Roberto Carlos Pérez: «Sobre la cultura y las letras» (columna)

El humanista y narrador nicaragüense inicia con esta edición la publicación de su «Prosa de prisa», su diario en el extranjero.

Roberto Carlos Pérez
La Zebra | 
#105 | Mayo 17, 2025

Prosa de prisa

Diario de un nicaragüense en el extranjero

1.

El término alta cultura es un término sumamente conflictivo. Lo que ahora llamamos alta cultura para Sócrates (c. 470 a. C. – 399 a. C.) o para los estoicos era cultura popular, pues enseñaban filosofía en las calles de Atenas. Hay que recordar también que el romancero, el bolero y el tango surgieron de las clases bajas y no de la intelectualidad o las élites musicales.  Desgraciadamente vivimos en una época sombría para la cultura. El charlatán se erige como autoridad y nadie lo cuestiona. Por otro lado, las humanidades han sufrido un revés jamás visto en la historia. Ya nadie estudia gramática, moral, retórica, música, filosofía, etcétera, a fin de instruirse de una forma plena. Las celebridades mueven a las masas adormecidas porque de niños a sus seguidores no los llevaron al teatro, tampoco escucharon gran música en el hogar y poco leyeron de los clásicos.

2.

La literatura española nos pertenece a los nicaragüenses como a los salmantinos. La heredamos con la lengua que aprendimos en la cuna. José Emilio Pacheco (1939 – 2014) lo expresó en estos términos: «Tenemos sobre ella toda clase de derechos… Quevedo es el mejor antídoto contra el sentimiento de inferioridad que nuestros amos nos han hecho interiorizar. Después de leerlo con un mínimo de atención, nadie pensará que el castellano es un idioma de segunda. Si queda alguna duda, que lea las traducciones de Quevedo o intente trasladarlo a otro lenguaje».

3.

Es inútil hablar de influencias pues todos los creadores se sustentan en una cosa maravillosa llamada tradición. Nada de lo que escribimos existiera sin el Quixote o el «Ejemplo XI» de El conde Lucanor. ¿Cómo le hizo don Juan Manuel (1282 – 1348), acaso nos preguntamos, para que de golpe se rompa toda la ficción del deán, don Yllán, que sabía el arte de la nigromancia y en cuyos aposentos, debajo del río Tajo, entran hombres, llegan y salen misivas, transcurren los años, y todo regresa a la realidad cuando la cena está lista? ¡Es maravilloso! ¿Se puede explicar Borges sin los relatos de El conde Lucanor? Imposible.

4.

De todas las clases de humanos que existieron en la prehistoria, el homo sapiens es la que se impuso a otras especies tales como el homo erectus o los neandertales. Fue parte de una guerra de espacio y sobrevivencia brutal. Somos, ¡cómo duele decirlo!, la raza humana más violenta puesto que estamos aquí porque otros perecieron. La vida es así. Nada podemos hacer al respecto, sólo observar. Nacemos, padecemos, morimos. Al final sólo queda la sentencia cristiana: pulvis est et in pulverem reverteris.

5.

La neurosis es la cuota que el ser humano debe pagar para vivir en sociedad. Sin embargo, los siglos XX y XXI han sido los siglos de las guerras. Desde que el hombre creó pactos sociales, nunca ha habido tantos muertos por tantas guerras en apenas un siglo. La Guerra Civil Española, la Primera y Segunda Guerra Mundial, Vietnam, Kosovo, Kuwait, Irak, Afganistán, Siria, Ucrania, Palestina, más los conflictos civiles en todas partes del mundo y los gulags diseminados a través del mundo socialista han producido la espantosa cifra de más de doscientos millones de muertos. El problema es que nuestras sociedades no han preparado a suficientes profesionales: psiquiatras, psicólogos y terapeutas para asistir a los millones de personas con traumas y problemas mentales a causa de tanta violencia. El ruido y la contaminación ambiental y cultural cada día dan menos treguas. No existen formas de escape y por eso recurrimos al alcohol y las drogas. En las sociedades más «avanzadas», por ejemplo, el suicidio entre hombres se ha disparado por razones que no se pensaron en siglos pasados tales como los provocados por fracasos amorosos. Mientras haya más burócratas y gente dedicada a tiempo completo a la tecnología, las humanidades sigan despareciendo, y se produzcan menos psiquiatras y psicólogos, las sociedades corren un grave peligro.

6.

Es necesario abogar por la lectura a temprana edad. Sólo a través de ella es posible darse cuenta de que hay otros que no piensan igual que nosotros. Sin la lectura reina la ignorancia. La ignorancia es altiva. Un ejemplo: en la era de Stalin (1878 – 1953), la biblioteca del célebre escritor húngaro, Sándor Márai (1900 – 1989), fue expurgada cuando las tropas rusas entraron en Budapest. Más de seis mil volúmenes le fueron destruidos al autor, quien se exilió en los Estados Unidos. En 1989 se suicidó en su casa de San Diego, poco antes de la caída del Muro de Berlín. José Emilio Pacheco acertó: «leer no es un adorno». La lectura no solo sirve para conocerse a uno mismo sino también para reconocer al otro. No es solamente un pasatiempo sino la forma más concreta y certera de darse cuenta de que hay otras formas de pensamiento, otras civilizaciones y seres distintos a nosotros con quienes debemos compartir tiempo y espacio.


ROBERTO CARLOS PÉREZ (Granada, Nicaragua, 1976). Músico, narrador y ensayista. Estudió Música en Duke Ellington School of the Arts y se licenció en Música Clásica por Howard University, en Washington D.C. En la Universidad de Maryland estudió una maestría en Literatura Medieval y en los Siglos de Oro. Es autor del libro de cuentos Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia (2012, tres ediciones), de las novelas cortas Un mundo maravilloso (2017, dos ediciones) y Rodrigo: un relato sobre el Cid (2020), y de los libros de ensayos Rubén Darío: una modernidad confrontada (2018, segunda edición 2021), Temas españoles: del siglo XII al XVII (2022) y El mundo que veo: notas sobre la posmodernidad en el siglo XXI (2025). También es editor del libro en homenaje al poeta mexicano José Emilio Pacheco, ganador del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2009) y del Premio Cervantes (2009): José Emilio Pacheco en Maryland (1985-2007); de la edición crítica de la novela El vampiro (1910); del modernista hondureño Froylán Turcios, de la novela Trópico (1971); del hondureño Marcos Carías Reyes, perteneciente a la Generación de la Dictadura; del poemario Breve suma (1947), del vanguardista nicaragüense Joaquín Pasos; y de Después que muera, edición crítica de la obra del modernista hondureño Juan Ramón Molina.