Alberto Sánchez Argüello: “La persistencia de la memoria” (ficción)

En la minificción de este narrador nicaragüense siempre hay lugar para los grandes temas y para las emociones inmensas.

Alberto Sánchez Argüello
La Zebra | #30 | Junio 1, 2018

La inconmensurable soledad

La niña se pega a la espalda de su madre, mientras el grupo avanza a través del estrecho pasillo. El guía va adelante, describiendo con lujo de detalles los monstruos que languidecen tras rejas y vitrinas. La niña no se deja impresionar. El calamar gigante capaz de hundir buques trasatlánticos, no pasa de ser un molusco desarrollado y el reptil que alguna vez aterrorizó una prefectura japonesa, no es más que un garrobo somnoliento. Al final del recorrido todos se marchan sin preguntar que hay en el último cubículo. Sólo la niña se fija en el hombre sentado en un trono de madera. El guía le explica en susurros que fue el último dictador de un país lejano. Entonces señala hacia abajo y la niña descubre las infinitas cruces diminutas que representan una nación entera. La niña da las gracias y corre tras su madre. Toma su mano y calla. Nunca sabrá cómo explicarle que su cuerpo fue estremecido por la sensación más profunda de soledad.

La persistencia de la memoria

Todos los sábados caminaba sola en el parque. Me gustaba sentir la corteza de los árboles, el césped acariciando las plantas de mis pies, el reflejo del sol en mis párpados.  Pero eso era antes, cuatro primaveras atrás, antes de las desapariciones.

Un lunes las mujeres se fueron a sus trabajos en sus autos, en buses, a pie. Nunca regresaron. Nadie se preguntó qué pasó con ellas. No hubo cobertura noticiosa, ni búsquedas oficiales. Cada vez que preguntaba por mamá, mi padre me miraba extrañado, como si nunca hubiese existido.

Luego tocó el turno a las abuelas. Ellas desaparecieron una mañana de sábado. Quedaron sus cuartos vacíos, las camas desocupadas. Finalmente desaparecieron las niñas. Las bebes en sus cunas, compañeras de escuela, mis vecinitas. No se las volvió a ver. Me quedé sola, preguntándome porque no desaparecí junto con ellas.

Ahora vivo en un mundo poblado por hombres. Camino entre ellos sin que me vean. Andan distraídos, somnolientos, como si les faltara algo. Mi padre pasa horas sentado frente a la pared, sin comer, sin dormir.

Por las tardes me siento en la acera, para ver la brisa que mueve los árboles. En el viento escucho el arrullo de mi madre, las letanías de mi abuela, las risas de mis amigas. Me pongo a cantar suavecito, para que el aire les lleve mi voz.

Somos lo que recordamos

Mi abuela siempre toma las mismas callejuelas sucias. A pesar de la insistencia de mi madre de cambiar su ruta diaria y cruzar por el parque para acortar la distancia a la pulpería. Es tozuda. Prefiere pasar saludando a medio barrio camino a comprar el pan y la leche.

Me mandan a que la siga, me dicen que me apure, pero hace mucho sol y recorro despacio las cuadras, con ese sueño pegajoso de los domingos por la mañana. Hasta me parece que sigo soñando cuando le paso al lado a un carruaje amarillo idéntico al que tuvo mi bisabuelo, cuando era cochero en Granada. Por ir viendo aquello, me escapo de tropezar con una monja que parece salida del retrato escolar del internado de mi abuela, la misma que les picaba la cabeza con un lápiz afilado si se portaban mal. Me restriego los ojos y miro hacia adelante un reguero de ropa vieja, ángeles de latón, libros tirados y un señor vestido de frac que sentado en la acera, contempla con tristeza un sobre cerrado que sostiene en su mano.

Apresuro el paso, pero voy de subida y las chinelas me jalan. Las vecinas están asomadas en los umbrales, tratando de entender lo que está pasando. Yo no me detengo, sólo evito pegarme contra una lancha encallada en el asfalto y un caballito de madera que se mece con la brisa matinal.

Mi abuela me espera sonriente, mientras acaricia el gato de la señora de la venta. Yo pido agua y se la paso junto a la pastilla diaria que olvidó tomar. Pero ya es tarde. Mi abuela ahora es una niña y de su boca caen sus primeras letras que se dispersan por el piso, ruedan hacia la acera y descienden lentamente por la calle, para acompañar al resto de sus recuerdos.

 

 


alberto_sanchez_arguello-por_gabriela_montiel.jpgALBERTO SÁNCHEZ ARGÜELLO (Managua, 14 de enero de 1976) es un escritor nicaragüense de cuentos y microcuentos, además de ilustrador, psicólogo, promotor de procesos de cambio y liderazgo. En 2012 creó su propio sello editorial digital con el nombre de Parafernalia Ediciones Digitales.