Roberto Leitzelar: “Asimetría” (cuento)

Un hombre obsesionado con el orden y la perfección hará todo lo posible para reparar los defectos de simetría en las personas. Un cuento fascinante de un narrador secreto, un juez salvadoreño que, hasta el día de su muerte, ocultó su pasión por contar historias.

Roberto Leitzelar
La Zebra |
Marzo 1, 2016

He gastado una fortuna y no me importa. Proveí de pierna o brazo u ojo artificial a cuanto cojo, manco o tuerto había en mi pueblo. No, no soy filántropo. La desgracia humana me conmueve naturalmente, pero no me impulsa al grado de sacrificarme. Soy mentalmente sano, por más que algunos me consideran anormal. Razono bien. Escribo con claridad. No padezco de alucinaciones ni de delirios persecutorios o estados de ánimo desproporcionados con los motivos que los generan. Sin embargo, hace justamente un año, se acentuó en mí cierta manera de ser connatural, consistente en un apegamiento a la simetría de las cosas y una repulsión, rayana en el odio, hacia los seres u objetos asimétricos.

Siempre me ha molestado ver a un manco; pero en los últimos tiempos ésta o cualquier otra deformidad que constituya un atentado a la simetría me causa una repugnancia morbosa. Antes me limitaba a enderezar un cuadro torcido; a volver a ver a otro lado cuando me encontraba con un tuerto. Ahora, estas cosas me producen una sensación tan profundamente repulsiva que gustoso daría mi fortuna para evitarlas, lo cual, dicho sea de paso, me parece la cosa más natural del mundo.

En cierta ocasión al ver un cuadro de Picasso que representaba a una mujer con la nariz en la frente, un ojo en la mejilla, dos orejas de tamaño desigual en el mismo lado del rostro, me invadió tal acceso de ira —muy natural por cierto— que impetuoso destrocé la obra. Pronto recuperé la calma y satisfice el precio exagerado de aquel adefesio.

Con los tuertos no tengo problemas, porque aceptan agradecidos el ojo artificial que a su medida y color les proveen. Son los bizcos —seres despreciables— los que me sacan de mis casillas ya que la corrección de su mal requiere prolongado tratamiento no siempre efectivo. A veces tengo la suerte con ellos de que reciban crecida suma por la erradicación de su defecto; pero son muy pocos los que aceptan cambiar su ojo natural torcido por uno de vidrio bien colocado.

Una tarde, paseando por la alameda, vi a una bella joven. No me impresionó la armonía de su cuerpo escultural. Sólo advertí que la vena de las medias que vestían sus espléndidas piernas, estaban torcidas. Un impulso irresistible me hizo seguirla. Apresuré el paso. Ella lo hizo más lento. Pronto marchamos a la par. Me sonrió. Caí postrado a sus pies. Continuó sonriendo. Era la hora del crepúsculo. ¿Testigos? Una mariposa que agitaba rítmicamente sus alas azules. Mis manos afanosas subían del tobillo a un poco arriba de la rodilla. Logré enderezar las venas de las medias hasta dejarlas perfectamente perpendiculares. La joven ya no sonreía, pero con sus ojos, su respiración anhelante y sus estremecimientos, me animaba, casi suplicante, a continuar mi excursión ascendente. Apenas llegué unas pulgadas arriba de sus rodillas y, realizado mi propósito enderezador, me levanté satisfecho, la saludé con respeto y me alejé. A mis espaldas se clavó una mirada de odio. La mariposa batía burlona sus alas azules.

He levantado un altar a la simetría y un cadalso a las cosas y seres asimétricos. En una oportunidad di de bofetadas a un militar porque usaba un kepis incorrectamente, es decir, ladeado. Propuse matrimonio a una octogenaria —para el amor la edad es secundaria— a quien adoro porque peina su blanca cabellera mediante raya en medio perfectamente trazada que la divide en dos partes iguales.

Fui procesado por haber dado muerte a una mujer que tenía horriblemente torcido el lado izquierdo de su rostro y me sonrió, insistente con su boca que abría oblicuamente. Los alienistas dijeron no sé cuántas tonterías que me tienen recluido en el Nuevo Hospital Psiquiátrico. Empero, soy persona mentalmente equilibrada ya que lo único que me desequilibra es, precisamente, ese desequilibrio o asimetría de las cosas.

El Chalet que ocupo es agradable. La pintura en sus paredes, de tono suave. A la entrada se yergue un jazmín de parra que perfuma el ambiente. Me tienen aislado; pero no me preocupa. Lo que sí me molesta es Rosa, la enfermera que asiste en el turno de la noche. A veces, el ojo izquierdo se le vira ligeramente hacia arriba y eso, con razón, me da coraje. Pero he logrado disimular el rencor que me causa, e incluso he conseguido inspirarle confianza.

Son las ocho de la noche. Dentro de unos instantes vendrá. Se sentará, igual que ayer, al borde de mi cama. Tengo escondida, debajo de mi almohada, una aguja de coser sacos. Será cosa de segundos…

 


Roberto LeitzelarROBERTO LEITZELAR (El Salvador, 1916-2013). Un reconocido Doctor en Jurisprudencia y Ciencias Sociales, fue autor de una tesis considerada excepcional en su tiempo por la modernidad de su tema: Sucesión por causa de muerte y donaciones entre vivos (1942). Pocos saben que, en privado, cultivaba el cuento.