Álvaro Rivera Larios: “El disparo: la oscura plegaria de Luis Borja” (crítica)

Un jurado (entre cuyos componentes se encontraban los poetas Antonio Colinas y Pere Gimferrer) otorgó a El disparo: cuentos del barr(i)o del poeta salvadoreño Luis Borja el accésit que concede la Diputación de Segovia (España) en el XXIV Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma. El disparo ha sido editado en España, en el año 2014, por la conocida editorial Visor. En esta reseña crítica, Álvaro Rivera Larios argumenta que la incursión del poeta al ámbito de la crónica roja es acertada, porque llega a ella con las armas de la imaginación, hechas cohesivas por una poética que prefiere enfocarse en las experiencias de vida de las personas más afectadas por la violencia en El Salvador. Luis Borja (1985), oriundo de Ahuachapán, es licenciado en letras por la Universidad de El Salvador.

Portada de El disparo de Luis BorjaÁlvaro Rivera Larios

Llevamos unas cuantas décadas viviendo en la ciudad de Caín, así que sería muy extraño que no tuviésemos una percepción simbólica de sus calles, de sus encrucijadas, de sus habitantes.

En este momento, la Ciudad de Caín encarna el universo de muchas ciudades de Mesoamérica. Pero entre todas estas ciudades y su historial de sangre, la nuestra es una de las que lleva más tiempo encerrada en el baile trágico de la violencia. Esta violencia ya tiene corridos, novelas, reportajes, pero hasta ahora, al menos entre nosotros, no contaba con un poemario notable.

Luis Borja, con El disparo: cuentos del barr(i)o, su libro galardonado en España, ha logrado legitimar la entrada de la crónica roja en el territorio de la poesía. Aunque nos desagrade admitirlo, en la crónica roja está escrita parte de la historia de nuestra sociedad en las últimas dos décadas.

Luis Borja, con El disparo: cuentos del barr(i)o, su libro galardonado en España, ha logrado legitimar la entrada de la crónica roja en el territorio de la poesía.

Que la crónica roja proporcione material para la leyenda no es algo nuevo. Truman Capote extrajo de ella el material para su gran novela reportaje A sangre fría. Y Arturo Pérez Reverte hace unos veinte años demostró que las historias que cuentan los corridos son relatos novelables. La violencia en Mesoamérica ya acumula leyenda, ya tiene su literatura, ya es un universo simbólico por el cual pululan  el sicario, la mula, el traga fuego, la puta, el inocente, la madre del muerto, etcétera como personajes dramáticos.

En la novela reportaje de Capote, el asesinato de una familia es el punto en que se encuentran de forma trágica las dos caras de una sociedad. Pero ese crimen no deja de sentirse como una violenta perturbación en el valle aparente de la tranquilidad. La violencia en nuestro mundo ya no puede verse como una serie de casos aislados, porque detrás de ella hay pautas tribales que la convierten en un medio de dominación y en una cultura que impacta profundamente sobre los demás ordenes de la sociedad.

Evidentemente, Mesoamérica es mucho más que disparos y cuchilladas.  Pero la muerte y su cotidiana reiteración han logrado convertirse en un teatro con vida propia del cual no se escapa la calma de nadie. A la vida privada de casi todos los habitantes de la ciudad de Caín se ha incorporado el miedo al disparo que cierra de forma imprevista cualquier biografía  Este universo, sin embargo, ha sido muy poco visitado por la poesía salvadoreña actual.

Algunos poetas, no todos, creen que la imaginación y esa selva urbana en la cual vivimos –en la que el hombre caza al hombre– son como el agua y el aceite. Por tal razón, entre novelistas y poetas tiende a verificarse un reparto: la novela se queda con los teatros sociales de la violencia y la poesía se encastilla en el reino privado de la imaginación y la belleza intacta.

Luis Borja no acepta este pacto, esta distribución y por eso lo que hace en El disparo es acercar la poesía a ese universo en el que se mata y se es matado. Así da voz al verdugo y a la víctima. Así se acerca a los personajes y paisajes de la violencia y los ahonda con los recursos de la lírica.

El poemario de Luis Borja es un viaje simbólico, imaginativo, literario por el subsuelo de la ciudad de Caín, por el subsuelo de la Mesoamérica actual. Esto para la poesía es un desafío porque arriesga un lenguaje –hecho para señalar bellezas– en la tarea de desenterrar oscuridades. Y creo que el autor sale bien parado de una empresa tan difícil.

El poemario de Luis Borja es un viaje simbólico, imaginativo, literario por el subsuelo de la ciudad de Caín, por el subsuelo de la Mesoamérica actual. Esto para la poesía es un desafío porque arriesga un lenguaje –hecho para señalar bellezas– en la tarea de desenterrar oscuridades.

El universo que explora es el de una ciudad violenta y socialmente fracturada, pero lo recorre con las herramientas de la imaginación literaria. La suya no es una imaginación emborrachada de sí misma o enamorada de los fuegos fatuos. La imaginación de Borja intenta penetrar en la carne putrefacta.

El suyo es un lirismo empático, que sale fuera del yo ensimismado e intenta dar una representación subjetiva de otras voces. Al final podemos ver su poemario como el intento de construir un coro en el cual intervienen los cadáveres al fondo de un pozo, el sicario, la madre, el niño, la muchacha que se desnuda en un local de striptease y la mujer que trabaja en la maquila. Todas esas voces se funden hasta convertirse en la voz de la ciudad de Caín: una ciudad donde se paren seres para la muerte:

Me nacieron los hijos muertos
estrellados
mutilados
corriendo hacia el abismo que les ofrece el nuevo siglo
Me nacieron los hijos sueltos
volátiles como el suspiro de un disparo…
(El disparo, pág.7, “El bello legado”)

La sociedad está presente en su libro, pero su poesía no es la poesía social de los años 80 del siglo pasado, es una poesía distinta en la que ya no hay trazas de una violencia condenable y una violencia redentora que conduzca a otro mundo. La violencia que plasma el poeta de forma simbólica es un universo cerrado en el cual aflora una brutalidad metafísica y despojada de esperanza:

¡Corré hijueputa! Dijo el grito
Y la noche se hizo un disparo
la noche se quemó como un grito de pólvora
Y es que la piedad no existe en un disparo
Ni el nombre odiado de la culpa
No existe el arrepentimiento
El disparo es un grito de venganza
El disparo tira líneas
besa la nostalgia de los perdidos
¡Corré hijueputa! Dijo el grito
Vivo en un país donde la bala sale
como un beso que te manda la muerte
(El disparo, pág. 25, “Disparo”)

Y si un determinado universo social es el objeto de esta poesía, su exploración es llevada a cabo con un lenguaje literario que posee ambición estética. Hay imágenes bellas y desoladoras en El disparo. Las piernas de un cadáver que yace en el desierto “son rieles mudos que no encuentran el camino”.

Se le podría reprochar a Luis Borja la tendencia al patetismo que hay en ciertos poemas, o lo mejorables que podrían ser ciertas imágenes, o la falta de un encuadre que lleve la condena moral a una instancia más reflexiva. Pero a pesar de estas objeciones, su libro es un libro necesario, imaginativo y contundente que es de esperar que abra la puerta a nuevas calas en los oscuros territorios de la ciudad de Caín. Sinceramente, me ha gustado.

 


ÁLVARO RIVERA LARIOS (1960). Escritor y académico salvadoreño radicado en Madrid, España.

Fotografías reproducidas por cortesía de Luis Borja.