Francisco Herrera Velado: “La corrección de menores” o la educación de un travestí del siglo XIX (poesía / cuento)

La historia humorística de la educación de un joven heterosexual obligado a vestir ropas femeninas para salir adelante en la sociedad.

Francisco Herrera Velado
Introducción de Jorge Ávalos
La Zebra | #7 | Julio 1, 2016

I. Introducción

La sexualidad tiene expresiones mucho más diversas de lo que supone la simple distinción entre lo femenino y lo masculino, incluso dentro del espectro psicológico de cada una de esas dos categorías, como lo demuestra este clásico retrato sobre la “confusión del sexo” que provoca un travestí adolescente en El Salvador rural del siglo XIX. Escrito por Francisco Herrera Velado (1876-1966), un humorista salvadoreño, autor de Agua de coco y Mentiras y verdades, “La corrección de menores” es la historia de la educación sentimental de un joven heterosexual obligado a vestir ropas femeninas y a seguir las reglas de decoro propias de una señorita, provocando pasiones insólitas en sus compañeras y horror entre los adultos responsables de su formación, quienes lo confunden con “una viciosa, una lesbiana”. A continuación publicamos un fragmento de esta “tradición”, que es como se le llamaba en Latinoamérica a este tipo de cuento en verso al estilo italiano y que José Batres Montúfar (1809–1844) hiciera tan popular en Centroamérica.

La corrección de menores

Francisco Herrera Velado

Para Amílcar Ávila y Raúl Ávila

I

La criminosa autoridad jurídica,
a la orden siempre de un jayán colérico,
dejó en mis nervios impresión fatídica
y un terrible trastorno disentérico.
Hoy os daré la narración verídica
de mi carácter tímido e histérico;
pues siento vocaciones apostólicas
ante las leyes del país, diabólicas.

Un célebre doctor hizo el diagnóstico
de que hay desequilibrios en mi brújula
por mis raras tendencias al acróstico
y versificación asaz esdrújula.
Como es peligrosísimo el pronóstico,
Quiero evitar esa obsesión tan úlula,
Y observaré conducta más sintética;
Porque fue mi niñez algo hipotética.

II

Me llamo Luis, pero me dicen… “Luisa…”
No os pongáis a reír, que soy muy hombre,
y es un prejuicio tonto vuestra risa.
A mi tía le debo el sobrenombre;
pues me crió con enaguas y camisa,
y cumplí catorce años con tal nombre.
Nada más. La devota ña Tomasa
Nunca admitió calzones en su casa.

Yo no sé los motivos que tenía
para odiar cordialmente a los varones;
mas recuerdo muy bien que no podía
ver de cerca ningunos pantalones.
Quizás alguna vez joven sería,
tengo para creerlo mis razones;
y guardó desde entonces aquel odio;
pero no es conocido el episodio.

Mujer de posición independiente
Aquella cristianísima señora,
Salía de su casa solamente
A oír la santa misa de la aurora;
o si Nuestro amo hallábase patente;
o si llegaba del sermón la hora;
y como tales eran mis quehaceres
no hice lo que hacen las demás mujeres.

Que no sé de costura ni puntada,
y no sé de lavada ni zurcido
y no sé de comida ni planchada…
De planchas sí: la plancha de mi vida
que ya os la contaré bien detallada.
El Kaiser la encontró muy divertida,
e hizo un poema, con un vals anexo,
para probar la confusión del sexo.

De veras, fui mengala muy bonita;
con unos ojos como dos luceros,
tan llena de candor, tan modosita…
Ya bien sabéis que no hay tales carneros;
Mas esta adulación se necesita
Para ciertos asuntos venideros.
Lo que más elogiaba el padre Antón
Eran mis dientecitos de ratón.

Mi tía se llenaba de coraje
Por mis gustos un poco pecadores,
y dábame pellizcos como gaje,
porque mucho miraba a los señores…
Mas lo que yo miraba era su traje,
instintos de mi sexo, defensores;
aunque también causaban muchas riñas
mis ojos insolentes con las niñas.

Siempre mi traje admiración produjo:
un chal color de grana que lucía,
y enaguas verdes de cambray pirujo;
casi era una tajada de sandía
con aquellos colores y aquel lujo,
mas tal era el antojo de mi tía;
faldas largas, y botas intermedias,
para cubrir las indecentes media.

Tenía prohibición de usar espejo—;
no sé qué imaginaba la señora,
ni lo quiero decir, no soy pendejo—.
Yo me miraba en una cantimplora;
Veíame con ojos de cangrejo
y boa de taltuza, roedora;
pero un día bebiendo en una espita
el agua hermana me copió bonita.

III

Vivía en la parroquia una señora,
prima de don Carmelo el señor cura,
quien no obstante lo buena y rezadora
tenía un ángel condenado. Pura,
una hija divinal y seductora
de inmensa devoción y travesura;
y llevábame a ver la sacristía,
con gran satisfacción para mi tía.

Era mayor que yo, más vivaracha,
de ojos hondos y azules como lagos;
con gustos de muchacho, la muchacha…
unos antojos y caprichos vagos…
Yo era el machete de la floja cacha,
pues había vivido en otros pagos;
y sentía en la vértebra cosquillas
cuando ella me sentaba en sus rodillas.

Y conocimos la maldad secreta
de bostezar en misa y jubileo,
de ansias sin nombre la amistad inquieta
que es en las niñas precursor deseo.
El caso de Romeo y de Julieta…
mas Julieta era yo, y ella Romeo.
Buscábame afanosa, me quería,
Con gran satisfacción para mi tía.

Pura llegaba mucho a nuestra casa;
éramos dos muy íntimas chicotas;
cual dice la academia, “muy del asa”.
Pura cosía mis enaguas rotas,
Todo entre risas e inocente guasa,
causando envidia a las demás devotas
por celos al honor que nos hacía…
con gran satisfacción para mi tía.

IV

Y he aquí que yo, con la divina Pura,
frecuentamos la casa de una abuela:
orden de don Carmelo el señor cura,
varón más persuasivo que una espuela.
Cocina, dulces finos y costura,
eso sería nada más la escuela
(amén de otras secretas socaliñas
que con tiento procúranse las niñas).

Era la anciana aquella, doña Tona,
buena mujer de un alma inmaculada;
y yo también era una gran persona;
tanto que Pura se quedó asombrada
de conocer amiga tan simplona
que no sabía de los rezos nada…
Pero parece que sabía poco,
Y tal vez me equivoco, me equivoco.

En los días festivos la señora
nos llevaba a su finca, en Sonzacate,
pueblo que sólo dista un cuarto de hora
de mi ciudad natal de Sonsonate.
Era aquella una fiesta encantadora,
Y hacíamos melcocha y chilate,
Riéndonos de una tal tía Coneja,
Una chismosa y maliciosa vieja.

¡Días de mayo! ¡Verdes naranjales,
huertos donde, dos almas, despertamos;
perfumes voluptuosos y nupciales
del azahar de embriagadores ramos!
¡Noches de ensueño, noches tropicales
que con dulce tristeza recordamos!
¡Noches sin luna… claridades bellas
del patio, que iluminan las estrellas!

¡Mañanitas del campo! Los reflejos
de una niebla dorada yo veía,
besando apenas los postigos viejos
y los rotos tejados: era el día.
Cantaba un gallo… y otro… y otro lejos,
contestaban con loca algarabía;
y luego despertábanse los nidos
entre dianas de arrullos y piídos.

Recuerdo aquella vida placentera.
Voz retozona y juvenil se escucha;
es que se levantó a molendera,
la india de cara alegre y morenucha,
y muele su maíz junto a la hoguera,
en el oficio de la piedra, ducha.
Joven, bonita, con los pechos duros
Y erectos, como nísperos maduros.

Se oye el dichoso-fui, que con ternura
canta al instante de un placer lejano
y añora su paso de ventura…
“Dichoso fui…” “dichoso fui…” (¡oh hermano!)
La chiltota responde en la espesura;
hay un tres-besos-pido, casi humano,
un bribón que en su nido del rastrojo
repite sin cesar aquel antojo.

—“¡Güenos días, Chavela!… —¡Güenos, rica!…
Son los mozos que piden su pitanza;
con risas la muchacha les replica—:
“Tener decencia, niños, y confianza”.
Va del poyo al comal, se multiplica
por servir a su rústica amistanza.
Maliciosos la miran de hito en hito;
ella es la que despierta el apetito.

Cada cual va cogiendo su tanate
de las ramas de un viejo tigüilote:
los chismes necesarios del matate,
un complicado y excelente lote;
la cuma, y el timbudo tecomate
que a guisa de tapón tiene un olote:
y se marchan después a su tarea—.
“Adiós, sabrosa. —“¡Bruto! —“Achís la fea”.

Un corral. Unos bálsamos frondosos.
Un rancho con tapial, para gallinas.
Allí pasamos ratos deliciosos
haciendo confidencias peregrinas…
Allí abrazos y besos… milagrosos…
(¡Hay en el mundo cosas tan divinas!
Allí supe de besos en la boca…
Locas bocas de un loco, y una loca).

Besos lentos, tan lentos y pausados
que parecen dormidos o rendidos;
besos que son después sobresaltados
como extraña obsesión de los sentidos;
éxtasis de dos seres adorados
en un espasmo solo confundidos;
embriaguez de divinos embelesos;
¡toda la vida en un instante… besos!

V

…“y no leímos más desde aquel día…”
Luego mandaron a un convento a Pura,
y a mí a la calle me mandó mi tía;
porque estaba furioso el señor cura:
la tal Coneja, la maldita espía,
hizo un relato que causó pavura.
(Por suerte, aquella vieja perillana
creyóme una viciosa, una lesbiana).

¿Diré que fueron mis desgracias, muchas?
¿Nombraré “amor primero”, “corazones”?…
¿Maldeciré la mala suerte?… ¡Puchas!
Antes que Pura y todo… ¡mis calzones!
No soy de novelescas paparruchas,
y me sé aprovechar las ocasiones.
Con la maleta que me dio mi tía
llegué a San Salvador el otro día.


Fotografía de un travestí italiano por Wilhem von Glöden [Gloeden] (1856-1931), n. 0923. Amore e arte, p. 32.