Francisco Ruiz Udiel: “Poesía contra la certidumbre” (crítica)

En sus reseñas, Francisco Ruiz Udiel encontró un lugar para dialogar sobre la tradición de la poesía coloquial y exteriorista, tan importante para Nicaragua, y sobre su atracción hacia una poesía más ambigua y compleja.

Francisco Ruiz Udiel
La Zebra | #16 | Abril 1, 2017

Salomón de la Selva: El soldado desconocido

En el año 1917 el poeta nicaragüense Salomón de la Selva se anotó en las filas del ejército británico para luchar en la Primera Guerra Mundial. “El poeta solitario” como fue llamado años más tardes, registró con un lenguaje único la catástrofe de la guerra. Su obra El soldado desconocido recibió muchos elogios de los poetas mexicanos que reconocieron en el bardo nicaragüense a uno de los gestores del desarrollo del coloquialismo, además por su gran talento de combinar el intenso lirismo con tonos feístas. Neruda también reconoció este libro como “el primer aporte significativo a la lucha por la paz”.

En la Primera Gran Guerra empezó el desprecio del poeta contra el imperialismo norteamericano, mismo que intensificó con su regreso a Nicaragua donde se volvió un propagandista de la guerra de Sandino, hasta que fue expulsado por José María Moncada en octubre del año 1929.

Respecto al poemario El soldado desconocido, este libro fue publicado en México en el año 1922 con portada ilustrada por Diego Rivera. El Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua, dedicó su tercera edición 2008 al bardo leonés y dentro del aporte historiográfico publicó la edición facsímil del mismo.

Salomón, el poeta que fue y el soldado que nunca más regresó, busca con la poesía, además, humanizar a los hombres, soldados todos, e incluso humanizar a los enemigos en las trincheras. La obra poética lleva un tono nostálgico y se sirve de cartas versadas para relatar los horrores. El libro se convierte en un llamado de conciencia ante la ceguera, una voz que surge cuando se pierde el sentido de la vida, del hombre: “¿Y dónde encontrar la belleza, Dios mío, / si todo es podredumbre / y dolor y miseria?”, escribe de la Selva en “Oda a Safo”, un poema que se ubica como manifiesto de la modernidad poética.

La pregunta de por qué Salomón de la Selva participó en la Primera Guerra Mundial sigue siendo desconcertante si tomamos en cuenta que de la Selva estaba a favor de la paz, prueba de ello es que acompañó a Rubén Darío a la Universidad de Columbia para que él leyera su poema “Pax” ante el Hispanic Institute of America en el año 1915. En todo caso, esta reimpresión del libro sirve para volver a recordar los versos que retrataron aquella guerra (en vano dirá el soldado-poeta).

Jotamario Arbeláez: Nada es para siempre

 En 1956 el poeta colombiano Gonzalo Arango (1931-1976) retiró el revólver que apuntaba a su sien derecha, sacó una pluma y comenzó a redactar el “Primer Manifiesto Nadaísta”. Este movimiento se basó principalmente en ideas radicales del nihilismo y en una postura incendiaria frente a la sociedad académica, moralista y aristocrática de Colombia.

Ernesto Cardenal dice que los nadaístas eran poetas extravagantes. Él los conoció antes de 1965, cuando vivió en Colombia como seminarista. Ya en su regreso a Nicaragua mantuvo una relación estrecha a través de cartas con Jotamario y con Arango.

En sus inicios, los nadaístas hacían convulsionar al público, cuenta Jotamario Arbeláez, uno de los sobrevivientes de esa gran aventura que promovió en Colombia el desarrollo poético en los años sesenta. Criticados incluso de pervertidos sexuales, el movimiento se hizo de manifiestos que expresaban su repudio al trabajo, considerado un atentado contra la dignidad de la poesía. Al mismo tiempo consideraban la vida como algo superior a cualquier fracaso.

Gonzalo Arango fue quien inyectó el ánimo al grupo de iniciados y él mismo se anunciaba como “El profeta” o “El monje loco”.

El nadaísmo, narra Jotamario en Nada es para siempre (Editorial Aguilar, Bogotá, Colombia, 2002), fue una sociedad secreta que se hizo mucha publicidad. Tanto éxito tuvo esta especie de Vanguardia que los Jesuitas de la Universidad Javeriana de Colombia hicieron de Jotamario un Catedrático de Nadaísmo en el Postgrado de Literatura. Su marketing literario consistía en anunciar una “Revolución al servicio de la barbarie, una aventura al servicio de lo maravilloso” y también anuncios de bebidas en el mercado: “Tome nadaísmo y pida la tapa”.

Ernesto Cardenal sonríe y dice: “Había uno del dadaísmo que se llamaba X-504 o algo así como un número”. En realidad, se trataba de Jaime Jaramillo Escobar. Y así se fueron sumando otros poetas como Dariolemos, Amilkar U, Armando Romero (que ahora vive en Estados Unidos), y el mismo Jotamario, quien afirma: “Nada es para siempre y esto lo comprueban las erecciones”. Si pensamos bien, aún estamos a tiempo de conocer este movimiento que puso al revés a un país capaz de reír en medio de muchas tragedias.

Leopoldo María Panero: Poesía Completa (1970-2000)

Para entender la poesía de Leopoldo María Panero (España, 1948), hay que dejarse guiar por las realidades divergentes que el autor propone en un mundo imaginario cuyo origen, en ocasiones, es fabricado por didascalias de la dramaturgia y que da lugar a otras voces del subconsciente.

La violencia, el amor, la España contemporánea e incluso la poesía misma son temas que denotan esta antología. Tampoco se puede obviar la aparición de un extraño “hombre amarillo” evocado como una especie de “iluminado” que llega a salvar al autor de la melancolía y de las brujas que lo acosan en sueños.

Para vivir hay que conquistar la desesperación más intransigente, escribió Leopoldo, en este libro que llama la atención por el híbrido entre la desolación y la escatología; en el poema “Abandono” se da un ejemplo de ello: “He sorbido tu espíritu y de él nada queda”, a este verso le antecede otro, “Fui a cagar en tu cuerpo, por verlo tan desnudo”.

No hay escándalo ante esta sordidez, más bien queda el estupor por la manera en que se adquiere conciencia de un estado particular de lucidez, definido como una regresión al abismo de la visión. La mente del autor está ocupada, sin embargo, por otros elementos como el espejismo de Peter Pan, el adiós de Blancanieves, el lado oscuro de Batman y la muerte de Mandrake; personajes que se instalaron en el cuerpo del poeta, que es el cuerpo que contiene la locura.

Juan Gelman: Carta a mi madre

“Yo estaba en Managua trabajando como jefe de redacción de la Agencia Nueva Nicaragua (ANN), en 1982. Toda la correspondencia que iba a Nicaragua pasaba por Estados Unidos. Las cartas llegaban tardísimo. En un mismo día recibí tres cartas, una de mi madre, una de mi consuegra desde Argentina, en la que me decía que había visto a mi mamá activa, a pesar de haber tenido dos recaídas del cáncer, y una de mi hermana, que me daba la noticia fatal de su muerte”.

Esta anécdota la cuenta el mismo Gelman (Premio Cervantes 2007), pero también la cuenta el poeta mexicano Marco Antonio Campos, quien guarda una copia del manuscrito original de Carta a mi madre (publicada por Ediciones Monte Carmelo, México, 2007), que inicia con esta experiencia desconcertante en la vida del poeta argentino, un hombre que ha creado su propio mundo a través de las letras.

“¿Por eso escribo versos? / ¿Para volver al vientre donde toda palabra va a nacer?”, pregunta. Y toda palabra nace en la infancia, en la memoria reconstruida con la muerte de su madre. El autor confiesa que en ese desorden de los recuerdos intenta darle un rostro a ella. En su memoria aparece la imagen de su madre en el año 1915. Así conversa en un diálogo interior: “Estudiás medicina, no hay que comer / pero a tus mejillas habían subido dos manzanas (así me lo dijiste) (árbol del hambre que da frutos)”.

Esa manera de poetizar el discurso coloquial hasta abarcar el lirismo nostálgico es lo que celebro en Gelman, y lo que me hace reflexionar en la poesía como algo vital para reinventar nuestras pérdidas. Carta a mi madre es un libro no sólo poético, sino un libro donde conoceremos más a Juan Gelman como el gran ser humano.

Jorge Boccanera: Bestias en un hotel de paso

“Me presento a concurso y gana este dolor”, dice un poema de Jorge Boccanera, poeta argentino que obtuvo recientemente el VIII Premio de Poesía de Casa de América (Madrid, 2008). En Latinoamérica y ahora en Centroamérica celebramos este nuevo galardón en su carrera literaria.

Fue el 13 de julio del año 2003 cuando escuché la voz de Jorge Boccanera. Lo conocí en Managua mientras daba un recital en el Centro Nicaragüense de Escritores. Para entonces leyó aquel poema que lleva por nombre “El peluquero”: “Mi abuelo maquillaba al espejo con estrellas de / talco y usaba un pulcro saco blanco. / La muerte —que también es prolija— le envidiaba / su colección de peines”.

Fue a través de su voz que encontré un ritmo capaz de despertar en sus versos una enorme fuerza: la del relato poético. Desde entonces he tenido una amistad cercana con él. Más tarde supe que fueron las charlas de dos grandes lo que marcaron cierto rumbo en su vida: las del nicaragüense José Coronel Urtecho y las del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón.

Aprovechando ahora que Carlos Aguilar de la editorial costarricense Perro Azul me envía un libro de Jorge: Bestias en un hotel de paso (Ediciones Perro Azul, San José, Costa Rica, 2002), busco entonces encontrar esa primera emoción que dejó en mí una huella imborrable en aquel invierno del 2003. La experiencia de entrar nuevamente en sus páginas produce en mí una melancolía comparable a un tango, amaneceres rojos que nacen en la garganta de los poetas.

Al abrir las primeras páginas de Bestias en un hotel de paso uno puede notar el silencio poetizado, los secretos de los espejos, secretos que sólo el autor conoce y que muestra en grandes alegorías como el poema “El callado”, dedicado a Juan Gelman. Contar en la poesía el silencio de las cosas, los exilios, tema frecuente en la poesía de este argentino tan querido por todos. Pero hay exilios más esenciales, aquellos sin retornos donde la soledad se vuelve una vida ambulante, hoteles de paso para albergar la rabia.

Decía que en el libro hay muchos espejos. Espejos donde un lector puede verse y como resultado tendrá una reacción “levemente odiosa”. Pero también hay una enorme alegoría a aquellos “espejos que debieron haber llorado de vergüenza y espanto”, como nos recordaba Neruda.

Quizá la clave del libro está en un poema titulado “Lugares”, donde Jorge alza ante nuestra mirada un paisaje invisible, “el lugar es el nombre del animal más grande de la tierra”, dice. Y son más bien esos lugares que andan con su peso agobiante sobre el tiempo. Quizá aprendamos a ver más allá de esos espejos, de esos lugares que han dejado algo en nosotros, aún por salvar.

Zingonia Zingone: Cosmo-agonía

Tuve la oportunidad de asistir a un taller de poesía que dio Zingonia Zingone en Villahermosa, México. Fue allí donde nos conocimos. Recuerdo sus palabras: “Una persona puede tener bienestar económico y tener al mismo tiempo una gran pobreza interior”. Estas palabras tienen mucho que ver con Cosmo-agonía (Ediciones Perro Azul, San José, Costa Rica, 2007). Más adelante les diré por qué.

El libro está estructurado en dos géneros: poesía y cuento. Preferí iniciar de atrás hacia adelante, es decir, por el cuento titulado “Cuando la agonía es cósmica”. El cuento relata la vida de una mujer llamada Giuliana Martini Piretti, a quien sus compañeros de trabajo llamaban Julie, la secretaria le llamaba Dottoressa Giuliana, Miss Julie o Mademoiselle Julie. Más tarde en Nicaragua se llamará… Juana.

La historia inicia desde el interior de un automóvil, con un estilo narrativo similar al de Paul Auster cuando Nashe, personaje de La música del azar, habiendo recibido una fortuna, emprende un largo viaje por carretera. Al menos eso parece al inicio del cuento. Julie también está con suerte. Tiene 34 años y heredó una fortuna de sus padres. En una calle, mientras espera el verde del semáforo, observa a un hombre barbudo y canoso. ¿Un filósofo? No. Es el retrato decadente del siglo XXI, un servicio en bandeja de una sociedad cada vez más homogenizada.

La globalización tiene que ver con la agonía contemporánea. Ante este drama, del que también habla el filósofo nicaragüense Alejandro Serrano Caldera, se ha creado un patrón de sociedad que busca transmitir un mismo modelo político, social y cultural como paradigma de la comunidad humana.

“Se ha creado una ruptura del hombre y el mundo”, dice Caldera. Y esta misma ruptura se manifiesta en el personaje de Julie, que emprende un viaje para buscar su propia identidad. Este viaje la llevará hacia Nicaragua. Un país pobre, pero todavía a salvo de los efectos de la “modernidad occidental”.

El cuento también fija una mirada en el actuar diario, insiste mucho en la palabra “especulación”. La globalización y las compañías financieras son las que especulan sobre el negocio de la explotación humana. En tanto, la condición actual humana es un tema que desarrolla la poética de “Cosmo-agonía”. Los escenarios son distintos en el libro: Roma, Shangai, París, Londres, New York, Praga y Nicaragua.

Más relacionado a su poesía, la poeta exhorta a reclamar la libertad propia y ajena, una crítica sagaz de cómo “el bienestar de los más pobres protege a los más ricos”, de la juventud sin retos y con la esperanza fija en un ordenador, de las opulencias de nuestro mundo y la injusta distribución de la riqueza.

Hay también en la obra, poemas con un lenguaje vernáculo propio de la vanguardia nicaragüense. Poemas como “Chavalito pelo’emais” y también poemas con los modismos frecuentes en el habla popular. Este lenguaje poético es un acierto tomando en cuenta que su autora conoce mucho de la poesía y las costumbres nicaragüenses. Una gran poeta italiana-nicaragüense diría yo.

No podría olvidar las palabras iniciales de Zingone sobre la pobreza interior del hombre. Se escribe porque buscamos una sobrevivencia espiritual. Zingone resume el concepto en dos palabras: “anorexia espiritual”. Estoy seguro que su obra podrá crear luz en el vacío humano que arrastra a nuestro tiempo y a nuestro cosmos.

Javier Alvarado: No me cubre de edad la primavera

No me cubre de edad la primavera (Premio Gustavo Batista Cedeño, Ediciones Instituto Nacional de Cultura, Panamá, 2008) advierte un regreso a los orígenes de la incertidumbre, de la infancia que trata de rescatar el poeta a través de juegos y paisajes. Su dominio está en el entorno costumbrista, pero nutrido por un notable hermetismo lírico. El poeta engendra, como afirma Alvarado, diálogos con el tiempo. Hay en esencia mucha pérdida. Algunos versos albergan dolor, espuma y niebla. Otros cobran un sentido ontológico por medio del pasado, mostrando así una visión devastadora como esfuerzo de oscuras ruinas. Aquellas ruinas que apenas logran sobrevivir, si acaso algún día en la memoria, y con mucho empeño, en la literatura.

Rodolfo Dada: Cardumen

Me sucede a menudo con los poetas costarricenses que, leyéndolos, me corresponde luego figurar sus rostros. Estamos tan cerca, pero nos llegan noticias de ellos como si vivieran en tierras extrañas, lejanas. Esto revela que la poesía no ha logrado todavía fecundar nuestras baladíes fronteras.

Sin embargo, un día llega a mis manos Cardumen (Editorial Lunes, 2da Edición, San José, Costa Rica, 2004), una antología que reúne, de una u otra forma, la obra poética de Rodolfo Dada (Premio Carmen Lyra, 1981, y Premio Nacional de Poesía Aquiles J. Echeverría, 2004). Se trata de una persona a quien no conozco ni en fotografías, pero cuyo retrato resuelvo humano a través de su obra.

El libro empieza por el mar, alegoría de la infancia que surge en imágenes sobrecogedoras aunadas en manos del autor: los peces, el agua, la arena y la espuma como condición efímera del hombre. Sorprendente también es la fuerza con que el poeta nos habla en metáforas cambiantes, libertarias, expansivas: “El colibrí, / un pez que escapó de las aguas”, dice.

La obra reúne poemarios escritos desde la década del setenta, tales como Cuajiniquil (1975), Pequeño poema del Colorado (1977), El bongó del colibrí (1980), Abecedario del Yaqui (1981), Fotografía en sepia (1983), Sobremesa (1984), Kotuma, la rana y la luna (1984), La voz del caracol (1989) y Cardumen (2003).

Analizando uno de los títulos, “Fotografía en sepia”, por ejemplo, explora un lenguaje exteriorista, coloquial, cuya imagen contiene un registro autobiográfico desde la pérdida de un ser querido: “La muerte es un mar vaciado”, concluyendo el enigma con el verso: “La muerte tragándose a su padre”.

La obra abarca un escenario infantil con una voz internada y bien lograda en el universo mágico de las cosas, y de la visión que todo lo descubre en su origen. Hay libros contemplativos, como Sobremesa o Pequeño poema del Colorado, más descriptivos y denotando una poesía pastoral, celebrando así, el despertar de la naturaleza.

Otra poesía aparece más lacónica en Cuajiniquil, dando pauta al mundo inocente, a la música latente en la noche, y en donde la ficción de dos personajes, Karina y Nicole, prometen desterrarnos de nuestra miseria cotidiana: “Karina dice agua, / y la palabra empapa la tierra”. Nicole dirá Rodolfo y el poeta reinventará los colores, al caracol y a la vida misma, “dada” libremente al mar.

 

Estas reseñas, seleccionadas por el autor al reproducirlas en su Bitácora, aparecieron en la revista Carátula, entre 2007 y 2010.

 


FRANCISCO RUIZ UDIEL (Estelí, Nicaragua 1977 – Managua, 31 de diciembre de 2010). Poeta, editor y periodista. Realizó estudios de poesía bajo la tutela de su mentora, la poeta nicaragüense Claribel Alegría, discípula del Nobel español Juan Ramón Jiménez. Fue editor la revista cultural centroamericana en línea Carátula, y Jefe de Redacción de la revista El hilo azul, ambas dirigidas por el escritor Sergio Ramírez. Colaboró con El Nuevo Diario, de Nicaragua, y laboró como Relacionista Público del Centro Nicaragüense de Escritores. Realizó una antología de los poetas de su generación: “Retrato de poeta con joven errante”, con prólogo de Gioconda Belli. Su obra aparece incluida en las antologías: La poesía del siglo XX en Nicaragua (Editorial Visor, España 2010); y en Antología de poesía nicaragüense: Los hijos del minotauro 1950-2008 (Managua, 2009). Completó dos libros de poesía: Alguien me ve llorar en un sueño (Premio Internacional Ernesto Cardenal de Poesía Joven, Managua, 2005); y Memorias del agua (publicación póstuma, Managua, 2011). Su obra se reunió en Poesía completa, con prólogo de Sergio Ramírez (Valparaíso Editores, España, 2013). También editó o coeditó los siguientes libros: Memoria poética: Poetas, pequeños Dioses (Managua, 2006); Sergio Ramírez: Perdón y olvido, Antología de cuentos (1960-2009), (Managua, 2009); Claribel Alegría: Ars Poética (Managua, 2007); Missael Duarte Somoza: Líricos instantes (Managua, 2007); Víctor Ruiz: La vigilia perpetua (Managua, 2008).