Elena Salamanca: “Los espejos” (poesía)

En la obra poética de Elena Salamanca (San Salvador, 1982) se entremezclan recursos de las artes visuales y de una actitud crítica, en una permanente búsqueda por entender y desmitificar el ecléctico repertorio de los símbolos culturales salvadoreños. La difusión de su obra poética no sólo es textual, también incluye acciones de performance art (Landsmoder) o modos irónicos de publicación, como en el caso de textos impresos sobre sábanas tendidas en espacios públicos. En sus poemas, la semiótica y la deconstrucción se suman a los recursos poéticos tradicionales para examinar y cuestionar los íconos de la simbología religiosa o literaria —como en los casos de Santa Tecla o Sor Juana—, o a los hitos sociales en la vida de una mujer —el noviazgo o el matrimonio, por ejemplo—. El efecto de extrañamiento que provocan sus textos bajo estos modos de representación es humorístico: son poemas en los que surrealismo y parodia se ciñen a un lenguaje lacónico y mordaz.

Nota de Jorge Ávalos

Elena Salamanca
La Zebra |
#3 | Marzo 1, 2016

Cuando robo el labial de mi madre

Ese ejercicio de niña.
A escondidas.
Pintarme la boca para parecer mujer.
Ese ejercicio de ahora.
Clandestino.
Jugar a ser niña.
Estoy tan cansada de ser mujer.

Los espejos

En su casa hay un espejo igual al de mi casa. En su casa, hay una foto de un niño que es él: el niño se detiene en el espejo con la boca. Se besa.

En mi casa hay un espejo igual al de su casa. Mi madre guarda una fotografía en la que me doy besos en ese espejo: las piernas aún indecisas de soportar el cuerpo, con toda la debilidad vertical del primer año de vida, la cabeza apenas con cabello, la boca… La boca no existe, está sostenida en el espejo.

¿Me estás besando?

Yo me paro frente al espejo, tiro besos. Entro a mi espejo, salgo en el suyo. Conozco a su padre. Beso a su padre, concibo al niño que es él. Lo llevo en la lengua, regreso a su espejo, sin foto, sin niño, entro. Vuelvo a mi espejo. Me veo. Saco la lengua, la llevo al espejo. Lamo. Desde su espejo, el niño se detiene con la boca. Una boca es una boca hasta que ha sido besada. Él ha nacido. Lo acabo de nacer.

Sobre el mito de Santa Tecla

Un hombre pedirá mi mano
y me la cortaré.
Nacerá otra
y volveré a cortarla.

El hombre pensará:
qué perfecta mujer, es un árbol de manos:
podrá ordeñar las cabras,
hacer queso,
cocer los garbanzos,
ir por agua al río,
tejer mis calzoncillos.

Pero yo seguiré cortando mis manos
cuando me diga:
Mujer, te he pedido,
y debes ordeñar las cabras.
Mujer, eres mía,
trae agua del río,
sírveme el queso,
ve al pueblo por vino.

Mis manos caerán como caen las flores
y se moverán por el campo,
necias.

No ordeñarán las cabras,
no irán por vino al pueblo,
jamás zurcirán sus calzoncillos
y nunca,
mucho menos,
acariciarán sus testículos.
El hombre dirá:
Qué mala mujer,
es una maldición de manos.

Irá por un hacha,
cortará mis brazos.
Nacerán nuevos.

Entonces pensará
que el inicio de la vida se encuentra
en el ombligo
y cortará mi cuerpo en dos.

Mis miles de manos cortadas
se volverán azules
y se moverán.
Secarán el trigo,
jugaran con el agua,
secarán el río,
arrancarán las raíces del pasto,
envenenarán a las cabras,
al queso.

Y el hombre pensará:
Qué maldición más grande:
prohibido debe estar pedir a una mujer
que tiene voluntad.

El fruto

El fruto era tan brillante
que yo no sabía hasta dónde comer.

Está dicho:
Las mujeres no pueden probarlo:
al llevarlo a la lengua,
se abrirán otros labios
adentro.
Y la fruta
será
un ardor
y un gozo.

En este bosque hay frutos azules
que huelen a hombre
y otros
que, al morder,
saben a la muerte de las vírgenes.

Pero este fruto era tan dulce
que olvidé
que está dicho que al morderlo
dentro de mí nacerá otra boca
y esos labios se abrirán
buscando otro fruto.

Bodegón con Sor Juana

Morderé la fruta.
Mancharé los baberos de encaje que tejí por tres siglos
como la araña:
siempre sujeta a la mosca, siempre sujeta al aire

La fruta escurrirá por mi boca
como escurre la baba, como escurre la sangre.
Clavaré las uñas sobre los gajos de la mandarina:
mujeres que se abren en espera de dientes mayores
que los míos.

Seré animal como el negro que carga la fruta
en el mercado:
no lee vocales y nunca ha visto el sol.
Yo no bajaré el ojo, como el negro,
puedo ver el sol entre tus piernas.

Gajo de mandarina
has sido.

Cuando uno muere y sube al cielo

Cuando uno muere y sube al cielo, se convierte en niño, decían las señoritas españolas venidas a menos en clase de religión.

Yo tenía 9 años y mi papá acababa de morir.

Entonces me acerqué a la señorita y le pregunté:

—¿Si yo muero viejita y subo al cielo volveré a ser niña?

—Sí.

—¿Y volveré a ver a mi papá?

—Sí, tu papá está en el cielo.

—¿Pero mi papá será un niño?

—Sí

—¿Y yo seré niña?

—Sí.

—Pero yo no lo conocí niño, ¿no lo voy a reconocer?

La señorita se quedó callada.

Después dijo:

—Cuando subimos al cielo, nos convertimos en niños.

Y yo insistí:

—¿Entonces no voy a volver a ver a mi papá?

La señorita no supo responder.

Muchacho, amor

Voy a levantarte del camino,
muchacho sin casa.

Yo te condeno a este amor:
bésame las manos,
bésame los pies.

No te enamores nunca:
tengo una piedra por corazón.

Quítate los zapatos,
quítate la ropa,
párate ante mí:
arrodíllate,
baja la mirada,
ponte como un perro,
las rodillas y las manos contra la tierra,
arquea la espalda,
ténsala.
Bésame los pies.

Me subiré en tu espalda
muchacho,
me pararé sobre ti.

Camina,
muchacho,
yo soy tu amor,
arrástrate con las manos y las rodillas,
sángrate las manos,
sángrate las rodillas,
mancha la tierra.

Yo soy tu patria,
muchacho,
y te condeno a este único amor.

Elena Salamanca - Sábana


ELENA SALAMANCA (San Salvador, 1982). Poeta, narradora y ensayista. Ha publicado, en cuento: Último viernes (San Salvador, 2008); en poesía: Peces en la boca (San Salvador, 2011, reeditado en México en 2013), y Landsmoder (San Salvador, 2012).

Fotografías y textos reproducidos con el permiso de la autora.