Jorge Ávalos: “Homenaje a Enrique Jaramillo Levi” (ensayo)

Un discurso, tan revelador como divertido, sobre el genial cuentista panameño.

Jorge Ávalos
La Zebra | #14 | Febrero 1, 2017

Estimados colegas:

Mi primer encuentro personal con Enrique Jaramillo Levi estuvo marcado por una curiosa nota de ironía. Pero antes de entrar en materia debo decir que no guardo ninguna duda al afirmar que este escritor panameño, nacido en Colón en 1944, es uno de los más notables cuentistas latinoamericanos. Sin embargo, hasta hace dos años yo no lo sabía.

Todos los escritores de la región conocemos esta amarga realidad: es muy difícil, desde un determinado país centroamericano, tener acceso a las obras que se publican en un país vecino. Vivimos en una región minúscula: 523 mil kilómetros cuadrados de extensión en un área de estrecha y sinuosa geografía. Y a pesar de que compartimos una tierra y una historia común, nuestras libertades de expresión y de pensamiento afrontan fronteras internas casi infranqueables. No tiene porqué ser así: nada detiene en nuestros países la distribución de la literatura europea y norteamericana. Tal parece que el empuje del mercado editorial internacional es más fuerte que las demandas colectivas de nuestras identidades.

Por eso no es extraño que Enrique, fuera de Panamá, sea mejor conocido y reconocido más allá de las fronteras de América Central. No intento con esto excusar mi ignorancia porque, después de todo, hasta hace dos años, yo sí conocía parte de la obra de Enrique. En ese detalle radica la ironía. Pero antes de entrar en pormenores, necesito contar cómo lo conocí.

En el 2004 gané el Premio Centroamericano de Literatura «Rogelio Sinán», uno de los contados esfuerzos actuales por hermanar la creación literaria de la región. Es así como entré en contacto directo con el coordinador de premio, el promotor cultural más infatigable que yo he conocido. Sólo pensar en lo que Enrique hace y logra cada año en Panamá y en el resto de la región me deja sin aliento. Su labor como escritor es envidiable por ser tan prolífica, su papel como editor es indispensable por ser tan necesario y su función como gestor cultural se ha hecho esencial por ser tan enriquecedora; y todas estas actividades se distinguen por la indudable calidad de ejecución que nos hemos acostumbrado a esperar de él.

Pero esto también me lleva a considerar al ser humano, al carácter detrás de los logros. Si estuviese escribiendo una crítica literaria tendría que obviar los aspectos más subjetivos, pero estoy escribiendo una pieza para un homenaje, y un homenaje es una venganza al revés: es rendir cuentas con una persona que se ha hecho imprescindible, y por esa razón no puedo evitar la tentación de confirmar que Enrique es la persona más insufriblemente tenaz que yo he conocido en mi vida. En dos ocasiones, gracias a él, he visitado Panamá sin tener un solo centavo en el bolsillo. De la última vez puedo asegurar que durante un período de dos meses me envió más de un centenar de correos electrónicos en los que trató de convencerme para que asistiera al Primer Congreso Centroamericano de Escritores. Por razones personales tuve que negarme. Y entonces Enrique apeló a mi sentido de responsabilidad. Si esos argumentos hubiesen venido de cualquier otra persona, los habría considerado un chantaje moral, pero al escucharlos de Enrique era imposible dudar de su sinceridad. ¿Por qué? Porque tarde o temprano uno llega a comprender que para él la literatura es más que una vocación, es una misión. Agobiado y avergonzado, sin ninguna otra excusa a mi alcance, finalmente le escribí para decirle que me era imposible asistir por razones económicas. Un día después recibí la llamada del rector de una importante universidad privada en El Salvador. «Hablé con Jaramillo Levi y creo que es necesario que vayas a ese congreso», me dijo. «La universidad pagará tus gastos de viaje».

Supongo que la sinceridad sin tapujos de Enrique es ya notoria. Pero cuando se mezcla con la vanidad literaria que poseemos todos los escritores emerge con un candor casi infantil. Mi primer encuentro con él ocurrió en abril de 2004, cuando vine a la ceremonia del premio Sinán, y el primer tema de nuestra conversación fue su claustrofobia; no recuerdo por qué pero eso nos llevó a sus afecciones visuales; la lista no terminó allí. Creí que estaba ante el mayor hipocondríaco que había conocido cuando caí en la cuenta de que todas las dolencias que estaba enumerando eran reales. Esto significaba que yo estaba siendo tratado con una dosis de honestidad personal tan alta que reconocerlo me dejó completamente desarmado, porque, sin lugar a dudas, él esperaba lo mismo de mí. Fue en ese momento cuando Enrique remató su neurasténico perfil personal con una pregunta que exigía una respuesta igualmente honesta: «¿Has leído mis libros?». Y esto estableció la pauta para esa nota de ironía a la que aludí al principio. «Sí, contesté. He leído tu poesía». Y entonces abrió la boca, meneó la cabeza para sacudirse el asombro y dijo: «¡Nadie me conoce por mi poesía!». Gracias a esa respuesta inesperada me salvé de ser confrontado con la siguiente pregunta lógica: qué pensaba de su obra.

Pero yo también había sido honesto. Yo no conocía sus cuentos, pero sí conocía su poesía. Sus libros habían sido reseñados con regularidad en la revista Ars de El Salvador y en una ocasión apareció una nota crítica sobre una colección de poemas. Esto me llevó a buscar su obra poética y fue así como lo leí. El autor de Cuerpos mirándose en el espejo (1982), Fugas y engranajes (1982) y Extravíos (1989), despliega en su poesía un matiz estilístico particular, un aspecto que sus críticos reconocen en su obra narrativa y lo señalan como un ejemplo de metalenguaje. Sucede que mucha de la poesía de Enrique, aun cuando surge de experiencias emocionales, está filtrada por una conciencia que admite su condición literaria: presentimos en muchos de sus versos al autor consciente de que está escribiendo un poema.

Estoy convencido de que esa vocación por la poesía, con esa variante metaliteraria, es fundamental a la obra narrativa de Enrique. Esto explica la tensión poética que alcanzan muchos de sus cuentos, sobre todo a partir de su libro más conocido, Duplicaciones (1973). Enrique no explora el cuento breve en los mismos términos en que lo hicieron los escritores de la generación anterior: no hay nunca una intención paródica ni produce la sensación de que se trata de un pastiche. Ciertas aplicaciones usuales en los cuentistas, el uso de la síntesis, por ejemplo, adquieren en los cuentos de Enrique un valor particular. La función de la síntesis en sus cuentos no es estructural, no implica necesariamente una abreviación de sucesos; de hecho, en muchas ocasiones ocurre lo contrario: la lectura se hace más densa. El uso de la síntesis en su obra cumple una función poética y se distingue porque la prosa se intensifica: las emociones se suman, los miedos se acumulan, las ansiedades se concentran. Desde la publicación de ese libro clave para la literatura de América Central, los cuentos más breves de Enrique alcanzan la condición de poesía en prosa sin contradecir los preceptos de la ficción. Esto es un triunfo muy personal del autor porque indica que su vocación central, esa que proclama su amor por las palabras, ya no necesita ser marginada y se ubica indiscutible al centro de su oficio como narrador.

Él mismo lo confiesa en “Escritura automática”, el proemio de su libro Luminoso tiempo gris (2002):

Simplemente escribo sobre el arte de escribir de una cier­ta manera. Ésta. Y reflexiono mientras brotan las palabras que meditan, a su vez, sobre su propia secuencia proteica en el pa­pel. Escribo lo que escribo porque escribo. Lo hago y me de­leito en ello como quien fluye con la corriente. Sin persona­jes, sin escenas, sin argumento incluso, y probablemente con una vaga estructura implícita que no es más que la propia for­ma de su contenido. Un contenido que ni yo conozco, que no he buscado, pero que aquí se manifiesta para quien pueda pe­netrarlo.

Soy la escritura que se mira deletrear el infinito desde su precario inicio hasta el final que no termina.

Más allá de definirse como la escritura que se ve a sí misma, Enrique afirma ser la palabra en si, su palabra, que se multiplica «hasta ser todo y nada». No todo o nada, necesito señalar, sino «todo y nada»; es decir, su obra confirma una vocación de entrega absoluta a los misterios de la escritura: es la historia de la vida de un autor que lleva su vocación hasta sus últimas consecuencias, un cuento que a su vez configura una imagen poética. Por lo tanto, la ironía de mi primer encuentro con Enrique es también la ironía de un homenaje que pretende celebrar al cuentista panameño de mayor proyección internacional. Amigos, se equivocan, porque este homenaje merece una mejor definición: necesitamos reconocer que celebramos la vida y la obra de un poeta.

Muchas gracias.

San Salvador, octubre 30, 2006.

Leído públicamente en el “Homenaje  al escritor nacional Enrique Jaramillo Levi”. Este evento se llevó a cabo en la ciudad de Panamá el lunes 30 de octubre de 2006, a las 7:00 p.m., en la librería Exedra Books. El artículo se publicó por primera vez en la revista Maga, Número 60-61, Julio 2006 – Julio 2007, pp. 87-89, Panamá (el último número de la revista, editada por Enrique Jaramillo Levi, Universidad Tecnológica de Panamá).


JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel(2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014. Sitio oficial: Imaginador: jorgeavalos.com