llovía” (Idem: 117)—. Pronto dejó de llover, las aguas y sus zonas aledañas se secaron y, como consecuencia, el clima y la gente se trastornaron —“la gente comenzó a actuar con rasgos de ratas, hormigas y cucarachas, los únicos animales que abundaban” (Idem). La población se redujo considerablemente, uno a uno levantaron la tapa para deslizarse hasta el Emirato de los Emires, que gracias a la lluvia se había convertido en un paraíso. Pero cuando el precio del petróleo cayó, y el Emirato terminó perdiendo el acueducto en favor del Fondo, la historia comenzó a repetirse. El escenario de cierre muestra modificaciones en algunas de las relaciones antes expuestas, y en otras una continuidad. Así, en el caso del Emirato ocurre una inversión de la relación de subalternidad: del lugar de poder baja al subalterno. Los otros actores, el pueblo y el Fondo, cambian de espacio geográfico pero hay continuidad en su rol: el primero sigue siendo subalterno, el segundo sigue en la cúspide del poder, que ahora ha extendido.

El relato describe situaciones imaginarias —que no ocurrirían de igual manera en la realidad—, pero la naturaleza de las relaciones de opresión y alienación entre las instituciones financieras y de gobierno respecto a la población mantiene una correspondencia difícil de obviar. Naranjo se refiere a la realidad de injusticia social a través de su relato imaginario. Y replica —¿duplica?— la problemática al situarla tanto en el nivel local como en el nivel global.

Es interesante notar el carácter plural del narrador, sugerido desde el mismo título mediante la forma plural del verbo “vendimos”. Hay un uso dosificado de esta persona del plural después dentro del texto, que se reserva hasta las últimas dos páginas del relato. Al final se revela que este narrador también se dejó ir a través del acueducto —“fuimos en ese país ciudadanos de segunda categoría…” (Idem: 118)—. Este dato resulta relevante a la luz de las ideas expuestas por Walter Benjamin respecto a los dos tipos básicos de narradores: el marino mercante y el campesino sedentario (2005: 3). Este narrador es un tipo particular de viajero: un migrante forzado, “licuado” a través del acueducto.

La máquina de los deseos

La influencia de las instituciones y la dinámica económica de las relaciones humanas también fue objeto de interés del Psicoanálisis, una corriente de pensamiento que ha tenido gran influencia en la interpretación literaria. Sigmund Freud, padre del Psicoanálisis, señalaba que llegamos a ser lo que somos a través de “una represión en gran escala” operada a través de todos los elementos que intervienen en nuestra formación (Freud, en Eagleton 1998: 94). Una influencia determinante viene dada por la educación recibida por parte de instituciones como la familia, la escuela, la iglesia, el gobierno o los medios de comunicación.   A través de ellas se generan y se reprimen los deseos, así como las transacciones a fin de satisfacerlos o truncarlos.

Sin embargo, la principal institución mediadora de las relaciones humanas es el lenguaje. «Nuestro lenguaje “suple a los objetos”: todo lenguaje es, en cierto sentido “metafórico”, pues sustituye con su presencia la posesión directa y sin palabras del objeto», decía Jaques Lacan, quien se ocupó de reescribir la teoría de Freud en términos del lenguaje y discurso (Lacan en Eagleton 1998: 102). Desde su perspectiva, el inconsciente —instancia mental en donde se ocultan los recuerdos y deseos reprimidos que buscan satisfacción— estaba estructurado como un lenguaje. De este modo, el lenguaje se convierte en un espacio “virtual” o “paralelo” de transacciones en cierto grado equivalentes a las del mundo “real”.

En esa línea, resulta comprensible la afirmación de Ricardo Piglia de que en todo relato subyace un “relato oculto” y de que “un cuento siempre cuenta dos historias” (2015: 62). “Y vendimos la lluvia” describe las condiciones materiales de un mundo absurdo e inverosímil. Por un lado, condiciones climáticas extremas —lluvia o aridez permanente y extrema—; por otro, funcionarios codiciosos e instituciones deshumanizadas al punto de lucrarse con seres cadavéricos —Miss Subdesarrollo— o la venta de recursos naturales imposibles de vender —la lluvia—; y un pueblo tan alienado que es incapaz de reaccionar ante un panorama tan brutal. Pero, ¿hay un relato oculto tras esa primera trama?

El lenguaje del inconsciente, como el de los sueños, está poblado de imágenes y símbolos. En ese sentido resulta pertinente identificar el significado atribuido a nivel simbólico a la lluvia. Este fenómeno natural ha sido asociado —en distintas épocas y culturas— con la “vida”, la “sustancia universal” —agua— y con un poder de “fertilización” y “purificación” (Cirlot 1992: 288). En su versión diluviana, remite al fin de un ciclo: “Es una catástrofe que nunca es definitiva, por tener lugar bajo el signo del proceso cíclico lunar y del carácter regenerativo de las aguas. El diluvio destruye las formas, pero no las fuerzas, posibilitando así nuevos surgimientos de vida” (Idem).

La lluvia del cuento de Carmen Naranjo tiene esta doble naturaleza, resulta catastrófica en el país tercermundista inundado de pobreza pero es capaz de fertilizar el desierto del Emirato de los Emires. Sin embargo, su carácter vital entraña además una naturaleza cíclica. Y es, justamente dicha naturaleza, replicada en la historia, la que sintetiza el carácter trágico de la misma en clave alegórica.

Tal y como señalan Rojas y Ovares, hay en el cuento una realidad circular, en que las situaciones se repiten y en que la condición opresiva del ambiente abarca la totalidad del mundo. Tras la denuncia económica subyace una realidad más profunda, “la condición humana de desamparo frente a un poder omnívoro”: “Dicho poder se concreta en instancias trasnacionales, cuya acción produce la ruptura de las fronteras nacionales y, consecuentemente, un movimiento irracional —como el correr del agua por el embudo— que obliga al exilio y al desarraigo” (2015: 5).

En su obra Los sujetos trágicos. Literatura y Psicoanálisis, Ricardo Piglia apunta que en  la tragedia un sujeto recibe un mensaje que le está dirigido, lo interpreta mal, y la tragedia es el recorrido de esa interpretación (Piglia 2015: 86). En “Y vendimos la lluvia”, Carmen Naranjo nos lleva a través de un trayecto descendente hacia la degradación humana y ambiental en cuyo final somos advertidos sobre la aparición de signos que ya habíamos visto al inicio del relato —el país endeudado, el Fondo cobrándose las deudas y apoderándose de los bienes disponibles—; así se nos informa que la historia comienza a repetirse. Ninguno de los actores —el fondo, los funcionarios, el pueblo— es capaz de notar las señales de la realidad o aprender la lección de lo vivido, y por ello no hay manera de parar que la historia se repita.

Y aquí adquiere relevancia caer en la cuenta de que, más allá del símbolo particular de la lluvia, el cuento está construido como una alegoría, es decir, como “una sucesión de metáforas encadenadas y pertenecientes, en general, al mismo campo semántico” (Asensi 1998: 175). Al considerar  a qué o a quiénes pueden “simbolizar” distintos personajes y lugares del cuento se podría proponer, por ejemplo, que el Emirato de los Emires podría representar un imperio —acaso bastante parecido a Estados Unidos—, “El Fondo” podría representar a las trasnacionales, los funcionarios podrían representar a funcionarios “como” los funcionarios de la realidad. En este sentido, interesaría concebir el conjunto de relaciones que guardan las distintas metáforas entre sí, pues en esta relación paradójica radica el valor alegórico del universo de “Y vendimos la lluvia” respecto al “mundo real”: materialmente es un mundo absurdo, alegóricamente es un fiel reflejo de la realidad.

Contrario a lo señalado por Patricia Rubio respecto a que la obra de Carmen Naranjo revela una actitud pesimista  (Rubio 1996: 355), el cuento aquí analizado ejemplifica la manera en que Naranjo concibe el potencial dual de la naturaleza trágica para trascenderse a sí misma. Al hacer del carácter cíclico —de la lluvia y de la historia— el centro de su cosmos, alude también a un ciclo de regeneración. En el punto más bajo subyace tanto la promesa como la sentencia: todo inicia y acaba; todo lo que muere, renace.

La caída de las estructuras

El Psicoanálisis desmontó las verdades que se creían seguras respecto a la confiabilidad de la razón humana al demostrar los mecanismos de funcionamiento del inconsciente, y con ello abrió la puerta a cuestionamientos igualmente radicales respecto a presupuestos que se daban por descontados en el campo de la literatura. Así, la corriente postestructuralista planteó que no existía correspondencia unívoca entre un significante y un significado. “Podría decirse que el significado se haya desparramado o disperso en toda una cadena de significantes; no se le puede sujetar; nunca está presente en un solo signo; es, más bien, una especie de fluctuación constante y simultánea de la presencia y la ausencia” (Eagleton 1998: 80).

Para los postestructuralistas ya no hay “verdades”. Incluso la noción de autor ha sido cuestionada. ¿Qué importa quién habla?, se pregunta Michel Focault, para afirmar luego que el autor ha desaparecido (Focault 1999: 1).   En “Y vendimos la lluvia”, la autora parecen diluirse en el sujeto social complejo del cual da cuenta. Por un lado, elige un narrador que inicialmente pareciese ser “omnisciente” pero poco a poco se revela como un “testigo”, un personaje del país de la lluvia; pero del cual no es posible saber a ciencia cierta si se trata de un funcionario o de una persona del pueblo. Dado que construye de forma crítica un discurso alterno en oposición al discurso del poder hegemónico imperialista (social, político, económico, cultural), cabe plantear que se posiciona en contra del mismo. Sin embargo, la lectura evidencia una mirada crítica de todos los personajes, incluyendo del pueblo oprimido.

Las fronteras de “la verdad” también se diluyen en otros ámbitos del universo del relato: el tiempo es circular y cíclico, el espacio entre el país de la lluvia y el desierto de los emires es conectado mediante el acueducto, narración y poesía se unen mediante el uso del lenguaje figurativo de las metáforas y la alegoría. Todas estas dimensiones y figuras, tan cuidadosamente estructuradas y entramadas, son “de-construidas”, “diluidas”, en la medida que son reproducidas metafóricamente a fin de evidenciar su carácter absurdo. Es en este sentido, que puede plantearse que “Y vendimos la lluvia” es un meta discurso alegórico sobre la naturaleza absurda, conflictiva y trágica de las relaciones de explotación que sostienen el sistema capitalista tanto a nivel local como global.

La posibilidad de una correspondencia entre la metáfora de la lluvia, el acueducto como vía de “licuefacción”, y el lenguaje como vías para diluir las fronteras  entre las nociones estáticas de un pasado a superar es concebible a partir de la referencia que hace Retamar de una cita de Yuri Tinianov sobre el hecho literario: «todas sus definiciones estáticas y fijas son liquidadas por la evolución. Las definiciones de la literatura construidas sobre sus rasgos “fundamentales” chocan contra el hecho literario vivo… Y esa evolución revela no solo que resultan inciertos los límites de la literatura, su periferia y su zona de frontera sino incluso su propio centro, que también puede volverse marginal…» (Retamar 1995: 88).

En este punto, cabe considerar dos metáforas principales cuya oposición articularía la construcción alegórica en términos de discurso literario: la lluvia, cuya naturaleza líquida y vital remite al movimiento de las fuerzas vivas, los seres humanos y la naturaleza entera, explotada al extremo pero cuyo impulso latente es inevitable; el acueducto, cuya naturaleza artificial y mecánica alude a las instituciones estáticas, explotadoras e incapaces de transformarse al ritmo que demandan las necesidades de los seres vivos. La alegoría remite sí, a la denuncia de un sistema enfermo, autodestructivo, pero también a su potencial regenerador.

Resulta interesante recordar aquí la frase célebre de José Martí en su Prólogo al Poema del Niágara: “Una tempestad es más bella que una locomotora” (Martí 1883: 7). En ella Martí sintetizaba los temores de los escritores románticos ante el advenimiento de la revolución industrial. Sobre el mismo punto, Lowry y Sayre citan las palabras con las que Robert Carlyle describía el malestar de los románticos frente a la mecanización del mundo: “No es solo que todas las actividades tradicionales de la especie humana desaparezcan, reemplazadas por la máquina, sino que los propios seres humanos se vuelven mecánicos en su cabeza y en su corazón al mismo tiempo que en su mano” (2008: 50). Estas frases y el cuento de Carmen Naranjo ponen de manifiesto un espíritu similar de “malestar”, replicado además en una cierta cercanía entre las imágenes de la frase martiniana —la tempestad y la máquina— con las del relato que nos ocupa —la lluvia y el acueducto—.

Las expresiones de este tipo de malestar han tenido un efecto particularmente intenso en el lenguaje. En su obra referencial respecto a la cultura en tiempos postmodernos, La cultura en plural, Michel de Certau señala que palabras como paz, justicia, libertad o igualdad fueron vaciadas de contenido a medida que eran invocadas gratuitamente por los poderes que multiplicaban el horror y la violencia en la II Guerra Mundial y la guerra de Vietnam. El lenguaje, pues, deja de dar presencia a las cosas o transparentar el mundo para volverse máscara e instrumento de la violencia. El mismo autor cita las palabras de Hegel cuando diagnosticaba una situación semejante en la cultura del SXVIII: «El contenido de los discursos es, entonces “la perversión de todos los conceptos y de todas las realidades” es decir “el engaño universal de sí mismo y de los otros”». Hoy en día ya no hay una verdad que dirima el juego del engaño. La posibilidad de engañarse se ha desvanecido: ¿Quién engaña a quién? Los organizadores del “teatro” no se preocupan por las cosas que toman el lugar de los significantes, engendradores de necesidades… (Hegel en De Certau 2004: 72-73). El teatro cambia de actores, de lugar y de tiempo; pero el “espíritu de malestar” permanece: las actividades humanas, las palabras humanas pierden sentido en favor de intereses alienantes.

Estas similitudes o equivalencias sugieren incluso una lectura circular de la historia —humana y literaria— en la cual el malestar ante la inminente llegada de la modernidad vuelve a repetirse, un siglo más tarde, en los albores de la era global. Esta dinámica cíclica revelaría no solo la obstinación trágica de la raza humana en degradarse a sí misma, en explotar al otro sin reparar en que acabará por extinguirse a sí mismo, sino también el enorme potencial transformador y regenerador de la raza humana para cambiar el curso fatal de su historia; toda vez que descifre las señales y el mensaje oculto, toda vez que aprenda la lección inscrita en el la memoria del tiempo.

Conclusiones

El cuento “Y vendimos la lluvia” es un texto que permite diversos niveles de lectura. Puede identificarse, desde un primer nivel de lectura literal, un relato sobre un mundo inverosímil regido por la lógica del absurdo: un país donde llueve todo el tiempo vende su lluvia a un rico país desértico al cual termina yéndose la población entera a través del acueducto por donde se exporta la lluvia.  En un siguiente nivel, desde la perspectiva del Materialismo Histórico, es posible identificar cierto paralelismo entre las estructuras sociales-instituciones- opresivas y la población alienada del relato y las dinámicas de opresión y explotación predominantes al interior de los países del tercer mundo así como a nivel global. Un nivel más abajo, es posible acceder al lenguaje de imágenes y símbolos —lenguaje común del inconsciente y la literatura— mediante el cual se construye la figura alegórica esencial del cuento: el conflicto entre la pulsión de vida, simbolizada por la lluvia, y la resistencia de las instituciones estáticas, renuentes al cambio, simbolizadas por el acueducto, los funcionarios y las entidades financieras trasnacionales. Finalmente, la desintegración de referentes únicos de significado —al “desparramarlos” entre diversos símbolos que urden la representación alegórica— así como la erosión de fronteras en múltiples dimensiones del relato, parecen sugerir que el cuento mismo comienza a ser aspirado la dinámica de “licuefacción” de la que da cuenta la historia.

De todo ello cabe deducir una extrema consecuencia en la voluntad de la autora de “Y vendimos la lluvia”. Su obra, que es ella misma, se precipita a cumplir su destino fatal. Pero ella, a diferencia del resto que ha atestiguado los designios de un ciclo que se repite inexorablemente, ha entendido el mensaje, y lo ha escrito en una botella, que ha dejado suelta en el mar.

 

Puedes leer el cuento de Carmen Naranjo discutido en este ensayo en el siguiente enlace: “Y vendimos la lluvia”.

 


Bibliografía

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RUTH GRÉGORI (El Salvador, 1975). Ensayista. Es graduada en Psicología y egresada de la Maestría en Estudios de Cultura Centroamericana opción Literatura de la Universidad de El Salvador. Su formación extra curricular abarca numerosos cursos y talleres en apreciación y práctica de distintas disciplinas artísticas: música, literatura, teatro, cine e historia del arte. Fue periodista en la sección cultural “El Ágora” del periódico virtual El Faro, responsable de comunicaciones e intercambio de conocimiento en el Programa de Seguridad Juvenil en Centroamérica de ICCO & Kerk in Actie (Países Bajos) y docente de Redacción en la Universidad Centroamericana de El Salvador (UCA). En los últimos años se ha desempeñado como consultora independiente en proyectos relacionados a la producción, sistematización y evaluación de textos escritos y audiovisuales. Sus colaboraciones para la revista cultural La Zebra incluyen los géneros de crónica, entrevista, ensayo y crítica de artes.

Foto de la autora: Guillo Martillhoz.
Fotografía de portada: Jorge Ávalos, Santa María de Jesús, Guatemala.