Una reflexión sobre el voraz incendio que consumió vidas y patrimonio histórico que pone el énfasis en la memoria y la vida al centro de nuestras ciudades.
Elena Salamanca
Fotografía de Maryelos Cea/LPG*
La Zebra | #114 | Febrero 14, 2026
No es ruina lo que está lleno de vida. Lo sabe bien el bosque, pero lo ha olvidado la ciudad.
Me tiemblan las manos porque ya no escribo ni digo sobre uno de los lugares que más he amado, el centro histórico de San Salvador. De niña estudié en casonas del siglo XIX, con balcones, laminas troqueladas, zaguanes. No añoro ese tiempo, pero esos espacios configuraron quién soy, qué amo, a quién, cómo pierdo. El centro histórico para mí jamás fue lámina y chupaderos. Era vida. Palpitaba. Era rosado intenso y de techos rojos, era como las pieles del trópico cuando se entregan al amor, transpiraba.
De periodista me subí a los techos de esas casas, era joven y era tonta, soñaba, pero pronto comprendí y escribí sobre la crisis de los materiales constructivos, no era un asunto declasé o demodé, era de clase y tenía que ver con el valor de la vida, no de todas las vidas. Se propagaron muchos incendios que vi, investigué y lloré. Pero ninguno como el de esta madrugada porque hoy murieron cinco personas y una de ellas era una niña, se llamaba Alejandra.
Esas casas eran familias y comunidades. No es ruina lo que está lleno de vida. Lo sabe bien el bosque, pero lo ha olvidado la ciudad.
Una ciudad está viva por quienes la habitan no por quienes hacen turismo y se van en un par de días.
Me siento culpable de hablar, pero también siento el imperativo de memoria.
Esta madrugada se incendió esa casa del siglo XIX llamada La Concordia. La Concordia no era un chupadero, fue la Sociedad de Artesanos y Obreros, fundada en 1872. En 1911, durante el aniversario del Primer Grito de Independencia en la presidencia de Manuel Enrique Araujo, fue La Concordia importante en los festejos y actividades públicas, representaba las clases trabajadoras, subalternas (así decía Araujo, subalternos) y celebró el Primer Congreso Obrero Centroamericano. De las actividades de La Concordia se alcanzó la jornada laboral de 8 horas en 1912, esta jornada era conocida por el movimiento obrero global como 8-8-8 (8 horas de trabajo, 8 horas para dormir y 8 horas de ocio). Después, se convirtió en un lugar social para adultos mayores. Fue un sitio de memoria tal como ha planteado Pierre Nora.
La Concordia sobrevivió a la guerra y había sido un espacio importante para la configuración y reconfiguración del tejido social del centro histórico de San Salvador. Pienso que hemos olvidado rápidamente, a pesar de los historiadores, las luchas laborales. Y qué implica olvidar también que desde 1912 las personas trabajadoras tienen una jornada de 8 horas, una herencia de la lucha obrera desde finales del XIX que coincide con los años de fundación de La Concordia. Los trabajadores se reunían como artesanos y obreros con prácticas como el mutualismo, pero es importante pensar que ya para los años 90, si no antes, gran parte de la clase trabajadora era trabajadora informal y habitaba mesones como los que se quemaron esta madrugada.
¿Qué implica un incendio más? Pero más allá: ¿Quiénes construyeron el centro? ¿Quiénes pusieron los cimientos de todos los lugares donde ahora es posible fotografiarse? ¿Quiénes alimentaron a todos esos constructores y reconstructores del centro que conocimos o que perdimos? ¿Quiénes seguían moviendo, alimentando, limpiando la ciudad? Las preguntas de un obrero que lee siguen aquí y tienen más preguntas, quiénes cuidaron, sostuvieron, alimentaron y criaron a esos que construyeron la ciudad.
Y nos interpela Brecht:
¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?
En los libros aparecen los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra?
¿Es que Bizancio, la tan cantada, sólo tenía palacios para sus habitantes?
* Los medios de prensa han explorado el tema de la pérdida de patrimonio arquitectónico. De uno de estos reportajes proviene la fotografía que encabeza este artículo. Invitamos a leer esos artículos:
«Es una pérdida de nuestra memoria colectiva», afirman historiadores sobre incendio en el Centro Histórico – Karen Molina, fotografías de Maryelos Cea y otros.
Así era una de las casas centenarias que se incendió en el Centro Histórico de San Salvador – Emerson del Cid, texto y fotografías.
Y aquí, en La Zebra: El siniestro de la víspera de San Valentín – Jorge Ávalos.
ELENA SALAMANCA (San Salvador, 1982). Poeta, narradora y ensayista. Ha publicado, en cuento: Último viernes (DPI, San Salvador, 2008) y La familia o el olvido (Kalina, San Salvador, 2017); en poesía: Peces en la boca (San Salvador, 2011, reeditado en México en 2013), y Landsmoder (San Salvador, 2012).
