Martivón Galindo: «Viaje a la redención» (crítica)

Una reseña de la más reciente novela del salvadoreño Armando Molina.

Martivón Galindo
La Zebra | 
#107 | Julio 9, 2025

Hoy deseo la existencia sin nombre
el fuego del agua que corre
en la búsqueda del alma.

Raquel Jodorowsky, “Declaración”

La novela Epicentros de Armando Molina es un fabuloso viaje hacia la redención por medio de la escritura, desde los abismos de la desesperación y la locura. Hay muchos epicentros que existen en la trama: la muerte, el vértigo a las profundidades de lo soez, la angustia inacabable e inexorable, la búsqueda por reencontrar el tiempo y lo que fue. En un momento de la narración, un personaje secundario dice, refiriéndose a El Salvador, que todo podría ser tan lindo. Sí, todo podría ser tan simple, tan lindo… Tan sólo si quisiéramos intentarlo. Pero estamos perdidos, cerrados, mudos ante nuestra propia confusión. Ese es un epicentro que no es posible resolver. Si tan sólo abriéramos una rendija a ver al otro. Tal vez, entonces.

Armando Molina (San Salvador, 1957) es autor tanto de ficción como de ensayos sobre temas literarios y arte que han sido publicados en libros, revistas y periódicos. Ha impartido conferencias en centros culturales y universidades de nuestro país y de Estados Unidos. Es un excelente impulsor de la cultura y de los artistas latinoamericanos, especialmente de los salvadoreños. Publicó las novelas: El amanecer de los tontos (1989), y Bajo el cielo del istmo (1996); además de un libro de cuentos Almuerzo entre dioses (1992).

Como lectora, Epicentros me intrigó, me involucró, me desesperó y me hizo reír con las situaciones ridículas de las que somos capaces de crear los llamados humanos. Los diálogos de muchos capítulos reflejan el ambiente caótico “etílico” —como lo califica el autor— de lugares de mundos diferentes pero similares en esa misma angustia de vivir. Así sucede en París en un club nocturno, como en San Salvador en un antro de mala muerte donde se pierde la conciencia sin válvulas de control.

Por otro lado, un lirismo inusitado y hermoso aparece en descripciones de un río pleno con la lluvia y su “plas, plas”, de una playa con hileras de gaviotas, o de “un pájaro tardío entre las ramas del limonero”. Y también descripciones hechas con un brochazo genial como al hacerlo con un viejo intelectual: “era el rostro de alguien que pasa cuarenta años en una oficina con luz artificial”. En medio del caos, hay divertidas instancias que nos hacen reír con lo grotesco de un vivir muriendo.

Es un mundo de hombres, no hay duda, donde las mujeres son secundarias, acompañantes, amantes pasajeras, prostitutas de minutos. No hay alternancia en el enfoque y visión de mundo. La mujer espera, se impacienta y por último desaparece ante la pared inmutable del personaje principal que comprende con el raciocinio, pero es incapaz de ser un verdadero compañero. Ese es el epicentro de su soledad.

La fuga geográfica no resuelve el problema existencial del protagonista de la novela: David, ni de LaSalle, ni de Contreras. Tres en uno: el niño perdido irrecobrable, el extranjero eterno sin patria, el salvadoreño mestizo confuso y confundido que no quiere ser parte y es parte de lo que no acepta como suyo, porque irrevocablemente es suyo. La vida golpea una y otra vez a este personaje tan bien logrado, en sus tristezas, angustias, caídas y desesperanzas. Sin embargo, el autor nos advierte que hay instantes de luz en medio de la vorágine de la vida. David es producto de la historia trágica de un país pobre e ignorado, es parte de esa soledad de un país buscando querer ser ante fuerzas que son mayores que las propias. De allí la angustia heredada, de allí la tristeza ancestral, de allí el deseo de olvidar con el alcohol y los placeres pasajeros. David se desmorona ante la muerte de un niño campesino, símbolo de un país, símbolo de él mismo desmoronándose ante la obscenidad del comportamiento de un padre, el suyo.

La creación es un parto doloroso y muchas veces prolongado, y así lo siente el protagonista de la novela, así como lo vive Carrasco, su amigo; tanto como lo describe Armando Molina. Hay todo un cuestionamiento de la importancia de la vida y de la transcendencia del arte, del por qué y del para qué.

¿Cómo ser dejando de pertenecer a un tiempo, a un país, a una historia? La memoria traiciona este profundo deseo de no ser lo heredado si no recrearse completamente; tarea, imposible como lo demuestra el protagonista, la narración y el autor. Epicentros es una novela donde la madurez del escritor es evidente en todos sus aspectos: temática, estructura, diálogos, humor, y en la abierta puerta a las preguntas sin respuestas mientras llegamos a nuestro destino.

Portada de la novela Epicentros (2025) de Armando Molina. La obra se presentó en El Salvador el 10 de julio de 2025 en la Universidad Tecnológica de El Salvador.

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MARTIVÓN GALINDO. Nació en El Salvador y vive en el Área de la Bahía de San Francisco, California, desde 1981. Obtuvo su doctorado de Literatura Latinoamericana de la Universidad de Berkeley de California. Profesora Emérita de Holy Names University, Oakland, donde fue directora y profesora del programa de “Latin American & Latino/a Studies” por veintiún años. Sus publicaciones incluyen tres libros de poesía: Retazos (poesía en prosa y verso, 1996); Whisper of Dead Leaves (poesía en inglés, 2004); y Solamor (2016). Ha publicado un libro de cuentos: Para amestrar a un tigre (2012). La tormenta rodando por la cuesta (2015), reúne sus crónicas y testimonio. Con Armando Molina editó Imponiendo presencias: breve antología de otros narradores expatriados latinoamericanos (1995).