De cómo un anuncio comercial nos recordó que los artistas sí tenemos una responsabilidad política, lo queramos o no.
Jorge Ávalos
La Zebra | #114 | Febrero 1, 2026
«Estoy en las artes. No estoy aquí para hablar de política», dijo la actriz Sydney Sweeney recientemente. «Ese es un área en la que ni siquiera me hubiera imaginado entrar.» La pregunta que provocó esa declaración no era arbitraria. Un anuncio publicitario para una marca de blue jeans la había puesto al centro de un torrente de críticas.
En ese anuncio, enfocado en su rostro y sus ojos azules, la actriz le habla directamente a la cámara y dice, jugando con la ambigüedad fonética de las palabras «genes» y «jeans», pues en inglés se pronuncian igual: «Los genes se transmiten de padres a descendencia, a menudo determinando rasgos como el color del pelo, la personalidad e incluso el color de los ojos. Mis jeans son azules.»
En este caso, la ambigüedad es peligrosa, y el debate político en torno a este anuncio publicitario está justificado, pues el propósito evidente era elevar un producto comercial a nivel de símbolo de un grupo racial. Decir que los genes determinan la personalidad o, en efecto, el carácter de una persona —una aseveración científicamente errónea— es un acto político imprudente. La influencia del pensamiento neonazi en el gobierno actual de los Estados Unidos es evidente, y la persecución de inmigrantes por agentes de migración se ha extendido, sin caución ni freno legal, a un acecho permanente de toda persona de color, sean inmigrantes o no. El mismo presidente Trump ha enmarcado la persecusión de los inmigrantes como un «problema» genético: «A muchos de ellos se les dejó entrar aquí, y no deberían haberlo hecho porque se arruinan… se hacen malvados… es genética… Su genética no es exactamente igual a la tuya. Es uno de esos problemas».[1]
Así que, lo quiera o no, y ya sea por capricho o ingenuidad, Sydney Sweeney se ubicó a sí misma al centro de un debate político. Por lo tanto, el torrente de críticas estaba justificado y no le quedó más remedio que responder a los reclamos de que estaba avanzando una agenda racista. Nadie la atacó como persona, no fue cancelada tampoco, pero había dicho palabras sesgadas e hirientes. En una entrevista, además de afirmar que no quiere involucrarse en política, intentó dejar en claro cuál es su postura: «No creo en el odio de ninguna forma. Creo que todos deberíamos amarnos y tener respeto y comprensión unos por otros.»
Tarde o temprano todo artista se verá involucrado, de una u otra forma, en política. Por «artista» me refiero a todas aquellas personas que han elevado una forma de expresión a la categoría de experiencia estética a través de la literatura, el cine, las artes visuales o escénicas o de cualquier otro tipo.
El que se designa a sí mismo como alguien que tiene una voz o una visión que necesita ser compartida, se comunica con las mismas personas a la que le hablan los políticos. La diferencia, como ya lo he notado antes, es que el político le habla a una masa que quisiera homogénea, mientras que el artista les habla a personas que no necesitan sacrificar su identidad para gozar de la experiencia estética.
Así que, en realidad, nadie nos pide a nosotros, los artistas, que nos involucremos en la política. Lo que se nos pide es que reconozcamos en nosotros mismos la condición del mundo: la condición humana. Y sucede que el mundo está lleno de dolor. Y gran parte de ese dolor es causado por personas que tienen el poder de mejorar la condición del mundo, pero en lugar de hacerlo, eligen la crueldad y causan un daño profundo, a menudo irreparable. Hablar de esto es un acto con consecuencias políticas, pero no es un acto político en el sentido institucional, en el sentido de que pertenece al ámbito de la política como ejercicio del poder, sino en el sentido humano: nos organizamos para ayudarnos, para protegernos, para crecer.
La política existe porque en la unión está la fuerza: creamos la aldea, la ciudad y la nación para dejar de ser débiles, no para ser sometidos por el poder de la clase dominante o por una colectividad que quisiera destruir nuestro sentido de individualidad. Pero la debilidad nos convierte —a la persona, a la familia, al grupo marginal o a los incrédulos, a los juiciosos, a los que se oponen a los abusos del estado— en un blanco permanente de las formas y prácticas más perversas del poder.
Cuando los seres humanos sufren las consecuencias del poder y no saben cómo articular su dolor, es el artista quien dice: «Esto, señoras y señores, ya no lo puedo soportar. Sí, celebro la vida, pero también debo reconocer y señalar lo que la destruye.» Un artista responde así porque descubre dentro de sí que tiene una reserva de poder forjada en el alma, en la conciencia individual: el poder de articular las cosas con claridad y sentido, de expresar ese dolor sin evadir el filo de la verdad, de hablar de tal manera que se les escuche con atención. Pero esa atención, que el artista ha logrado dirigir hacia su obra con gran esfuerzo, con la dedicación tenaz a su oficio, en última instancia pertenece a su público, a su audiencia, a sus lectores, y no al artista, que no hace más que convertir su integridad humana en una llama inagotable, en una luz decidida.
Y siempre llega el momento de devolver el favor de todo lo que, como artistas, hemos recibido, el momento de dar las gracias, de reconocer que ese poder que tenemos no era más que un don para ser compartido y, así, multiplicar nuestros dones, la llama original de nuestra esencia humana.
Puede que no queramos, como artistas, ensuciarnos de política. Puede que elijamos la creatividad precisamente porque nos posicionamos frente a los intereses comprometidos o mezquinos de los políticos. Pero estamos obligados a ser sensibles al dolor humano y, por lo tanto, a sus causas: la injusticia, la represión, la persecución, la crueldad, el genocidio. Defender la dignidad humana está en la esencia de todo arte, y en esto sí sabemos cuál es nuestra posición, y no podemos ser ambiguos.
Es la empatía la que nos ilumina, y es esta luz, transformada por nuestro oficio y ya despojada de los ropajes de la mezquindad, a la que llamamos arte. Es esta llama, haciendo historia, la que los poderosos llaman protesta, resistencia, rebelión.
NOTA
[1] Trump hizo esta declaración el 13 de marzo de 2026 durante una entrevista con Brian Kilmeade, de Fox News. Añadí esta declaración, posterior a la redacción de este artículo, porque remarca con bastante exactitud el problema en cuestión.
La imagen que encabeza este artículo es una captura del anuncio de blue jeans, la usamos porque deja en claro que se enfoca en ella y no en el producto, que preferimos no nombrar. La compañía ya removió el anuncio y la campaña de sus propias plataformas. Las declaraciones de Sydney Sweeney aparecieron el 29 de enero en la revista Cosmopolita.
