Una reflexión sobre el poder inmortal de nuestra lengua, en el Día Internacional del Idioma Español.
Roberto Carlos Pérez
La Zebra | #116 | Abril 22, 2026
A mis alumnos de Howard University
Escuchen, estudiantes. Les voy a contar un cuento, para que cuando ya no estemos en clase prevalezca la memoria.
Como hemos discutido, las palabras nacen de un sentimiento. Si alguna vez ustedes se han tropezado y han sentido dolor, lo que de inmediato pronunciaron no vino de la razón sino de una sensación que luego reflexionaron y la unieron al impacto.
Hace más de mil quinientos años el rey de lo que hoy es Alemania y que se hacía llamar Alarico (370/75 – 410) –«Rey de todos» como lo traduciríamos del latín– tomó por asalto la actual España, entonces llamada Hispania o tierra de conejos. El propósito de aquel rey era aniquilar todo recuerdo del latín y su cultura.
Era tarde para eso. Nadie ha tenido ni tiene el poder de matar una lengua pues las lenguas no mueren, se transforman como nosotros los humanos. Las lenguas son el ser más vivo del universo.
En aquella España saqueada por Alarico, un latín pronunciado de manera diferente se había propagado por la zona central llamada Castilla. De ese latín vulgar, es decir, el latín del pueblo, surgió la lengua que nos ha unido en clase y sigue uniendo a millones de personas a lo largo de más de un milenio. Hoy es la segunda lengua más usada para comunicarnos globalmente.
La poeta y Premio Nobel de Literatura polaca Wisława Szymborska (1923 – 2012) dijo que «El español es un latín bellamente estropeado». De modo que no se preocupen si ustedes lo «estropean». Todos lo hacemos. Lo importante es tenerle paciencia y entenderlo a fin de entendernos a nosotros mismos y a los demás. Si las palabras nacen de un sentimiento, las lenguas nacen del amor. Recuerden lo que siempre discutimos en clase: las lenguas no odian; odia el corazón de algunos de sus hablantes.
Ustedes se han acercado al español quizás en busca de la libertad que sólo el conocimiento, moldeado por el lenguaje, puede ofrecer. Así han aprendido muchas cosas de este bello idioma que es capaz de usar dos verbos para diferenciar la permanencia de lo efímero. En español podemos ser y estar, saber y conocer, querer y amar, y hasta gustar.
A través de esta maravillosa lengua nuestras almas, o sea, nuestra inteligencia –una inteligencia sin alma se llama máquina– puede eternamente ser y nuestro cuerpo estar; con ella somos capaces de querer un refresco pero amar a una persona. El español nos ha enseñado que querer o estar enamorado no es amor y que sobrevivir no es vivir. La lengua que Alarico quiso matar desde su nacimiento no sólo dice, distingue.
La existencia humana, queridos estudiantes, ha sido y será siempre un misterio. No se trata de vivir sino de saber vivir. Y sólo sabemos vivir mejor con el lenguaje. Ya entrados en el terreno del amor, o de la acción de amar, nunca se preocupen si alguien les dice que hablan con acento. Siéntanse orgullosos pues el sustantivo acento viene del latín adcantus que significa «hacia el canto».
Sigan cantando hoy en el día mundial del español, día en que murió Miguel de Cervantes (1547 – 1615), autor de la novela Don Quixote (1605/1615), pues el que canta en realidad medita.
Una canción de la Edad Media española que creemos ser mexicana dice así:
De la Sierra Morena, cielito lindo, vienen bajando
un par de ojitos negros, cielito lindo, de contrabando.
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Canta y no llores!
¡Porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones!
El cielo, la permanencia, el ser de la lengua que nos seguirá uniendo porque es una marca indeleble, crece. Ustedes son parte de más de seiscientos cincuenta millones de hispanohablantes en todo el mundo que moldean la lengua española y la hacen vivir. Son su presente avivado por su memoria (pretérito) y su esperanza (futuro). ¡Cántenla! ¡Canten su ser y su gloria!
ROBERTO CARLOS PÉREZ (Granada, Nicaragua, 1976). Músico, narrador y ensayista. Estudió Música en Duke Ellington School of the Arts y se licenció en Música Clásica por Howard University, en Washington D.C. En la Universidad de Maryland estudió una maestría en Literatura Medieval y en los Siglos de Oro. Es autor del libro de cuentos Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia (2012, tres ediciones), de las novelas cortas Un mundo maravilloso (2017, dos ediciones) y Rodrigo: un relato sobre el Cid (2020), y de los libros de ensayos Rubén Darío: una modernidad confrontada (2018, segunda edición 2021), Temas españoles: del siglo XII al XVII (2022) y El mundo que veo: notas sobre la posmodernidad en el siglo XXI (2025). También es editor del libro en homenaje al poeta mexicano José Emilio Pacheco, ganador del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2009) y del Premio Cervantes (2009): José Emilio Pacheco en Maryland (1985-2007); de la edición crítica de la novela El vampiro (1910); del modernista hondureño Froylán Turcios, de la novela Trópico (1971); del hondureño Marcos Carías Reyes, perteneciente a la Generación de la Dictadura; del poemario Breve suma (1947), del vanguardista nicaragüense Joaquín Pasos; y de Después que muera, edición crítica de la obra del modernista hondureño Juan Ramón Molina.
