Roberto Salomón: “El teatro hecho vida” (ensayo)

Cuando Roberto Salomón fue galardonado con el Premio Nacional de Cultura en noviembre de 2014, significó un reconocimiento a una trayectoria indiscutible de medio siglo en el ámbito de las artes escénicas. Fiel a su carácter, su discurso de aceptación del premio es también un ejemplo de postura crítica ante las políticas culturales del Gobierno y un llamado de atención a toda la sociedad sobre la importancia del arte en nuestras vidas.

Roberto Salomón

Cada cierto tiempo me toca vivir una experiencia fascinante: una obra está en su última representación; los actores y los técnicos tendrán que desmontar su decorado y llevárselo cuando el eco del último aplauso se haya desvanecido. En una esquina del vestíbulo está el elenco de la obra que estrenará la semana siguiente. Esperan, con su utilería y vestuario y escenografía desmontada en la entrada del teatro, para poder llenar las tablas de un nuevo ambiente y otro imaginario. Termina la función y comienza ese fenómeno que sólo existe en un teatro que opera a tiempo completo: un continuo vaivén, como el flujo de la marea. Es lo efímero en marcha: una obra apenas ha terminado; ya no existe concretamente. Pero lo que queda en el recuerdo del espectador y de los artistas es una de las cosas más perdurables de la vida.

El teatro es el arma más poderosa para llegar a lo más profundo del ser humano.

En el 2015 cumpliré 70 años; 50 años dedicándome solamente al teatro. Al principio, muchos me dijeron que no sería posible, algunos me apoyaron para seguir adelante. Pero ¿por qué el teatro? ¿Ese género que está en crisis desde hace tres mil años, el pariente pobre de las artes a la hora de las subvenciones? ¿Eso de lo que no queda nada cuando se ha terminado la función? Precisamente por eso.

Porque estoy convencido que el teatro es el arma más poderosa para llegar a lo más profundo del ser humano. Porque el rol del teatro es el de reflejar los deseos, los ideales, las angustias y las fantasías de toda una sociedad. Porque en nuestro mundo actual el último acto de comunión no religiosa que queda es el teatro. Porque el teatro es el lugar donde sigue ocurriendo la magia ancestral, atávica. Porque el teatro es un arte vivo, donde el público influye en el desarrollo del espectáculo. Porque solo existe en el tiempo presente. Lo que el espectador ve en un escenario no existe más que en el instante en que lo ve. Mañana, en otra función, será distinto. “Soñar es vivir, la vida es sueño y soñar, la vida es”.*

Siempre he pensado que el teatro es eminentemente social. Divertir, por cierto, es la primera función del teatro. Pero diversión con aporte de ideas, con preguntas existenciales, con temas relevantes. Del teatro salimos con ganas de discutir, y sobre todo con cuestionamientos que nos hacen reflexionar y adelantar en la vida. Además, el teatro es un instrumento formidable para el desarrollo personal, comunitario y educativo.

La enseñanza artística no pretende formar artistas, pero sí forjar ciudadanos que, en cualquier profesión que desempeñen, sean más creativos, imaginativos, inteligentes, sensibles, éticos y solidarios.

Educación, educación y educación: son las tres direcciones en las que debemos ir si queremos que nuestra sociedad salga del marasmo actual. Pero educación no es solo almacenar conocimientos, educación no es solo aprender a encajar en un sistema. La educación tiene que ser, sobre todo, transformación; cómo percibimos el mundo que nos rodea, cómo nos relacionamos con otro, cómo aprendemos valores y como los transmitimos. Permítanme citar al gran Víctor Hugo dirigiéndose a la Asamblea Nacional de Francia en 1848. Si, 1848: “Cuando la crisis atenaza a una nación es más necesario que nunca duplicar los fondos destinados a la cultura y la educación de los jóvenes, para evitar que la sociedad caiga al abismo de la ignorancia”.

No podemos seguir concibiendo la educación artística como una materia opcional del currículo. Es de importancia capital que la educación estética y artística se instituya desde parvularia, luego en primaria y a través de todo el bachillerato. La enseñanza artística no pretende formar artistas, pero sí forjar ciudadanos que, en cualquier profesión que desempeñen, sean más creativos, imaginativos, inteligentes, sensibles, éticos y solidarios.

Nuestro dramaturgo Jorge Ávalos escribe en su obra teatral Ángel de la Guarda: “Hubo un tiempo cuando creer era una disposición del espíritu. Había que iluminar lo desconocido, señalar el pájaro raro y aprender su nombre. El mundo estaba incompleto y sólo la fe en la palabra podía completarlo. Había que vivir con la certidumbre de que cada nombre nuevo, cada explicación recibida y cada definición aprendida eran las correctas.”

Nacemos con una mente dispuesta a absorber todo lo que nos rodea. Tanto lo bueno como lo malo. Tanto la mentira como la verdad. Tanto la violencia como la paz.

Todos sabemos que vivimos en una sociedad que privilegia lo mercantil, no vamos a traer ese tema aquí hoy. Un amigo empresario me dijo hace unos días: “qué suerte que te rebelaste contra los planes de tu padre y no te convertiste en un empresario más”. Sí. Lo que necesitamos en El Salvador es diversidad; en todos los niveles.

La educación estética, artística, cultural o como se le quiera llamar, es la clave. El ser humano necesita expresarse.

El artista expresa los sentimientos profundos del público. Haya o no subvención estatal, el artista siempre encuentra la manera de expresarse y de llegar al público que lo espera. Los artistas sabemos que nuestro trabajo es esencial para la sociedad. Pero, ella… ¿lo sabe?

En nuestro querido El Salvador, el apoyo a las artes ha sido siempre esporádico. Pero estos esfuerzos aislados no llegan a convertirse en regla general. Con o sin apoyo, siempre existirán artistas y siempre habrá público. Pero, ¡cuánto mejor es la expresión artística de un país cuando el estado, las municipalidades, la empresa privada y los individuos contribuyen a ese quehacer artístico!

Por mi parte, desde 1969, he participado activamente a la cabeza de cuatro proyectos exitosos en El Salvador. Cada uno ha aportado algo esencial para la construcción del teatro en mi país: primero en educación: el bachillerato en artes, único momento en la historia de El Salvador en que se contempló la formación sistemática de actores. Walter Béneke, entonces ministro de educación, nos encargó a un equipo de jóvenes bajo el mando de Magda Aguilar cambiar el mundo; el mayor de nosotros tenía 25 años. Béneke me confiaba la dirección del Departamento de Artes Escénicas del Instituto Nacional del Bachillerato en Artes, que luego sería el Centro Nacional de Artes. Allí formamos la mayor parte de artistas de las siguientes generaciones, que a su vez, formaron los de hoy. ¿Mi mayor triunfo? Constatar que los alumnos que tuve la suerte de guiar han sabido, gracias al teatro, educar a sus hijos en forma distinta a la que fueron educados ellos.

En segundo lugar, lógicamente, hizo falta un escenario digno en el que desenvolverse: en 1975, logramos, con Carlos de Sola y Ricardo Jiménez Castillo, poner en marcha el proyecto gigantesco de recuperación, restauración y remodelación del Teatro Nacional, en el que más de cien artesanos ejecutaron los diseños de Simón Magaña y Negra Álvarez; dotamos así a San Salvador de un teatro de clase mundial.

El tercero fue fundar un espacio de libertad para la creación: Actoteatro, primer centro cultural independiente en El Salvador. Finalmente, la dirección artística de un proyecto en el que Ricardo y Alejandro Poma se involucran completamente en el primer intento privado que toma en cuenta la necesidad de la profesionalización del artista y su relación con el público: el Teatro Luis Poma.

Los artistas ya no aceptamos ser seres marginales y exigimos ser ciudadanos con los mismos derechos y responsabilidades de los demás. La sociedad es asunto de todos.

En tiempos de Shakespeare, los artistas eran proscritos por la sociedad. Excomulgados, no tenían derecho a ser enterrados en camposanto, y podían ser encarcelados sin juicio. La desconfianza que despertaba el actor se refleja todavía en la arquitectura que separa el escenario del público para que los actores no tuvieran contacto con los espectadores. “La nariz más corta y no te metas en lo que no te importa”, le dice el poderoso Orgón a Dorina la creativa en el Tartufo, de Moliere. Pero poco a poco los artistas ya no aceptamos ser seres marginales y exigimos ser ciudadanos con los mismos derechos y responsabilidades de los demás. La sociedad es asunto de todos.

Pertenezco a varios mundos, a varias filosofías. Tengo la suerte impensable de tener tres lenguas “maternas”. Español, inglés, francés, son, para mí, equivalentes tanto en la lectura como en el habla. Gracias a ellas puedo viajar por casi todo el mundo y por gran parte de la literatura. Me gusta pensar que la inteligencia y la imaginación son músculos que se ejercitan.

Vengo del pueblo del libro; mi herencia judía me enseña que lo más importante es la educación y el cuestionamiento continúo.

Vengo del pueblo del libro; mi herencia judía me enseña que lo más importante es la educación y el cuestionamiento continúo. Siempre me pareció sorprendente la gesta de los descendientes de Abraham: andar por desiertos cargando un arca con un libro. Mi herencia salvadoreña me enseña a no sorprenderme de lo impensable, a burlarme de lo imposible y también a darme cuenta que entre más cambian las cosas, más siguen iguales.

Quisiera manifestar la alegría y la satisfacción que siento al recibir este reconocimiento en vida; espero poder contar con algunos años más para seguir desarrollando mi pasión por el teatro en este país, que también es mi pasión. No me habría gustado para nada recibirlo al final del camino. Agradezco por ello: al Excelentísimo Señor Presidente de la República, Profesor Salvador Sánchez Cerén; al Secretario de Cultura de la Presidencia, Doctor Ramón Rivas; a todas las instituciones culturales que me propusieron para el premio; a los miembros del jurado que me consideraron digno de recibirlo; a mi esposa Naara que me acompaña desde hace 40 años y que comprueba que, al lado —y no detrás— de cada hombre, hay una gran mujer; a mis hijos excepcionales, Arielle y Mateo; a mis hermanas guiadoras; a mis amigos que siempre han sido la fuerza en la que me he podido apoyar; a mi madre de quien heredé los genes teatrales; y a mi padre que me transmitió el amor incondicional a El Salvador.

He decidido compartir el efectivo del premio con algunas jóvenes compañías de teatro del país, no como subvención, sino como capital semilla; que puedan valerse del prestigio de este premio para conseguir fondos adicionales para sus proyectos teatrales. Así quizás podré seguir contribuyendo a quebrar la espiral de violencia heredada, como lo expresa muy bien nuestra dramaturga Jorgelina Cerritos en La Audiencia de los Confines: “Quizás por eso somos así, porque no recordamos nada… por tener en la cabeza una falla tectónica, siempre cayendo y olvidando y volviendo a levantar. Yo sí quiero saber lo que hice y lo que fue de mí”.

Mi herencia salvadoreña me enseña a no sorprenderme de lo impensable, a burlarme de lo imposible y también a darme cuenta que entre más cambian las cosas, más siguen iguales.

Por último, En El Salvador, decimos a menudo que nuestra memoria histórica dura diez minutos. ¿Una broma? Apenas. En Los Nietos del Jaguar, nuestro poeta Pedro Geoffroy Rivas mantiene que “quedamos confundidos para siempre”. En otros países, todo joven sabe quiénes fueron sus gobernantes, sus artistas, sus héroes y villanos; conocen su historia. Esta noche quisiera compartir el Premio Nacional de Cultura con todos aquellos, de todas las generaciones, que hemos luchado —muchas veces sin reconocimiento alguno— por crear algo a lo que la juventud pueda aferrarse; por abrir espacios de diálogo que terminen con esta polarización en la que sofocamos; por trabajar para vencer el resentimiento social heredado; por desmantelar la sociedad de casta en que hemos sido criados; y, finalmente, por contribuir a la identidad de lo que significa ser salvadoreño en el sentido más amplio de la palabra: el cultural.

San Salvador, 4 de noviembre de 2014

* Roberto Salomón une, en un solo verso, famosas frases de tres grandes dramaturgos universales: Lope de Vega, Calderón de la Barca y William Shakespeare.


ROBERTO SALOMÓN (1945) es un prolífico director teatral salvadoreño que trabaja en dos continentes, Europa y América, y en tres lenguajes, español, inglés y francés. Ha adaptado y traducido obras del teatro clásico (Shakespeare o Molière) y moderno (Tennessee Williams o Mario Vargas Llosa). Pero también es impulsor del teatro actual, desde espectáculos tan populares como la comedia El Cavernícola de Rob Becker, hasta el estreno en español de la tragedia Incendios de Wajdi Mouawad, o la primera puesta en escena de un monólogo dramático que ha recorrido América Latina, Ángel de la guarda de Jorge Ávalos. En 2014 recibió el Premio Nacional de Cultura de El Salvador, no sólo por su trabajo artístico, sino también por sus logros institucionales: la fundación del Bachillerato en Artes, la primera institución profesional de educación artística en El Salvador; la remodelación del Teatro Nacional en San Salvador; la fundación del primer complejo artístico independiente del país, Actoteatro —que incluía un teatro, una galería, un restaurante y talleres—; y la dirección operativa y artística del primer centro privado de artes escénicas a tiempo completo: el Teatro Luis Poma.

Fotografía de Jorge Ávalos: Roberto Salomón dirige El pájaro de la felicidad de Gozzi.