Un raro ejemplo de la poesía de un famoso educador de origen vasco en Guatemala y El Salvador, padre de dos mujeres poetas y abuelo del famoso autor y pintor Salarrué.
Alejandro de Arrué y Jiménez
Investigación, transcripción y nota de Jorge Ávalos
La Zebra | # 95 | Noviembre 1, 2023
Alejandro de Arrué y Jiménez
(Bilbao, España, c. 1823 – Sonsonate, El Salvador, 1896)
Alejandro de Arrué y Jiménez, vasco, nació en Bilbao, hijo de Alejandro de Arrúe y Martinell y Jacoba Jiménez y Ladrón de Guevara (el acento del apellido Arrué aparece en la última sílaba sólo después de su llegada a Cuba, antes de embarcarse a Guatemala). Hay confusión acerca del año de su nacimiento porque su propia familia suele estimar 1841, pero en realidad debió haber nacido en la década de 1820, circa 1823. Su aparición como preceptor en Bilbao alrededor de 1841 debió haber ocurrido tras su graduación al filo de sus 17 años, que era lo usual en ese entonces. A los 19 viaja a Cuba donde trabaja de profesor. Aparece por primera vez en Antigua Guatemala en 1844, donde establece un colegio privado. Falleció en Sonsonate, El Salvador, en agosto de 1896, después de una larga y penosa enfermedad. Tenía 72 años aproximadamente. La Universidad de El Salvador realizó una ceremonia de duelo en su memoria (La Universidad, agosto 1896, p. 501).
En Guatemala, en 1853, Alejandro de Arrué y Jiménez contrajo matrimonio con una salvadoreña, Lucía Gómez Ayala (1835-1904), originaria de Sensuntepeque, Cabañas. Los Arrué-Gómez fueron los padres de Luz Arrué de Miranda, Alejandro, Francisco, Manuel, Antonio y Rafael Arrué, Rosa Arrué de Falla, Victoria Arrué de Núñez y de María Teresa de Arrué. A mediados de 1866 la familia Arrué-Gómez emigra a El Salvador. Ese mismo año, Lucía Gómez fundó el Liceo para Señoritas Santa Teresa en San Vicente (El Constitucional, 6 de diciembre de 1866, p. 3).
El padre de Alejandro de Arrué y Jiménez, conocido como D. Alejandro Arrué (y Martinelli), fue latinista y pedagogo. La presentación de sus primeros libros lo describe como el “preceptor titular de la invicta Villa de Bilbao”. Su primera obra fue un libro de texto, la Gramática Española Elemental, 1842 (curiosamente redactada en forma de diálogo). Tradujo, íntegra, La Eneida de Virgilio, publicada en tres tomos por Adolfo Depont, Imprenta y Litografía de Elma e hijo, en Bilbao, 1845-1847 (con métrica el primer tomo, versión libre los otros dos), la cual fue reseñada por Marcelino Menéndez y Pelayo, que fue contundente y devastador en su opinión: “Al frente de la versión va el texto latino bastante correcto. La traducción está en romance endecasílabo y no pasa de mediana. El intérprete carecía de gusto literario, versificaba con muchos tropiezos, y hasta en el lenguaje es incorrecto y desaliñado. Complácese en términos exóticos y raros compuestos. […] Muéstrase en todo más humanista que poeta.” [Menéndez Pelayo, Marcelino. Bibliografía hispano-latina clásica. Santander: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1952.] Los traductores posteriores de La Eneida, sin embargo, a menudo encontraron en la versión de Arrué una importante fuente de claridad interpretativa que otras versiones no tienen, y por esta razón es citado con bastante frecuencia.
Aun si era más humanista que poeta, Alejandro de Arrué escribía poesía y presumía de ello, pero rara vez la publicó. Este raro ejemplo, “Epitalamio”, apareció en La Ilustración Ibérica, Año XIV, Número 727, Barcelona, 5 de diciembre de 1896, pp. 778-779.
Jorge Ávalos
Epitalamio
I
Es la vida aura brillante
en que el alma se desliza,
y va rauda y arrogante
buscando su porvenir.
Mira altiva, codiciosa,
ansia, dicha y placeres,
y entre sueños, veleidosa,
elige y vuelve a elegir.
Se desliza cual cometa;
como relámpago pasa;
es deliciosa saeta
que atraviesa el corazón.
Y, en tanto girar incierto
por espaciosas regiones,
ni halla gloria, ni halla puerto
que calme su desazón.
—¿Qué es esto? —dice llorando—,
¿Por qué entre goces tan bellos
sólo espinas voy hallando,
sin mis triunfos alcanzar?
¿Dónde nuestra dicha habita?
¿Dónde paz, y gozo, y calma?
¿Dónde los bienes sin cuita?
¿Dónde el reír sin llorar?
No me canso de emprender
día y noche sin sosiego.
¿Por qué no llego a obtener
completa dicha y solaz?
¡Miro doquier ilusiones,
doquiera engaños encuentro,
y mis brillantes pasiones
tórnanse en humo fugaz!
II
Buscar en el mundo gloria
eterna, completa y pura
es desconocer la historia
de este valle de amargura.
No hay placer que no termine;
no hay flor bella que no muera;
no hay salud que no la mine
esta vida lisonjera.
Nuestro fin grandioso, eterno,
se halla al confín de este mundo,
y entre el alma allá en lo interno
nos guía un ser sin segundo.
Naveguemos de la vida
su amargo mar proceloso;
surquemos la onda temida
con guía tan venturoso.
¡No huracanes, ni rompientes,
ni corrientes las temamos,
pues que vamos obedientes
a las leyes que atacamos.
Mas, ¿solos? No, no marchemos,
no caigamos aburridos:
no solos desesperemos
en zozobras afligidos.
En nuestra barca amorosa,
que va a otro mundo a hallar gloria,
viaje pura y santa esposa,
y entonces… ¿qué habrá?… ¡Victoria!
III
Ornada en palmas y flores
camina nuestra barquilla;
ostenta mil gallardetes,
según al fin se avecina.
Seis Amorcillos la llevan
entre espuma que salpican,
moviendo remos de plata
que mil brillantes apilan.
Sus cantigas marineras,
sus risitas que se humillan,
son tonadas deliciosas
que no hay alma que resista.
Todos, al batir las olas,
dicen: “¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!”,
y, abriendo sus labios rojos,
se desternillan de risa.
La novia llora de gusto;
el novio ríe y la mira;
liban licores de Iberia
con helada espuma rica.
Y bullen los Amorcillos
y entre las olas caminan,
cantando mil disparates,
que es la salsa de la vida.
El Sol gira en su camino;
también la barca camina;
se hunde el Astro en otros mundos
y se esconde a nuestra vista,
y, entre músicas y danzas,
llega el sueño… y nos cobija.
IV
Ya la Luna de Mieles,
llena de gracias,
su faz descubre alegre
de tersa plata.
Y entre gasas de nubes
que cambia el aura,
los mira, aunque envidiosa,
y así les habla:
—Hijos de la ilusión,
hijos del alma,
caminad por el mundo
con santa gracia,
porque, si ésta perdiereis,
mi miel se acaba.
Luego las tempestades
que el mar levanta
llenarán vuestros gustos
de hiel amarga.
Prudencia, hijos queridos,
hijos de mi alma;
mirad todas las noches
mi blanca cara,
y, unidos en el lazo
de la confianza,
llegaréis a este cielo
que os guarda.
Y me callo, hijos míos;
que en vuestra barca
esos chicuelos ríen
y no me acatan.
Se ríen de mis vueltas
y mis palabras,
que sólo ellos os llevan
dulce esperanza,
y al finar nueve giros
doy paz al alma.
V
En un precioso jardín
de frescas flores plantado
duerme en sueño sosegado
un precioso serafín.
Tiene la paz en su frente;
tiene en la mano una rosa,
y al ver su sonrisa hermosa
lo contemplan dulcemente.
—¡Es mío! —dice la Luna.
—¿Cómo tuyo? ¡Tú has mentido!
—dice el Amor—. Yo he vencido.
Mas no cede la Importuna.
……………………………………………
Dios es el Padre de todo;
los esposos le adoraron,
y al Serafín de este modo
hacia su Casa guïaron.

