Alberto Rivas Bonilla: «La lucha con el oso» (ficción)

Un capítulo de la famosa novela picaresca salvadoreña sobre un perro de la calle, Andanzas y malandanzas.

Alberto Rivas Bonilla
Arte de Evelyn Galindo Matusewic
La Zebra | # 71 | Noviembre 2, 2021

Cierta noche, ya a una hora muy avanzada, el apacible sueño del héroe se vio interrumpido por rumores imprecisos, inexplicables y delatores de que en las inmediaciones, por el lado del cafetal, algo insólito estaba acaeciendo.

Cualquier chucho incauto hubiera empezado a ladrar, y puede que hasta se hubiera aventurado en dudosas andanzas por el cafetal, atraído por una curiosidad malsana. Nerón no. Nerón es un perro prudente, que no gusta de confiar nada al acaso. De manera que se estuvo quedo, sin moverse un ápice (aun cuando los ruidos no duraron mucho) hasta que la claridad del alba permitió ver los objetos distintamente. Entonces, y sólo entonces, inició las indagaciones.

A paso de lobo avanzó bajo los ramajes húmedos de rocío y atravesó el cafetal hasta salir al claro por el lado opuesto. Allí comenzaba, para terminar en el río, una ladera casi desprovista de vegetación y sembrada de grandes piedras acá y allá. Inquirió con la vista a uno y otro lado. Buscó inútilmente por los suelos alguna huella sospechosa, y ya estaba para volverse dando por terminadas las diligencias, cuando de pronto descubrió a unos cincuenta pasos hacia al norte, nada menos que a un gigantesco oso pardo. Su primer impulso fue poner pies en polvorosa. Impulso irreflexivo, que no es de tomarse en cuenta, por cuanto que muy pronto fue reprimido.

Nerón es perro de decisiones rápidas. En un segundo pesó el pro y el contra de su temeridad y se pronunció por el ataque. Un ataque de sorpresa, súbito, aplastante, arrollador.

Se agazapó cuanto pudo. Casi arrastrando la barriga, al abrigo de las piedras, de los matorrales, de las desigualdades del terreno, se fue acercando a su víctima, lenta pero seguramente.

Así llegó a una conveniente distancia. El plantígrado estaba indeciso, como vacilante sobre el camino que debía seguir. Nerón tomó impulso y dio un salto tremendo.

La lucha fue corta y silenciosa. Ambos combatientes rodaron ladera abajo, hechos un nudo; pero Nerón había calculado bien el ataque y tenía a su enemigo sujeto por el cogote. Sus mandíbulas apretaban como tenazas de acero, sin aflojar un segundo, no obstante los encontronazos y volteretas de la caída. Percibía claramente la respiración jadeante y angustiosa de su presa. Sintió, o creyó sentir, el crujido de las vértebras desmenuzadas…

Al caer al fondo de la cañada, aquella palpitante masa de músculos en contienda se detuvo. Nerón apretó aún más las mandíbulas. Imprimió furiosas sacudidas al cuerpo inanimado de la fiera que permaneció tumbada, rígida, sin dar señales de vida. Por si acaso, le propinó otras feroces dentelladas en diferentes partes del cuerpo, la olfateó por todos lados, dio unos ladridos que fueron una clarinada de triunfo, y se sentó para verla.

La boca entreabierta del oso dejaba ver una lengua rojiza, unos dientes blancos como de porcelana. Los ojos abiertos eran vidriosos, inexpresivos. Estaba muerto.

El vencedor, en un supremo y despreciativo alarde, le volvió el trasero, rascó tierra y se alejó ladera arriba. En lo alto, se detuvo para contemplar una vez más el teatro de su hazaña, tembloroso de emoción y de agotamiento.

Se veía triunfador, y no lo creía.

Y el lector tampoco lo querrá creer. ¿Cómo explicar —se estará preguntando— la presencia de un oso en el predio de Toribio?

Yo no sé qué decir, francamente. Tal vez se tratara de una fiera escapada de alguna banda de gitanos que andaría por la comarca. Aunque más me inclino a creer que el hecho tenga alguna relación con los rumores que corrieron en el pueblo por aquella época. Se decía de unos ladrones que asaltaron varias casas, sustrayendo gran número de objetos. Seguramente, en su prisa por escapar de una de tantas, y gracias a la oscuridad en que estarían operando, se robaron el oso sin saber lo que era. Luego, se irían a la finca de Toribio para el reparto del botín. Y advirtiendo que el animal no podría servirles más que de estorbo, resolvieron abandonarlo.

Sí. Así fue decididamente. Allí lo encontró Nerón. Allí lo venció en descomunal batalla, y allí lo dejó pudriéndose, abierta en canal la barriga de felpa y derramadas por tierra las entrañas de aserrín…


ALBERTO RIVAS BONILLA (1891-1985). Médico salvadoreño. Como escritor de ficción y de teatro se dedicó casi de manera exclusiva al ejercicio de un fino humorismo que exalta, en un lenguaje castizo y sobrio, los pequeños dramas de los seres sencillos, tal y como ellos los ven, como si fuesen épicos. “La lucha con el oso” aparece en el capítulo XI de Andanzas y malandanzas (1936), su obra más famosa en clave picaresca, sobre las aventuras de un perro de la calle. Llegó a la vida literaria con un libro de poesía y se despidió con otro: Versos (1926); y El libro de los sonetos (1971). Reunió sus cuentos humorísticos en Me monto en un potro (1943). En la década de 1940 escribió un trío de comedias para el teatro: Una chica moderna (1945); Celia en vacaciones (1947); y Alma de mujer (1949).