Jorge Ávalos: “La poesía actual de El Salvador” (crítica)

Esta es una reseña crítica, escrita por Jorge Ávalos para la revista Factum, de una nueva y abarcadora muestra de la poesía salvadoreña. A petición de La Zebra, el autor invirtió el orden de su reseña original para ubicar en primer plano su análisis histórico-literario de la poesía salvadoreña y desplazar a una segunda parte los temas editoriales, que han resultado ser polémicos.

Jorge Ávalos

El sábado 22 de noviembre de 2014, se presentó en el Palacio Tecleño el Segundo índice antológico de la poesía salvadoreña, una generosa compilación de la poesía contemporánea de El Salvador realizada por el poeta Vladimir Amaya y publicada por Índole Editores y Kalina. Por alguna razón, este volumen ha sido configurado sin otra aspiración que la de ser un complemento para una antología previa, de la cual presta, incluso, su título: Índice antológico de la poesía salvadoreña. La selección y edición de ese primer volumen estuvo a cargo del poeta David Escobar Galindo, y fue publicado por UCA editores en 1982. Esa compilación original iniciaba con el primer autor de la era republicana de El Salvador a principios del siglo XIX y finalizaba con la última promoción de poetas que publicó en la década de 1970, antes del inicio de la guerra civil en 1980.

Nuestra poesía es la que crean los que de verdad le otorgan un fulgor nuevo a la palabra de la tribu, como diría Mallarmé.

I. Luces sobre la poesía contemporánea

El hecho histórico real que define y separa esta muestra antológica de la realizada por David Escobar Galindo fue la guerra civil en El Salvador durante la década de 1980. La guerra creó tres grandes vertientes que sí están ejemplificadas aquí: la de una poesía escrita bajo un régimen de aislamiento del país durante el conflicto armado y durante la década posterior de reconstrucción; la de una poesía escrita en el exilio y que dio lugar a una literatura de la diáspora; y la de una poesía formada en orfandad, que se constituyó durante los últimos años de la guerra y que se distingue porque no contó con la transición dialógica entre generaciones que había ocurrido desde el romanticismo en el siglo XIX hasta la década de 1970. Este libro es, por lo tanto, el testimonio de tres grandes rupturas en el tejido histórico y social de la literatura de El Salvador, y su concreción en un libro es una prueba de que ha llegado el momento y la oportunidad de reconciliar estas tres vertientes tan divergentes en la historia de nuestra poesía. Vale la pena señalar algunos puntos de interés que pueden arrojar luces sobre el desarrollo de la poesía contemporánea.

La crisis social  que provocó la guerra también produjo una crisis expresiva en la poesía salvadoreña. Los poetas que comenzaron a escribir entre 1960 y 1980 tuvieron problemas para adaptarse a las condiciones de la guerra, en cualquier parte, en la ciudad, en la guerrilla o en el exilio. Muchos no se adaptaron nunca y sus voces, o declinaron o se enmudecieron. Poetas que comenzaron a publicar a principios de la década de 1980, sin embargo, integraron la experiencia de la guerra como parte de su experiencia formativa, formulando una poética que toma como modelos la poesía modernista europea, cuyos principales exponentes también afrontaron la crisis de las grandes guerras mundiales: Ezra Pound, T.S. Eliot o Saint John Perse. Ese grupo de poetas salvadoreños, conformado por Carlos Santos, René Rodas y Jorge Ávalos —para citar a poetas incluidos en el Segundo Índice—, fue el primero en exponer la experiencia total de la guerra desde mediados de la década de 1980.

Lo que sorprende de estos tres poetas es su rechazo a la poesía discursiva o coloquial que dominó la década de 1970, inclinándose, en cambio, por una poética simbólica centrada en la imagen. Las ambiciosas construcciones poéticas —como El diario de invierno de Rodas o El cuerpo vulnerado de Ávalos (1984)— son rarísimas en la poesía contemporánea de El Salvador, porque en ellas el libro, más que el poema, constituye la principal unidad poética. En ese sentido, si hay un “parte aguas” en la poesía salvadoreña, ese libro es La casa en marcha (1984-1998) de Santos, pues se impone como un puente de nuestra poesía que une los dos tiempos divididos por la guerra, al retratar un peregrinaje vital desde la experiencia de la violencia al origen del conflicto, pasando por el exilio, hasta culminar en el regreso a la patria natal. Ese arco, autobiográfico en un sentido más profundo que literal, es trazado por una poesía construida por medio de imágenes precisas, en una voz muy depurada, e interrumpidas una sola vez por una larga narrativa poética en la que se purgan los demonios del horror de la guerra durante una crisis existencial del poeta. Ese libro es, por sí mismo, una metáfora de la poesía actual. Estos versos de Santos, de gran belleza formal y de un lirismo verbal puro, por ejemplo, son sobre los cuerpos mutilados que aparecían a diario en las quebradas y caminos de El Salvador durante la guerra:

Cae la lluvia.
Cae del cielo revuelto,
y se mira a sí misma
desde dentro de las hojas,
como a través de los jades
de una estancia viva.
Bajo la tierra abierta
se demoran, esparcidos,
sin ebriedad, los muertos.
Mojados como los árboles.

Los poetas que comienzan a escribir en El Salvador después de 1985, en los años finales de la guerra, conforman un grupo que se definió a sí mismo por una actitud neorromántica: para ellos, el poema es el registro emotivo de la vivencia personal. Y de hecho, llamaron a su propia poesía “vivencial”. Para estos autores, la poesía es un diario de vida (o de combate) donde la actitud vital del poeta importa tanto como el poema mismo. Esta actitud delimita y restringe el espectro temático de estos poetas. De entre ellos, que son legión, destaca Otoniel Guevara, quien trasciende esta modalidad neorromántica por una vocación lúdica hacia la palabra.

Aunque es interesante notar que hay poetas que se formaron o que escriben desde la diáspora —como Carlos Parada Ayala, Vladimir Monge o Tania Pleitez Vela—, es difícil apreciar la calidad de sus obras en las muestras que ofrece el Segundo índice. En ese sentido, hay que recordar que Claribel Alegría, Alfonso Kijadurías y Carlos Santos también escriben una poesía desde el exilio o desde la diáspora, pero no consideramos nunca sus obras bajo ese criterio; se trata de tres poetas excepcionales y la distancia geográfica no ha sido nunca, porque no lo es, una consideración literaria válida. El exilio podría parecer razón suficiente para marginar a un poeta de una tradición, pero en los tres que cito, la calidad de la obra es innegable y ha sucedido lo contrario: Alegría, Kijadurías y Santos son ya figuras centrales de nuestra poesía contemporánea. Para apreciar cómo encaja la obra de un autor en el universo literario de El Salvador —el país como unidad cultural, histórica, económica y política—, no bastan las categorías sociológicas: el género; la migración; o la etnia. Necesitamos una mejor contextualización o una muestra literaria con el suficiente poder artístico como para ejemplificar su contribución al tejido de una cultura.

También es posible notar una veta neoclásica en la poesía contemporánea que tiene un claro precedente en el grupo de Elisa Huezo Paredes, Irma Lanzas y Matilde Elena López en la década de 1960, y que encuentra un espejo natural en la poesía actual de María Cristina Orantes, Carmen González Huguet y Alberto López Serrano. Esta actitud no sólo se expresa por una inclinación hacia las formas clásicas, sino también por una actitud que prefiere la contención estilística o el eufemismo retórico al momento de abordar temas emocionales o amorosos. Sorprende por ejemplo, cómo González Huguet trata conceptos extraídos del lenguaje de la pornografía moderna para crear construcciones extáticas de poesía erótica, como lo muestra el primer párrafo de un soneto titulado “Bukkake”, una palabra que yo desconocía y que tuve que buscar en Internet para comprender su significado y asimilar lo que esa chocante revelación implica para estos versos:

Báñame con tu amor, báñame entera,
cubre mi cuerpo, llénalo de nieve,
de la secreta fuente que se atreve
a desafiar la muerte y su frontera.

La poesía homoerótica de López Serrano, en cambio, busca sus modelos en la poesía griega, una característica que emparenta su obra con la poesía más reciente de Ricardo Lindo. Y esto, a su vez, apunta a otra fuente de inspiración para el lenguaje de algunos poétas contemporáneos. Varios de ellos toman como referentes a los modernistas de Grecia y de España —Konstantino Kavafis, Odiseas Elytis y Vicente Alexandre en particular, según se aprecia en esta antología—, y producen, como ellos, poesía que, sin ser épica, es de largo aliento. Estos poetas, entre los que se puede incluir a Javier Alas, a Jorge Galán y a Claudia Meyer, crean en sus poemas espacios alegóricos que se transmutan a su vez en espacios verbales. Esta corriente está mucho más emparentada con la poesía española actual, lo cual parece ser una rareza en El Salvador, pues nuestros poetas se suelen nutrir más de la poesía moderna de Latinoamérica, en el mejor de los casos, o de la canción de protesta, en el peor de ellos. La poesía de Hugo Lindo y de David Escobar Galindo, ambos de auténtica vocación hispánica, encuentra a sus mejores herederos en estos poetas, sobre todo en Galán, que ha logrado desarrollar una voz sobria y un lenguaje cosmopolita muy personal.

La mayoría de los poetas nacidos en la década de 1970 rompe con el retoricismo discursivo de los neorrománticos y comienzan a formular una poesía más precisa, más limpia en su expresión, a veces muy humana, como en el caso de Osvaldo Hernández, que habla en este poema (no incluido en el índice) de la ausencia de un hombre muerto prematuramente:

ella alarga una mano triste y palpitante
como si el peso de un corazón sostuviera en su cuenco

coge una camisa
fresca como un río
y se moja el rostro
con el perfume de las fascinaciones

aún sigue en esta cama
piensa
si es verdad que los relojes no mienten
si es que todo lo ven los espejos
si afuera las flores respiran el perfume de las fascinaciones

Con Alfonso Fajardo aparece una nueva tendencia en la poesía, desbordante e incontenible, que él domina muy bien; a primera vista parece retomar la estética de ciertos poetas de la década de 1970 (Alfonso Kijadurías, Ricardo Castrorrivas y Mauricio Marquina, por ejemplo), pero en realidad crea su propio territorio lingüístico. El controlado flujo del lenguaje de Fajardo, que adopta a consciencia la actitud del “poeta maldito”, logra efectos verbales alucinantes sin perder nunca la coherencia porque la sabe trabajar desde el centro emocional del poeta como visionario. Entre los poetas nacidos en la década de 1980, esta vertiente estética, muy extendida, se torna en un nuevo tipo de retoricismo, pues muchos de los exponentes de esta línea producen imágenes que se suceden y atropellan de forma arbitraria, anulando su potencial poético.

De la última promoción, dos poetas que sí han aprendido a tomar las riendas de una poesía visionaria, construida con símbolos o imágenes, son Laura Zavaleta y Rebeca Henríquez. Ambas exploran con gran densidad metafórica temas de la familia, la memoria o la violencia, a veces todo esto en un mismo poema. Henríquez, en particular, no está muy bien representada en la antología porque su poesía ha evolucionado más allá de lo que se muestra en el Segundo índice, pero en uno de los poemas incluidos, “Autismo”, es posible ver la transformación de un lenguaje discursivo en las primeras estrofas a un lenguaje de orden más simbólico, como se muestra en la última estrofa de este largo poema:

Ya no hay cicatrices nuevas.
No hay apremios ni remordimientos
ni la necesidad ineludible de un abrazo en la plenitud de un vendaval.
Me resguardo.
Es muy pronto para que las Parcas inicien la labor macabra
de hilvanar el ropaje límpido de mi muerte.

Otros dos poetas muy prometedores de la última promoción son Miroslava Rosales, que se inclina por un lirismo intelectual, y Vladimir Amaya, que sabe cómo romper el horizonte de expectativas de los lectores, tal y como lo demuestra este fragmento:

Abrázame muy fuerte, mujer barbuda.
Bésame con odio
porque nunca existió el amor en los caminos.
Déjame morder la navaja del vino amargo en esta hora de la tarde.

Y por último, Elena Salamanca representa una vertiente postmoderna de poesía en la que utiliza recursos de las artes visuales y de la crítica académica para desmitificar el ecléctico repertorio de los símbolos culturales salvadoreños. El extrañamiento y la parodia no están muy lejos de poemas que subvierten, incluso, los mitos culturales, como se hace evidente desde los primeros versos de “Sobre el mito de Santa Tecla”:

Un hombre pedirá mi mano
y me la cortaré.
Nacerá otra
y volveré a cortarla.

El hombre pensará:
qué perfecta mujer, es un árbol de manos:
podrá ordeñar las cabras,
hacer queso,
cocer los garbanzos,
ir por agua al río,
tejer mis calzoncillos.

Como última observación, la selección que Amaya ha realizado suele ser muy eficiente en mostrar los variados registros de los poetas, pero no siempre. Por experiencia puedo afirmar que no soy un poeta concentrado sólo en el tema amoroso, pese a lo que parece por la selección que se ha hecho de mi poesía. André Cruchaga, quien a veces me da la extraña impresión de ser un constructor de simulacros poéticos —es decir, poemas muy bien trabajados pero que carecen de un impulso poético profundo—, está muy bien representado con una selección que lo muestra en su mejor forma. René Figueroa, por otro lado, aparece representado por un sólo poema que, a su vez, no es característico, y eso me parece injustificado. De algunos poetas me sentí invitado a leer más de su poesía aun cuando sé que la totalidad de sus obras no tiene nada más que ofrecerme. Sin embargo, el Segundo índice ofrece suficiente variedad como para ser un modelo para armar: el lector es libre de elegir y rechazar de acuerdo a sus necesidades y sus gustos.

El Segundo índice ofrece suficiente variedad como para ser un modelo para armar: el lector es libre de elegir y rechazar de acuerdo a sus necesidades y sus gustos.

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II. La palabra de la tribu

Para el Segundo índice antológico de la poesía salvadoreña, Vladimir Amaya ha realizado una labor casi exhaustiva de investigación, compilación y selección de obra poética, de entre una vasta selva literaria para la cual hay muy pocas guías disponibles, y donde la crítica es escasa y la labor historiográfica, nula. Como editor, por lo tanto, Amaya merece un importante crédito por su labor. Pese a ello, hay que señalar que el aparato crítico —los criterios de selección, la nota introductoria, y las fichas de autores— no sólo no es sistemático, en la práctica no parece obedecer a una clara metodología de investigación, y a menudo sus juicios son francamente arbitrarios. En ocasiones, Amaya le atribuye una excesiva importancia histórica a un escritor o a un libro pero sin explicarnos por qué. No cuestiono su juicio, sino su método. ¿Cómo se entiende que un poeta sea “interesante” o “importante” sin una línea base para interpretar en qué sentido adquiere esos atributos tan ambiguos? Por alguna razón, quizás porque trabaja con un período muy breve, Amaya le atribuye importancia histórica a la participación en grupos o talleres, cuando estos sólo forman parte del fenómeno sociológico de la cultura. Una generación o un movimiento estético literario sí son categorías históricas; los modos de agrupación social o formativa de los poetas rara vez lo son.

En 526 páginas, el Segundo índice de Amaya incluye a 74 autores nacidos a partir de 1955. Con una sola excepción, todos están vivos, aunque muchos de ellos ya no parecen estar activos como poetas. Veintitrés de los escritores incluidos son mujeres, lo cual representa el 31 por ciento de la selección. Pero mientras Escobar Galindo se limitó a 110 poetas provenientes de dos siglos de historia, o 55 poetas por siglo, la de Amaya incluye un promedio de más de 24 poetas por década nacidos entre 1955 y 1987. El peso de una muestra tan profusa podría ser una ventaja si se busca riqueza expresiva, pero la mayoría de los poetas incluidos no se distinguen por sus personalidades literarias o por la individualidad de sus voces. Al leerla de principio a fin, como lo hice yo para escribir esta reseña, es abrumadora la falta de voces distintivas. Según mis evaluaciones, escritas al margen de mi lectura del libro, la mitad de los escritores incluidos carece de una personalidad poética propia. Esto se hace evidente en una primera lectura porque el lenguaje poético de los autores no evolucionó más allá de lo mundano —del registro de la vivencia cotidiana, de la observación pasajera o de la mímesis estilística—, y sin aportes originales de contenido.

¿Cómo se justifica la inclusión de un poeta en una antología cuando su obra es intercambiable con la de otro? La respuesta parece estar en el título del libro, que desde el principio señala que no estamos ante una antología, propiamente dicha, sino ante un trabajo cuya principal pretensión es indizar a los poetas salvadoreños. Bajo este criterio, el uso adjetival de la palabra antología coloca la muestra de poesía de cada autor en un segundo plano. Pero ni el Índice antológico de Escobar Galindo ni este de Amaya pretenden ser exhaustivos. En ambos casos, la compilación de la obra poética de los autores seleccionados es el corazón de los libros. La noción de que se trata de un índice y no de una antología parece excusar al editor de no ser aún más selectivo o de no tener una visión más crítica del conjunto. Esta dispensación se siente fallida en los dos volúmenes porque, a fin de cuentas, es la selección de poesía de cada autor lo único que tiene un atractivo real para el lector a la hora de comprar el libro.

Estoy seguro de que es posible crear un índice antológico exhaustivo, pero el resultado de ese ejercicio no sólo sería pobre desde el punto de vista literario, también sería impráctico y muy poco útil como una herramienta para la investigación. Esto ya lo demostró la exhaustiva Guirnalda salvadoreña, editada por Román Mayorga Rivas en el siglo XIX. En este sentido, la selección de autores que ha hecho Amaya y la elección que ha realizado de la obra de cada poeta sí ofrece ejemplos útiles al estudioso de la poesía y la literatura contemporánea de El Salvador. Aun así, necesito señalar de entrada dos exclusiones que me parecen injustificables: la de Heriberto Montano; y la del editor mismo, Vladimir Amaya.

El Segundo índice comienza su selección con poetas nacidos a partir de 1955. Si bien esto permitió que Amaya encaje su compilación como el sucesor cronológico directo del índice de Escobar Galindo, esto también demuestra que algunos criterios de selección se han aplicado de manera mecánica. Escobar Galindo no marginó a Montano de su índice; en realidad, no tuvo nunca su poesía a la mano para poder considerar su inclusión. Por lo tanto, creo que Amaya tenía también la responsabilidad de considerar a esos otros poetas que Escobar Galindo desconocía cuando armó su compilación a finales de la década de 1970. De todos esos poetas que Escobar Galindo perdió de vista debido a la creciente fuerza de la represión que desterró a tantos escritores, y pese a haber nacido en 1950, Montano es nuestro contemporáneo y escribió su mejor obra en las últimas dos décadas, después de su regreso tras un largo exilio.

Por otro lado, la exclusión que Amaya hace de su propia obra me parece inexplicable y perturbadora. Me parece inexplicable porque creo que es muy fácil juzgar que su obra poética es de las mejores de entre los poetas nacidos en la década de 1980. Y me parece perturbadora porque cuando yo y otros poetas amigos con quienes he hablado le confiamos nuestra poesía, lo hicimos porque se trataba de un colega. Las mejores antologías de poesía no son ejercicios académicos, sino trabajos de coleccionismo literario, de compromiso por lo que nos apasiona de la poesía. Y estas muestras de pasión suelen ser impulsadas por colegas que no sólo tienen un sentido crítico de la poesía sino que también tienen la sensibilidad para reconocer el valor de la poesía desde el ámbito de su creación, el cual suele ser impenetrable para el investigador académico. En el momento en que se publica el Segundo índice, Amaya expone a los poetas incluidos a la opinión y a la crítica literaria, y su propia sustracción de esa valoración pública de los méritos, reales o no, de nuestras obras se siente como un acto de cobardía intelectual. Estoy seguro de que esta no es la razón de Amaya, porque se lo pregunté, pero su respuesta me indica que no consideró muy bien las consecuencias de su propia exclusión, la cual carece de sentido literario.

“No quería ser parte porque estaba actuando, como repito, de encargado de la muestra”, me escribió Amaya en un mensaje. “Al final, mi inclusión sólo le hubiera quitado el espacio a otro autor, y mi intención era mostrar la poesía ajena, no la mía”.

Cuando se compone una antología literaria existen diferentes etapas dentro del proceso editorial, y en base a eso se responde con la deontología ética, que de por sí nos habla de una práctica y de acciones relativas a un proceso. La ética se aplica con criterios muy diferenciados a la concepción, a la investigación, a la selección y a la producción de una antología. Hay una ética aplicable a la investigación historiográfica y otra a la selección de una muestra representativa de la literatura de un período histórico, por ejemplo. Lo que corresponde a la etapa literaria le pertenece a ella, y mientras su editor circunscribe su análisis a criterios bien sustentados de selección no habría contradicción ética si el investigador se incluye a sí mismo, porque el resultado estaría validado por las otras partes del proceso que también responden a un análisis estructurado, a criterios éticos idóneos a esa parte del proceso y a la aplicación de metodologías en base a criterios razonados.

En el momento en que descubrí que Amaya no está incluido como poeta, el Segundo índice perdió para mí algo de su valor como herramienta historiográfica, porque lo que yo esperaba encontrar en el libro no es lo que Amaya llama poesía “ajena”, sino aquella que yo podía llamar nuestra poesía. Nuestra poesía es la que crean los que de verdad le otorgan un fulgor nuevo a la palabra de la tribu, como diría Mallarmé.


JORGE ÁVALOS es un escritor salvadoreño. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura, el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa.