Clementina Suárez: “Mágicamente iluminado” (poesía)

Una breve selección de poemas de la escritora hondureña que amplió el repertorio de la “lírica femenina” con temas y puntos de vista antes considerados masculinos.

Clementina Suárez
La Zebra | #15 | Marzo 1, 2017

Sexo

Sexo,
encarnada rosa,
flor de lujuria
por donde salta mi juventud.

Ánfora llena
de sensaciones
y vibraciones,

arpa que vibra,
que llora y gime
voluptuosidades.

Lirio encendido
en el altar de fuego
de roja estancia…

Desgarrado fuiste
por su loca furia
en aquella tarde.

En que la divina flor
de vida y amor,
en ofrenda a su amor yo di.

Pero yo te bendigo
gruta maravillosa
porque la vida me diste

y porque en esa flor estropeada
una nueva vida
yo también di…

Creciendo con la hierba (IV)

Despacio,
que está madurándose
la criatura de espuma
que se queja en mi entraña.

Copo a copo
voy cubriendo
de alta atmósfera
lo que vivirá,
aun detrás de la muerte.

La urgencia de mi paso
es un puro símbolo
—nada es mío—
una flecha me curva
dentro de tu amor.

¿No sientes deshojarse
pétalos dentro de mis sienes?
¿No sientes que mis manos
te adelantan la rosa,
el aroma y el tacto?

Y que mi sueño
es una arteria abierta
que calcina al gusano.

Y que precisas otro nombre
para encontrarte
con la sonrisa
de tu primera niñez.

Era eso lo que me faltaba decirte,
antes que tu amor
la boca me consuma.

Hablarte
de este doble vivir
en la noche y la trasnoche
de una sollozante bruma.

Nunca esperes que te traiga
una espina en la mano.
Para venir y para buscarte,
ya había dejado
todos los abrojos.

¡Flota en la luz de mi relámpago!
No olvides
que el paso frágil
de un milagro rápido huye.
Y que la vida que te pido,
no es tu vida,
sino que la copiosa,
inagotable,
la inmortal vida.

Buscando
voy dentro de tu fondo
al árbol que te viste
y te abraza y te estrecha.
Y tal vez hasta te separa
de tu mejor forma.

Lamentos en el espacio

Afuera ruge el viento. Tu cabeza está
en mis piernas.
La noche se entretiene en ronda de fantasmas.
Aguas desbarrancadas cortan narcisos y nieblas,
para adornar la tumba de tanto pájaro muerto.

Tú peinas y despeinas mi cabello
mientras el mar arrastra sangre y lodo.

La sombra parece que esculpiera cadáveres.
¿Quién llora y se desespera en el aire?
Amor. Tú estás dormido
—sin darte prisa por salir de la noche—
mientras yo atajo lamentos
de madres y de niños.

Mágicamente iluminado como en un paraíso

Me salí de mi vestido
y fui a dar con mi cuerpo,
y pude comprobar entonces
el valor de mis pies, mis manos, mis piernas,
mi estómago, mi sexo, mis ojos y mi cara.

Supe del deleite que cada uno de ellos me ha dado
y me he dicho de improviso:
¡qué contorno mágico el de mi costado,
qué antiguos y nuevos ecos en el hilo de mis venas,
que voz en la garganta,
qué sílaba impronunciable en el labio
y que sed detenida en la garganta!

Apresuradamente he salido por la puerta
disparada a caminar,
a tocar el suelo con mis pies,
a lanzar flechas encendidas por los ojos,
a devorar paisajes,
a enredar mis manos en jeroglíficos de relámpagos,
a dejar detenida aquí en mi sexo
—árbol fructificado—
el aroma de la vida.

He absorbido, he olfateado, he gritado
vivir, vivir, vivir.
Como si despertara una y otra vez
y fuera abeja laboriosa
que libara su miel astral.
Alba que cuajara aquí en el pecho,
armero que trabajara día y noche
su cumplida labor.

Abro precipitadamente
las puertas de mi aposento
y tiro lejos la sábana.
Me asomo al espejo como una morada
que no habrá de retenerme.
Como un propósito alucinado,
brilla mi anillo de piedra color malva,
mi lámpara, mi reloj,
detenidos en los umbrales del tiempo.

Mis zapatos desvelados a la orilla del lecho
y mi rostro deambulando por el sueño
como una decoración para un poema
escrito en las líneas de la mano,
o en el destello metálico de mis sentidos
tulipanes siempre ardiendo.

Mi perfil de arcángel
danza con el rayo,
detiene sus reflejos en la frente
y derrumba con su fuego el corazón
como en un paraíso mágicamente iluminado.

Poema del hombre y su esperanza

Ahora me miro por dentro
y estoy tan lejana,
brotándome en lo escondido
sin raíces, ni lágrimas, ni grito,
—intacta en mí misma—,
en las manos mías
en el mundo de ternura
creado por mi forma.

Me he visto nacer, crecer, sin ruido,
sin ramas que duelan como brazos,
sutil, callada, sin palabra para herir,
ni vientre que rebase de peces.

Como rosa de sueño se fue formando mi mundo.
Ángeles de amor me fueron siempre fieles,
en la amapola, en la alegría y en la sangre.

Cada caracol supo darme un rumbo
y una hora para llegar.
Y siempre pude estar exacta.
A la cita del agua, de la ceniza y la desesperanza…

Frágil, pero vital, fue siempre mi árbol.
Al hombre y al pájaro les fui siempre constante.
Amé como deben amar los geranios,
los niños y los ciegos.

Pero en cualquier medida
estuve siempre fuera de proporciones,
porque mi impecable y recién inaugurado mundo
tritura rostros viejos
modas y resabios inútiles.

Mi caricia es combate,
urgencia de vida,
profecía de cielo estricto
que sostienen los pasos.

Creadora de lo eterno,
dentro de mí, fuera de mí,
para encontrar mi universo.
Aprendí, llegué, entré,
con adquirida plena conciencia
de que el poeta que va solo
no es más que un muerto, un desterrado,
un arcángel arrodillado que oculta su rostro,
una mano que deja caer su estrella
y que se niega a sí mismo, a los suyos,
su adquirido o supuesto linaje.

De esta ciega y absurda muerte o vida,
ha nacido mi mundo,
mi poema y mi nombre.
Por eso hablo del hombre sin descanso,
del hombre y su esperanza.

 


CLEMENTINA SUÁREZ (1902-1991). Poeta hondureña, una de las introductoras de la modernidad y la vanguardia en las letras centroamericanas. Casada con el artista salvadoreño José Mejía Vides, fue también una influyente marchante de la pintura regional, que logró posicionar y proyectar a los mejores artistas hacia el resto de Latinoamérica. Su obra comprende casi una docena de libros publicados, entre ellos: Corazón Sángrate (1930); Los Templos De Fuego (1931); De mis sábados, el último (México, 1931); Iniciales (1931, en coautoría con los mexicanos Lamberto Alarcón y Emilio Cisneros Canto, y el hondureño Martín Paz); Engranajes, poemitas en prosa y en verso (San José, Costa Rica, 1935); Veleros (La Habana, 1937); De la desilusión a la esperanza (1994); Creciendo con la hierba (El Salvador, 1957); Canto a la encontrada patria y su héroe (1958); El Poeta y sus señales (1969).