Ricardo Lindo: “Juan Guzmán Cruchaga” (memoria)

Un sentido homenaje del poeta salvadoreño Ricardo Lindo (1947-2016) a su maestro, el poeta chileno Juan Guzmán Cruchaga (1895-1979).

Ricardo Lindo
La Zebra | # 42 | Junio 1, 2019

Y ¿quién eres, cantor de los cantores,
que al oírte cantar crecen las flores?

Muchos amigos fueron a la noche. De algunos escribí cuando murieron, como alguna bandera se levanta al despedir un barco que se va. De otros no pude escribir entonces, y dejé esperar en la memoria el caudal de recuerdos que me habían dejado.

Don Juan murió hace años, cinco o seis, creo. Lo conocí hace mucho y guardó siempre para mí la conducta de un afectuoso abuelo. Lo volví a ver varias veces a lo largo de mi vida, en países diversos, adonde me condujo no sé qué extraña estrella que no me permitía echar raíces en lugar alguno.

Lo recuerdo en su Chile, leyendo con benevolencia mis versos de niño, o leyendo los suyos, que eran maravillosos y no han dejado de serlo. Lo recuerdo en Santa Tecla. Yo ya era un adolescente. Me dijo que los críticos desaprobaban a veces un poema porque no era un elegante sillón, aunque uno sólo hubiera querido hacer una silla. Y una silla también era buena y útil.

Su mirada era muy clara y riente (sus ojos eran azules y casi grises) y llena de una amable perversidad cuando emitía un juicio severo, porque para él un error en literatura era tan imperdonable como un crimen de lesa majestad.

Recordaba a veces poemas de autores famosos sólo porque habían incurrido en una falta grave, que explicada por él resultaba evidente.

Cuando volví a ver en Madrid a los Guzmán Cruchaga, Raquel, su mujer, y él mismo me contaron que había muerto su perro Pal, quien había encanecido junto a ellos en tantas tierras diversas, incluyendo El Salvador.

Poco después, en París, Raquel me hablaba para que fuera a acompañar al anciano, porque ella iba a salir de compras, o algo así, y yo tomaba el Metro desde la Ciudad Universitaria, aunque no tuviera para el boleto de regreso, sabiendo de antemano que él se las arreglaría para prestarme un libro en el que había disimulado un billete, lo cual fingiría más tarde ignorar.

Entonces pasábamos largas tardes hablando de literatura. Me mostraba las cartas de los grandes poetas chilenos, de Gabriela Mistral, de Pablo, de Huidobro, y las de otros amigos de otras partes, como Henry Miller. Tengo presente una de Saint John Perse, en la que el poeta francés lo recomendaba a la editorial Gallimard para que fueran publicados sus versos. Un poco tímido, don Juan no envió la carta a su destinatario, y prefirió conservar el manuscrito del autor de Elogios. Había conocido tantos seres famosos del arte y la literatura, que para mí pertenecían casi a la mitología.

Por entonces me dijo:

—Ricardo, un poeta no tiene ninguna obligación de escribir. Pero cuando publica algo, debe sentir íntimamente que es bueno.

Esta exigencia, que era tan intensa en él, se manifestó en la escasez de su obra publicada.

Su viuda envió a mis padres su último libro, Sed (1978). Él no lo había hecho llegar porque temblaba su mano, creía que más adelante se corregiría, y quería enviarlo autografiado.

Ahora veo un libro que me presta el poeta Mario Noel Rodríguez. Es Neruda en Valparaíso, de la escritora Sara Vial. Ella cuenta cómo una noche, en la taberna de La Bota, donde el viejo Neruda congregaba al dulce mundo de sus locos amigos, hicieron a don Juan repetir en un papel su poema más famoso, “Canción”:

Alma, no me digas nada
que para tu voz dormida
ya está mi puerta cerrada

Una lámpara encendida
esperó toda la vida
tu llegada.
Hoy la hallarás extinguida.

Los fríos de la otoñada
penetraron por la herida
de la ventana entornada.
Mi lámpara estremecida
dio una inmensa llamarada.
Hoy la hallarás extinguida.

Alma, no me digas nada
que para tu voz dormida
ya está mi puerta cerrada.

En dos ocasiones vivió don Juan en El Salvador, y uno de sus hijos se llama Salvador en homenaje a la patria nuestra. Aquí publicó Altasombra (1958), tardía, admirable respuesta al Altazor de su amigo Vicente Huidobro.

El Mercurio. Santiago, julio 10, 1988, p. E3.

 


RICARDO LINDO (San Salvador, 5 de febrero de 1947 – 23 de octubre de 2016). Poeta, narrador y ensayista salvadoreño. Obtuvo un temprano reconocimiento por su poesía, pero alcanzó celebridad con su primer libro de cuentos XXX (Equis equis equis, 1968). El libro fue seguido de otro libro de cuentos surrealistas, Rara avis in terris (1972). Su poesía está recogida en varios libros: Jardines (ilustrada por Salvador Choussy, tres ediciones: 1981, 1983 y 2016); Las monedas bajo la lluvia (ilustrada por Salvador Choussy, 1985); El señor de la casa del tiempo (Serviprensa, 1988); Morerías de papel (ilustrado por Guillermo Grajeda Mena, Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala, 1989); Injurias y otros poemas (ilustrada por Beatriz Alcaine, La Luna, Casa y Arte, 2004); Bello amigo, atardece (Índole Editores, 2010). Es autor de varias novelas, incluyendo Tierra (Dirección de Publicaciones e Impresos, 1996) y Oro, pan y ceniza (Editorial Lis, 2001), y de varios libros de cuentos, incluyendo la antología Arca de los olvidos (Dirección de Publicaciones e Impresos, 1998). También es autor de varios ensayos sobre las artes en El Salvador.

Fotografía: Ricardo Lindo y Juan Guzmán Cruchaga en España.