Inéditos: un ciclo de poemas en prosa de lacerante honestidad del “poeta salvaje” de El Salvador.
Antonio Gamero
La Zebra | # 64 | Abril 14, 2021
Dislocado itinerario de un hombre sentimental
Prolegómeno
Este temblor de hombre que me hace reír ante la hormiguita que va con su grano de arroz a cuestas y que me hace llorar ante el caer de la noche o el rodar de una estrella que se aburrió de estar sin novio allá en el firmamento.
Este temblor de la carne que me inquieta y me obsede, ¿brota del fondo del alma, como expresión de virtud, o sube de la tierra como el aciago llanto de una naturaleza que se desgaja en racimos de pecado?
Este sentirme débil, frágil, delicado, como la tibia sensualidad del espejo, junto a la imagen de un cuerpo femenino que se despereza a la amanecida.
Este girar desorbitado de la emoción que viaja insaciablemente por rutas de luz y de esperanza o por intrincados vericuetos de sombra y de tragedia, ¿viene desde el fondo de la vida o es la voz con que se anuncia la prematura llegada de la muerte?
¿Odio o amo a mi corazón?
Yo amo y a veces odio a mi propio corazón. A ratos quiero arrancármelo, cogerlo entre las manos, estrujarlo y lanzarlo hacia arriba, como una fruta maligna que, por obra de un encantamiento, me hubiese crecido desmesuradamente. Y a ratos lo llevo tan jubiloso y lo siento tan lleno de fiesta que quisiera ponérmelo en el oído para escuchar su música fugaz e imperceptible.
Este mi corazón, que toca su bandoneón sobre pisos de sangre, ¿es un demonio desbocado e irrefrenable o un ángel anunciador de grandes acontecimientos que se quedó a vivir dentro de mi cuerpo, para acompañarme en la ruta, y para espantar los fantasmas que pueblan la intimidad de mi espíritu, y para entonar el himno del amor que se desborda?
Una voz ha preguntado mi origen
De un balcón proletario o de la entrecerrada puerta de una casa vetusta, ha salido una voz: ¿Dónde naciste y quién eres, soñador?
¿Yo? Nada más que un viajero del mundo. Un andarín que agita su bandera encendida aún bajo el influjo de astros adversos. Un siente bien en ninguna parte, y que, sin muchos alardes, va revolucionándolo todo a su paso: la quietud del árbol que duerme con su cabeza mojada de neblina; el monótono triscar de los helechos en brama; y hasta la inercia lujuriosa del polvo y de la piedra.
Nací en una hora de durazno y de almendra. El perfume, la frescura y el sabor frutecido, me dieron este temblor que me empuja a amar, a abrazar y a desmayarme en horas de beso y tempestad.
¿Quiénes me acompañan en la senda?
¿Quiénes? Nadie. En realidad, nadie.
Imaginariamente, sí: mi sombra; la sombra de mis seres queridos; y los recuerdos ingratos de las mujeres que amé. Estas vienen a mi mente como en una fantasmagórica procesión. Se detienen a hablarme como si aún pudieran incendiarme. Yo, sin verlas, las palpo con horror. Las abomino. Las maldigo. Pero ansío tocar sus brazos; hablarles, como cuando les hablé con el corazón desnudo y la esperanza de rodillas. Y la palabra se rebela, porque mi corazón todavía se duele y se arrepiente de haberlas amado. Y sin verlas, las rechazo y las desdeño, ebrio de odio y de rencor. Son ya, para mí, como las cizañas del mal que después de mucho tiempo de haberse marchitado, reverdecen, y en la mitad de mi viaje se yerguen amenazantes y retadoras.
El primer amor me lo encontré en un teatro
Lo he dicho ya: soy un viajero, tránsfuga de las horas que no se un errante mártir de mi propia inconformidad. Pero una vez me detuve. Una mujer de ojos negros y grandes, como de venado, me hizo detenerme. Su morenidad rezumante y su desorbitado fulgor, me impulsaron a ir tras ella, que se dirigía a un teatro. En el espacio de mi corazón se había levantado por primera vez la tempestad abrupta del amor. Y amar era cosa de urgencia. Y amé. Amé como un bruto que se desboca en la sabana; como un macho cabrío que hubiese estado diez años lejos de su compañera. Pero cuando el destino se la llevó a otros cielos; cuando mi voz y mis promesas no pudieron ya retenerla, ¡cuántos ayes y cuánto llanto me embargaron el alma! ¡Cuánta lágrima lloviendo de mis ojos arreciados!
El reportero imberbe e inexperto, ¡que lastima me dio!
El muchacho imberbe pidió un buen día trabajo en la redacción. (Se había soñado cámara al hombro y lápiz en la mano, frente al banquero o al alto funcionario). Mas le negaron trabajo. Y siguió insistiendo, porque acaso se ha de haber dicho: «La gota de agua constante horada la piedra». Y, al cabo de mucho insistir, entró a formar parte del cuerpo de redactores, con mucha suerte. El mismo día de su ingreso, cuatro forajidos partieron en mil pedazos a un hombre. Lo destacaron para que hiciera la nota roja. Al siguiente día en el periódico aparecía una información que finalizaba así: “La cabeza estaba cercenada a un metro de distancia, los brazos como a medio metro del cuerpo, dividido en varios fragmentos. Las autoridades investigan para establecer si se trata de un suicidio o de un homicidio.”
El director del diario montó en cólera como un Júpiter y lo puso de «patitas» en la calle con estas palabras: “Pedazo de tetunte, si tenía los brazos cortados y la cabeza cercenada, ¿pudo tratarse de un suicidio?”
Y el reportero salió con el rabo entre las piernas por la puerta más ancha… El reportero imberbe e inexperto, ¡qué lástima me dio ese día!
Como un cachorro sediento, lamía las heridas de su madre
Había estallado la revolución. La capital lloraba por los ojos de sus mujeres y sus niños. Aviones en el cielo. Balas cuadriculando la atmósfera. Zumbidos, estrépitos, gritos, ayes, llantos y gemidos.
Una madre haraposa, metida en el cuchitril de un mesón suspiraba, gemía y se estremecía de espanto. Mas, dentro de su angustia, tarareaba aquella cuarteta popular:
Dormite, niñito,
carita de viejo,
si no te dormís
te come el conejo.
De pronto, con el golpe de un árbol que se derrumba, su cuerpo cayó espantosamente herido en el sórdido piso del cuarto del mesón que habitaba. Tenía heridos los brazos, los pies, el rostro, y el pecho era una gigantesca amapola de sangre. El pequeñín, milagrosamente, estaba ileso. Yo vi cómo —meloso y sonriente, ajeno a la tragedia— lamía las heridas de su madre, con la sed de un cachorro de lobo.
Unas gentes dijeron: “Lo mataron los revolucionarios”. Otras decían: “Fueron los gobiernistas”. Nadie supo de verdad el nombre de los asesinos. Pero un pobre niño, un cristo en miniatura, se quedaba huérfano en el mundo, expuesto a soportar la infamia de los hombres.
La más grata sensación de mi vida
Cierta vez preguntaron a dos muchachas que qué cosa, en su vida, les había causado más agradable sensación. Hicieron memoria, registraron todas las reconditeces de su vida y al cabo, la una respondió que fue el primer beso de su novio, en una noche de luna, teniendo por marco un balcón adornado de flores de estefanote y colación, que daba al barrio de los desamparados.
La otra dijo que lo que más le causó sensación durante su vida, fue pasar los pies desnudos sobre una tupida alfombra de hojas secas, mientras un perrito le rozaba las piernas.
Una vecina mía, que estudia en colegio de monjas, me ha hecho la misma pregunta, y me he puesto a recorrer todos los pasajes de mi vida: un beso; un abrazo en el parque a oscuras o en el cine; un baño de mar, cogidos de las manos y la cintura con una amiga; un beso en el oído de la mujer amada; un viaje en automóvil en una vía asfaltada con muchas curvas; una ducha de agua tibia a las seis de la mañana; un trozo de hielo en la lengua al medio día; o el sabor de una lágrima cayendo sobre mis belfos ardientes.
No. Nada de esto.
La más grande sensación de mi vida (¡Quién va a creerlo!) fue la que me causara la pierna de una amiga rozándome la punta del zapato…
Hoy me he sentido romántico
Desde el amanecer, todo yo soy un pájaro con luz en la garganta.
Desde el amanecer, la flor, el viento, el agua, seducen mi esperanza. Me elevo por caminos de infinito, y el alma se me llena de quimera. Todo yo soy un pájaro de sangre y me he puesto a cantar.
Nadie sabe por qué mi vida es turbia.
Nadie sabe por qué te estoy amando.
Hoy sería mi voz jubilosa, si supieras que vienes a mis brazos. Se abrirían caminos en el agua, rompería la estrella, el cielo, el aire; yo mismo rompería mis angustias, si supiera que vienes a besarme.
La rosa se ha dormido sobre el tallo; la piedra silenciosa nada dice; tu imagen llega aquí, como una aurora, a despertar la voz de cuánto existe.
¿Por qué en huelga de amor te declaraste? ¿Por qué en huelga de ausencia que no acaba?
Todas las peticiones que me hiciste, hallaron eco hermoso en mi palabra. Ven a mí, con los brazos hacia arriba; ven a besar la flor, el viento, el agua… pues no habrá para mí fiesta más grande que saber que retornas y me abrazas…
Epílogo
El reloj de Catedral da exactamente las once de la noche. Digo unas breves oraciones que me enseñaron desde la infancia, me hago la señal de la cruz, hago un resumen de mis acciones del día y luego me desvisto para recostarme a dormir.
Cojo un libro, «La Alegría de Vivir», del cura alemán Kepler y así, leyendo y releyendo, siento que llega el sueño a mis ojos. Me acojo a la sombra de la mujer amada para que en sueños me visite, y haga gala de su gracia frente a mi espíritu libre de las amarras cotidianas.
Y siento que me duermo. Y, en realidad, me duermo. Al día siguiente tal vez un nuevo vientre femenino, se habrá abierto a mi germen de hombre trashumante…

ANTONIO GAMERO (El Salvador, 1917-1974). Poeta y periodista salvadoreño. Formó parte de la generación que infundió a la poesía de su país de preocupaciones sociales y de un lenguaje más humano, menos afectado por el refinamiento del postmodernismo o los excesos de las vanguardias, junto con Oswaldo Escobar Velado y otros. En la década de 1940, Gamero era la figura más relevante entre los poetas jóvenes, y el más prometedor. El poeta y ensayista Gilberto González y Contreras escribió: “Antonio Gamero, el de la veta diabólica, maldiciente y revolucionaria, que escandalizó los campanarios aldeanos con su T.N.T.” (Hombres entre lava y pinos, 1946). Esta visión crítica sobre su figura y su obra desapareció cuando, en medio de las luchas contra la dictadura de Martínez, su periodismo satírico se desfiguró en ataques personales y en serios malentendidos sobre sus intenciones. Atacado aun por sus mejores amigos, fue aislado de los círculos intelectuales. Eventualmente, sin embargo, recuperó su amistad con su mayor adversario, Escobar Velado. Aunque su prestigio como poeta declinó considerablemente, dirigió una importante revista literaria en la década de 1950, Síntesis, que creó un puente entre los escritores de la primera mitad del siglo XX y la juventud literaria de entonces. Es autor de dos libros de poesía: T.N.T. (su título es una alusión a la dinamita, San Salvador, 1943); y Bajo el temblor de Dios (San Salvador, 1950). El “Dislocado itinerario de un hombre sentimental” apareció en la revista Estrella de Centroamérica, vol. 2, San Salvador, 1946, pp. 82-86. (Nota de Jorge Ávalos).
