Elena Salamanca: “Peces en la boca” (ficción)

Tres cuentos breves sobre las trémulas fronteras del amor, entresacados de un libro de poesía escrito por una historiadora salvadoreña.

Elena Salamanca
La Zebra | #31 | Julio 1, 2018

Los espejos

En su casa hay un espejo igual al de mi casa. En el espejo de su casa, hay una foto de un niño que es él. El niño se detiene en el espejo con la boca. Se besa.

En mi casa hay un espejo igual al de su casa. Mi madre guarda una fotografía en la que me doy besos en el espejo: las piernas aún indecisas de soportar el cuerpo, con toda la debilidad vertical del primer año de vida, la cabeza apenas con cabello, la boca… La boca no existe, está sostenida en el espejo.

¿Me estás besando?

Me paro frente al espejo, tiro besos. Entro a mi espejo, salí en el suyo, conozco a su padre. Beso a su padre, concibo al niño que es él. Lo llevo en la lengua, regreso a su espejo, sin foto, sin niño, entro. Vuelvo a  mi espejo. Me veo, saco la lengua, la llevo al espejo. Lamo.  Desde su espejo, el niño se detiene con la boca. Una boca es una boca hasta que ha sido besada. Él ha nacido. Lo acabo de nacer.

El jardín

III

—Este jardín se está secando —gritó el hombre al fin, cansado.

Se había perdido muchas veces en el laberinto de arbustos, las ramas le habían caído en la cabeza, las había destrozado con sus pasos, había tocado las paredes de follaje, se había recostado en ellas para oír algo. Había vuelto a correr y perderse hasta llegar a ella.

La mujer dejó de podar un rosal.

El hombre se acercó a ella y la haló de un brazo:

—Usted ya no canta.

La mujer se soltó y arrancó una rosa.

—¡Cante! —gritó el hombre.

La mujer llevó la rosa a su boca.

—¡Cante! —insistió él.

La mujer mordió la rosa. Le supo a cebolla.

Lloró.

I

—Vengo a proponerle algo —las botas barrosas hicieron temblar la madera del piso—. Cásese conmigo.

Ella levantó los ojos de los pétalos, de las venas secas, transparentes, donde una vez cupo vida, del papel delgado para guardarlas, de la mesa.

—¿Por qué voy a casarme con usted? Yo no lo amo.

—La gente no se casa por amor.

—Pero yo no quiero, usted no me gusta.

—Yo no quiero nada con usted, cosas de esposos… No quiero.

—¿Y qué quiere?

—Dicen que usted canta cuando riega las flores. Tengo una casa con un gran jardín. Es gigante. Es suyo. Quiero oírla cantar. Ya me cansé de los acetatos.

La lluvia

—Otra vez espera la lluvia —le dijo el hombre.

La mujer estaba sentada afuera de su casa; había sacado una cestita con mandarinas: les metía los dedo, sacaba el jugo, chupaba la fruta.

—Otra vez —escupió ella las semillas de mandarina.

—¿Por qué no se va conmigo?

—Tengo marido.

—Yo no creo que usted sea feliz con su marido.

La mujer lo vio sobre el hombro, y escupió otra semilla.

—Ninguna mujer que es feliz con su marido viaja tan lejos para ver llover.

—Usted no conoce las lluvias de aquí.

—Llueve en todos lados.

—Aquí no llueve como en todos lados.

—Véngase conmigo.

—Estoy casada.

—No importa. Yo la he seguido. Su marido no hizo nada cuando usted le dijo: me voy a ver llover. Yo supe que usted venía a ver llover y dejé todo, me vine siguiéndola.

—Es cosa suya.

—Usted sabe que uno no tiene voluntad, es como un perro: se acostumbra a un olor, lo reconoce, lo busca. Yo solo conozco su olor.

—Tanto que ha hablado, quítese la sed con esto —le dio una mandarina—. No se le vaya a rajar la boca.

—Debería saber que aquí no llueve, es desierto —mordió la cáscara  el hombre—. Y cuando llueve, solo llueven cosas raras: polvo, pedazos de monte.

—Peces.

—¿Cómo van a llover peces si no tienen alas?

—El monte tampoco tiene alas.

—Sólo hay polvo. Debería saber usted que el polvo pone triste a la gente. Mire cómo me ha puesto a mí.

—No hubiera venido —la mujer juntó con su pie las semillas escupidas.

El hombre escupió la mandarina, cruzó los brazos y los detuvo en su cabeza. Se recostó en la pared de la casa. Una bocanada de viento cruzó el camino, levantó el polvo y se le metió en los ojos.

—Se lo dije —se limpió los ojos.

La mujer se tapó los ojos con las manos y se levantó. Echó a caminar, el polvo se hizo un remolino que se elevó al cielo. La mujer levantó la cara y vio un agujero que comenzó a chupar todo lo que podía: las hojas, los pájaros, el polvo.

—Regrese a la casa, se la va a llevar el norte —gritó el hombre.

La mujer siguió caminando.

—Ya se volvió loca —volvió a gritar el hombre.

Cayeron unas gotas. Plateadas, largas, delgadas.

Y el hombre sintió que algo bajaba por su mejilla, tal vez una lágrima, tal vez la lluvia.

Eran peces.

De Peces en la boca
(San Salvador, 2011; México, 2013)


ELENA SALAMANCA (San Salvador, 1982). Poeta, narradora y ensayista. Ha publicado, en cuento: Último viernes (DPI, San Salvador, 2008) y La familia o el olvido(Kalina, San Salvador, 2017); en poesía: Peces en la boca (San Salvador, 2011, reeditado en México en 2013), y Landsmoder (San Salvador, 2012).

Fotografía: “Dormitorio” de Jorge Ávalos.