Rolando Costa: “Helechos” (poesía)

Una selección de la alucinante poesía en prosa de un libro único en el canon poético de la región: Helechos (San Salvador, 1971), un retrato implacable de la marginalidad urbana, de la locura y del poder redentor de la naturaleza.

Rolando Costa
Introducción de Jorge Ávalos
La Zebra | #6 | Junio 1, 2016

Introducción

Rolando Costa (1942) es autor de un único libro de poesía en prosa que, a su vez, es un libro único en el canon poético de la región: Helechos. En sus páginas, cuadros de realismo se conjugan con un simbolismo hermético en una obra que explora la marginalidad social en la San Salvador de la década de 1960, una ciudad donde reina la alienación y la locura entre los embates de una miseria escatológica y de una violencia sin tregua.

Lo que redime este enfoque tan tenebroso de la vida es la luminosa palabra del poeta, que celebra a la naturaleza y a los dones de su belleza, aun en sus aspectos más grotescos y crueles: en la putrefacción descubre y recrea el nacimiento de las luciérnagas y las mariposas; él habla por los árboles y los ríos, otorgándoles el papel de testigos de una humanidad que ha perdido su conciencia; y asimismo nos convence de que los parsimoniosos reptiles en los pantanos sueñan con ser dragones.

Costa es también autor de una novela de culto: Euquenor, ganadora de un premio nacional en 2002, pero que permanece inédita y sólo ha circulado en versiones mimeográficas o en fotocopias. Toda su poesía está reunida en Helechos, publicado en una versión incompleta en 1971 (Dirección de Publicaciones e Impresos, San Salvador), pero reeditado íntegro, y expandido con su poesía posterior escrita en verso y en prosa: Helechos y otros poemas (Ediciones El Venado Blanco, San Salvador, 2009). Con el permiso del autor, y a diferencia de como se presentan en el libro, los poemas seleccionados aparecen aquí con títulos, con el fin de orientar al lector y para lograr una identificación más clara del contenido de cada poema.

Jorge Ávalos
Introducción y selección

Ilustración de Armando Solís para la edición original de “Helechos”.

Poemas de Rolando Costa

El dragón

Coraznado, hálito de pie. Sólo dormido, a fondo. Si despierta saldrá de la cueva inmensa, vagará por la selva enorme; y le acosarán, montando jabalís, sagárida en mano y cuatro brazos verdes, gatunos príncipes hindúes de piel dorada; pero él los traga a todos.

Si despierta despertará en dragón.

El ave rapaz

Incesante, me persigue de cerca; me observa, el ave rapaz desde la copa del árbol. Alzo vuelo; me sigue de cerca.

Tiene el cielo la forma de su cabeza y el ancho de su mirada.

Lobos

La noche es propicia; escucho los astros. La siento. Cóncava, azul, profunda; adentrémonos, perdámonos… La noche es propicia: aullaré. Y te encuentres donde te encuentres: escucharás, mi loba.

Luminosa pelambre: luz es silencio.

La voz de un niño

Miembros felinos ascienden y arrastran cuerpos destrozados; es una alfombra roja el musgo que ha brotado de la sangre, y en ella nuevos seres pululan, seres luminosos que constelan los oscuros pasillos del palacio, encanto de furtivos.

Hay un niño ciego que todas las tardes sube a la torre; ya en su altura, clama por su nombre. Y clama por todos los nombres de los que fueron arrojados a las hienas del mar.

La torre

Un viento fuerte y poderoso golpea y estremece los cristales luminosos de las ventanas. Invade la habitación y derriba sus puertas. Ha penetrado en todo el castillo. En su centro se agolpa y retrae —los habitantes, atónitos, abren sus ojos violentos y respiran el terror que les devuelve a la vida un instante. Silencio. El viento se adentra en sí mismo sorprendido cada vez más de su poderío, y expande su potencia con el grito terrible de un ángel. El castillo estalla en pedazos y nace el fuego, que crece y se propaga en llamaradas. El viento, desnudo, se divide en dos vientos… Sólo la torre permanece enhiesta y solitaria…

El río

Tenues destellos dorados que de onda en onda y rumor en rumor toman forma y se condensan; un cuerpo oscuro, casi azul, sale a la margen; se tiende entre raíces y sobre el húmedo césped saluda a través del follaje al límpido cielo. Única, la flor roja cae en su pecho. Acaricia raíces: yo soy el río, y te amo.

Regocijo, quisiera inclinarse y responderle en su modo de él, con la ternura cósmica de que es capaz, que ella sabría recibir su amor; pero no puede. Tal es la quietud, tan dormida la brisa que cada hoja, una a una, permanece inmóvil y callada; sin embargo, dulcemente acogido, apoyado en raíces, el cuerpo, ebrio de fragancias, reposa. Si tan solo pudiera —y parece presentirlo— darse cuenta él de su amerante presencia; ahora… Tantos siglos… Tantos siglos… de rozarle el alma… Parece en ocasiones que va a mirarla; y solo acaricia ramas. Inclinado al borde de sí mismo, nostálgico, envuelto en los susurros aromados del follaje solloza el dulce aturdimiento. Y ahora, allí, abierto al mar: ya no podrá seguirle. ¿En algas y corales…? Mar tranquilo…

El último salto. Denso dolor y cierta alegría. Ha llegado. El último salto y disolverse de onda en onda y rumor en rumor; disolverse, irse disolviendo; alejarse… Ha saltado, zambulle su forma irrecuperable… Si la descubriese allí, cimera ya en las desnudas rocas; si la descubriese él mientras se disuelve; si a él llegase, todavía destellos y casi espuma, esa última flor que las olas arrojaron a la playa (satánico rechazo del mar) y que, en los pies de un niño que inocente y cruel la arrastra, desaparece… Si la hubiese descubierto cuando de savia en savia se le ofrecía… Si no hubiese llegado…

No sabe el niño qué dolor experimenta al contemplar aquel árbol deshojado, ramas secas, asido apenas a las rocas e inclinado sobre el mar; ese mar… ¿Volverá a su nahual? Es un dolor que trasciende y transmuta; es un dolor que está allí en esa flor que entre sus dedos aún existe. Es un dolor que está allá, en todo ese mar. Es el dolor de más allá de los horizontes. Es el dolor de las estrellas. ¿Cómo llegar? El dolor va hacia el dolor; hubo navegantes que no conocieron el mar. Y el nahual no volverá.

Yo soy un río, murmura.

Y se interna costa adentro, hacia las montañas.

El árbol

Si recuerdo, se perdieron detrás de las casas hundidas, de los cerros y de los mares anaranjados del horizonte, como algo que no alcanzamos a distinguir mientras cae o pasa, llenos de viento y alaridos cóncavos y retratos y polvo y páginas. Estuve allí parado hasta la desaparición última; no respiraba; nadie. Ni un pájaro muerto; ni una roja cosa cualquiera en la oquedad. Largos y derruidos muros blancos de adobe.

Callada y dulce alma que quizá ya no existe, bajo sombra reía y amaba…

Mis flores dicen al musgo que mucho tiempo ha que vienen y se van sin razón; que pasan sin verme, pero que yo estoy. Así fue con ella…

Pasaron todos. No dejaron nada ni yo tomé de ellos nada. Se hizo el vacío. Pero fueron reapareciendo y ahora mismo están pasando, y van silentes, desnudos, mutilados, entrecruzados, disueltos, en sombra; no hacen ruido, no llevan nombres; sordos y ciegos; pasan frente al espejo y no se miran; y no les veo; no existen. No sé quiénes sois vosotros que abrís las puertas en carne, mancháis de rojo los calendarios y sonreís ya sin ganas. Ni que esperáis, aparte del momento de partir. ¿De dónde brotáis? ¿De entre raíces, de piedras? ¿En qué raros nidos ováis? ¿Sois los mismos? Y cuando das la espalda, ¿adónde y para qué? He visto a uno quedarse quieto en un zaguán; lo arrinconaron, yerto, a la intemperie; morada de insectos, esperan que un día sirva de algo. He visto que se aúnan en caverna, en ella se adentran y ya no aparecen; abordan el viento serpiente y nunca más se sabe de ellos ni de sus hijos sino a la hora de partida; uno a uno van saliendo asombrados de la visión… ¿Yo? Escucha, así ha sido.

La voz y su preciosa piel de serpiente estuosamente desenroscada de la roca —sol, hojarasca y humedad— se abre roja y existe, toma posesión del universo, asoma por mis ojos y mi aliento, me llena de sí y soy algo más que un viejo tronco, que este viejo tronco rodeado de antiguas montañas. Por ella, que los dioses rechazaron, ingreso al tiempo y existo. En cuanto a ti, ¿qué más puedo decir?

Veo que vienes y pasas, para estarte más allá, en la sombra que hago, tendido, y ves pasar esa muchacha cuyo andar asombra y hace feliz, y piensas en algo cubierto de abejas doradas; pero nada te da la respuesta. Te pones a mear y casi lloras. En un rincón hay excremento de anoche (Bajaron los vagabundos de la luna y eso dejaron del silencio). En mi hombro hay un pájaro y lo escrutas; escrutas el clamor de las campanas y las gotas que comienzan a caer; y a tus manos, que han caído y yacen muy cerca, cántaros rotos… Te mastican los minutos y les dejas… Lo mismo pasa allá, en una sala del palacio. Bajas la oreja. Tu hija es bella; tu mujer fecunda; y el varón arrebaña en las calles y canta. Sufres; se ve que sufres; pero finalmente te marcharás. Han pasado años; la flor se ha cerrado y percibo el silencio. Estáis como ciegos, simulando, entregados a la araña; nada puedes hacer, merodees o no merodees; tu edad es esa. Vienen por ti y esperas; siempre solo. Eso es de todo. La gran posesión: tus manos baldadas.

Se levanta y se marcha; pero se queda sentado. Y se pone a llorar.

Algunas flores caen a sus hombros…

 


La portada que encabeza esta página proviene de la primera edición de Helechos, publicada en San Salvador, 1971. Tanto esta acuarela de la portada como las ilustraciones a tinta del libro son obra del artista salvadoreño Armando Solís.