Rebeca Becerra: “El manuscrito” (cuento)

En este enigmático cuento de la reconocida poeta hondureña, una vida solitaria puede ser el llamado a un encuentro inesperado con tu destino.

Rebeca Becerra
La Zebra | #15 | Marzo 1, 2017

Llegó temprano ese día. Siempre lo veía llegar a las siete en punto, después de salir de la editorial. Seguramente, pensé, no había mucho trabajo. El parque casi siempre estaba vacío. Nunca supe el porqué. Era un lugar especial en el centro de la ciudad, los demás se mantenían llenos de ruidos de paseantes y gritos de vendedores. La banca donde se sentaba quedaba justo frente a mi apartamento, así que podía verlo sin dificultad desde mi ventana. Alquilé este apartamento porque la dirección me pareció un irónico resumen de mi vida: “barrio El Calvario, callejón sin salida”.

Al principio lo observaba sin curiosidad. Un hombre solitario en un parque solitario. No me llamó la atención hasta que lo vi escribiendo en una libreta. Luego una noche soñé con él. Soñé que trabajaba en una editorial. Pude verlo sentado frente a su escritorio revisando manuscritos. Al día siguiente, frente al espejo, me pregunté: por qué había soñado con él. No lo conocía y me parecía tan insignificante. No pasó mucho tiempo antes de que aquel hombre captara toda mi atención.

Después de un par de meses comencé a regresar a casa más temprano. Preparaba mi comida con tranquilidad y luego de comer fumaba uno que otro cigarrillo; un impulso misterioso, más preciso que la alarma de un reloj, me obligaba a acercarme a la ventana, siempre a las siete en punto. ¿Acaso había algo que yo debía vaticinar? Me alejé de la ventana para prepararme un café, al hacerlo sentí que había regresado de un lugar que no conocía, de un misterioso agujero. Volví a la realidad preguntándome cosas que estaban de pronto en mi memoria, ¿cómo sabía yo, que ese hombre, era un fracasado?, ¿cómo podía haber adivinado que todos sus sueños se encontraban tirados por las calles y callejones que, noche tras noche, recorría hasta el cansancio? No lo había visto antes de sus visitas al parque y no recuerdo que nos hayamos cruzado alguna vez en esta ciudad tan pequeña. Entonces, ¿por qué comencé a saber tantas cosas acerca de su vida? El sonido de la cafetera me obligó a volver en mí. Mientras me servía una taza de café vi sobre la mesa un termómetro ambiental. La noche estaba más fría que las anteriores. Seguramente el hombre tenía las piernas congeladas, aunque era probable que no se hubiera percatado de ello, porque cuando uno está tramando, construyendo su muerte, no siente frío ni calor. Sacudí la cabeza asustado, pero por qué tenía que saber yo, que aquel hombre estaba tramando su muerte y buscaba una forma de morir.

Regresé a la ventana. Él continuó sentado en la misma posición. Me pareció que perdía la mirada en cualquier cosa, en una hoja que caía, en un pedazo de basura que arrastraba el viento. Supe de inmediato que él conocía perfectamente el lugar, cada banca del parque, cada árbol, cada tonel de desechos, cada inscripción en las paredes. Yo sorbía el café lentamente, sin dejar de verle; creí que fijaba su mirada en mi ventana iluminada por una pequeña lámpara, yo me asustaba, me empequeñecía y me veía como una miserable hormiga, luego como una minúscula mota de polvo y al final desaparecía, no era nadie. Él seguía con la vista fija, como si yo no existiera, como si sólo viera la ventana vacía. Luego, bajaba su mirada y yo sentía que empezaba a crecer como una planta, hacia arriba, hacia los lados, hasta volver a ser el de antes y tener conciencia de mí mismo.

Los faros de un auto al pasar por la calle lo iluminaron por un instante. Llevaba una camisa a cuadros de franela roja, en el pecho asomaba una camiseta de cuello negro justo como a mí me gustaba. Permaneció ahí un rato más, luego se puso de pie y se marchó. Cuando dobló la esquina me invadió la angustia de una pérdida irreparable y me di cuenta que mi vida, miserable y monótona, se parecía a la de aquel hombre. Me pregunté por qué no corría tras él y le preguntaba, una y mil veces, ¿por qué?, ¿por qué?…. pero, qué podría responderme, si él no sabía lo que yo sentía, ni lo que quería, opté por tomar otro café y algunos tranquilizantes. Corrí las cortinas de la ventana, mi cerebro trabajaba buscando las posibles coincidencias que me unían a ese hombre. Nos parecíamos, algo tenía yo de él, y él algo de mí. Las imágenes venían a mi mente, lo vi atravesar varias calles y avenidas y entrar en su casa, colocar la libreta sobre el escritorio, preparar una taza de té, pero ¿por qué tomaba té si a mí no me gustaba?, sentí el trago amargo pasar por mi garganta, él hizo un gesto de rechazo, yo tenía razón tampoco le gustaba el té. Con la taza en la mano se dirigió hacia el escritorio, tomó un manuscrito, y se puso a leer en voz alta:

“Había tomado la decisión de no despedirse de ella, de abandonarla a su suerte, no por dureza de corazón sino porque temía flaquear en el último instante. Pero su voluntad le falló cuando empezó a respirar el aroma de las flores que le recordaban otros momentos, otros lugares. Cruzó el salón sintiendo que las piernas le temblaban y que no serían capaces de sostener el resto de su cuerpo. En efecto, una mirada a través del cristal fue suficiente. Se abrazó al ataúd gimiendo como un niño: mamá, mamá no te vayas, perdóname, perdóname”.

Una lágrima rodó por mi mejilla, él paró de leer y se quedó con la mirada perdida en la pared.

El día era espléndido, no sentía cansancio ni desvelo, al contrario, me sentía lleno de vida, como cuando de niño esperaba con ansias la mañana para salir a jugar al bosque. Bajo la ducha me acordé de lo ocurrido la noche anterior. Todo mi cuerpo se estremeció y sentí ganas de vomitar, la desesperación me volvió a invadir, pero no era la misma de los días anteriores, era diferente, aceptable, necesaria: tenía que verlo. Tenía que esperar que pasara el día, ir al trabajo y regresar. No sería tan difícil, después de todo sabía que lo vería esa noche. No era una esperanza, era más una certeza.

Tomé el desayuno en el café de siempre, nunca cocinaba por falta de tiempo, tenía un Volkswagen gris heredado de mi padre, era un auto fiel, jamás me había fallado a media carretera, en él me transportaba todos los días a la academia a impartir mis clases de dibujo. Mientras manejaba pensaba en él, pude ver su casa vacía, había salido temprano para la editorial, dejando el manuscrito tan tentador sobre el escritorio.

Esa tarde, al regresar, decidí esperarlo en el auto. Podría verlo más de cerca. Quizás hasta le hablaría y lo invitaría a tomar un café. Cuando consulté mi reloj eran ya las siete y quince de la noche. Empecé a impacientarme. Abrí la guantera y saqué un frasco de tranquilizantes. Lo sacudí contra la palma de la mano y me eché un puñado de pastillas a la boca. Bajé el vidrio. Hacía demasiado frío para que viniera, pero lo seguí esperando casi tan fiel como un perro. Cuando ya no soportaba la impaciencia, subí a mi apartamento y me serví un vaso con whiskey, lo sorbí lentamente junto a la ventana y seguí bebiendo hasta terminar una media botella, mientras recorría el parque con la mirada. ¿Dónde se había metido?, ¿tendría algún contratiempo?, ¿alguna enfermedad? La espera se volvía insoportable. Consulté el reloj, las diez de la noche, ya era imposible que viniera, esa era la hora en que él se marchaba. Súbitamente, algo detrás de un arbusto se movió, un bulto pequeño que se confundía con las sombras. Pensé que se trataba de un perro o de un niño de la calle, pero cuando salió a la luz de una farola lo identifiqué. Había estado todo el tiempo detrás del arbusto, observándome, descubriéndome. Me sentí humillado, traicionado; había observado de cerca el sufrimiento reflejado en mi rostro, la desesperación en mis ojos, el nerviosismo de mis manos. Su mirada y la mía se encontraron en el aire. Sentí nauseas, repulsión, odio, pero también sentí amor, atracción y, sobre todo, desesperanza; sus ojos me habían herido, él se marchaba rápidamente, me dejaba agonizante.

Amaneció y yo seguía frente a la ventana parado como un maniquí. Lo vi de nuevo, frente a su escritorio, tomando unas hojas de papel y lápiz, comenzó a escribir, su rostro resplandecía, relucía de felicidad; en el mismo instante que su lápiz tocó el papel, mi cuerpo empezó a cobrar vida.

“Él hombre caminó lentamente hacia el dormitorio, abrió la gaveta principal de la cómoda, en ella había varios tipos y formas de pinceles, óleos, acrílicos y otros materiales de pintura. Los hizo a un lado. No era eso lo que buscaba. Tomó el arma, la sopesó con una mano y luego apoyó el cañón contra su frente. Cerró los ojos. Era el momento de tomar una decisión”.

Terminó de escribir y se levantó satisfecho. Yo estaba perturbado, me dolía la cabeza y decidí dormir por un buen rato. Cuando desperté supe que necesitaba compañía. Pasé la tarde con algunos amigos, tomando en un bar. A lo largo de la plática discutimos sobre varios temas de arte, en particular de pintura. Alguien contó historias de artistas suicidas, de aquellos que deben morir para que sus obras adquieran un poco de valor. Me sentí incómodo y abandoné el bar. Regresé a casa completamente ebrio. No recuerdo cómo encontré el camino hacia la cama. Al día siguiente, sin dar explicaciones, renuncié a mi trabajo en la academia y me dirigí al apartamento.

Me serví un trago y me paré frente a la ventana. No sabía si lo vería llegar al parque y sentarse en la misma banca de siempre o si volvería a verlo frente al manuscrito, con el rostro resplandeciente, seguro de sí mismo, seguro de todo.

Afuera había comenzado a llover. Entonces lo decidí. Jamás había tenido un arma, pero no me sorprendió encontrar una en el cajón de la cómoda. Si llegaba al parque me bastaría con abrir la ventana. Tenía el ángulo adecuado. Si no se presentaba y lo veía esgrimiendo el lápiz con una maligna sonrisa, ya sabía lo que me iba a suceder. No sentí temor, sólo alivio. Sin importar lo que sucediera muy pronto, esta historia, nuestra historia, llegaría a su final.

 


rebeca_becerraREBECA BECERRA (Tegucigalpa, 1969). Estudió Letras con especialidad en Literatura en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras  (UNAH). Es poeta, narradora y ensayista. En el año de 1992 recibió el Premio Único de Poesía Centroamericana “Hugo Lindo” en la ciudad de San Salvador, El Salvador. Su obra aparece en múltiples antologías de Estados Unidos, México, Nicaragua, El Salvador y Costa Rica. Dirigió la revista Ixbalam, de estudios culturales y literatura. Entre sus colecciones de poesía destacan: Las palabras del aire, prologado por Helen Umaña; Tiempo adentro; y El fondo de las cosas.