Un relato que se atreve a imaginar un encuentro entre un torturador y su víctima después de la caída de la dictadura en Nicaragua.
Levi Monimbó
La Zebra | #114 | Febrero 3, 2026
El cielo sobre Managua estaba gris, pesado; aquel hedor a cuerpo en estado de descomposición, que por años se mezclaba con el viento, se había detenido sobre la ciudad. En El Carmen, el lugar que durante años había contenido la sombra del poder absoluto, los rumores corrían más rápido que los pasos de los guardias: Daniel Ortega había muerto.
La noticia, secreta y filtrada entre murmullos, ya recorría los pasillos del poder, los patios de las casas del partido FSLN y las calles cercanas. Su militancia se apiñaba en la plaza, esperando ver su cuerpo, esperando, quizás, la continuidad de la tradición que había durado décadas.
Pero la muerte tenía su propio plan. ¿Qué secreto escondía el pensamiento de toda esa gente abarrotada en la plaza? En silencio, estos cuerpos en la plaza, a lo mejor sostenían la nueva esperanza, ¿llorar como un acto de doble sentido?, ¿llorar como un acto de teatralidad?, ¿llorar para no revelar la verdad?, ¿llorar para que esa mentira no revelara la gran verdad? Muerto el dictador, ¿se llenaban de esperanza?, ¿qué se lloraba?, ¿de felicidad? El dictador ya no respiraba más, su aliento decrépito y criminal soltaba el poder y si existía este sabio secreto popular del silencio, de esconder la verdadera causa del llanto masivo, ¿aún se reconocían como un pueblo capaz de volver a rebelarse, de volver a empujar la llama de la lucha, de la esperanza y la libertad?, ¿cómo saber qué hay detrás de un pueblo en silencio, en acertado cinismo y dispuesto a tomar el riesgo, el peligro y la libertad?
Rosario Murillo, sola y ansiosa, se preparaba para asumir el mando. Su rostro, marcado por la ambición, reflejaba el cansancio de quien ha jugado demasiado con la historia de otros. Los guardaespaldas la rodeaban, pero la seguridad es un caparazón frágil; un filo traicionero se deslizó entre la multitud de sombras que había conocido demasiado bien la lealtad humillada. Un cuchillo cortó el aire. Un grito. Y luego, silencio. La plaza esperó en vano.
Murillo yacía muerta en El Carmen, acuchillada por aquellos mismos hombres a quienes había confiado su vida. Los guardaespaldas huyeron entre la confusión y la plaza quedó desierta de cuerpo, pero llena de murmullos, rumores y miedo.
Entre la multitud, una chavala que podría tener unos 27 años de edad aproximadamente, morena, pelo crespo y piel sudada, se subió al techo de una camioneta. Su voz era grave, resonante, se abría paso entre los ecos de la desesperación.
—¡Pueblo! —dijo—. ¡Hoy han intentado que nos paralicemos de miedo! ¡Hoy han querido que aceptemos que los poderosos deciden por nosotros, incluso después de muertos! ¡Pero no! ¡No más! ¡El pueblo se levanta!
Las palabras cayeron como llamas sobre un bosque seco. Los murmullos crecieron, los puños se levantaron. La rebelión, contenida durante años, volvía a empujar los muros, la frontera del miedo.
El aire estaba denso, cargado de humo, polvo y la mezcla de miedo y esperanza. Se percibían olores de humedad, de sudor acumulado, de pan viejo que se pisaba entre los pies de los presentes. La ciudad, que había guardado silencio, parecía contener la respiración mientras los pasos de cientos de personas resonaban sobre el adoquinado. Cada rumor de traición, cada sombra que pasaba por la calle, cada grito que se apagaba en el viento aumentaba la sensación de que el mundo conocido y sus máscaras se fracturaban, los caminos de aquel país convertido en laberinto se comenzaban a abarrotar de gente, la insurrección buscaba a los tiranos.
Mientras la insurrección crecía afuera, en un lugar apartado de El Carmen, en los sótanos húmedos y oscuros del penal, alguien esperaba. Camilo Báez, encerrado en una celda del Chipote, aislado de todo, respiraba el aire denso y frío de su mazmorra, entre paredes que olían a moho, sudor y miedo acumulado. Allí, lejos del ruido de la plaza y del caos del poder, la verdadera historia de la caída del régimen comenzaba a desarrollarse, silenciosa e inevitable, en la oscuridad de la celda.
La mazmorra de Camilo era un agujero húmedo y sombrío, donde la luz apenas penetraba a través de una rendija en la puerta de hierro. La humedad impregnaba la ropa raída que llevaba puesta, y un olor a sudor, tierra y pan viejo flotaba en el aire. Las ratas corrían por los rincones, sus pequeñas patas resonando sobre el suelo de piedra, y los insectos se deslizaban por las paredes como fantasmas al asecho. Cada sonido, por mínimo que fuera, se sentía amplificado en la soledad de ese espacio.
Camilo se acurrucaba en un rincón, con los hombros encogidos, recordando los gritos que había causado, los cuerpos que había roto, los nombres que ahora sólo podían susurrarse en el viento, nombres que, por años, él y su pandilla de paramilitares obligó al pueblo a no mencionar más. El tiempo se había detenido para él; cada día era una repetición de humedad, olor y miedo, de cagar en bolsas plásticas y ver su propia mierda cómo se iba secando y desintegrando.
Entonces la puerta de la celda crujió. Un hombre entró sin anunciarse. Su presencia llenó los pocos metros cuadrados que conformaban el espacio celda, antes incluso de que se acercara; su mirada era fría, pero contenía algo más: conocimiento de la muerte, del dolor y de la traición. Era el expreso político al que Camilo había torturado años atrás.
—Camilo —dijo—, soy Gabriel.
Camilo aún no podía reconocer a la persona, y entre confusión, miedo y sarcasmo respondió:
—Tarde has llegado, arcángel Gabriel. ¿A qué venís? En esta celda no está ni Cristo ni el anticristo, pero decile a tu jefe que este pueblo es un infierno y es necesario la mirada sobre él.
—Payaso, sabés muy bien quién soy.
Camilo se acercó un poco, su mirada iba descifrando a aquella presencia, aquel rostro firme, duro, de mirada reptiliana. Gabriel tenía mirada de serpiente, según Camilo, ¿o sería el miedo frente a él lo que lo hacía sentir esos ojos así de fríos?
—No esperaba verte aquí —dijo Camilo, con voz áspera, temblando de miedo y sorpresa.
—Y yo tampoco. Pero aquí estamos.
El silencio se extendió como un manto. El zumbido de un insecto y el roce de un ratón entre las migas de pan que cubrían el suelo eran los únicos sonidos que acompañaban la tensión. Camilo podía sentir el olor del miedo en el otro, y el propio se mezclaba con la suciedad de la celda, creando un aire denso. Ellos, los olores, el miedo, la suciedad, los insectos, el sudor, los barrotes, la oscuridad, eran un solo cuerpo, porque una celda sin cuerpo, sin carne viva, no castiga, no deshumaniza, deja de ser cárcel.
—¿Vas a matarme? —preguntó con un hilo de arrogancia que apenas podía sostener.
—Podría —dijo Gabriel sin mover un músculo—. Quisiera ponerte en el rostro una toalla mojada y salpicarte a golpes, a patadas. Quisiera ponerte la toalla en el estómago y golpearte hasta que tus rodillas ya no puedan más y se doblen, ¡deseo tanto verte muerto! Me he imaginado muchas veces mi venganza contra vos, a tal punto que mi respiración se agita, me tiemblan los músculos, lloro; llevo años pensando en vos todos los días, no hay un maldito día en que no vengás a mi mente y luego me asalta la imaginación y he planificado mucho mi venganza, la tortura que merecés, pero no, me da horror, soy un cobarde, y me siento mal cada vez que pienso en cómo te quiero torturar.
Un silencio más largo, de respiraciones contenidas, como si el aire mismo pesara sobre sus cuerpos. Los temblores de Camilo aumentaban; Gabriel no podía ignorar la tentación de ejercer su poder, de hacer sentir lo que él había sentido durante meses, pero se contuvo.
—¿Qué buscás?, ¿qué querés de mí? —susurró Camilo, la voz quebrada, temblando—. ¿Venganza? ¿Justicia? ¿Perdón?
Gabriel se quedó mirando sus manos, manchadas por la historia de ambos. La respuesta no venía fácil; el perdón no podía pronunciarse en palabras, ni la justicia se podía ejecutar en esa celda oscura y húmeda. Sólo el peso de la memoria, los cuerpos quebrados y la historia de esa barbarie nacional.
—No hay perdón —dijo finalmente—. No hay salvación. Sólo reconocer que somos monstruos y humanos a la vez, y vivir con ello.
Camilo cerró los ojos. Su madre, sus hijos, sus víctimas, todo flotaba en la oscuridad de la celda como un río de aguas oscuras y recuerdos, un río que no tiene corriente, de aguas estancadas, un río estancado en recuerdos del que el mismo Heráclito no podría comprender. Respiró hondo y por primera vez sintió la fragilidad de su propia arrogancia.
Gabriel se quedó un momento en silencio, midiendo el aire, los sonidos de la mazmorra, los ratones que huían entre las grietas, los insectos que volaban cerca de la débil bujía. Nada podía borrar lo que habían sido ni lo que habían hecho. Sólo quedaba la espera, la tensión y la reflexión en esa celda húmeda y olvidada mientras afuera la rebelión continuaba y El Carmen se desmoronaba.
El aire en la mazmorra se volvió aún más denso. Cada respiración de Camilo parecía mezclarse con la humedad que descendía de las grietas, con el olor acre de su propia ropa empapada de sudor y miedo, con los excrementos de los ratones que corrían entre los escombros de la celda. Sus manos temblaban, y su espalda estaba pegajosa por el contacto con la pared fría. Cada sonido, cada insecto que se movía, era un recordatorio de que estaba atrapado no sólo físicamente, sino también en la memoria de sus crímenes.
—Me has mirado demasiado —dijo Gabriel—. ¿Qué ves?
Camilo bajó la cabeza. Sus ojos estaban llenos de lágrimas no derramadas, mezcladas con mugre y polvo.
—Veo… lo que fui. Lo que soy. Lo que nunca quise ser… —su voz era un hilo que se quebraba con cada palabra—. Y veo lo que te hice a vos …, a todos los que sufrieron bajo mis órdenes y mis acciones.
—¿Y qué esperas ahora? —preguntó Gabriel, caminando lentamente por la celda, sus pasos resonando como golpes secos en la piedra—. ¿Perdón? ¿Redención? ¿O simplemente querés que sienta tu miedo?
Camilo levantó la cabeza y lo miró. La arrogancia que había definido su pasado parecía deshacerse, dejando sólo un hombre quebrado, un cuerpo tembloroso y una mirada aún con signo de cierto peligro; la mirada de Camilo a veces era indescifrable.
—No lo sé… —admitió—. Sólo sé que mi odio me consume y no puedo… no puedo liberarlo.
Gabriel se detuvo frente a él. Podía sentir la tentación de ejercer el poder, humillar a Camilo, hacerle sentir cada gramo de miedo y dolor que había sufrido durante meses de tortura y humillación. Hacer que Camilo pegara los alaridos imposibles que el dio en los terribles meses de secuestro y encarcelamiento. Cada fibra de su cuerpo gritaba venganza. Pero algo lo detenía, era la misma voz interior que le recordaba que convertirse en Camilo era un precio que no podía pagar.
—Podría —dijo finalmente, con la voz baja, calculada—. Podría hacerte sentir todo… Pero no quiero. No ahora. Tal vez nunca. Camilo, volver a verte, volver a una celda me hace sentir preso nuevamente, no siento diferencia entre los dos. Me siento preso, siento que tiemblo igual que vos, que mi cuerpo vuelve a tener el mismo olor que tenía en los meses en que injustamente me encerraron y torturaron en este mismo lugar. No sé qué putas hago aquí, no sé por qué estoy aquí.
Camilo le respondió:
—Sé honesto, has venido a vengarte. Ejecutá tu venganza, Gabriel, y tu paz volverá, todo tendría sentido nuevamente, la justicia está en tus manos.
Los insectos zumbaban cerca de la bujía colgante, golpeando la bombilla como si quisieran recordarles la fragilidad de la existencia de ambos.
Camilo se dejó caer de rodillas. Sus hombros temblaban. Las lágrimas surcaban su rostro, mezclándose con el polvo y la suciedad. Su voz emergió como un susurro quebrado.
—Enseñáme… Decime cómo… ¿cómo se perdona? Pero más bien ¿cómo se pide perdón, porque mi corazón está lleno de odio y miedo? Y vos… vos también estás lleno de mi mismo veneno.
Gabriel se sentó frente a él, respiraba hondo. Su mirada recorría cada gesto de Camilo, la tensión de sus hombros, el temblor de sus manos, los ojos que buscaban una salvación imposible. Por un momento pensó en la historia de ambos: un verdugo y su víctima atrapados en una celda, rodeados por el olor a sudor, humedad, descomposición y olvido mientras el mundo afuera se incendiaba en rebelión.
—El perdón… —dijo finalmente— no existe como lo imaginamos. No como consuelo. No como justicia. Sólo podemos reconocer que lo que hicimos nos ha deshumanizado, y que seguir vivos es en sí mismo un acto de asombro.
Camilo cerró los ojos intentando absorber esas palabras y dijo:
—Quisiera que cada una de tus palabras se volvieran parte de mi carne, se quedarán tatuadas porque no te he entendido nada —miró el rostro de Gabriel y parecía ahora un espejo de su propia conciencia. Recordó a su madre, a sus hijos y la celda se convirtió en un espacio donde pasado, presente y culpa se confundían.
—¿Y vos? —preguntó con voz ronca—. ¿Vos qué sentís? ¿Hambre de venganza? ¿Deseo de poder?
Gabriel respiró y un pequeño temblor recorrió su cuerpo. Por un instante el odio y la memoria de los meses de tortura lo llamaron a actuar, a tomar venganza, a interrogar, a humillar. Sintió la tentación de poder recorrer su sangre como un fuego. Pero bajó la cabeza, conteniéndose, y dijo:
—Hay algo peor que la venganza: convertirse en aquello que odiamos. No voy a hacer eso. No con vos, aunque pensándolo bien debería hacerte sentir el dolor de quedarse sin dientes, sin dedos, sin pelo.
Se detuvo un momento.
—Dejame decirte algo, Camilo: cuando salí de las celdas de la dictadura y mi madre me miró, se dejó ir sobre mí, yo esperaba abrazarla, me sentía débil pero me preparé para recibir a esa mujer que se dejaba venir sobré mí con toda su fuerza de amor, porque el amor es fuerza, sí, fuerza contenida; todo ese tiempo pensé mientras la miraba venirse sobre mí «debo de sostener bien las patas contra el suelo, sino esta mujer me bota y nos jodemos los dos», pero me quedé con los brazos extendidos, mi madre no me abrazó, miró mis manos, las puso en su pecho, cerró los ojos, cubrió mis manos con las suyas y levemente exploró mis dedos con la yema de sus dedos, tocaba mis uñas, al inicio suave, luego apretaba mis dedos, apretaba mis uñas, abrió sus ojos, me miró, no lloró, no sonrió, su mirada firme, como la mirada de su gata, la Sula, me tomó de la mano y me llevó para la casa, como diciéndole al mundo, a la dictadura, que ahora ella iba conmigo, con su hijo, su niño, el ser que le dolió parir, y que no iba a permitir que me volvieran a tocar jamás. Me acordé de cuando mi mamá me tomaba la mano para cruzar una calle, así iba mi mamá, protegiéndome; tiempo después supe que aquella acción desesperada de mi madre por tomar mis manos y explorarlas era para saber si tenía dedos, si tenía uñas, si en aquellos días sin luz, sin voz, sin aire, los verdugos, ustedes, los torturadores, me las habían arrancado.
La tensión se mantuvo en la celda durante eternos minutos. Camilo podía escuchar los latidos de su corazón mezclados con los de Gabriel. Cada respiración era un recordatorio de su humanidad, de su monstruosidad y de la imposibilidad de cambiar el pasado.
—Entonces… —susurró Camilo, casi para sí mismo—. Sólo queda la espera… y aprender a vivir con esto. Gabriel, dejame morir, ya estoy como un cadáver, ya estoy derrotado. Yo no quiero salir de esta celda. Yo no quiero volver a caminar por las calles de la ciudad. Dejame morir escondido, olvidado; a estas alturas muchos ya no se deben acordar de mí. El pueblo es así, todo lo olvida, toda la basura la tira en la corriente. Tu madre, Gabriel, te vino a traer, te esperó, te tomó de la mano y te llevó con ella, yo ya no podré ver a mi madre, ya no sabrá si tengo dedos, si me han sacado los ojos, ya no me podrá tomar de la mano y cuidarme al cruzar la calle.
Gabriel asintió, su mirada fija en las grietas de la pared, donde la humedad dibujaba sombras que parecían cuerpos torturados, masacrados, violados, recuerdos de la historia que ambos habían compartido. Sí… aprender a vivir, aunque sea imposible —pensó—. Pero, ¿Morir? No, todavía no, Camilo. Bailaste sobre cuerpos y sobre el silencio doloroso, sobre el llanto y la muerte de madre e hijos. Cagaste y orinaste sobre ese llanto, dolor y memorias. No hay olvido. Y decidió preguntarle entonces:
—¿Te acordás de la canción El Comandante se queda? ¿Sabés adonde quedan los gritos, las súplicas del torturado, del dolor? ¿Te acordás, Camilo, de la noche que me secuestraron, me desnudaron y dos de tus «cadejos» paramilitares con una navaja me marcaron en el pecho las siglas FSLN? Morir, Camilo, morir todavía no.
Gabriel se quitó la camisa frente a Camilo y este miró fijo el pecho de Gabriel, miró las letras marcadas, las letras de la violencia y la tortura, esa marca en altorrelieve que le habían hecho al cuerpo de aquel joven, ahora mayor.
La mazmorra quedó otra vez en silencio, pesada, cargada de la historia de dos cuerpos atrapados entre la memoria, el odio y la deshumanización. Afuera, el mundo continuaba ardiendo; adentro, cada respiración, cada temblor y cada pensamiento era una lucha silenciosa por comprender la monstruosidad y la humanidad en el mismo cuerpo.
La celda se había vuelto un cuerpo en sí mismo, un organismo que respiraba, observaba y juzgaba.
—¿Sabés lo que más me aterra? —dijo Camilo—. No es el miedo a morir. No es el dolor. Es… que todo lo que hice fue tan banal, tan… mecánico, como un engranaje de una máquina que aplasta a otros sin pensar.
Gabriel lo miró con ojos que mezclaban cansancio y desprecio.
—En el exilio pude estar en una conferencia en una universidad y hablaron de la banalidad del mal —dijo—. La rutina, la obediencia, la convicción de que uno es parte de algo superior… y, sin embargo, lo único que hacés es destruir humanos. Así que no me digás que aplastaron y reprimieron cuerpos sin pensar. Sí pensaron, sí persiguieron y sí organizaron paso a paso cada etapa de represión y muerte. Cada amenaza y tortura la pensaste, Camilo. Pensaste cuando creaste el grupo paramilitar motorizado «Los Cadejos», todo fue planificado. ¿Te acordás de la familia Alonso en la ciudad de León?, ¿la humillación y tortura pública que ejercieron contra ellos?, ¿te acordás el asecho y violencia en la casa de la abuelita de la activista desterrada Alexa Zamora? Todo fue pensado y planificado. No fueron una máquina que no piensa, fueron una organización criminal y pensante. La violencia se piensa, se imagina, se planifica y se ejecuta. Un león caza, come y se va, ¿ustedes qué hicieron? La ambición de tu partido político y organización criminal, la sed de poder, de control, fueron eso: una maquinaria que fabricó represión, muerte, dolor, miedo y exilio. Aprendieron a saber cómo administrar el dolor y miedo del pueblo.
Camilo tragó saliva. El olor a humedad, la suciedad de la celda, el roce de los insectos en su piel, todo le recordaba los años en que había sido verdugo.
Pero Camilo también intentó ser artista, cantó, bailó, fue actor, poeta, a veces recordaba que fue amigo de casi todos los artistas de la ciudad de León. Se paseaba por la Casa de Cultura como si fuera su propiedad, a vista y paciencia de todos en ese lugar, artistas que nunca se opusieron a sus actitudes de charlatán. El poder y licencia para hacer lo que le daba la gana venía por ser hijo de una diputada guerrillera vinculada al poder y por el cual muchos artistas leoneses permitieron que Camilo invadiera sus espacios culturales. Creyeron que tenerlo en sus espacios era estar cerca al poder.
Camilo en momentos pensaba que aún tenía amigos importantes. Este consuelo delirante le duraba pocos minutos.
—Sí… —susurró—. Y ahora estoy atrapado… como una rata en este agujero. Todo lo sólido que creí, que construí, todo lo que llamé poder se diluye…
—Exacto —contestó Gabriel—. Y lo más cruel es que mientras lo destruías todo, te creías grande, invencible.
Un silencio pesado llenó la celda. Cada sonido —el roce de los ratones, el zumbido de los insectos, la respiración entrecortada de ambos— se sentía otra vez amplificado, como si la mazmorra contuviera cada pensamiento y lo multiplicara.
—¿Y vos creés que podás perdonarme? —preguntó Camilo—. ¿Creés que tu perdón podría aliviar algo?
Gabriel cerró los ojos. Sus manos, grandes y temblorosas, se aferraban al suelo frío, donde había ido a sentarse hace un momento, frente a Camilo.
—No sé si existe el perdón —dijo—. Tal vez sea un concepto inventado para que los vivos soporten a los muertos, o para que los verdugos se tranquilicen con letras y más letras solitarias.
Camilo lo miró. Sus ojos húmedos reflejaban el brillo de la lámpara y el temblor de sus labios apenas contenía el llanto.
—Entonces…, ¿qué nos queda?
—Te lo vuelvo a repetir: quedarnos con la conciencia de que somos monstruos y humanos a la vez —respondió el expreso—. Que hicimos daño, que lo sufrimos, y que aún respiramos entre las ruinas de lo que fuimos. Esa es la única lección que la historia nos deja. Toca continuar, Camilo. Managua en 1972 fue destruida por un terremoto, el país entero masacrado en la guerra contra Somoza, las heridas a nuestro pueblo se abren una y otra vez; en el 2018 el pueblo entró en rebelión y eso tiene un alto precio y hoy nuevamente está la insurrección, pero nos vamos a levantar de entre las ruinas. Las heridas van a sanar, como escribiera Kafka: «Los dioses se cansaron. Las águilas se cansaron. La herida, de cansancio, se cerró».
Camilo cerró sus ojos. Su cuerpo temblaba, sus dedos estaban agarrotados y los recuerdos le llegaban como cuchillos: gritos de tortura, difamaciones, familias destrozadas. Los ratones corrían a su alrededor, los insectos zumbaban y la humedad parecía filtrarse dentro de sus huesos.
—Mi madre… mis hijos… —murmuró—. Todo se perdió… todo…
Gabriel se inclinó un poco hacia él, como si intentara compartir la gravedad del aire.
—No hay vuelta atrás —dijo—. La historia nos ha marcado y manchado. La historia siempre regresa para mordernos, la historia muerde y muy duro, te va a morder, Camilo. Nuestra humanidad está rota. Pero podemos mirarnos a los ojos y reconocerlo. Eso… eso es lo único que nos queda.
Por un instante los dos se quedaron en silencio absoluto. El mundo afuera seguía ardiendo en rebelión: la ciudad, la plaza, los rumores de nuevas muertes y conspiraciones. Adentro, la celda era un microcosmos de la historia del mismo pueblo: el pasado y el presente mezclados, los cuerpos y los recuerdos fusionados con el sudor de ambos.
—¿Y qué pasa con el odio? —preguntó Camilo, otra vez tenía la voz rota—. Sigue aquí, en mi pecho, latente, listo para devorarme.
—El odio es un peso que nunca se va —contestó Gabriel—. Sólo podés aprender a convivir con él sin dejar que te transforme en lo que odiás.
Camilo respiró hondo. Intentó absorber cada palabra, pero el temblor no cesaba. La celda parecía cerrarse sobre ellos, comprimirlos, y los ratones corrían más rápido, como si percibieran la tensión. Los insectos golpeaban la lámpara con un zumbido constante, acompañando el pulso de sus corazones.
—Entonces… ¿vivir con esto? —murmuró—. ¿Aprender a respirar con monstruos dentro de mí? Entonces estoy condenado a vivir y morir con el odio porque no me voy a convertir en lo que más odio, a ustedes, golpistas de mierda. Yo fui y sigo siendo leal a mis principios revolucionarios y leal al comandante Ortega. Leal hasta el fin, traidor nunca. Vos y yo no somos iguales, eso nunca. La diferencia está en que yo soy un hombre de ideología. Soy un militante Sandinista.
Gabriel asintió.
—Hay cosas que no se pueden cambiar, hay heridas que nunca cicatrizan. Tu partido te condenó, tu líder te dio la espalda, tu lealdad, tu propia represión y tus crímenes te hirieron. No nosotros, tus crímenes. Utilizaste la rebelión de abril 2018 para tratar de ser visible ante el poder, quebraste cuerpos por tu ambición, pero en el fondo yo te entiendo, Camilo, sólo querías sentirte con un poco de valor humano y dejar de ser el fracasado humanito que avergonzaba a su madre, artista fracasado, político fracasado, todas tus certezas fracasadas. Dejaste de ser un bailarín mediocre para pasar a ser un torturador y criminal confeso y exitoso. Estoy de acuerdo con vos: Somos diferentes. Y la diferencia es que vos sos un torturador y un represor y yo no.
El silencio volvió a caer pesado y húmedo. Víctima y verdugo compartían la misma celda, el mismo aire denso, la misma imposibilidad de redención. Y mientras afuera la rebelión se expandía, la ciudad ardía y El Carmen se desmoronaba, adentro de ese agujero húmedo y oscuro la humanidad rota de dos cuerpos se enfrentaban a su propio abismo, reconociéndose en el reflejo de la destrucción que habían causado y sufrido.
La celda se había convertido en un espacio vivo, un organismo que respiraba la historia rota de sus ocupantes. La humedad descendía desde los muros, empapando la ropa raída de Camilo, los ratones corrían frenéticos entre las migas de pan viejos, los insectos golpeaban la bombilla, zumbando como los fantasmas de los muertos que ambos habían conocido. El aire olía a sudor, a miedo, a pudrición y cada sonido era otra vez amplificado, multiplicando la tensión que llenaba cada rincón de la celda.
Gabriel sacó una fotografía de la bolsa de su pantalón, era una foto de Camilo.
Camilo la miró y dijo:
—Esta mierda es pura historia y a mí las historias no me interesan. Sólo hablan de derrotas, celos, traiciones, pasión, dolor, culpa, miedo. Antes de mi desaparición sentía asombro por las historias, por los relatos, todo lo que me contaron sobre la lucha armada, y mi vida la construí en base a esos relatos malditos. ¿O no fuimos nosotros quiénes traicionamos el relato Sandinista o ustedes los que traicionaron a la patria? Lo cierto es que ya no me asombro con nada de lo que me digás. He aprendido a confiar en el guardia carcelero, pero a dudar de mí. He perdido el centro de mi vida. La verdad la tienen otros, yo sólo me sostengo vivo en el abismo.
—No –dijo Gabriel—, no vivís en el abismo, ahora sos uno más del montón, uno más de la periferia. Ya no hay relatos a tu favor. ¿Ahora entendés, Camilo, qué es la soledad?, ¿la periferia y la soledad?
—No estoy tan solo, Gabriel. Al otro lado de esta celda hay otro solitario en su celda. He aprendido a mirar las cucarachas las ratas y los alacranes. He aprendido a sentir gusto por el piquete del alacrán, a convivir con su veneno, a disfrutar el leve adormecimiento que me regala su aguijón. He aprendido a quebrarle las patas a las cucarachas y ver cómo intentan caminar idiotas. Tienen mucha resistencia, así como yo, tengo resistencia como una cucaracha. A veces sueño que me estoy convirtiendo en escorpión, a veces soy sólo una cucaracha. Gabriel, no hay soledad. Aquí no. Allá afuera donde vos estás sí. El poder les dio la espalda, la política les dio la espalda y la historia les dará la espalda.
Gabriel lo miró y le dijo:
—Camilo, pequeño alacrán. Sos un mierda. Dios nos dio la espalda a todos, a Nicaragua entera. Nos dejó sin timón y a la deriva.
—Tenés razón, pequeño Gabriel. Pero entonces hágale un juicio por el olvido. Justicia terrenal contra Dios por su olvido. Por jugar al padre ausente. Juicio contra Dios por dejarnos solos. El delito de Él y nada más que de Él. Dios existe porque El Chipote existe, Gabriel. Dios existe porque El Chipote existe, Dios existe porque El Chipote existe. ¿Te asustan mis gritos, Gabriel? Mis gritos existen porque vos los estás escuchando, así como tus gritos existieron para mí, cuando te torturamos. Afuera no existen tus gritos, ni los míos existen.
Gabriel, confuso, no sabía por qué razón había dicho todas esas palabras. Miró fijamente a Camilo y le dijo:
—Mirá tu fotografía, Camilo, y tratá de llorar. El demonio te tiene vivo, pero no me vas a debilitar. Tus palabras son pura debilidad.
—No —dijo Camilo—, no es el demonio quien me tiene vivo. Me tiene vivo Dios, y eso es cruel. Es tortura y humillación. Ya antes se lo hizo a Job, los he escuchado pactar a Él y al demonio. Ninguno me quiere muerto.
Camilo, que en algún momento recién llegado a la cárcel, intentó estudiar la biblia, aprendió unos textos bíblicos de memoria y en ese momento los gritó contra Gabriel y contra las paredes:
—«¡¿Quién me diera saber dónde hallarlo?! Iría hasta su tribunal. Expondría ante Él mi causa, llenaría mi boca de argumentos». «¡¿Qué es el hombre para que lo engrandezcas y pongas sobre él tu mirada? ¿Hasta cuándo no apartarás de mí tu vista, ni me dejarás tragar mi saliva?! ¡¿Por qué no perdonas mi transgresión y quitas mi culpa?! Porque ahora dormiré en el polvo, y si me buscas, ya no existiré». «Yo quiero hablar con el Todopoderoso, quiero defender mi causa ante Dios. Pero ustedes son fabricantes de mentiras, médicos inútiles todos. ¡Ojalá guardaran silencio! Eso sería su sabiduría».
Camilo volvió a centrar su mirada en su fotografía, la tiró al suelo y se puso las manos en su boca, fuertemente, como cerrando la salida a palabras, gritos, seguido de un temblor en todo su cuerpo. En sus ojos, que no dejaban de mirar a Gabriel, apenas se asomó una pequeña señal de lágrimas.
—¿Escuchás? —dijo Gabriel, con voz grave—. Afuera todo arde. La ciudad se está deshaciendo. Las calles se llenan de gritos, rumores, y los cadáveres de quienes fueron los tiranos de Nicaragua están siendo trofeo de la victoria del pueblo. El pueblo tiene los cuerpos en sus manos.
—Y yo… aquí —murmuró Camilo, secando un poco el sudor de su cuello—. Sólo puedo sentir mi miedo… y mi culpa.
Gabriel, que se había puesto de pie e ido a parar cerca de la puerta se acercó ahora, sus pasos resonando secos sobre el suelo. Por un instante la tentación volvió: humillar, interrogar, ejercer poder sobre el hombre que había sido su verdugo. Sus manos temblaron. Sus ojos brillaron con una furia contenida.
—Camilo, —dijo, casi en un susurro—siento miedo tenerte cerca, esa es la verdad. En mi mente me he podido vengar de vos, pero realmente el miedo me gobierna. Los golpes y la humillación te hacen perder la voluntad de defenderte. El miedo en mi mente paralizaba toda mi carne, mis músculos. Cuando me tenían preso, yo deseé perder el habla y aceptarlo. Saber que podía hablar y no gritarles todo lo que sentía y pensaba era peor que muchos golpes y torturas. En ese tiempo deseé haber perdido el habla. Tiempo después, ya en la calle, te miré libre, arrogante en tu camioneta con luces de patrulla y tu megáfono diciendo estupideces. ¿Sabés qué sentía yo en esos momentos al verte en la calle? En varias ocasiones me cagué del miedo. Me dolía el pecho, no podía respirar, y solo me quedaba bajar la cabeza y esperar el momento en que simplemente quisieran volver a secuestrarme y volver a torturarme. Me tuve que exiliar y eso me dolió mucho, nuevamente otra tortura, una vez más me encontré fracturado. Camilo, hoy estoy aquí, frente a vos, como un acto de reexistencia. Reexisto otra vez.
Camilo cerró los ojos, sintiendo la realidad de su propia deshumanización. Su cuerpo se tensaba, cada fibra luchando contra el miedo y la desesperación. Las lágrimas caían por fin por su rostro, mezclándose con el polvo, la humedad, el sudor y la suciedad.
—Enseñame… —susurró—. Decime cómo vivir con esto…
Gabriel respiró hondo. Se dejó caer al suelo, frente a Camilo, y sus ojos recorrieron cada grieta de la celda, cada sombra, cada ratón y cada insecto que los observaba. Por un momento la tentación del poder se desvaneció, sustituida por la comprensión de que ambos eran víctimas y verdugos, humanos y monstruos a la vez.
—No hay perdón —dijo finalmente—. No hay redención. Sólo queda reconocerlo y seguir respirando. Eso es todo. Yo sé que soy humano, dios y demonio. Tengo un poquito de los tres, así como vos me has dicho, yo también confío en otros y aprendí a dudar de mí, de esas malditas certezas. Vivir en la incertidumbre me hace el camino menos pesado, y es esa incertidumbre la que hoy me tiene aquí. No sabía si venía a curarme o matarte y me siento preso otra vez.
Camilo asintió, sus hombros temblando, y su cuerpo se desplomó contra la pared. La celda se volvió un espejo de su interior: húmeda, oscura, infestada, reflejando la corrupción, el odio y la banalidad que había llevado consigo durante años.
—¿Y vos? —murmuró Camilo—, ¿vos has perdonado algo?
Gabriel cerró los ojos. Sus manos temblaban. Por un instante, la venganza parecía irresistible, el poder seductor, la justicia de su propia mano posible. Pero comprendió que actuar así lo transformaría en lo mismo que había odiado.
—No —dijo—. No hay perdón. No hay justicia. Sólo hay memoria y respiración. Reexistir y sentir que estamos vivos a pesar de todo. He preferido llorar antes que matarte, Camilo. Deseo ver como tu sangre mancha mis manos, pero mis manos no hacen justicia y tampoco esta celda es el escenario para la justicia.
Un silencio absoluto cubrió la celda. Cada zumbido, cada rasguido de ratón y cada gota de humedad resonaba en la oscuridad. Afuera, la rebelión se propagaba; gente de los barrios orientales de Managua había incendiado la guarida de los tiranos, El Carmen ardía en llamas. Las calles eran un caos de gritos, rumores, cuerpos y fuego. El poder se había evaporado. En León, el pueblo se había tomado la policía central salida a Chinandega, las campanas de la catedral no dejaban de sonar, años de silencio se quebraban con el caos creador del pueblo, decidido a no callar más, pero una pregunta inquietante comenzó a salir de la boca del pueblo: «¿y ahora de quién es el reino?, ¿de quién es el poder?».
Camilo levantó la cabeza, con la voz débil preguntó:
—¿Y todo esto… todo nuestro odio, nuestra historia… se diluye en el aire?
Gabriel se inclinó sobre él, y con un susurro que se mezclaba con la humedad y el silencio de la celda pronunció las últimas palabras de la historia:
—Camilo… «todo lo sólido se diluye en el aire… y lo sagrado tendrá que ser profanado». Tu revolución… esa mierda… hace tiempo se diluyó. Ahora… sólo un dios puede salvarnos. Allá, afuera, Camilo, el caos está ordenando todo.
La frase quedó suspendida en el aire, pesada, resonando entre las paredes húmedas y oscuras. Los ratones se detuvieron por un instante, los insectos dejaron de golpear la lámpara. Afuera, la ciudad ardía y se levantaba, pero dentro de la celda, el tiempo se detuvo.
Dos cuerpos, víctimas y verdugos, humanos y monstruos, respiraban la misma humedad, sentían el mismo miedo, y comprendían que la historia no les ofrecería perdón, ni salvación. Sólo quedaba la eternidad de su memoria compartida, la descomposición de sus cuerpos y de lo que alguna vez llamaron poder.
La luz de la lámpara parpadeó una última vez, y luego todo quedó en silencio.
Gabriel se dirigió hacia la puerta de la celda. Se marchaba sin decir una palabra más y Camilo contra la pared, como si fuera a ser fusilado le dijo:
—Te quiero pedir un favor.
Gabriel se detuvo en el umbral de la puerta, dándole la espalda. Camilo continuó:
—Vení a visitarme, y por favor, tratá de matarme mañana.
Este cuento es dedicado a la memoria de los chavalos que fueron asesinados en la Esquina de El Alacrán, en Sutiaba, barrio Indígena de León, Nicaragua, en el contexto de las protestas y represión orteguista de abril 2018.
LEVI MONIMBÓ es un escritor nicaragüense.
