Tomás Andréu: “Antes que la lluvia venga” (poesía)

Un periodista y poeta salvadoreño nos dejó de forma inesperada y prematura a los 39 años. Nos queda su palabra.

Tomás Andreu
La Zebra | # 41 | Mayo 13, 2019

I. Introducción

Jorge Ávalos

Nadie te conoció de verdad, Tomás. Nadie. Y sin embargo existen, estoy seguro, esas personas que te conocieron mejor que nadie. Y que te amaron como nadie más pudo hacerlo. Y aun así no sé si pudieron llegar al fondo de tu soledad, una de las más profundas que he conocido. Tan oscura podía ser tu mirada, tan dura tu piel, que por dentro no podías haber sido nada más que luz y suavidad. Alma esponjosa de niño, quizás. Incluso rosada y dulce como el algodón de azúcar.

Qué terror que alguien se llegase a dar cuenta de esa dulce ternura interior, porque el periodista, el solitario samurái de la palabra, necesita la mirada oscura y la piel muy dura. Durísima. Y por eso llenaste tu vida de himnos salvajes: los retos susurrantes de Jim Morrison, las diatribas desgarradas en Kurt Cobain, o la trascendencia serena con la que Antonio Vega nos sosiega —en los playlists del grunge y el rock progresivo que nos dejaste, día a día, en las redes sociales—. Pero también te colmaste de la lectura impaciente de los evangelios del marginado: el desvarío escéptico e insomne de Fernando Pessoa, la palabra ebria de Charles Bukowski y la frase amarga de Raymond Carver al escribir sobre la muerte de Chéjov en un hospital (tu cuento favorito). Y entre la autodestrucción y la máscara, nos queda, dispersa, la palabra que intenta explicar el dolor y la muerte, es decir, tu dolor y tu muerte.

Ahora que te releo, me encuentro con la maldición lacerante del verso premonitorio: la indagación de la vida efímera, del deseo inagotable y de la muerte inquieta. Y en los márgenes, el único intento —fallido— de cinismo: “Ya me encantaría preguntarle a Jesús su opinión sobre su padre. Porque eso de ser sacado del cielo para venir a morir por extraños desagradecidos e hipócritas, sí que es una tremenda cabronada. Dos mil años después y todavía lo ningunean. A ningún padre del mundo se le perdona semejante bullying.” Este es el mismo texto en el que también recordás al trovador Tim Buckley cuando le pregunta a su viejo: “Papá: ¿me escuchás, me conocés, te importé? ¿Qué harías en mi lugar?”

“De la parentela”, afirmaste al fin, “el más hijo de puta siempre termina siendo el padre, porque si se queda, nos jode; si se va, pues es lo mismo, pero sin violencia. Y claro que hay padres cinco estrellas, pero no estamos hablando de ellos. Ustedes perdonen.” Esto no es cinismo, Tomás. Es la grieta en la armadura. Es la herida que se pudre, la que no para de verter su amarga pena.

Detestabas tanto la pose del escritor, la diminuta farándula literaria y las quimeras de los mercaderes de libros, que no podías admitirte que eras parte de esta manada que se enfrenta al mundo con las garras de la sensibilidad para sangrar versos malditos. ¿Quién habría imaginado que podías no sólo escribir sobre el amor, sino también amar desde la escritura como lo hacés en “Precipitación”? ¿Quién podía imaginar que sabías apartar los velos de la falsa realidad para descubrir nuestra “Oquedad” más profunda?

Ahora veo —yo, que no puedo hablar por nadie más— que sí necesitaba de tus “Palabras para un amigo”, de tu “Lección” de silencio, de tu “Luz en la penumbra”.

Vamos, entonces, Tomás, por otra lectura más, la del estribo.

San Salvador,
domingo 12 de mayo, 2019.

II. Antes que la lluvia venga

Poemas selectos

Tomás Andréu

Hice conmigo lo que no sabía hacer
y no hice lo que podía. El disfraz
que me puse no era el mío.

Fernando Pessoa

Precipitación

El viento me hizo agua
y en lluvia descendí sobre tu cuerpo:
envolví en espiral tu delicadeza corporal
de luz, cielo y algodón.
Pernocté tramo a tramo
el universo de tu piel:
las puertas de tus poros
se abrieron de par en par.
Recorrí toda tu dulce geografía
en mi cansado peregrinar:
desde las hebras luminosas de tu cabellera
hasta la generosa suavidad de tus pies.
Dejé en tu piel estelas de mí:
mi nombre parpadea en tu cuerpo.
En la apacible llama de tu aura
me hiciste un halo incandescente
que volvió al viento,
a ser agua de tu sed.

Oquedad

Somos efímeros:

un relámpago en medio de la noche
sería más longevo que toda nuestra existencia
y el fulgor de una hebra de tabaco,
ardería más que todos nuestros sueños.

Somos decadentes:

un perro putrefacto bajo el sol del mediodía
sería un  surtidor benevolente de retribución a natura
y  sería algo nuevo bajo el sol
más que todo el fruto de nuestras manos.

Somos pequeños:

una ola del azul y profundo mar
sería más esbelta que nuestras ideas
y en la solaz orilla de la playa,
un nombre sobre la arena llegaría
lento al olvido, después del nuestro.

Somos desolación:

el yermo Sahara en su vasta soledad
sería más fértil que nuestro enjambre de esperma
y la infinita arena que el sol hace relampaguear
perviviría más que toda nuestra descendencia.

Somos efímeros,
somos decadentes,
somos pequeños,
somos desolación.

Somos el poema que nadie acaba.

Diálogo

Desde algún lugar del mundo,
desde alguna parte del tiempo
hablo con vos.
No conozco tu cara
ni el abecedario que forma tu nombre,
y desde la mudez de la noche
no puedo dejar de preguntarme:
¿Desde qué abismo insondable
el rumor de un río me llama?
¿Desde qué cuerpo celeste
tu tenue luz me alcanza?
¿Qué tiempo es este
que nos ha unido en una misma geografía?
A ciegas, palpo tus palabras
y encuentro un árbol —tu cuerpo frutal.
Lo trepo y me alimento.
Desgajo todos tus frutos,
muerdos tus ramas
y siento el latir cansado de tu savia
que puebla mi paladar, mi boca.
En las tinieblas, a tientas, llego a tus palabras
y en tu cabellera de aguas luminosas
meto mis manos: un sol nace en mí,
baña mi interior una lejana soledad,
una tristeza milenaria,
una pena heredada…
y desde el centro de la contradicción
te grito, te pregunto:
¿Sos vos un eco que a mi boca vuelve
desde otra latitud, o sos mi hermana,
que desde otra distancia,
me extiende la mano hacia una misma esperanza?

Augurio

Moriré loco,
maldiciendo nombres terrenales y celestes,
haciendo epitafios en piedras y árboles
de muertos que nunca vivieron.
Moriré entre las multitudes,
como mueren los verdaderos solitarios:
entre voces propias y ajenas,
entre cruces y nombres desconocidos,
entre aguas enfermas y aromas de flores extrañas,
entre horas prestadas y compañías hostiles,
entre el destierro de tus brazos
que nunca me conocieron,
entre el miedo interminable
de quien no conoció
y siempre supo su destino.
Moriré loco,
moriré en mi exilio interior,
donde ningún alambrado me venció,
donde los frutos fueron siempre longevos
y las tardes una calma gris,
como aquella de la que no volví
mientras escribía en una piedra tu nombre.

Palabras para un amigo

Ninguna lluvia borrará tu sangre,
—que en espiral sostiene los frutos y el pan—.
Ninguna
avalancha de años, de tiempo
—aunque se le sume la eternidad—
sepultará
tu nombre.
No habrá silencio que pueda atar
la fuerza indomable de tu voz,
tu pulso que late al unísono
con el corazón de la tierra.
Tu cabellera cana
es ahora la crin del viento
que empuja a los tuyos,
que revienta los anonimatos.
Ay del blasfemo que diga que estás muerto,
morirá ahorcado en su propia lengua,
y su estirpe no se alimentará
de tu límpida luz,
de tu sabio tránsito por la tierra,
porque morir no es desaparecer,
es volver a vivir en forma superior
en una claridad inagotable.

¿Quién?

¿A dónde va la mirada cómplice de los días muertos?
—¿y el fulgor de tu nombre brillando en la punta de mi lápiz?—

¿Quién recogerá aquellas hojas molidas en nuestras manos tiradas al viento y acunadas en el lomo de aquellas aguas sucias y pestilentes?

¿Quién entregará las cartas nunca escritas al destinatario de siempre?

¿Quién seguirá empujando el suicidio de uno y el asesinato del otro?

¿Quién adoptará al perro de tres patas con manchas negras en el hocico?

¿Quién responderá las preguntas de los hijos no concebidos?

¿Quién desde la vida nos responderá en la muerte?

¿Quién justificará este silencio que nadie conoce?

¿Quién escuchará el grito atormentado y silencioso que muere de desesperación?

¿Quién nos dará el significado del arrepentimiento sin ser culpables?

¿Quién es quién a quien preguntamos?

¿Quién es quién y dónde queda quien habla?

Luz orgánica

Escribí, incólume, el nombre de mi país
con la tinta de mis heces,
y toda la luz de esta esperma tirada en el suelo
escribió el nombre de los hijos que no tuve,
que no tengo, que no tendré.

El viento sopla fuerte y hace llorar a mi perro;
yo le lamo las llagas y le guío cuando me sigue.
Hoy el día es triste porque vos no lo podés ver,
pero yo escupo en la tierra que te abraza,
y dibujo en mi frente la inicial de tu existencia,
y, sabia, la brisa le hace reverencia.

Esta congoja que hoy nos une
es la misma que un día fue sueño:
sueño de no estar aquí,
sueño de no pertenecer aquí,
sueño de no tener patria, encierro,
alambrados de sal y vinagre.

Con la tinta de mis heces
escribí, incólume, el nombre de mi país,
ese que me niega y me nombra con sus ácaros.

Antes que la lluvia venga y lo cubra todo

Antes que la lluvia venga y lo cubra todo,
yo te he visto, prístina como un lago virgen.
Tu resplandor me duele, me hacer llorar.
Tus pupilas desorbitadas me tragan
toda la luz de este día gris.
Todo el verdor oscuro de los árboles, vos los sorbés,
y yo voy tras de ellos.
Somos frutos extraños en un mismo árbol,
somos el vuelo y la carroña del águila
antes que la lluvia venga y lo cubra todo.
Yo quiero irme con el lodo que adolece estoico sobre la yerba hostil.
Quiero irme con la brisa que hace ondular las hebras de luz de tu salvaje cabellera.
Quiero irme desterrado de tus brazos, de tu boca, de tu existencia.
Quiero revolcarme en la copa de los árboles,
herir mis huesos de tu savia extraña.
Quiero anular mis latidos.
Quiero no tener familia, perro, compañera.
Quiero ser vaho diluyéndose en la inmensa espalda de la nada,
antes que la lluvia venga y lo cubra todo.

Luz en la penumbra

Allá abajo, en la oscuridad,
mi pensamiento tropieza y, lerdo, se desploma.
Una luz se ahoga y es lodo sobre los ladrillos.
Tengo ojos en el tacto,
veo lo que no soy.
La pequeñez es un sueño grande:
tiene la estatura del ala de un águila hecha carroña.
El horizonte tiene rostro, es un camino sin sentido,
un reloj que marca ciegamente un tiempo,
el sueño roto de un niño que nunca nació,
una estación sin tren.
Lo bueno de ser bello
es que la tierra te abraza con fuerza:
es una loca que ve hijos en cada puñado de polvo.
Abajo en la oscuridad, el pensamiento canta
Y la angustia, estoica, sonríe victoriosa.
Agradecé a esta libélula de luz, agua y sal.
Toda la mirada que te brindó mientras robaba polen,
aquí, abajo en la oscuridad,
donde el miedo acaba.

Lección

A Alfonso Kijadurías

El silencio es sabio:
sin hablar, dice,
y cuando habla,
nos hace callar.

Hoy

Hoy, la noche es larga:
la última bocanada de marihuana,
en espiral, de mí se ha despedido.
El mundo ante mí no es el mundo
es una mancha azul que se diluye
en el fondo negro de la noche.
Huyo y dejo, tras de mí,
burbujas de luz que danzan.
Soy un ojo en medio de la noche
que ve hacia adentro
y niega la existencia.

Espíritu laxo

Me derramo en el suelo,
me evaporo en espiral:
ingrávido, lentamente
me desvanezco:
ya no soy de aquí,
a nada pertenezco.

Negación

(Reflexiones mientras orino en un poste
—sufro de disuria).

Morir no es el fin de la vida;
es la vida el principio de la muerte.

No es nacer la pena;
es subsistir la angustia.

No es la soledad la que hiere;
es la mala elección del amor.

No son las despedidas las que entristecen;
son las añoranzas de un tiempo que ya no vuelve, que ya no existe.

No son las heridas del pasado las que lastiman;
son las cicatrices del presente —con nombre y apellido— las que duelen.

No es la adicción la piedra de tropiezo;
es la sed de infinito que llevamos dentro.

No es la lascivia la llama que atormenta;
es el ajeno verano de la piel que no conocemos.

No es la sed del náufrago el suplicio;
es el inmenso egoísmo del mar.

No es la hoja en blanco la frustración;
son las malditas putas palabras que no se dejan coger.

Morada

Llegué a la eternidad,
a un silencio blanco,
a un funeral interminable.
Habité con mi voz
todas las formas ocultas.
Fui un soplo continuo
dando vida, levantando muertos.
El vaho de mi boca
fue un río de leche que amamantó la sed.
Derribé los nombres impronunciables:
las horas, los minutos, los segundos.
Llegué a la eternidad,
a la muerte del tiempo.

¿Muerto? ¡Nunca!

Yo nunca seré un muerto:
alimentaré gusanos que serán mariposas,
vendrá la lluvia y hará florecer de mis huesos
un generoso jardín para las hormigas.

Yo nunca seré un muerto:
nutriré los árboles y seré nido y pan para aves,
y el viento me hará pernoctar de hoja en hoja:
seré clorofila, savia, polen.

Yo nunca seré un muerto:
el sol dorará mi piel
y los cuerpos celestes reverberarán en mí
y en su luz me conjugarán.

Yo nunca seré un muerto,
porque de mis residuos,
de mis sedimentos,
habrán nacido otros como yo.

 


TOMÁS ANDRÉU (El Salvador, 1980-2019). Pseudónimo de Tomás Antonio Martínez Medrano. Poeta y periodista, especializado en el perfil literario y la entrevista a fondo. Egresado de la Licenciatura en Letras por la Universidad de El Salvador. Fue periodista de Contrapunto y fundador de su suplemento cultural, ContraCultura. Trabajó en El Diario de Hoy, El Faro, y colaboró con numerosos medios en El Salvador, en México y en otros países de la región, incluyendo La Zebra. Su poesía permanece inédita, reunida bajo el siguiente título, según el propio poeta: El impulso de las máscaras.