Jorge Ávalos: “Alfonso Kijadurías: El mayor reto es el silencio” (crónica)

Una reveladora compilación de los apuntes de Jorge Ávalos sobre Alfonso Kijadurías, basados en encuentros realizados entre 2003 y 2009, cuando el poeta recibió el Premio Nacional de Cultura.

Jorge Ávalos
La Zebra |
#7 | Julio 1, 2016

1.

Pocos poetas en el mundo, y he leído a legiones, me ofrecen el universo a cambio de unos minutos de lectura como lo hace Alfonso Kijadurías. Hay algo que él sabe acerca de las trampas de la realidad que me provoca emociones inéditas en mi consciencia. Mis propias convicciones parecen huir por los resquicios del miedo y el asombro, y regresan con un conocimiento nuevo después de vagar entre sus palabras y sus versos. La historia deja de ser la historia que nos han contado, y la verdad abandona su dura fijeza para convertirse en ese enigma con forma de mujer que corre hacia el origen de su propia belleza.

2.

A partir del silencio

Silencio. Esa es la palabra favorita de Alfonso Kijadurías.

“No sólo es mi mayor extravagancia”, confiesa, “también es mi mayor logro”.

El extravagante silencio de Kijadurías es el mayor desafío que un escritor ha hecho a la literatura salvadoreña en mucho tiempo. Reacio a las entrevistas, a las plataformas editoriales y al activismo político, Kijadurías calla para permitir que su obra hable con la única certeza que él considera posible: “La certeza de la duda”.

“A través de mi poesía niego al yo para permitir que resurja en la palabra, pero transformado”, dice, en su casa, en las afueras de Quezaltepeque, donde se resguarda de los duros inviernos de Vancouver, Canadá, su lugar de residencia desde hace varios años. “Es así como he podido incorporar el sufrimiento humano en mi poesía. Lo que he vivido, lo que he visto y lo que he aprendido resurge en la poesía: el exilio y las guerras, la muerte de los amigos, el amor, la soledad.”

Kijadurías se ha convertido en el polo espiritual de la poesía salvadoreña, en un puente entre las generaciones viejas y nuevas, y en un vínculo referencial entre intelectuales de diversas ideologías. Pero esto es, en realidad, un desarrollo reciente.

A través de mi poesía niego al yo para permitir que resurja en la palabra, pero transformado.

El auténtico compromiso

Contrario a lo que muchos suponen, Kijadurías nunca perteneció a la llamada “Generación Comprometida” —que se refiere a un grupo y no a una generación literaria— y nunca tuvo vínculos orgánicos con sus miembros. Participó de las aventuras editoriales de “los cinco” —que incluía a un grupo más reducido: Roberto Armijo, Manlio Argueta, José Roberto Cea y Tirso Canales—, pero su temperamento lo condujo por el camino opuesto. Para Kijadurías, la poesía en sí era un acto liberador.

También hay un persistente mito alrededor de su libro de poesía más conocido y admirado, Los estados sobrenaturales. No ganó un reconocimiento inmediato, como se suele suponer, y no fue un éxito de crítica ni de público. Impreso en 1971 por la Editorial Universitaria, sólo un par de centenares de copias del libro circularon, el resto se perdió durante una ocupación militar de la Universidad Nacional un año después. Aunque el libro contenía un comentario elogioso de Roque Dalton, el poema “pasó inadvertido” en los medios de prensa de aquel entonces.

La “fama” de Kijadurías y el “renombre”, como él lo califica, de su poesía, permaneció, a través de tres décadas, sólo en las mentes y corazones del reducido círculo de poetas que lo habían leído. Pero esa tenaz admiración creció, después de la guerra, hasta rebasar toda expectativa. La publicación —más de tres décadas después de la publicación de su primer libro— de una novela, Lujuria tropical, y dos recopilaciones de poesía, Toda razón dispersa y Es cara musa, le han dado un nuevo impulso a la circulación de sus libros y un reconocimiento unánime de la crítica al valor de su obra.

El peregrino

Alfonso Quijada Urías nació en una casa del centro de Quezaltepeque, el 8 de diciembre de 1940. Sus padres, Jesús Quijada e Isaura Mercedes Alvarenga, eran de origen campesino, pero su madre vivía en la ciudad, por eso es que Kijadurías asegura que proviene de los “dos mundos: del campo y la ciudad”.

Esos dos mundos tienen ahora una dimensión más amplia en la constante trayectoria de ida y regreso, de exilio y retorno del autor entre Canadá y El Salvador. Estos mundos complementarios también encuentran expresión artística en los dos territorios de su obra.

La poesía de Kijadurías es cosmopolita. Rebasa tendencias provincianas y despliega, a menudo, una gran complejidad estructural o lingüística. Su voz poética proviene de vastos dominios para hablarnos de las cosas más fundamentales de la experiencia humana: la realidad y la locura, el amor y el deseo, el silencio y la muerte.

Sus cuentos representan el mismo viaje, pero en sentido opuesto: emprende un camino que parte de la aldea y sus costumbres para llevarnos a lo universal. En la magia de la realidad cotidiana, ya sea en Quezaltepeque o en Vancouver, su obra narrativa ilumina el camino que todos emprendimos en busca del sentido de nuestras pequeñas vidas.

Yo no escribo para el pueblo porque vengo del pueblo, soy del campo y lo llevo dentro.

De una alondra de luz a las tinieblas

Kijadurías publicó sus primeros poemas a los 19 años. Esos versos primerizos reflejan la notable influencia de Rubén Darío, como lo demuestra “La toma”, publicado en la sección de literatura infantil de El Diario de Hoy, “El niño y su mundo”, a cargo de Ricardo Martell Caminos, el lunes 12 de septiembre de 1960:

Niña glauca,
en ti me encuentro
silencioso y puro.

(Mi amor se inicia
en tus orillas claras.)
Niña azul,
hermana de la brisa,
amiga de la estrella.

¿Quién puso tanta luz
sobre tu espejo puro?
Mirándote, yo soy
sonoro caracol en tu sonrisa.

Así te amo, azul y silenciosa.
Tan clara y matinal como la aurora,
con una alondra de luz en tu mirada.

Quezaltepeque, mayo 17 de 1960

Los que conocen la poesía de Rubén Darío, reconocerán la imagen “alondra de luz de la mañana” trastocada por Alfonso. A lo largo de esa década, Kijadurías abandonaría la limpia dulzura de esos primeros versos y se convertiría en la voz más oscura de una nueva generación.

Los estados sobrenaturales, una secuencia de poemas en prosa publicados en 1971, colmados de imágenes poderosas que cruzan los linderos de la razón, se convirtió en su libro más emblemático. El reconocimiento que le dio ese libro tenía una cara inesperada: la marginalización en el medio literario.

“Por mi temperamento y por mi estilo de escribir me convertí en un escritor marginado. Yo no escribo para el pueblo porque vengo del pueblo, soy del campo y lo llevo dentro”, señaló, en reacción a la tendencia que se cimentó en la década de 1970, cuando se escribía una poesía política y coloquial.

Iluminado por los ensayos de Octavio Paz, “el primer intelectual latinoamericano en denunciar los crímenes de Stalin”, sostuvo, Kijadurías tomó una ruta alterna y se dejó guiar por los grandes poetas surrealistas y neobarrocos del siglo XX: Osip Mandelstam, Saint-John Perse y José Lezama Lima, entre otros.

“La poesía”, explica, “sirve para hacerte consciente, tanto de la realidad como de la irrealidad: consciente de que el espíritu está presente; la poesía sirve para despertar a quienes tienen el alma dormida; sirve para exorcizar a los demonios y para invocar fuerzas benignas”.

Eso no significa que Kijadurías rechace a los compañeros de su generación o que le cierre los ojos a la realidad.

“Yo no tengo complejo de Adán”, dijo, recordando con orgullo las influencias de sus amigos y de sus lecturas. “Leí La Divina Comedia en la casa de Antonio García Ponce, conocí a Ítalo López Vallecillos cuando le pedí un autógrafo a la entrada de la Galería Forma, y trabajé como corrector en un periódico con José Roberto Cea”.

Su principal guía intelectual en esos años fue Roberto Armijo, a quien reconoció un día parado entre las gallinas que se meneaban en un autobús.

A ese período de transformación vital y al trasfondo trágico en que desencadenó el país durante la década de 1980 le dedicó una vasta novela, todavía inédita: Cibele.

La poesía sirve para hacerte consciente, tanto de la realidad como de la irrealidad: consciente de que el espíritu está presente; la poesía sirve para despertar a quienes tienen el alma dormida; sirve para exorcizar a los demonios y para invocar fuerzas benignas.

3.

Una tarde de marzo de 2003 Alfonso Kijadurías y yo nos encontramos en el café Bella Nápoles en el centro de San Salvador y conversamos sobre poesía. Lo que yo tenía que decir sobre nuestro querido arte poético está de más. Dejo aquí un registro de algunas de mis preguntas y de algunas de las respuestas de Alfonso.

Los estados sobrenaturales es un libro muy personal pero al mismo tiempo lleva el pulso de la época. ¿Cómo surgió ese libro?

—Ese librito comenzó como un balbuceo. De hecho, es un balbuceo. Surgió a partir de una lectura de Tristes trópicos de Claude Lévi-Strauss. El hombre primitivo enfrentado al cosmos y el origen del lenguaje. Yo sentía la orfandad del hombre primitivo. Hay una impotencia del lenguaje y hay una orfandad de Dios. El libro pasó inadvertido en esa época y para muchos eso no era poesía. Sólo Ricardo Lindo acertó y publicó una nota en La Pájara Pinta. Armijo también publicó un texto. Cuando salió el libro yo me quedé muy arrepentido. Hay mucha más madurez, reflexión y coherencia en Es cara musa. Hay también un mayor gozo de la palabra, es más lúdico y más libre.

—¿Creíste alguna vez que se podía hacer revolución con la poesía?

—Yo siempre creí en la revolución dentro del arte mismo. Es importante revolucionar el arte, como una forma de libre expresión. Yo por eso me quedo con el aspecto surrealista de Roque Dalton.

—¿Crees que a él le hubiera sido posible renunciar al camino de la militancia revolucionaria?

—Ese hubiera sido un gesto de mayor valentía. Pero lo hubieran matado de todas maneras porque el momento histórico era difícil. Muchos nos vimos arrastrados por ese alud. A él lo avasalló el momento. Difundió por tanto tiempo un discurso revolucionario que al final no le quedó más alternativa que adoptarlo en la práctica, hasta las últimas consecuencias. Cuando supe la noticia de su muerte yo sentí una indignación muy espontánea. Sentí cólera y a la vez, me sentí defraudado porque, quiérase o no, había esperanzas en la izquierda. En la izquierda revolucionaria había gente de mucho talento y mucho valor. Esto vino a crear un desencanto, una desilusión; pero me permitió abrir los ojos sobre los peligros de la ideología, a dónde conduce y, luego, a hacer una revisión de la época y la literatura. ¿Cómo era posible —me pregunté— que un Neruda escribiera una oda a Stalin cuando al mismo tiempo se estaba torturando y asesinando a poetas de la talla de Ossip Mandelstam?

—Tus primeros poemas, anteriores a Los estados sobrenaturales, eran muy cínicos y descarnados. ¿A qué se debió eso?

—Era mi vida, mis circunstancias. Un hombre casado joven, con hijos. Era enfrentar la vida tal y como era: sin trabajo, marginado por la izquierda, por la derecha y por la vida misma. Era muy difícil mantener trabajo. Así es como yo comienzo a emigrar a los Estados Unidos, en 1972. Esos poemas reflejaban el San Salvador de ese tiempo, pero también experimentaban con formas y estilos. Mis poemas en prosa surgieron a partir de lecturas de Baudelaire y del nicaragüense Mejía Sánchez.

—En tu poema “El escarabajo” das, por primera vez, un giro hacia el simbolismo y el surrealismo. ¿Qué motivó ese cambio?

—Me llamaba mucho la atención el escarabajo porque era como ese animal que escribe y se envuelve en su propio estiércol. Así me sentía en ese momento. Es posible que también haya habido influencia del cuento de Edgar Allan Poe “El escarabajo de oro”. Influencias que afloran en el momento más inesperado, ante una página en blanco.

—¿No es ese el mayor reto de un escritor: confrontar ese vacío de la página en blanco?

—Ese es un gran reto, pero el mayor reto es ser ese vacío, para vencer la duda y convertirla en certeza.

—¿Por qué nos atrae tanto, a nosotros los poetas, la duda?

—Es parte del oficio. Para mí, estar frente a la página en blanco es repetir el inicio de cuando comencé a escribir. Es el mismo instante. Uno aprende con el tiempo ciertos trucos, pero regresamos siempre al instante de la nada, cuando echamos los dados, como decía Mallarmé, sobre la página en blanco.

¿Cómo era posible —me pregunté— que un Neruda escribiera una oda a Stalin cuando al mismo tiempo se estaba torturando y asesinando a poetas de la talla de Ossip Mandelstam?

4.

El 5 de noviembre de 2009, Alfonso Kijadurías fue galardonado con el Premio Nacional de Cultura 2009. La convocatoria, que se anunció con dos meses de retraso debido al cambio de Gobierno, fue la primera que se hizo en la rama de poesía desde 1994. Tras ese lapso de 15 años, pocas figuras en las letras salvadoreñas generaron un apoyo tan desinteresado como “el poe” —como lo llaman sus amigos— al aval y a la aprobación del premio.

“En este tiempo tan acentuado por el mercantilismo, la concesión de este premio es extraordinario, independientemente del nombre, porque es un honor a la poesía”, recalcó Kijadurías.

Reacio a las entrevistas, el escritor afirma que este honor debe ser interpretado, ante todo, como un reconocimiento a la poesía y no a él.

“El éxito y el fracaso son las dos caras de una sola moneda”, observó.

¿Qué papel juegan los premios en esa búsqueda profunda de un poeta? Kijadurías no duda en responder a esa pregunta.

“Los premios no te salvan del olvido, lo cual es el gran premio para un poeta: el silencio se lo tiene uno que ganar”, concluyó.

Para mí, estar frente a la página en blanco es repetir el inicio de cuando comencé a escribir. Es el mismo instante.

5.

Cierto día caminábamos, Alfonso Kijadurías y yo, por las calles de su ciudad natal, Quezaltepeque, en La Libertad, cuando se me ocurrió una bufonada.

—¿Te has dado cuenta —le dije— que los mejores poetas de El Salvador somos de La Libertad?

Alfonso se echó a reír y jugó con la idea:

—Y escribimos en la libertad… desde la libertad… en busca de libertad

Antes, en su casa, le había preguntado cuál era, de todas las cualidades de una mujer, su favorita. Él contestó:

—Su belleza.

—¿Y de un hombre? —pregunté.

—Su belleza —contestó.

—¿Y cuál es —pregunté, impertinente como soy— tu palabra favorita?

—Silencio —contestó, sin titubear.

Sé que en ese momento sonreí con satisfacción.

De todas las bondades de la poesía, la más difícil de comprender es que la cima inescapable de todo poeta es el silencio. Es más fácil para un músico comprender que el silencio es música. O para un pintor asumir que la contemplación de una obra es siempre un vínculo silencioso. Y un escultor descubre que su legado resiste la naturaleza del tiempo como una roca de silencio en la corriente ensordecedora de la historia.

Pero el poeta, ¿qué puede hacer? ¿Cómo integrar el silencio al arte de las palabras si el silencio es la ausencia de palabras? Esa ausencia, ¿no es un estado de muerte? Y he ahí, también, la faz injuriosa de lo indecible; y peor aún, el duro gesto de lo inexpresable, lo que las palabras no alcanzan a aprehender.

Y sin embargo la poesía existe porque el silencio existe, porque la poesía es una aventura hacia las regiones de lo inexpresable. El poeta viaja dentro de sí mismo y encuentra en su interior las huellas de la realidad y de la historia, transfiguradas por su propia sensibilidad. Mientras más hondo su viaje, más terrible es el camino. Pero puedo jurar que una verdad tocada por el espanto se convierte en un diamante.

—¿Y cuál —pregunté— es tu mayor miedo?

—El miedo —contestó Alfonso con el eco de su voz.

Y en aquél rincón de La Libertad, nos reímos a carcajadas.

02 Alfonso Kijadurías

 


JORGE ÁVALOS es un escritor salvadoreño. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa.

Fotografía: Jorge Ávalos.