La opinión de tres escritores latinoamericanos sobre la acción militar de los Estados Unidos que culminó con la extracción de Nicolás Maduro.
La Zebra | #113 | Enero 4, 2026
El ataque en Venezuela, el 3 de enero de 2026, que culminó con la captura y extracción de Nicolás Maduro por fuerzas militares estadounidenses fue sorpresivo, pero no sorprendió a nadie porque la amenaza de este acto pendía en las noticias desde que Trump asumió la presidencia de los Estados Unidos por segunda vez. Aunque la oposición siempre ha mantenido que la presidencia de Maduro es ilegítima, las boletas de las elecciones del 2024 demostraron que la oposición tenía razón en decir que él había perdido el apoyo del pueblo venezolano, pero Maduro rechazó los resultados electorales y permaneció en el poder ilegítimamente. Aún así, una intervención militar de los Estados Unidos era vista como una aberración peligrosa y con consecuencias impredecibles para el resto de América Latina.
Los escritores e intelectuales de América Latina han mantenido, en su mayoría, una posición a favor de la legalidad, y han criticado los intereses de los Estados Unidos. Esta no ha sido una posición a favor de la cautela, sino de la razón. Si hay una intervención, era preferible una acción multilateral, en lugar del acto imperialista de una nación. Un video con declaraciones de Isabel Allende, en particular, circuló mucho en los últimos meses, donde declara sin ambages: «Estados Unidos no tiene nada que hacer en Venezuela: ya han apoyado a todas las dictaduras militares»
Desde que la acción unilateral de los Estados Unidos capturó, o secuestró, como dicen algunos, a Nicolás Maduro y a su esposa para juzgarlos, las reacciones de escritores e intelectuales en todo el mundo no se hizo esperar. En los Estados Unidos, por ejemplo, llamó la atención de inmediato un comentario del maestro del horror, Stephen King, que escribió en sus redes sociales: «Maduro no es un buen tipo, estoy de acuerdo. Pero Putin tampoco lo es, y Trump le ha extendido la maldita alfombra roja. No se trata de drogas, se trata de petróleo (que en cierto modo SÍ es una droga). Justo cuando crees que Trump ha tocado fondo, cae aún más bajo.»
Los comentarios de los escritores llaman la atención porque en sus palabras, con más frecuencia, se entrecruzan la conciencia histórica con una clara perspectiva ética. Es por ello que sus palabras descarguen, simultáneamente, compasión e ironía.
A continuación, recogemos tres opiniones de escritores latinoamericanos, que también se pronunciaron tras la acción militar de los Estados Unidos en Venezuela. Comenzamos con la chilena Isabel Allende, que tiene casi dos millones de seguidores en las redes, y que sabe en carne propia qué es una dictadura. Seguimos con una posición que tocó muchos nervios en Cuba y generó polémica, la del destacado humorista y cuentista Jorge Fernández Era. Y finalizamos con el novelista peruano Gustavo Faverón Patriau, uno de los narradores más relevantes del momento. Los textos son citados íntegros, tal y como fueron compartidos por sus respectivos autores en sus cuentas de Facebook.
Isabel Allende
«He visto con horror el bombardeo y la intención de ocupar Venezuela con el objetivo evidente de apoderarse del petróleo. Aunque celebro la caída de Maduro, quien usurpó la presidencia con elecciones fraudulentas, destruyó la economía y el tejido social del país y provocó el exilio de millones de venezolanos, que seguramente ahora podrán regresar a su patria, esta declaración de guerra por parte del presidente Trump sin siquiera consultar al Congreso es repudiable. Los Estados Unidos tiene una larga historia de intervención en América Latina y en otras naciones, generalmente con resultados trágicos. ¿Qué viene ahora? ¿Ocupación militar a un costo enorme económico y en vidas humanas para Venezuela? Por el bien de ese país que amo como propio, espero de todo corazón que esto se resuelva sin escalar la agresión y con un mínimo de sufrimiento.»
Jorge Fernández Era
«El 11 de septiembre de 2001, mientras la TV transmitía en vivo las imágenes del incendio y posterior caída de las torres gemelas de Nueva York, cerca de mí alguien comentó que los yanquis se lo tenían merecido, que algún día debían poner los muertos. Por suerte, no fue la tónica que prevaleció en la repercusión en nuestro país ni en el resto del planeta. Pocas veces hubo tanto consenso en cuanto a que el terrorismo es incompatible con la paz y con el sueño humano de asegurar una vida digna a todos los habitantes del globo terráqueo.
Lo que acaba de ocurrir en Venezuela es otro acto terrorista, ejecutado por un gobierno que se cree —y lamentablemente es— dueño del mundo. Es irónico que quienes aplauden el hecho le den visos de legalidad porque el obligado a emigrar con esposas (y con esposa) es un dictador, como si Trump —acaba de demostrarlo con creces— no lo fuera. Ni siquiera es correcto decir que el ataque contra la soberanía de Venezuela «siembra un funesto precedente», porque Estados Unidos, históricamente, ha alardeado de su poder imperial en cualquier geografía y cuando le da la gana. Si el presidente secuestrado secuestró en su momento unas elecciones perdidas, eso es cosa que deben resolver los venezolanos, no el fascismo de derecha de Trump que se declara triunfador, tampoco el de izquierda, con inmenso historial de meter sus narices donde no lo llaman.
Los que piden que el gobierno norteamericano devuelva a Maduro debían preguntarle primero a las fuerzas de defensa venezolanas qué coño hicieron para impedir el rapto. En las pocas imágenes que se han divulgado solo se ve alguna que otra explosión y posterior incendio. Ni una bala trazadora, ni una batería antiaérea repeliendo el ataque. Pídanle también a Nicolás que enseñe las magullaciones producidas en su cuerpo por los soldados yanquis cuando el «hermano mandatario» vendió cara la Moneda de su detención y traslado.
Fue un paseo aquello. Es irresponsable que la propaganda apele al «valiente e inquebrantable pueblo venezolano». Allá el que se asombre si las tropas norteamericanas tuvieron apoyo de personal cercano a Miraflores, o si un segundo paso militar termine lo que el primero con similar impunidad. Veremos qué sorpresa trae el nuevo gabinete de gobierno que se forme cuando den por hecho que el ómnibus que manejaba Maduro no oferta pasaje de regreso.
Pero nada de esto le resta hijeputancia al asunto. No puede dársele brillo a la bota que un día puede aplastarte.»
Gustavo Faverón Patriau
«Entiendo a quienes protestan contra la intervención de EE.UU. en Venezuela, pero no entiendo a quienes lo hacen y pasan por alto —o abiertamente apoyan— el colonialismo chino y el ruso. Entiendo a quienes defienden un orden internacional en el que el presidente de un país no tiene derecho a deponer al gobernante de otro. Pero no entiendo a quienes específicamente defienden —justifican, legitiman, adoran, ponen como ejemplo— a Nicolás Maduro. Además de ser un idiota, un ignorante, un cínico, un ser opaco, sin luces, sin gracia, un especialista en nada, una caricatura de Chávez —que era una caricatura de Castro, que era una caricatura bastante más original, pero incluso más abusiva—, Maduro es un simple criminal, un homicida, un secuestrador, un golpista, un estafador, un fantoche mantenido por narcotraficantes y por una cadena de mafias, un Fujimori de izquierda, o escondido tras un monólogo con léxico de izquierda, finalmente un pícaro y un aprovechador, que deja una herencia de miseria y que, solo para mantenerse en el poder, ha forzado al desplazamiento de ocho millones de venezolanos que viven desarraigados, desempleados o subempleados, amputados de sus familias, en una forma de soledad que resulta más triste cuando uno piensa en la estupidez del régimen que la ocasiona. Y Maduro, por cierto —la ruina causada por Chávez y Maduro en Venezuela— ha sido por una década y media el mejor argumento contra la izquierda latinoamericana: la gente más pensante de la izquierda regional debería darse cuenta de que la extinción de los dinosaurios mal llamados bolivarianos, la renuncia a apoyar a Putin y a los dictadores teocráticos del mundo islámico, y la renuncia a glorificar a los movimientos guerrilleros terroristas del pasado, son precondiciones para la construcción de un discurso de izquierda democrática. No es necesario añadir, pero lo añado: del mismo modo, en otros puntos del espectro político, resulta grotesco ver celebraciones democráticas que endiosan a figuras reaccionarias, en algunos casos limítrofes con el fascismo —defensas de la libertad individual construidas desde discursos de odio racista o xenófobo—. Un mundo en el que todos quieren llamarse demócratas, pero cada vez menos personas lo son de verdad.»
