Rubén Darío: “Paisaje y política del trópico” (poesía)

La primera escapada que el joven poeta Rubén Darío (1867-1916) hiciera fuera de su natal Nicaragua fue hacia la vecina república de El Salvador, que en ese entonces tenía una de las más pujantes economías de la región. Aunque era sólo un adolescente de 15 años, gozó de cierta celebridad. Más importante aún, descubrió en los poetas románticos de San Salvador, Juan José Cañas, su exiliado compatriota Román Mayorga Rivas y su amigo Francisco Gavidia, a un grupo generoso de guías y maestros de literatura y de los oficios profesionales de un escritor en el siglo XIX. Cuando seis años más tarde Darío regresa de su periplo por Chile, ya era un talento realizado, con tres libros publicados, incluido Azul… Esta colección de poemas escritos durante su segunda estadía en San Salvador (1889-90, más una despedida de 1892), muestran al artífice del movimiento modernista afirmando su voz poética en los paisajes del trópico y afinando su visión política con llamados a la unidad centroamericana.

Rubén Darío
Fotografía de los Hnos. Imery

Claro de luna

[Versión original]

Góndola de alabastro,
bogando en el azul, la luna avanza,
y hay en la dulce palidez del astro
una mezcla de ensueño y de esperanza.

En el fondo, sombrío,
con la adorable luz de su aureola
halaga al triste pensamiento mío
como una virgen pensativa y sola.

Divina y desolada,
envuelta en vago y nebuloso velo,
al contemplar su mística mirada
creo ver una lágrima en el cielo.

En sus hilos de plata,
se adivina la paz del Universo,
tiende su ala de amor la serenata,
sus cadencias y músicas el verso.

A sus luces divinas,
El céfiro nocturno tiembla y vuela
al rumor de sus voces argentinas
y esparce, melodiosa Filomena,
sus cascadas de perlas cristalinas.

Del Trópico

¡Qué alegre y fresca la mañanita!
Me agarra el aire por la nariz:
los perros ladran, un chico grita
y una muchacha gorda y bonita,
junto a una piedra, muele maíz.

Un mozo trae por un sendero
sus herramientas y su morral:
otro con caites y sin sombrero
busca una vaca con su ternero
para ordeñarla junto al corral.

Sonriendo a veces a la muchacha,
que de la piedra pasa al fogón,
un sabanero de buena facha,
casi en cuclillas afila el hacha
sobre una orilla del mollejón.

Por las colinas la luz se pierde
bajo el cielo claro y sin fin;
ahí el ganado las hojas muerde,
y hay en los tallos del pasto verde,
escarabajos de oro y carmín.

Sonando un cuerno corvo y sonoro,
pasa un vaquero, y a plena luz
vienen las vacas y un blanco toro,
con unas manchas color de oro
por la barriga y en el testuz.

Y la patrona, bate que bate,
me regocija con la ilusión
de una gran taza de chocolate,
que ha de pasarme por el gaznate
con la tostada y el requesón.

Sinfonía en Gris Mayor

El mar como un vasto cristal azogado
refleja la lámina de un cielo de zinc;
lejanas bandadas de pájaros manchan
el fondo bruñido de pálido gris.
El sol como un vidrio redondo y opaco
con paso de enfermo camina al cenit;
el viento marino descansa en la sombra
teniendo de almohada su negro clarín.
Las ondas que mueven su vientre de plomo
debajo del muelle parecen gemir.
Sentado en un cable, fumando su pipa,
está un marinero pensando en las playas
de un vago, lejano, brumoso país.
Es viejo ese lobo. Tostaron su cara
los rayos de fuego del sol del Brasil;
los recios tifones del mar de la China
le han visto bebiendo su frasco de gin.
La espuma impregnada de yodo y salitre
ha tiempo conoce su roja nariz,
sus crespos cabellos, sus bíceps de atleta,
su gorra de lona, su blusa de dril.
En medio del humo que forma el tabaco
ve el viejo el lejano, brumoso país,
adonde una tarde caliente y dorada
tendidas las velas partió el bergantín…
La siesta del trópico. El lobo se aduerme.
Ya todo lo envuelve la gama del gris.
Parece que un suave y enorme esfumino
del curvo horizonte borrara el confín.
La siesta del trópico. La vieja cigarra
ensaya su ronca guitarra senil,
y el grillo preludia un solo monótono
en la única cuerda que está en su violín.

Nada más triste que el titán que llora

[Título original]

Nada más triste que el titán que llora,
hombre-montaña encadenado a un lirio,
que gime, fuerte, que pujante implora,
víctima propia en su fatal martirio.

Hércules loco que a los pies de Onfalia
la clava deja y el luchar rehúsa,
héroe que calza femenil sandalia,
vate que olvida la vibrante musa.

¡Quién desquijara los robustos leones,
hilando esclavo con la débil rueca,
sin labor, sin empuje, sin acciones,
puños de fierro y áspera muñeca!

No es tal poeta para hollar alfombras
por donde triunfan femeniles danzas:
que vibre rayos para herir las sombras,
que escriba versos que parezcan lanzas.

Relampagueando la soberbia estrofa,
su surco deje de esplendente lumbre;
y el pantano de escándalo y de mofa
que no lo vea el águila en su cumbre.

Bravo soldado con su casco de oro
lance el dardo que quema y que desgarra,
que embista rudo como embiste el toro,
que clave firme, como el león, la garra.

Cante valiente y al cantar trabaje,
que ofrezca robles si se juzga monte;
que su idea, en el mal rompa y desgaje
como en la selva virgen el bisonte.

Que lo que diga la inspirada boca
suene en el pueblo con palabra extraña;
ruido de oleaje al azotar la roca,
voz de caverna y soplo de montaña.

Deje Sansón de Dálila el regazo;
Dálila engaña y corta los cabellos.
No pierda el fuerte el rayo de su brazo
por ser esclavo de unos ojos bellos.

Unión Centroamericana

Cuando de las descargas los roncos sones
suenan estremeciendo los pabellones;
cuando con los tambores y los clarines
sienten sangre de leones los paladines;
cuando avientan las cimas de los peñascos
como águilas que vuelan sobre los cascos;
entonces, de los altos espíritus en pos,
es cuando baja y truena la voluntad de Dios.

Cuando la hormiga crece como un atlante
y los miembros adquiere de un elefante;
cuando se torna el ramo soberbio, cedro;
y el pescador, Pontífice, como en San Pedro,
cuando la luz la sombra vasta subyuga,
y el alba brota esplendida la noche oruga;
entonces de los altos espíritus en pos,
es cuando baja y truena la voluntad de Dios.

Cuando las plumas juntas forman un ala;
cuando la Patria, espléndida, vista de gala;
cuando el pueblo contempla nubes espesas,
rasgadas con relámpagos y Marsellesas;
cuando en una bandera cinco naciones
juntan sus esperanzas y pabellones;
entonces, de los altos espíritus en pos,
es cuando baja y truena la voluntad de Dios.

Cuando por los guerreros se agitan palmas
y hay una patria grande para las almas;
cuando los luchadores bravos y fieles
adoran la frescura de los laureles;
y cuando las espadas y bayonetas
escuchan las canciones de los poetas;
entonces, de los altos espíritus en pos,
es cuando baja y truena la voluntad de Dios.

Unión, para que cesen las tempestades
para que venga el tiempo de las verdades;
para que en paz, coloquen los vencedores
sus espadas brillantes sobre las flores;
para que todos seamos francos amigos;
y florezcan sus oros los rubios trigos;
que entonces, de los altos espíritus en pos,
será como arco iris la voluntad de Dios.

Águilas bienvenidas, gloriosas y bizarras
hosanna a vuestros picos, hosanna a vuestras garras;
vais siempre de los altos espíritus en pos:
lanzaos al abismo del porvenir sagrado
y avienten vuestras alas las sombras del pasado,
para que baje y truene la voluntad de Dios.

Epitafio al General Menéndez

Los que vieron la patria bandera
empapada en la sangre de junio;
los que oyeron vibrar los clarines
en la diana del lívido triunfo;

los que al vivo relámpago trágico
que recorre la Historia del mundo,
vieron llenos de horror a Espartaco
y de duelo al espectro de Bruto;

los que miran tu límpido nombre
como enseña de honor y de orgullo,
hoy presentan las armas al paso

del arcángel vestido de luto
que es guardián del laurel de tu gloria,
en la tierra en que está tu sepulcro.

En el mar

A Tomás Regalado

Es un mar de pizarra, con una multitud de florecimientos de nieve; es un mar gris oscuro, con mil puntos en donde estallan copos de espuma.

Chente Quiroz me llamó poeta niño. ¡Pornógrafo!

No me subleva el adjetivo. Víctor Hugo da ese nombre al formidable anciano Homero.

Pero en el océano me siento niño.

Siento siempre aquella primera impresión de las potentes aguas inmensas. Siento lo que tan admirablemente expresó Pierre Loti. Me miro chico y pobre ante tanta grandeza y tanta riqueza. Una onda me canta la eterna canción de la esperanza, y otra me repite la salmodia misteriosa de la muerte.

Me acuerdo de los tristes poetas, de los pálidos soñadores. Me acuerdo de los que van sobre el mar, de los que tienen su pensamiento y su corazón expuestos a los golpes del ala de la tempestad.

¿Allá va una nube? ¿A dónde va? Es caprichosa como una mujer. Son tres hermanas: la mujer, la ola y la nube. A la primera la increpó el Padre Eterno; a la segunda el poeta Shakespeare. La tercera es la poliforme errabunda de la región azul.

Se mueve como un corazón esta gran máquina que arrastra el navío. Es un organismo esta casa flotante. Tiene aorta, nervios cerebro, pulmones; y allá en lo alto del mástil, la bandera de las estrellas, la bandera de la Libertad.

¡Bendito sea el Dios de los errantes, la Providencia de los viajeros!

Bendito sea el que manda a Tobías el arcángel, a Colón los líquenes de América, a Dante la soberana figura del dulce Virgilio.

A bordo del Barracouta, 15 de mayo de 1892.
(Repertorio Salvadoreño, Tomo VI, Número 3, 1892.)

1889 a Hnos Imery Rubén Darío y Jesús Marcelino Pacheco
La fotografía de 1889, tomada por los hermanos Benito y Narciso Imery en San Salvador, muestra a Rubén Darío junto con un amigo, el costarricense Jesús Marcelino Pacheco.