Ricardo Lindo: “Philip Roth sobre la monstruosa intransigencia humana” (crítica)

Una reseña crítica de la novela La mancha humana del norteamericano Philip Roth, y que Lindo considera “una obra extraordinaria”.

Ricardo Lindo
La Zebra | #10 | Julio 1, 2016


La mancha humana novela de Philip Roth. Título original: The Human Stain. El comentarista acude a la traducción francesa titulada La tache. Editorial Gallimard, 2002. 442 páginas.

 

“No, si ustedes no estuvieron en 1998 no saben lo que es la indignación virtuosa. El editorialista William F. Buckley, conservador, escribió en una de sus columnas: ‘En tiempos de Abelardo sabían impedir al culpable recomenzar’.” Cito a Philip Roth, quien cita a William F. Buckley. Al Sr. Buckley no le parecía suficiente con que destituyeran al Presidente Clinton por haber introducido su erecto miembro en la boca de una gentil damisela. Quería, encima, que lo castraran.

El libro al que me referiré y del cual extraigo la cita anterior, no es reciente. Apareció en 2000 y fue llevado a la pantalla tres años más tarde, con Anthony Hopkins y Nicole Kidman como protagonistas. De su autor, fuerte candidato al Premio Nobel, no conocía más que el nombre. Ahora conozco un libro, no al autor, que es prolífico, de modo que conocerlo implicaría la lectura de unos cuantos miles de páginas más, pero el hecho de que se trate de un grueso tomo y el hecho de que se trate de una obra extraordinaria otorgan, creo, una base suficiente para escribir unas menguadas líneas.

El personaje central de La Mancha Humana es Coleman Silk, un profesor distinguido de literatura clásica, un traductor de los griegos de sus fuentes originales. Su lenguaje franco despierta la admiración y la simpatía de sus alumnos. “¿Saben ustedes por dónde comienza la literatura europea?”, les pregunta Coleman Silk y explica a continuación que La Ilíada, ese venerado volumen, puede aproximarse a una riña de borrachos en un bar por una mujer. El erudito es además un hombre enérgico, que eleva el tono de la universidad provincial donde labora, llega a decano, es un hombre exitoso en todos los sentidos. Pero, próximo a su retiro, un malentendido hábilmente trabajado por los envidiosos hace que se le acuse de racista y Coleman Silk debe renunciar en la ignominia. Para colmo ha muerto su esposa poco antes…

Tras tentar una vana lucha, Coleman Silk se dedica a la resignación. Esa sociedad moralista y mediocre que está dispuesta a echar a un presidente porque ha tenido sexo oral, que ha hecho una personalidad mundial de la joven succionadora, ha triunfado en el caso del decano defenestrado. Haciendo a un lado las convenciones, éste toma por amante a una mujer ignorante, de menos de la mitad de sus años. “Gracias al Viagra —reflexiona el profesor Coleman— puedo entender las transformaciones amorosas de Zeus”. Pero ahora el moralismo puede seguir delante y lo hace por intermedio de un anónimo. Pero Coleman Silk tiene un secreto, un terrible secreto.

Faunia Farley, la ignorante lechera que hace lo mismo que la célebre amante de Bill Clinton, que es de todos despreciada, que ha sido víctima de monstruosas violencias mentales y físicas, es la única, al parecer, en llegar a conocer ese secreto en vida de Coleman Silk. Pero Faunia muere con él en un sospechoso accidente, que otro anónimo cruel atribuye a la premeditación del propio profesor Silk, manchando póstumamente su memoria, y ese sombra en la vida del profesor marcha con ellos a las tumbas, porque son enterrados separadamente. Silk con su viuda, mientras sus hijos procuran reivindicar su memoria, con el primer profesor negro de la universidad, reclutado en otro tiempo por el decano Silk, supuesto racista, haciendo su elogio fúnebre; Faunia con menos gente, como era de esperarse, en un lugar semisalvaje que se le parece, llorada por su padre en silla de ruedas pero abominada por su joven madrastra, en tanto en el otro entierro los hijos del decano no quieren ni saber que ella existió. Existió, sin embargo, en las páginas de la novela al menos, y fue grande a su modo. Pero no les revelaré yo el secreto de Silk, porque hay que guardar respeto por los muertos. Les dejo la tarea de buscar la novela.

Zuckerman, alter ego de Roth, novelista y amigo de Silk, escribe La Mancha Humana. No es un narrador omnisciente. Actúa más bien como un detective, pero es, de algún modo, Dios. Su mirada compasiva se extiende a todo el horror que va desplegando ante nuestros ojos, el sombrío subterráneo de Silk, la despiadada vida de Faunia Farley y hasta la tortura de su supuesto asesino. Nos vuelve humana, incluso, a la pequeña profesora tras los anónimos, quien antes de asestar su último golpe comprende el sentido de su perversidad, que ella imagina justiciera: está enamorada de Coleman Silk o, al menos, Coleman Silk es su ideal erótico.

Pero bien, creo que les debo el secreto de Coleman Silk. Al cabo, el narrador lo revela bastante al comienzo, aunque él mismo no lo sepa sino tras la muerte de Silk, y la novela, intrincada y sembrada de crueles sorpresas, seguirá interesando al lector, aunque lo sepa. Por otra parte, es dudoso que encuentren La Mancha Humana en las librerías de El Salvador, donde se favorecen los best-sellers y los libros de superación personal, y donde un libro contemporáneo que despierte nuestro interés, si lo encontramos, generalmente nos disuade de adquirirlo al ver el precio. Si yo pude leerlo fue gracias al actor Leo Argüello, quien me lo obsequió.

El hecho es que un joven Coleman, de piel bastante clara, va a despedirse de su madre negra haciéndole saber que falsificará sus orígenes para pasar por blanco. Es la única forma para él, en los Estados Unidos de ese entonces, de obtener derechos civiles.

Mas lo que convierte el ojo de Zuckerman-Roth en el de una deidad omnisciente es que va viendo, bajo los actos de sus personajes, las enormes corrientes que los mueven, volviendo esos actos casi inevitables, mostrándonos la estupidez y la intransigencia de la humana progenie como un monstruo que asume el papel que tiene el Destino en aquellas tragedias griegas que el profesor Coleman Silk, con tanto desenfado, explicaba a sus alumnos en una universidad provinciana.

 


RICARDO LINDO (San Salvador, 5 de febrero de 1947 – 23 de octubre de 2016). Poeta, narrador y ensayista salvadoreño. Obtuvo un temprano reconocimiento por su poesía, pero alcanzó celebridad con su primer libro de cuentos XXX (Equis equis equis, 1968), que con un imaginario surrealista relataba las aventuras de un agente secreto, “XXX”, el cual muere en cuatro ocasiones distintas. El libro fue seguido de otro libro de cuentos surrealistas, Rara avis in terris (incorrectamente llamado “terra” en su única edición de 1972); el título proviene de la famosa frase satírica de Juvenal (82 después de Cristo) “rara avis in terris nigroque simillima cygno” (“un pájaro raro en la tierra, algo así como un cisne negro”), y que constituye la primera alusión del autor a su condición de hombre diferente, por su orientación homosexual. No fue sino hasta el 2004, con el libro de poesía Injurias, que el autor se declaró públicamente gay y adoptó una actitud de orgullo de su identidad asumida, así como de una actividad militante ante la discriminación. Su poesía está recogida en varios libros:Jardines (ilustrada por Salvador Choussy, tres ediciones: 1981, 1983 y 2016);Las monedas bajo la lluvia (ilustrada por Salvador Choussy, 1985); El señor de la casa del tiempo (Serviprensa, 1988); Morerías de papel (ilustrado por Guillermo Grajeda Mena, Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala, 1989); Injurias y otros poemas (ilustrada por Beatriz Alcaine, La Luna, Casa y Arte, 2004); Bello amigo, atardece (Índole Editores, 2010). Es autor de varias novelas, incluyendo Tierra (Dirección de Publicaciones e Impresos, 1996) y Oro, pan y ceniza (Editorial Lis, 2001), y de varios libros de cuentos, incluyendo la antología Arca de los olvidos (Dirección de Publicaciones e Impresos, 1998). También es autor de varios ensayos sobre las artes en El Salvador.