Liza Onofre: «¿Nos mueve el amor o el espanto?» (opinión)

Una reflexión, desde la constelación de la diáspora, sobre los balances del tiempo.

Liza Onofre
La Zebra | # 101 | Enero 5, 2024

Durante el año que recién dejamos ir, casi no me di vueltas por las redes sociales. Me hubiera gustado hacerlo más. Sobrevivencia y portazos fueron las palabras que marcaron mi ya extinto 2024.

Ya está, ya fue.

Tengo unos diítas algo tranquilos al inicio de enero y eso me está permitiendo acomodar un poquito mi espacio físico y mental. Al no venir acá, como vengo ahora, a participar de la conversación o el griterío, se me concedió un nuevo rol: ser testigo.

Ha sido interesante contemplar, desde el silencio, las temporadas vitales de muches, sus hastíos, angustias, celebraciones de lo cotidiano como si fueran un logro épico, alivios celestiales y otras anécdotas que la gente decide sacar de la intimidad y ponerla al servicio de las ingratas pantallas.

La alquimia subjetiva de la migración me facilita acercarme a las “quimeras identitarias” de otres (llamamos al Mr. Deleuze) y maravillarme descubriendo lo diferente que puede ser lo que nos agobia o emociona con solo cambiar de huso horario.

No es solo la hora mundial lo que cambia, cambia el clima, los relatos que cohesionan la normalidad, el lugar donde otros grupos te ubican, la posibilidad de que los sueños del tobogán del País de las Maravillas se nos hagan realidad, y la realidad de ser una mancha gris con un depósito de stainless steel lleno de café caliente a las 7 a. m. frente a una vía de tránsito muy ocupada en lo suyo.

El silencio y la calma digital, me sirvieron una charola de venganza fría. Facebook es todavía la red social donde se acepta una buena dosis de toxicidad. Para estar en LinkedIn hay que tener un optimismo blindado por la productividad y elevar panegíricos para las oportunidades que vienen y van, (by the way, son más las que se van). En Instagram ya se vive en la selva hippie post apocalíptica de Las Atalayas. Nada que agregar.

Vi cómo algunos seres que llegaron a mi vida y aprovecharon para joder porque sí, tenían su ración de karma. No sentí que fuera suficiente. Me hubiera gustado más devastación. Los dioses siempre nos quedan debiendo. Estamos llamados a los lindos sentimientos por formación cultural colonial. Especialmente con el agresor, ya sea institucional o privado.

Yo creo que tenemos derecho a la rabia y a la restitución. Por ahí, el karma no existe y esa gente muerde el polvo, o quizás ni siquiera saben que lo muerden, y soy yo la que leo negrura en sus resultados. Somos nosotros lo que buscamos patrones, incluso en la vida de los otres: y no estamos más que dentro de un gran esquema tipo casino planetario y nada funciona bajos los parámetros del contrato social, según el cual no nos hacemos daño de gratis y los malos tienen su merecido.

Pero, esperen. ¿Y si no soy yo la que escribe esto? ¿Y si es una entelequia literaria llamada narrador? Algunes saben que escribo cosas que son mentiras. Cosas literarias. Y esa entelequia me hace crear presencias siniestras; presencias que están uniendo a través de un relato la vida de dos mujeres con bien poco en común, más que las ganas de que se haga justicia. Ya lo escribió Borges en uno de los versos más lisérgicos de sus poesía: No nos une el amor sino el espanto. Se refería a Buenos Aires.

A ustedes, ¿qué los mueve a amar? ¿Qué los mueve a odiar? O, a secas, ¿qué los mueve? ¿Qué los mueve cuando no quieren ser buena gente o se topan con gente que quiere ser una caca de gente con ustedes?

Recuerden: por ahí no soy yo, somos los personajes —golpeado el pecho como los bichos galácticos de Aliens—, queriendo volver a la vida por medio del trance creativo de los escribanos y las escribanas.

Happy New Year.


LIZA ONOFRE es una narradora salvadoreña, colaboradora de La Zebra.

Fotografía: fósil, por Jorge Ávalos.