Jorge Ávalos: “El Cascanueces” en El Salvador, 2003 (crónica)

Esta crónica sobre el montaje de El Cascanueces por la escuela de danza clásica de la Fundación Ballet de El Salvador, fue escrita en diciembre de 2003 como una colaboración para la ya desaparecida Revista Dominical de La Prensa Gráfica. Su autor la concibió como una cápsula de tiempo que capturara el espíritu de la escuela dirigida por la indomable maestra y coreógrafa Alcira Alonso. El propósito era responder a esta interrogante: ¿Por qué casi un centenar de niñas estudian danza clásica con tanto ahínco y por tantos años si hay tan pocas oportunidades para las producciones profesionales de ballet en El Salvador? Doce años después de haber sido publicada sorprenden dos cosas. Primero, con la sola excepción de Irina Flores, los bailarines retratados eran niños o adolescentes en aquel entonces: Diana Aranda y su hermana María Elena Aranda, Stephan Moys, Verónica Landaverde y Gracia González. Segundo, que el esfuerzo de Alcira Alonso ha rendido frutos: los niños de entonces, son los artistas profesionales de ahora que han expandido y profundizado el arte del ballet en El Salvador.

Jorge Ávalos
Texto y fotografías

Esta es la historia de un sueño que se hace realidad cada año en la época de Navidad. Es el sueño de una niña. Los niños hacen travesuras insensibles: rompen sus juguetes y se burlan de su dolor. Ella sueña, con los ojos abiertos, con ese mundo donde los héroes de los cuentos triunfan sobre el bien y donde la belleza es una creación de su propia visión. Ya tiene edad para comprender que este es un sueño casi imposible. No obstante, sueña. Y ese sueño es un triunfo de su fuerza de voluntad y de carácter para hacer realidad sus más profundos anhelos.

Este es la nuez mágica que brilla al centro de la historia de El cascanueces, un cuento escrito por el escritor alemán E. T. A. Hoffmann en 1810. Los protagonistas de la historia son una niña, Clara, y un muñeco de madera que se convierte en un príncipe. P. I. Tchaikovski musicalizó el cuento en 1892 para una exuberante producción de ballet de Marius Petipa en San Petersburgo, Rusia. Desde entonces se ha convertido en una perdurable tradición navideña y en uno de los espectáculos más representados del mundo.

El cascanueces es también un evento maravilloso en cada Navidad por otra razón. Millares de niñas alrededor del mundo sueñan por bailar ballet ante el público por primera vez, y es este clásico el que permite que muchas niñas se incorporen y complementen al elenco principal, el cual también ofrece la oportunidad de que aspiren a representar un rol diseñado para una niña: Clara. En El Salvador, esos sueños se cumplen bajo la dirección de Alcira Alonso, en su producción anual de El cascanueces.

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El pasillo de los deseos

Un largo pasillo recorre la Escuela de la Fundación Ballet de El Salvador. A la entrada hay una docena de sillas, seis a cada lado; un grupo de madres se sientan allí. De mano en mano se pasan la corona dorada del Rey Ratón. Discuten el vestuario de El cascanueces. La madre de Maya Guerrero pregunta por el traje de la Muñeca; ha olvidado los detalles y quiere saber si un listón en la cintura y unos encajes de crochet para los hombros se verían bien.

Son las tres de la tarde y en el umbral de la puerta aparece Alcira cargada de bolsas. Está emocionada porque ha encontrado las ramas perfectas para el árbol de navidad, el elemento escenográfico central de la primera parte del ballet. La conversación se torna rápidamente a la cuestión de los costos. ¡Todo es tan caro! Sí… y el apoyo a las artes es mínimo. Pero al final, Alcira reflexiona y dice:

2003-12 El Cascanueces Ballet de El Salvador 05—El arte no se puede hacer por razones comerciales. Es otra cosa lo que nos mueve.

Las madres asienten, Alcira se aparta y al darse vuelta, me reconoce.

—Creí que eras uno de los padres —me dice—. Ven, quiero hablar contigo.

Pasamos los vestidores y llegamos al centro del pasillo donde está la oficina, un cuarto muy pequeño con un escritorio, dos sillas y una salita íntima con cuatro sillas playeras.

Alcira quiere hablarme de sus planes para el próximo año, incluyendo tres espectáculos nuevos. Ya ha reservado espacio en los teatros nacionales. Tomo notas apresuradas de todo lo que me cuenta, pero es casi imposible conversar. Su oficina no tiene puertas, y las madres y las niñas entran y salen con sugerencias, preguntas y deseos. Alcira tiene una respuesta para todas.

Yo me disculpo porque “hay muy poca luz” y levanto mi cámara para explicarme mejor.

—Anda, anda —dice Alcira, y salgo al pasillo, que ahora bulle con niñas de todas las edades.

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Verónica Landaverde y Gracia González.

Lo primero que sorprende a un extraño que llega por primera vez al mundo del ballet, al entrar a un estudio, es la ternura, las constantes demostraciones de solidaridad a las que están acostumbradas las bailarinas. Una niña remienda las zapatillas rotas de otra. Dos niñas se atan listones entre sí. Otras intercambian redecillas para los moños del pelo. Se abrazan a menudo, y las animadas conversaciones giran en torno al ballet, y sólo en torno al ballet.

Alcira matiza esta impresión: “No siempre es así”. Cuando las niñas son mayores y llega el momento de asignar roles en una producción, pueden surgir celos, celos amargos y profundos. Y cuando hay más de una aspirante a primera bailarina se pueden crear feroces divisiones: las que apoyan a una pero no a la otra. Son pleitos efímeros, pero ocurren. Alcira se deleita en recordar anécdotas sobre las grandes bailarinas que ilustran lo que sucede cuando esas emociones llegan a sus extremos. ¿Podría suceder eso aquí?

—No, porque el ballet todavía no es una profesión —explica Alcira—. No hay carreras en juego. Pero no creas que no hay emociones fuertes o palabras hirientes en el ballet, porque sí las hay. Cuando son pequeñas, todo es ilusión, pero la ilusión de cientos de niñas es ser una primera bailarina y sólo hay lugar para una.

Un grupo de niñas muy pequeñas se amontona contra la puerta cerrada del salón principal. La han abierto un poco y por el resquicio observan, fascinadas, el ensayo de Diana Aranda en el papel del Hada de Azúcar.

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Maya Guerrero en el rol de La Muñeca.

El Hada de Azúcar

—A veces siento que somos una raza aparte en medio de toda la gente —dice Diana.

Ella tenía nueve años cuando entró a la escuela de Alcira hace una década. Como muchas niñas, Diana llegó al ballet atraída por la belleza de los espectáculos, por los trajes y la gracia y la elegancia que proyecta desde la escena.

—Muy pronto se da usted cuenta del esfuerzo que se necesita para hacerlo bien. Los ensayos son muy duros. Es un masoquismo, pero en el buen sentido.

¿Tiene un “buen sentido” la palabra masoquismo?

Diana sonríe y se remueve la zapatilla y las vendas de los dedos. Luego, levanta hacia mí la punta de su pie desnudo. Ahora entiendo. Me muestra una herida de guerra: acaba de perder la uña del pulgar.

—El ballet forma el carácter —dice, mientras se venda el pie de nuevo, con un gran cuidado—. No es una cuestión sólo de la condición del cuerpo. El ballet exige disciplina y fortaleza. Yo era muy gordita antes, y cuando tenía trece años doña Alcira, que es bien especial —Diana deja escapar una risa socarrona—, me llamó la atención frente a toda la clase: “¡Tú estás muy gorda!”, me dijo. “¡Tienes que rebajar!”. Fue humillante. A veces lloraba, pero doña Alcira insistía, diciendo que yo tenía todas las condiciones para ser bailarina de ballet. Es de allí de donde viene el carácter. Llega el momento en que usted tiene que decidir si esto es lo que quiere, si el sufrimiento físico y emocional valen la pena.

Diana rebajó de peso y, tres años después, al ganar el segundo lugar en una competencia centroamericana de ballet, Alcira anunció a los medios de prensa, con inusual orgullo, que había nacido una nueva artista del ballet salvadoreño.

Ninguna bailarina salvadoreña se hace ilusiones de una profesión en el ballet. No es una disciplina establecida en El Salvador. Para Alcira el secreto está en “soñar realidades”, en “trabajar dentro de los márgenes de lo posible”. Esos sueños incluyen, para el próximo año, una producción del más famoso ballet romántico, y la mayor prueba de destreza artística y de interpretación dramática para una bailarina de ballet: Giselle.

—Tengo que hacerlo —dice Alcira—, por Irina.

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Alcira Alonso dirige una escena entre bastidores.

La Reina de las Nieves

Sandra Irina Flores baila, sin música, en un salón al final del pasillo. Dulce Aguiar dirige la clase y tiene una frase para acentuar sus indicaciones:

—No tengas miedo. Confía en mí: ¡No tengas miedo!

E Irina se lanza en una variación que incluye giros y piruetas. En el silencio, el peso y la fuerza del cuerpo se hacen evidentes en los poderosos golpes de las puntas de sus pies sobre el piso de madera. Sin música, el trabajo de puntas es un martilleo, una pertinaz serie de golpes. En medio de la rutina, Irina pierde el balance, se detiene y rompe en una risa de vergüenza. Se sonroja: ha fallado y había un testigo. Dulce permanece seria y le pide que respire.

—Necesitas el impulso de los hombros —le advierte—. Toma tu tiempo. La música parece rapidísima, pero toma tu tiempo y verás que los dobles te salen sin tanta matadera.

Es una indicación sencilla, pero surte efecto. Ahora, la variación se ve perfecta, aunque Dulce advierte que sólo es “casi perfecta”.

—Ahora que le tienes el gusto —le dice—, tienes que transmitirle ese gusto al público. —Luego, Dulce enciende la música y dice—: ¡Vamos!

E Irina realiza la rutina, pero esta vez la bella melodía de Tchaikovski se integra a la ejecución en un acto de ilusión pura. Con la música, Irina parece ingrávida, gira y salta como si tuviese la propiedad mágica de volar.

Cuando Dulce, que fue parte del elenco profesional del Ballet de Camagüey en Cuba, se unió al equipo de maestros de Alcira, encontró en Irina a una bailarina con muy buena técnica, pero a quien le hacía falta proyección escénica.

—Por tres años —dice—, le he dado clases individuales. Una bailarina deja su vida en el salón de ensayo.

En las temporadas de presentaciones, Irina y Diana ensayan de seis a ocho horas diarias. Una combinación de disciplina, tenacidad, fortaleza atlética y dotes histriónicos es lo que hace la “condición óptima” de una bailarina cuando el talento también existe. Este año, Irina tuvo una oportunidad única de demostrar su talento cuando fue elegida por el Ballet de Kiev para abrir las dos presentaciones que dio en el Teatro Presidente.

—Siempre —dice Irina—, hay un largo segundo después de terminar un acto cuando una bailarina cierra los ojos y espera por los aplausos. Vivo para esa emoción. Una abre los ojos y mira al público, y sabe que no es un sueño.

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Ensayo general en el Teatro Presidente.

Una caja de bombones

Uno atiende un ballet de Tchaikovski sabiendo que es una caja de bombones. El Cascanueces, en particular, es un tipo de espectáculo teatral propio del siglo XIX, cuando el Romanticismo estaba en su apogeo: con temas fantásticos, vestuarios exuberantes y un desarrollo escénico que se orienta, sin disculpas, por el sentimentalismo. Su énfasis por la belleza y por la gratificación emocional atrae siempre a un público familiar.

Nadie puede quejarse entonces de que la producción anual de la Escuela de la Fundación Ballet de El Salvador sea como una visita a una dulcería ubicada al centro de un carnaval. Con todo y lo que eso implica: con numerosos niños en escena y entre el público, con cierto nivel de caos familiar, con los llantos inconsolables de los más pequeños, y con los resplandores súbitos de las cámaras de los orgullosos padres de las bailarinas.

Esto sucede así porque esta es una producción llena de niños y niñas estudiantes en el coro y en los papeles secundarios y, por lo tanto, llena de imperfecciones. Pero también hay ganancias en ello. Lo que se pierde en rigor técnico se gana, a menudo, en proyección y carisma. Los ensayos que he visto son prometedores. Un coro de ángeles conformado por niñas muy pequeñas, por ejemplo, se roba las simpatías del público con una aparición mínima. Una imagen bien lograda puede ser muy persuasiva.

Pese a que no hay suficientes bailarines profesionales, El Cascanueces suele lograr su cometido: la delicia del entretenimiento puro. Pero entre el caos y el fasto de esta producción de escuela hay una revelación: talento innegable. Irina Flores podría muy bien ser la mejor bailarina de danza clásica de El Salvador en este momento, como lo demuestra en sus interpretaciones de la “Danza Árabe” y del “Pas de deux”, que realiza en dueto con el primer bailarín guatemalteco Edwin Cruz.

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Edwin Cruz da consejos a una joven bailarina.

En el “Vals de las Flores”, una de las secuencias más bellas de esta producción, María Elena Aranda despliega confianza y elegancia. Y su hermana Diana Aranda, que alterna con Irina los papeles principales del Hada de Azúcar y de la Reina de las Flores, demuestra que posee un gran carisma y se perfila, sin duda, como una bailarina de grandes dotes.

Pero, ¿basta con este trío de bailarinas para afrontar los retos de producciones profesionales en el país? Alcira no lo cree así. Hay que ir más allá del entusiasmo, sostiene: el Gobierno debería apoyar la creación de un ballet profesional que, además de nutrir la carrera de los mejores bailarines del país, atraiga también al mejor talento de la región. Si no, está el reto constante de que no hay suficientes bailarines varones, y para las producciones escénicas Alcira no tiene más remedio que contratar a solistas de otros países.

—Formar bailarines es un gran desafío —explica—. Hay niños con más condiciones que otros para la danza clásica, pero no hay talentos naturales en el sentido de que el ballet demanda un largo proceso de formación antes de que un bailarín pueda cumplir con las exigencias mínimas para una producción escénica. Los niños tienen miedo de lo que puede pasar con sus reputaciones sociales si dedican mucho tiempo a bailar. Los perdemos cuando llegan a la adolescencia.

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Johanna d’Aubuisson y Stephan Moys.

La danza de la visión y la perseverancia

Un cuerpo de danza clásica es como un grupo de grandes atletas, formados por años de dedicación a la técnica del ballet, pero bajo la visión de un maestro y director visionario que da forma también a una profunda sensibilidad artística. Los talentos se forjan allí donde hay un encuentro entre una buena escuela y bailarines con la perseverancia y con una motivación inquebrantable para la larga ruta de su aprendizaje, y esto implica el apoyo y el compromiso incondicional de los padres. Es por estas razones que la metodología que Alcira utiliza es la del Royal Ballet de Inglaterra que, además, envía a sus maestros desde Londres para certificar los logros y los avances de los estudiantes en cualquier parte del mundo.

—Lo importante de la metodología —según Alcira— es que está diseñada para que, al principio, las niñas gocen el proceso, que disfruten de los ensayos del ballet. Si no te enamoras de la danza clásica en los primeros años, no va a pasar nunca.

Irina, Diana y María Elena son la prueba viva de que sí se puede forjar talento en El Salvador. Alcira señala que hay aún más en el camino. ¿Quiénes? Alcira mira hacia un grupo de niñas y niños que salta de alegría mientras se prueba el vestuario por primera vez.

—Pero esto no lo puedes decir —me advierte—, o me matan los padres de las otras niñas.

En lugar de darme nombres, me hace prestar atención, hasta que yo mismo lo descubro. Una niña, al final de la fila, saca su cabeza de vez en cuando y mira hacia mi cámara con sus enormes ojos negros. Pregunto si es ella quien interpretará a Clara.

—No —dice Alcira—, pero no es mala idea. También canta. Se llama Gracia González. Estudia ballet desde los tres años.

Señalo a otra niña que, por su porte y por el traje de varón que viste, parece destinada a realizar algún día el papel de Cupido en Don Quijote. Alcira ríe cuando se lo sugiero.

—Se llama Verónica Landaverde. Sí, es tan menuda, parece un angelito, pero no creas…

La sorpresa es un niño que no se aguanta por levantar en sus brazos a bailarinas mayores que él. Cuando lo señalo, Alcira sonríe como un gato que se acaba de tragar a un canario.

—A ese niño me lo robé. Se llama Stephan Moys. Ganó una beca para estudiar con Mauricio Bonilla. Apenas lo vi, lo pesqué y me lo traje para acá. Esta será su primera presentación en un escenario. Y sí, tiene condiciones.

Son las cuatro de la tarde y Mayra Villacorta entra al salón central, donde dirigirá el ensayo del Acto II, la visita al Reino de los Dulces. Maestra de la Escuela por muchos años, ella es también la coreógrafa de esta producción de El cascanueces. Mientras las adolescentes se ajustan las zapatillas de punta sobre la tarima, una veintena de niñas ávidas, entre los cuatro y los diez años la rodean como patitos alrededor de la mamá pato, vestidas en mallas de ensayo y algunas, incluso, con algún tutú un poco grande que han heredado de sus hermanas mayores.

—Y bien —dice Mayra con los brazos en alto—, ¿dónde están mis Bombones?

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Marielos Pastore aguarda por el momento de su salida a escena.

JORGE ÁVALOS es un escritor salvadoreño. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó otra obra para el teatro, La canción de nuestros días, por la que el Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014.