La pregunta no es si los artistas deben involucrarse o no en la política, sino por qué es lógico que respondan al llamado del dolor en los momentos críticos de la historia.
Jorge Ávalos
La Zebra | #114 | Febrero 1, 2026
No entiendo cuando un artista dice que prefiere no involucrarse en política. Por «artista» me refiero a todas aquellas personas que han elevado una forma de expresión a la categoría de la experiencia estética a través de las artes visuales, o escénicas o literarias, o de cualquier otro tipo.
En realidad, nadie nos pide a nosotros, los artistas, que nos involucremos en política. Lo que se nos pide es que reconozcamos en nosotros mismos la condición del mundo: la condición humana. Y sucede que el mundo está lleno de dolor. Y gran parte de ese dolor es causado por personas que tienen el poder de mejorar la condición del mundo, pero en lugar de hacerlo, eligen la crueldad y causan un daño profundo. Hablar de esto es un acto con consecuencias políticas, pero no es un acto político en el sentido institucional, en el sentido de que pertenece al ámbito de la política como ejercicio del poder, sino en el sentido humano: nos organizamos para ayudarnos, para protegernos, para crecer.
Creamos la aldea, la ciudad y la nación para dejar de ser débiles, no para ser sometidos por el poder de la colectividad. Pero la debilidad nos convierte —al individuo, a la familia, al grupo marginal o a los incrédulos, a los juiciosos, a los que se oponen a los abusos del estado— en un blanco permanente de las formas y prácticas más perversas del poder.
Cuando los seres humanos sufren las consecuencias del poder y no saben cómo articular su dolor, es el artista quien dice: «Esto, señoras y señores, ya no lo puedo soportar. Sí, celebro la vida, pero también debo reconocer y señalar lo que la destruye.» Un artista responde así porque descubre dentro de sí que tiene una reserva de poder forjada en el alma, en la conciencia individual: el poder de articular las cosas con claridad y sentido, de expresar ese dolor sin evadir el filo de la verdad, de hablar de tal manera que se les escuche con atención. Pero esa atención, que el artista ha logrado dirigir hacia su obra con gran esfuerzo, con la dedicación tenaz a su oficio, en última instancia pertenece a su público, a su audiencia, a sus lectores, y no al artista, que no hace más que convertir su integridad humana en una llama inagotable, en una luz decidida.
Y siempre llega el momento de devolver el favor de todo lo que, como artistas, hemos recibido, el momento de dar las gracias, de reconocer que ese poder que tenemos no era más que un don para ser compartido y, así, multiplicar, nuestros dones, la llama original de nuestra esencia humana.
Es esta luz, ya desnuda de los ropajes de la mezquindad, a lo que llamamos arte. Es esta llama, haciendo historia, la que los poderosos llaman protesta, resistencia, rebelión.
La imagen que encabeza este artículo, captada por Pierre Lavie, es un fragmento de la fotografía en que John Abernathy le lanza su cámara Leica el 15 de enero de 2006, durante una protesta afuera del centro de detención de inmigrantes en el edificio federal Bishop Henry Whipple, en Minneapolis.
