Enrique Jaramillo Levi: “El ronroneo” (ficción)

Referente del cuento breve en la región, Enrique Jaramillo Levi nos ofrece estas muestras de sus juegos metaliterarios y sus ironías de la imaginación.

Enrique Jaramillo Levi
La Zebra | #31 | Julio 1, 2018 

El ronroneo

No le gustaba ese ronroneo impertinente del animal ahí cerca, trepado en la repisa junto a sus libros, su insistente indolencia, esa pasividad agresivamente incisiva. No le gustaba. Y sin embargo no entendía por qué se sentía obtusamente fascinada, absorta, incapaz de meterse en su trabajo de una buena vez y terminar de cotejar semejanzas y diferencias en las citas de ambos textos asignados cumpliendo con la maldita tarea.

Por un rato pudo al fin concentrarse, avanzar un poco, no más de diez minutos, pero la presencia del felino volvió a distraerla, esta vez porque había subido de tono su enigmática cadencia. Ahora se tornaba denso, sincopado, como un mantra. Y la miraba, no dejaba de mirarla como si quisiera entrar en su cabeza, en su alma misma, literalmente engatusándosela. Comprendió que se trataba de un macho cuando lo vio cambiar de posición, ladearse incómodo, erguido. Se estremeció toda.

Un rato después, sin pensarlo dos veces dio un ágil salto y desbaratando el precario equilibrio de tres libros estuvo junto a él, lamiéndolo, ronroneándole su deseo.

Panamá, 29 de abril de 2014

Desde la ventana

Desde la ventana, por la calle solitaria la vio venir, tan bella como siempre, con esa sensualidad suya que podía tocarse a distancia con las yemas de los dedos, con el olfato, saborearse, pese a todo. Ligeramente cabizbaja, se dejaba no obstante mirar, y trataba de no hacer lo propio, sin lograrlo. Otra vez estaré con él, pensó, empezando a sentir la taquicardia, me besará hasta quitarme el aire, mis pechos se dejarán sorber por sus labios ávidos, en mi cintura su brazo sostendrá mi cuerpo para que, vulnerable y frágil, su fuerza no quiebre del todo mi falta de voluntad. Una vez más me dejaré querer, entrará en mí como Pedro por su casa, me hará gozar, como siempre gozaremos. Y cuando finalmente ella toca a su puerta y él no la deja entrar, cuando lo oye decirle en tono altanero, desafiante, que para qué ha venido si esa relación ya no existe, si ya sabes la verdad, lárgate de mi vida de una buena vez, ella se pasma, lo ve cerrar bruscamente la puerta, desaparecer por completo su figura tras cerrar después la ventana, irse para siempre de su existencia. Entonces, temblorosa, da media vuelta y se aleja lamentando su debilidad, esa vieja estupidez que la ata al pasado, y masculla entre dientes eres un malagradecido del carajo, jamás tendrás a alguien como yo, una mujer casada que quiere a su esposo, que por ti lo ha traicionado, que estaba dispuesta a dejar su hogar por irse contigo, ¡y tú, hijo de puta, maldito maricón de mierda, me dejas por otro hombre!

Focas

Había que hacer algo, y pronto. La situación, francamente insostenible, se deterioraba por momentos. Pero todo el mundo pasmado, y yo dándole labia sólo al pensamiento, literalmente atado de pies y manos, un sucio pañuelo hecho bola metido en la boca, era un estado de cosas que nada mágico sugería. Entonces, piensa que piensa, decidí encomendarme a los viejos poderes de la ficción. Ésos que conocía tan bien, y que en otras circunstancias me sirvieron. Empecé a escribir mentalmente otra secuencia vertiginosa en la que de alguna forma, por distancia y contraste, evitase que la bomba explotara. Y lo primero, por supuesto, era encerrarme lo suficiente en la atmósfera creciente del relato como para que su halo de realidad fuera capaz de borrar de mi conciencia lo que sucedía a mi alrededor. Logré estar en la remota Alaska rodeado de focas, muerto de frío, a punto de entrar a un diminuto iglú coyuntural que a duras penas me contendría. Pero no había otro, cosas de la ficción. Entré en cuclillas, con gran dificultad, pero no pude darme vuelta ni enderezarme ni volver a salir. Atorado en esa posición, aún sentía el frío tenaz permeando mis nalgas. Ya no supe qué hacer. Y de pronto todo fue calor infernal y atroz despedazamiento al volar hecho trizas por los aires con todo y focas.

Dragón

Era como si un minúsculo gorrión se hubiera colado en mi cuerpo y se desplazara sin tregua desde mi sien izquierda hasta la boca del estómago y de ahí al dedo gordo de mi pie derecho, y vuelta a empezar. Una inquietud que tenía alas cortas, nerviosas, oscilaba entre mágica emanación de algún sitio secreto de mi ser y una impronta absolutamente sensual queriendo voluptuolizarme todo sin piedad. Y es que de pronto me entraron unas ganas locas de escribir, de hacerlo sobre ella, cualquier cosa, aunque sólo fuera acerca de la esquiva sombra de un pálpito, de un atisbo, y si no tenía sentido mucho mejor. ¡Qué carajo! Por lo que me puse a escribir.

Y en efecto, no tenía el más mínimo sentido aquello que empecé a componer, sin trama alguna en ciernes, con cero ambientación, evitando delimitar detalles del personaje; y sin embargo, escarbando un poco acaso tenía todo el sentido del mundo. Sólo para mí, claro. Porque iba tomando la forma de un monólogo fragmentado, pixelado, urdido a retazos para que no se disolviera antes de tiempo. Y es que las palabras, esas aliadas fieles, pueden ser de fiar, o no serlo. Y cuando uno menos lo espera se han esfumado o están diciendo lo contrario de la intención original, y eso sí que es peligroso.

En todo caso, yo seguía escribiendo, nada importaba si se trataba de una prosa de ficción o si en el fondo era un poema en prosa; o más bien un dragón maravilloso esculpido por las manos tibias y aguerridamente manchadas de dulce barro por esa mujer que desde lejos me inspiraba. Porque también los dragones se construyen con palabras que pueden o no vomitar fuego por la boca y tener o no un par de recias alas escamosas a los lados, presto a dejarse sentir desde la más remota antigüedad. Y además, no sé si para colmo de males o de bienes, resulta que desde siempre a mí me encantan los dragones, por lo que no es casual que este de ella que empieza a nacer contagiado por la calidez de su aliento habite también este texto. ¡Nada extraño!

Y es que de pronto yo la veía labrando cada centímetro de su forma monstruosamente dúctil al calor de sus dedos, me la imaginaba sonriente a punto ya de darle vida final y de soltarlo para que andara libre por el mundo dándonos sustos de inverosímil catadura, o sorpresas milenarias que las palabras que redacto serían incapaces de contener.

Lo que ella no sabía —y debo confesar que yo tampoco— era que iba a llegar un momento inevitable en que su dragón se comiera de un mordisco al gorrión que me impulsaba a escribir, dando por terminado este cuento.

 


Enrique-Jaramillo-Levi.jpgENRIQUE JARAMILLO LEVI (1944). Escritor y gestor cultural panameño, reconocido como uno de los más destacados cuentistas de la región, es autor de más de cincuenta libros originales, entre ensayo, poesía, narrativa y teatro. Además, es un gran promotor de la obra de sus compatriotas, por medio de antologías y publicaciones periódicas, incluyendo la revistaMaga de la cual es editor. Entre sus libros cabe destacar, entre muchos otros:Duplicaciones(1973, México), Caracol y otros cuentos (México, 1998), Luminoso tiempo gris (España, 2002) y Algo está por ocurrir (Costa Rica, 2013). En el 2013, el Fondo de Cultura Económico, en México, publicó una amplia antología de su obra como cuentista, Visión de conjunto.

Fotografía: “Kokoro” de Jorge Ávalos.