Yin Pedraza: “Piérdete, que están recogiendo” (crónica)

Sobre la producción de un guión de Roque Dalton para la televisión cubana en tiempos de represión social.

Yin Pedraza Ginori
La Zebra |
#7 | Julio 1, 2016

En esta sorprende memoria de sus días en Cuba, Eugenio Antonio “Yin” Pedraza Ginori, escribe sobre lo que implicó la producción, para televisión en directo, de un complicado guión basado en una historia original de Roque Dalton. Adaptada por el poeta salvadoreño y la cineasta norteamericana Nina Serrano, en un guión escrito para cine y no para las limitaciones de un estudio de grabación y transmisión en vivo, Yin Pedraza dirigió el memorable trabajo de ficción para televisión en un ambiente donde estas cosas eran impuestas desde el alto mando político y en un entorno de creciente represión social en las calles de La Habana.

I. A ver lo que hay

En los 60, si uno estaba dispuesto a soportar el vía crucis de una cola, tenía a su disposición varios sitios desperdigados por el Vedado, llamados oficialmente “unidades gastronómicas” y popularmente “matahambres”.

Entre ellos, las cafeterías de los hoteles Riviera, Nacional y Habana Libre, la del patio del Focsa, El Carmelo de 23 y el de Calzada frente al Amadeo, La Cocinita de Paseo llegando al Malecón, La Pelota de 12 y 23, la Arcada de Radiocentro (que para muchos era La Arqueada)…

En ellos se podía comer un tentempié o una merienda. Nada del otro mundo pero habíamos entrado en los años del “algo es algo” y nos conformábamos con lo que dieran. Recuerdo los bocaditos de pan con pasta, los dulcecitos, los helados “cómetelo pronto antes de que se derrita” y aquellos refresquitos tibios hechos con colorante, al que la inderrotable chispa criolla bautizó como “meao de vieja”.

Barrio El Vedado, Habana, Cuba.
Barrio El Vedado, Habana, Cuba.

El parque de mi pueblo en pleno vedado

Nacido y criado en una pequeña localidad de provincia, la esquina del capitalino hotel Capri, la de moda en el Vedado, me recordaba al parque de mi adolescencia villareña, con la gente conversando, cogiendo el fresco y paseando alrededor de la glorieta en la que tocaba la Banda Municipal. En definitiva, la Habana de los años 60 encerrada en sí misma y que había dejado de ser una ciudad cosmopolita, ¿qué era sino un enorme pueblo de campo?

Donde se ligaba, que no era poca cosa

Desde hacía tiempo, N y 21 se habían ido consolidando como un punto preferido de encuentro de mucha peña, en su mayoría jóvenes que girovagaban por allí cada día y, sobre todo, cada noche.

El núcleo central de aquel agujero negro que atraía al personal era la cafetería del Capri. En ella se comía, se bebía, se conversaba, se pasaba un buen rato entre amigos y, si se terciaba, se ligaba —que no era poca cosa—. Lo cierto es que se había colgado la medalla de sitio más in del Vedado, aunque en aquella época jamás habíamos oído hablar del calificativo in y lo usual era decir que tenía onda o caché.

Nunca se sabe con certeza qué factores hacen que las personas se inclinen hacia una unidad gastronómica desestimando a otras. En este caso podríamos hablar de su ubicación a cien metros del epicentro de la vida nocturna que era La Rampa, de la facilidad con que se accedía directamente desde la calle N (sin que hubiera que entrar al hotel como tal), a que la espera de su cola resultaba relativamente pequeña, de la variedad de su oferta, de sus precios asequibles y de la diligencia con que atendían sus camareros. Pero, por encima de todo eso, creo que su predominio sobre los demás matahambres obedecía a la presencia frecuente en sus instalaciones de gente del faranduleo —entendido en su concepto más amplio—, lo que le aportaba un toque especial.

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A ver lo que cae

Al Instituto Cubano de Radiodifusión no había llegado aún el video tape como opción generalizada así que los programas de Televisión Cubana se hacían en directo. Como a los que trabajábamos en el ICR, el Capri nos quedaba a una cuadra de los estudios del Focsa y a apenas dos de Radiocentro, se hizo costumbre que los artistas, directores, escritores y técnicos, antes o después de las transmisiones y ensayos, nos diéramos una vuelta por allí. Muchas veces no íbamos a consumir sino a disfrutar de la atmósfera, “a ver lo que hay” o “a ver lo que cae”.

Cada loco con su tema

Además de la fauna televisiva, otros habituales de la cafetería y sus alrededores eran quienes trabajaban en los cabarets de la zona, pepillas en busca de autógrafos, pepillas en busca de otras cosas, clientes del hotel, diseñadores, gente de teatro, estudiantes, homosexuales, melenudos, muchachos cuyas vestimentas y pelambreras destacaban por su originalidad y algunos ejemplares de grupúsculos considerados entonces estrafalarios –ahora les llamarían tribus—, que se movían fuera de las conductas gratas a la ortodoxia revolucionaria.[1]

Que yo recuerde, el ambiente allí era apacible, nadie molestaba a nadie, cada uno en lo suyo. Una familia “normal” de padre, madre e hijos pequeños podía ocupar una mesa junto a la de un grupo de “raritos” y todo corría sin problema alguno, sin que la presencia de unos perturbara a los otros. En definitiva, hablamos de un lugar con buen rollo para ir a pasar un rato agradable en compañía de tus semejantes.

II. Cambio de tercio

Dejemos por el momento la movida de 21 y N y su cafetería y adentrémonos en una historia que se desarrollaba al mismo tiempo.

Nina y roque

Roque Dalton, en Cuba, 1969.
Roque Dalton, en Cuba, 1969.

La escritora y productora independiente Nina Serrano y su esposo, el periodista y realizador cinematográfico Saul Landau, ambos norteamericanos, habían llegado a La Habana con el propósito de realizar un documental sobre Fidel Castro. En los preliminares de la filmación andaban, cuando Nina conoció al poeta y revolucionario salvadoreño Roque Dalton y le comentó a éste que en los Estados Unidos el apellido Dalton era famoso por las historias de robos y atracos protagonizadas por unos hermanos forajidos que se convirtieron en leyendas del Lejano Oeste.

—Sí, ya lo sé —dijo Roque—. Uno de ellos, Winnall Dalton, era mi padre.

Nina Serrano.
Nina Serrano.

Desde ese momento, la americana y el poeta hicieron amistad y se enfrascaron en un ambicioso proyecto audiovisual: la adaptación a televisión de pasajes de la novela “Dalton y Cía” (léase “Cía” en el sentido de “compañía”). Querían aprovechar las aventuras de los legendarios ancestros del poeta por Guatemala y El Salvador para realizar una especie de sátira brechtiana a las películas de cowboys, en la que se denunciaran las barbaridades que los yankees —para proteger sus más oscuros intereses políticos y económicos— habían cometido contra los pueblos de Centroamérica.

Presentaron la idea al ICR que dirigía Jorge Serguera, en concreto a Abraham Masiques quien estaba al frente de la tele. Sin siquiera ver un primer tratamiento del guion, allí les dieron el visto bueno. En la institución no le tiraban a una bola como esa sin consultarlo antes. Así que al aceptar el proyecto, supongo que estaban acatando una orden bajada desde las alturas más altas del país.

Poco después, cuando estuvo listo el libreto, a Ana Lasalle y a mí (que habíamos dirigido juntos algunos programas dramáticos) nos llamaron para encargarnos su dirección y decirnos que debíamos realizar nuestro mejor esfuerzo para que aquello saliera muy bien y los autores quedaran satisfechos. Nina y Roque eran entonces dos intelectuales muy bien valorados por quienes habitaban las cumbres más elevadas del poder.

Enmarañado y de ahora pa’ ahorita

Desde nuestra primera ojeada al guion, Ana y yo vimos que complacer las expectativas de calidad de las citadas altas alturas, iba a ser una tarea difícil. Escrito por dos personas llenas de buenas intenciones pero que no tenían ni pajolera idea de que en la televisión nuestra se trabajaba con todo tipo de carencias y dificultades, el programa era un embrollado batiburrillo de escenas cortas, pensadas más para cine o videotape que para tv en directo, cada una de las cuales debía desarrollarse en un decorado diferente.

El desglose que hicimos de las necesidades indicó que se trataba de una superproducción en todos los aspectos: escenografía, vestuario, personal, utilería, fragmentos fílmicos… Tuvimos que emplearnos a fondo para reducir todo aquello a una dimensión realizable con los recursos de que disponíamos.

Por su gran complejidad era un programa comparable a un “Teatro ICR” pero sin el largo proceso de preparación, maduración, ensayos, confección de ropa, etc., de éste.

Aunque la norteamericana ha escrito un testimonio en el que afirma que se realizaron ensayos durante cuatro días, es posible que los hubiera dirigido solamente Ana Lasalle. Yo no recuerdo haber asistido a alguno y el mimo Simón Escobar, que fue uno de los protagonistas, me asegura que él tampoco.

Para más jodientina, se nos dijo que había que transmitirlo cuanto antes, lo que añadió el factor tiempo a las presiones que recibimos. Desconozco si el apuro se debió a que Nina Serrano ya se iba a dedicar a tiempo completo a la filmación con Fidel o si fue otro el motivo, pero lo cierto es que en menos de lo que canta un gallo, ya había llegado el día de la transmisión, que se iba a realizar desde el estudio 17 del Focsa. En éste, los tramoyistas tuvieron que hilar fino para encasquetar, uno juntito al otro, los sets que dejamos como imprescindibles, que eran entre 15 y 20.

Al evento le concedieron tanta atención en el aspecto político que Papito Serguera, quien ni de coña se dejaba ver por un estudio, estuvo presente en la cabina del 17 durante toda la emisión para acompañar a los autores del guion, como un gesto de cortesía hacia ellos. Y la prensa (la oficial, claro, pues otra no había) le dedicó alguna que otra información promocional.[2]

El programa con el título más largo del mundo

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Nota promocional de un especial de teatro para la televisión cubana, “Dalton y Cia”, que apareció en el periódico habanero “El Mundo”. Guión de Roque Dalton y Nina Serrano. Dirección de Eugenio Antonio “Yin” Pedraza Ginori.

ESPECIAL SOBRE
LOS HERMANOS DALTON

En directo, blanco y negro, Canal 6 a las 21:30 horas, Estudio 17 Focsa
Fecha de transmisión: 1969 [mes y día no documentado]
Título: Donde se cuenta la vida y milagros, las aventuras económico—morales y las malandanzas de los nunca bien ponderados Frank y Winnall Dalton en las hermosas (aunque inestables) tierras centroamericanas de Guatemala y El Salvador, pobladas de generales y mariposas
Basado en la novela Dalton y Cía de Roque Dalton
Adaptación a televisión de Roque Dalton y Nina Serrano
Intérpretes: Carlos Ruiz de la Tejera, Simón Escobar, Juan Carlos Romero, Germán Pinelli, Alejandro Lugo, Agustín Campos y otros
Entrevistador: Eduardo Heras
Dirección artística: Ana Lasalle
Dirección para televisión: Pedraza Ginori[3]

Trabajamos en un espacio con tal abigarramiento que no me explico cómo pudieron los de audio mover el boom aquella noche. El dolly, soporte grande en que iba montada una de las cámaras, apenas se podía desplazar. Los camarógrafos y auxiliares se pasaron todo el tiempo más pendientes de desenredar los enmarañados cables que de otra cosa. Pero, increíblemente, la transmisión salió bien, sin incidencias dignas de reseñar. Lo achaco al extra que le pusimos Ana, todo el grupo de trabajo, los intérpretes y yo.

Por N, rumbo al Capri

Cuando terminamos el programa, yo tenía la cabeza sonando como un bombo, tras todo el día soportando el ajetreo y la tensión de aquella aventura tan loca. Salí del Focsa cuanto antes y subí por N rumbo al Capri.

Me apetecía comer algo, encontrarme con algunos amigos, despejar la mente. Y, de paso, ver si caía algo.

Desde que llegué a la calle 19, me extrañó descubrir que toda la zona estaba desierta; ni un alma se veía por la esquina del ambiente ni por sus calles cercanas. Algo raro pasaba. Caminé por la acera de enfrente de la cafetería y al llegar a la altura de ésta observé que, aunque abierta, no tenía cola afuera ni clientes adentro.

—Oye, ¿qué pasa? –pregunté a un conocido que, caminando rápido, se cruzó conmigo.

—Piérdete, que están recogiendo.

Di la vuelta y me fui echando de allí a paso doble. No fuera a ser que cargaran conmigo por tener el pelo cubriéndome las orejas.

Aquí no caben

No era la primera vez, ni la segunda ni la décima, que las fuerzas del orden ejecutaban una operación aparatosa con nocturnidad para limpiar La Habana de “indeseables”, de elementos que estorbaban en una sociedad empeñada en fabricar al hombre nuevo socialista. Pero en esta ocasión la magnitud de la acción era muy superior. Querían que el mensaje de “Aquí no caben” llegara fuerte y bien clarito. Esa noche, los camiones militares circularon sin parar, acarreando a los “impuros”.

Al día siguiente, mil comentarios y rumores inundaron la ciudad. Radio Bemba aireó que se trataba de una de las mayores redadas efectuadas hasta entonces. Se contaba que el terremoto represivo había tenido su epicentro en el Vedado: Coppelia, 21 y N, La Rampa, la Arcada de Radiocentro, 23 y 12, el Malecón, el monumento a los chinos en L y Línea, el Carmelo de Calzada… Y más allá, cómo no, se sintieron también con fuerza las sacudidas: en el paseo del Prado,  en los parques  Fe del Valle y Central, en la Víbora, en La Virgen del Camino…

Peludos, pituseros, afeminados, guaricandillas, rockanroleros, chocantes, insólitos y todo aquel que provocara recelo por su aspecto fueron transportados a centros de detención, identificados, interrogados y sus nombres integraron las listas negras de antisociales y contrarrevolucionarios.

Algunos, los recogidos por error o quienes movieron palancas, tuvieron la suerte de salir libres en horas o en los siguientes días. La mayoría fueron clasificados como no aptos para el paraíso que se estaba construyendo en la isla y supieron aquella desgraciada noche —y muchas otras— del calvario de la exclusión, la marginación y la persecución.

Mis reflexiones, mis preguntas

Yin Pedraza Ginori en una fotografía de 1980.
Yin Pedraza Ginori en una fotografía de 1980.

Por desgracia, ocurrieron y ocurren hoy casos similares o peores en muchos países. Sólo hay que ver la prensa diaria para encontrarse con autoridades persiguiendo, golpeando y/o haciéndole la vida un yogur a quienes el poder considera morralla perniciosa y antisistema.

Pero hablo de Cuba, que es lo mío. Y de cómo nos engañaron contando durante años en periódicos, revistas y noticieros de cine y televisión que obreros, estudiantes y otros colectivos del extranjero sufrían el hostigamiento y la represión de las cuerpos de seguridad, calificando a éstos de fascistas y afirmando que esas barbaridades ocurrían sólo en los países malos y jamás pasarían en el nuestro, que era el bueno.

Esto es un blog personal en el que cuento mis experiencias, las situaciones que he vivido o conozco de cerca y hablo de mis inquietudes [ver nota biográfica al final y enlaces].

Ahora, casi 50 años después, viendo cómo andan las cosas y en lo que desembocó todo, pienso en quienes idearon, escribieron o aplicaron el “Tratado cubano sobre cómo ejercer la intolerancia para mantener a raya a los que no me gustan” y el “Manual criollo de técnicas para conservar inmaculadas las calles sin usar desinfectantes”. A ellos, que con su intolerancia hirieron de muerte al proceso revolucionario que juraban querer salvar, me gustaría preguntarles:

¿Fue absolutamente necesario aquel acoso?

¿Constituían los melenudos, los de los pantalones ceñidos, los rockeros, los faranduleros, los gays y otras minorías, un peligro real para una sociedad tan fuerte como era la cubana en aquellos momentos?

¿De verdad verdad, resultaba imprescindible desatar todo aquel terror contra colectivos pacíficos, cuyo único delito era querer vivir tranquilos a su manera?

¿Murió Abel Santamaría en el Cuartel Moncada para que se hiciera una revolución ejemplar o para que un esbirro autorizado por un carnet le cayera a golpes y encarcelara a un homosexual por el sólo hecho de serlo?

Presiento que responderán con un tímido “No” a mis preguntas.

Lo intuyo porque ahora que la tortilla se está virando y los sueños utópicos hace tiempo que se fueron a bolina, leo a cada rato sus intentos de embarajar la verdad y justificarse con enclenques declaraciones que van desde “fue un error”, “no debió hacerse” hasta “eran tiempos difíciles”, “el diversionismo ideológico bla bla bla”, “no fue tanto como dicen”, “Él no lo sabía”.

El gran apagón

En cuanto a 21 y N, no volvió a ser lo que era. Al menos hasta 1992 en que salté el charco. Durante años, la cafetería sólo daba servicio a los huéspedes del Capri, medida tomada con el objetivo de alejar de allí el faranduleo y el ambiente. Destruidos éste y otros espacios para respirar, La Habana se apagó. Y la causa del oscurecimiento no fue, como otras veces, el ahorro de electricidad. Se apagó por voluntad divina, porque las altas alturas lo ordenaron. Y cuando ellas ordenaban algo, se hacía. Daba lo mismo que fuera un programa de televisión que una cacería contra quienes no les gustaban.

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NOTAS

[1] Aclarar que la prostitución había sido erradicada de las calles habaneras. Por tanto, ni en la cafetería ni en la esquina del Capri había jineteras por entonces.

[2] A la izquierda [de la ficha técnica] pueden ver la nota de promoción que apareció en el diario habanero El Mundo. Para sonreír un poco, que el tema de hoy está muy cargado, les invito a que vacilen la redacción de su texto, que parece escrito por uno que pasaba por la acera de El Mundo y no por un periodista. Miren que cantidad de perlas en sólo tres párrafos:

  • “Esta noche a las nueve y media de la noche”.
  • La palabra “programa” se repite cuatro veces en muy poco espacio.
  • A la hora de publicar la nota el programa no había sido realizado. Lo que habían hecho Nina y Roque era escribir el libreto.
  • Aparece Margarita Alexander como coautora. Debió decir Nina Serrano.
  • En esa época, Ruiz de la Tejera parece que se llamaba Juan y no Carlos.
  • Al Ginori de mi apellido le sobra una ele final. La misma letra que le falta al nombre Winnall.

[3] Algunas fuentes señalan que Silvio Rodríguez compuso música para el programa pero no recuerdo eso ni me consta de manera documental.

 


YIN PEDRAZA GINORI. Mejor conocido como “Yin”. Fue escritor y director de programas durante 30 años en TV Cubana; el de En vivo, Juntos a las 9, A la hora del cañonazo, Yo también soy joven, Joven Joven, En la viva, Teatro ICRT y muchos más. El que imaginó y realizó aquellos tres primeros e históricos Concursos Adolfo Guzmán que —perdonen la inmodestia— nadie igualó después. El autor de canciones como “El final no llegará”, “Mía la felicidad”, “La vida es una semana” y “Tan amigos como siempre”. Director de programas en Radio Progreso y de espectáculos y eventos en los teatros Karl Marx, Musical de La Habana y Nacional de Cuba. Periodista de la Revista Cuba Internacional. Productor de discos EGREM. Coordinador General del Festival de Cine Internacional de Ourense, Galicia.

Perfil completo está en Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Eugenio_Antonio_Pedraza_Ginori

Este artículo fue reproducido de su blog, el cual contiene materiales creativos, anécdotas, reflexiones y recuerdos de una vida que, como él dice, ya ha entrado de lleno en su séptima década:
http://elblogdepedrazaginori.blogspot.com/