Derlin De León: “En el centro de la ceniza” (poesía)

Cuando la ciudad es un espacio colmado de historia y terror, sólo la palabra nos da sosiego, en la obra de este incisivo poeta salvadoreño.

Derlin de León
Arte de Juan Carlos Mendizábal
La Zebra | # 41 | Mayo 1, 2019

En el centro de la ceniza

Esta guerra nos pertenece.
Es un espejo que va delante de nosotros.

Conocemos de táctica, no de barricadas.
No sabemos del bullicio de las campañas,
sí del silencioso ascenso de la noche.
No llevamos cuerpos apilados en camiones
porque hemos aprendido a dominar las hogueras.
Sabemos cavar profundo,
compactar,
diseminar.

Esta guerra se razona con cifras.
No con el enérgico tufo del cloro.
No con los ojos de los niños
que han presenciado la fiesta del fuego.

Vamos legando el mismo silencio.
La vieja semilla que encontramos
en el centro de la ceniza.

Primera muerte de mi Madre

Esta es tu primera muerte, Madre.
También la mía.
Ya solo tu alma es joven
y mis manos son torpes.

Allá, alguien te hará daño primero.
Luego los otros, y yo estaré demasiado lejos.
No para salvarte de sus navajas.
Para tomar café juntos, a la zaga del mundo.
Porque aquí tampoco he podido librarte
del carrusel homicida;
de la doble jornada;
de mi padre;
de mis vicios.

Esta es tu primera muerte, Madre.
Tu primer viaje.
Yo no busco un ataúd, un epitafio.
Busco un agujero hondo
para enterrar ésta piedra.
Busco algo para mí.
No sé dónde.
No sé qué.

Ciudad de calles oscuras

Sabes, tengo miedo.
Esta ciudad está hecha de calles oscuras,
de esquinas que no conozco.

Yo intento saber qué guardan, pero es inútil.
Las personas dicen palabras, colocan sus banderas.
Tienen todas las respuestas
y no se preguntan las cosas que atañen a las ciudades.
Por ejemplo: ¿Qué color tiene el silencio?

Las personas dicen palabras y no señalan.
Aman la ciudad y también temen.
Tampoco comprenden muchas cosas,
y, sin embargo, buscan algo imposible.

Me gusta el silencio. No le temo.
No me gustan las palabras, ni las banderas.
Ésta esquina es tan oscura como el resto de la ciudad.
Quiero doblar en ella.
Iré despacio, en silencio.
¿Vienes?

¿Qué nos atormenta?

Detengo la alarma como todas las mañanas. Me siento en el margen de la cama para alcanzar el teléfono. Lo dejo razonablemente lejos porque no confío en mí. Me reconforta el silencio que sustituye a ese ruido infernal. Así me ayudo.

Quiero quedarme aquí. Quiero colocar una repisa. Salir a caminar por caminar. Observar. Pero el dinero es un motor terrible. Nos lleva hacia lugares inhóspitos. Salimos a la calle, odiamos a los jefes, nos burlamos de ellos en las esquinas de las fotocopiadoras y eso nos reconforta. Alguien se burla de todos nosotros. Alguien nos vigila desde el panóptico.

Las mañanas se parecen entre sí. No me refiero a la tonalidad de la luz, sino al bullicio, al trajín multitudinario. Me refiero a la pesadez en los párpados, al champú mentolado, a los periódicos. Me abotono la camisa frente al espejo que solo refleja las grietas del rostro, canas, calvicie. Preferiría ver un corazón atormentado. Al hombre sin voluntad.

Busco las llaves. Estoy seguro de haberlas dejado aquí. No busco en las escarpias, porque en ellas solo cuelgo las medallas. Mira, estas llaves son importantes, porque abren cosas importantes: archiveros, bóvedas. Esto me atormenta ahora. ¿Lo ves?

Última habitación del silencio

Caminamos hacia el final del día.
Hacia la última habitación del silencio
donde se ha decapitado
a todos los pájaros del mundo.
Una grieta se abre debajo de lo que fuimos.
Emana un tufo agrio, de banderas rotas.
Ahí está la noche totalitaria.
La fastidiosa corrupción de la madera.
El rigor de los clavos.
El ineludible filo del mundo.

Tenemos certeza del sitio
y de la tierra que ocuparemos.
No de la prolongación del día
que se ha colocado sobre nosotros
como un imperio celeste.
Como una herida roja
que pulsa con cada parpadeo,
pero que no desciende
hacia la última habitación del silencio.
Porque está aquí desde el principio
y no se irá hasta que se detengan todos los caballos
a contemplar la gloriosa explosión de estrellas.

 


derlin_de_leon

DERLIN DE LEÓN (San Salvador, 1986). Poeta y narrador. Miembro del colectivo literario “La Mosca Azul”. Ha sido publicado en la revista Cultura de la Dirección de Publicaciones e Impresos (Secretaría de Cultura de la presidencia de El Salvador); en Tierra Breve, antología centroamericana de minificción (Índole Editores, San Salvador, 2018); y en El Territorio del Ciprés (antología del taller literario “Palabra y Obra”, Índole Editores, San Salvador, 2018).

Fotografía del autor: René Figueroa.