Alfonso Fajardo: “Ardor de San Salvador” (poesía)

Poeta salvadoreño (1975), autor de versos desbordantes, de largo aliento y que, a primera vista, parecen ser producto de procesos espontáneos de escritura automática. Pero una lectura atenta nos demuestra que en realidad estamos ante un escritor que hace del espacio verbal un ámbito de exploración de la nueva psiquis urbana, caótica y violenta, del Gran San Salvador de postguerra, y de cara al siglo XXI. Fajardo retoma los métodos y los temas de los poetas malditos, y de su fraseo exuberante y de sus delirantes figuras de lenguaje hace pedernales para suscitar descargas semánticas, anulando o potenciando el vértigo de su afán comunicativo.

Nota de Jorge Ávalos

Alfonso Fajardo
La Zebra |
#3 | Marzo 1, 2016

Versión de barco ebrio

Asistimos a sus galas
ingenuamente vestidos de esperanza
Tras los ojos
llevábamos el fuego traducido
las imágenes sin metáforas
de escaramuzas
que concluyeron en la partida del barco
En las pantallas
las escenas imaginarias:
el fin del fin
en un show de rotos protocolos
luces artificiales y aplausos de pólvora
Desde afuera
el navío pretendía ser
el principio de otra mano con sangre
mas en el interior
los insepultos hablaban
los capitanes mareados
no sabían qué faro buscar
en un clima de neblinas inéditas
donde con esfuerzo se miraban
paredes llenas de savia
grutas de ecos sin procesar
y ventanas cerradas en pleno rostro
Es indagador
este barco ebrio de siete años
es lento
pero se supone seguro
es bárbaro
considerando sus estelas
es nómada y ciego
frente a tanto caminar sin explotar
y es
el Gran Minotauro de nuestra poca edad
Su nombre:
1992

Tenés caminos insospechados

Tenés caminos insospechados en tus venas
poseés penas que tienen como destino mis arados
Tus volcanes erupcionan se emocionan tus Balcanes
llamean brasas tus montes flamean llamas tus Zenzontles
sos la montaña la araña que mi espalda araña
sos el boscaje yo el animal salvaje que explora tus ramajes
Brota agua mi lengua mengua remota tu magma
tu magna bellota tengo a mi legua desagua y se frota
Sos la carne que encarna mi sueño yo el dueño del karma
tu gendarme

Antibrindis

Por la vida ajena y bella
espuma entre cloacas de sombras
por la muerte siempre nuestra
esperando tranquila
nuestros paseos por los jardines efímeros del placer
por mi mujer tan sonriente
máscara
del deseo saciado en un cuarto de motel
por mi perro amigo en los abismos
fiel al alimento
devorándome en las cegueras de la noche
por mi música de unicornios
quejumbrosa
golpeando grietas y utopías que refulgen
por mis libros de polvo fecundo
que soportan
mis miradas de ciego estupefacto
por mi colección de escorpiones
que dicen
ser mis amigos en crestas y cúspides
¡Por la vida  minúsculos  por la vida!

Por aquel hombre en harapos
durmiendo
en fríos portales de silencio
por aquella mujer horadada de sol
vendiendo flores
entre la aspereza de los carros
por este niño llamado leyenda
y sin embargo
preñado de transparentes sociedades
por esta estatua que vocifera suerte
con sus cartones
en orfandad eterna de pan
por este ejecutivo de la risa famélica
ganando honor
en medio de las sardinas estridentes del camino
por ese camino de espinas expectantes
que nos delatan el rostro informe del asombro
por esta cristalería y sus esquirlas por la vigilia
por este cementerio y sus muertos en vida por el sueño
¡¡En fin   por la vida   amigos   este tiro en plena sien!!

Contestando una pregunta de Rilke

Escribo y me acerco,
se lo digo al poema en el oído,
y un sombrero de pájaros que aletean me llueve.
Poco a poco
la música se va convirtiendo
en ese silencio que madura en la garganta
y cae intermitente y tenue
como la gravedad ceremoniosa
de las cosas sencillas.
Soy el árbol trémulo
que deshoja sus espejos, como lo hace el leproso
cuando de misericordia se muere.
No diré el tiempo es gris, y se agitan lujuriosos,
los rapaces gobernantes del infierno y su abismo.
No pediré perdón, al que con cruz en mano,
en vano trate de exorcizar los guijarros,
los malos y extraños espíritus de mi palabra.

Escribo y me acerco,
se lo digo a mí mismo,
y me lamento.
Me lamento de que mi camino, como el tiempo circular de un país,
sea un estrecho sendero, donde sediento y desahuciado,
contesto la pregunta de Rilke, y bebo a sorbos medicados
esa agua oficiosa y sacra que es la poesía.

Ardor de San Salvador

Abro mis puertas y ya el oleaje de las calles
baña con su espuma negra mis famélicas raíces.
Y de nuevo sentimos la tentación de abandonarnos
y abusar del adjetivo al nombrarte.
Pero tu rostro duele, arde; y el dolor es poesía, y ello fecunda.
Retrataré  tus vísceras con mi sangre, tus fauces engullirán mi voz
y la saliva centelleante de tus pozos será mi altar.
Empezaré por decirte mal y maldecirte
con todo el amor de hijo echado a perder, de nieto
del fuego primero. Te diré, por ejemplo, eres pétalo
pero hay un hedor que permanece; maquillada mas con cicatrices,
voluptuosa hasta lo grotesco; perfumada, pero, en fin, cancerosa.
Hay calles que sólo la locura comprende: sus paredes de polvo mojado,
sus casas desvencijadas de mujeres tristemente desnudas, sus salones
oscuros donde una rockola se queja del amor, sus etílicos sueños,
sus gritos, sus cuchillos que pacientes nos esperan, sus miradas de paranoia
en las que no somos bienvenidos y todo el surrealismo
de sus pinturas de mármol de sangre de veneno de hermandad.

Te diré, también, que tus vestidos de gala no me convencen,
tus cadenas de tiendas donde se venden imposibles, los caracoles del comercio
y las plazas de circo donde las miradas desfilan.
Hay calles que sólo la noche devela: sus luces de neón,
sus nombre parpadeantes, sus fosforescencias, los idilios entre el hombre
y la máquina, la pureza de las piedras, las iglesias del ruido,
la bruma del delirio, la sed de infinito y las alas de otro sueño que se niega a despertar.
Ciudad, secreto de estado, proxeneta de los locos,
canasto de los mercados, sacerdotisa de la muerte, casa de los nómadas,
partera de los invisibles, manantial del anticristo, drenaje del mundo.
Ciudad, secreto de estado. Aquí mis pasos en tu niebla, en tu sol.

Aquí mis pasos, mar gris, sobre la danza eterna de los días.

Fuente luminosa

Hay un surtidor de epifanías que sólo yo conozco
y en esa quintaesencia
mis ojos deben la dulzura ardiente de sus minerales

Yo soy el árbol: ya lo dijo el poeta
cuando hacia trabajos que al mismo diablo daría lástima
Yo soy el árbol   repito   y en mi pecho descansan
dibujos a cuchilladas de corazones que no valen la pena
atravesados por azules vientres donde ya no corre sangre

Y aquí
frente a la nocturna fuente luminosa
me digo: sos el más grande de todos los magos
el mas indestructible de todos los mortales y
—como el cordero rabioso que reclama su porción de carne—
el más feliz de todos los idiotas

Hay una puerta el infierno y sólo yo tengo su llave

Permítanme rugir la brumosa lengua del desarreglo
comer los sesos de la palabra
y embarrarme los ojos con la luz animal de la locura

Yo soy el sacerdote
a mis pies arrodíllanse
un zoológico de mascaras grotescas
un museo de lagartos osos hormigueros y payasos de cenizas
Soy el sacerdote
vivo del orgasmo y la sangre y el cuerpo que crucifico
no es más que una flor venenosa
donde cabe la insanidad de mi sed
el demonio azul enclaustrado en mi pecho
y toda el agua gris de vida que su boca y sus poros recibieron
como el enfermera que lava las heridas en medio de la guerra de las calles

Hay una noche y en ella siembro mis aquelarres

Yo soy la fuerza la contradicción la energía
en mi convergen las hijas pervertidas de la esquizofrenia
las hijas de la paranoia las hijas del teatrero
de las imágenes y semejanzas tatuadas de lepra

Yo soy la energía y mi palabra nace del exceso
y del exceso brotan como pirañas los sueños
los engendros del dolor los ojos de la anarquía
los ríos los incendios los fusibles fosforescentes del poema

El hombre que cruza su segundo

Maldito disfraz el que permanece en la célula. Aquí, entre la lluvia de la mierda y los pájaros escarlatas, un prestidigitador de epitafios en el mínimo país de los sueños. Me consume, en efecto, esta hambre literal de horizonte que hunde mis ventanas. El hombre, al mundo, para engañar y ser engañado ha nacido, es decir, para orgasmos y horas administrativas. Tiene que existir, entonces, otro sol: uno que, plétora de agua, no queme, carbonice y ahogue, como lo hace el ojo pervertido del sin rostro, a sus hijos bastardos amantes de la miseria. Tiene que existir —escupo hacia arriba sin que me caiga en la cara— un astro con más intestinos, arterias y ventrículos que el perro de mi vecino. ¡Ah, mi negra esperma derramándose en los muslos del silencio! El hambre del hombre, sin mayores profecías que el tiempo, es el que posee siete cabezas con siete gritos fosforescentes. Me cansa ensimismarme en el vómito de mi fiebre, castrarme el alma con los vidrios afilados del espejo roto e inmolarme, como lo hace el insecto cuando la púrpura lámpara lo atrae, en la luz artificial de la locura. Maldito puente.

Maldito puente el que, tatuado y relleno de tierra, va del polvo al polvo. A veces, cuando la noche entra a mi casa, un incendio de grandes proporciones se apodera de sus luces: ahí sus quemados fusibles, sus sangrientas ventanas, sus erosionados jardines, sus patios ensombrecidos, sus cielos falsos negros, adormecidos y embotados. Entre una y otra orilla, un parpadeo. Entre la casa y el sol, un puente. Y tú, lector de espejismos, estás en esa blanca sala de espera atiborrada de juguetes, sexo y oraciones. Estás tirando a la basura tus sonrisas, desperdiciando —mientras la nada llamea en las calles— el parpadeo que el puente utiliza mientras, bajo sus podridas maderas, corre el agua nocturna con todas sus imágenes. Tiene que existir entonces, otro estadio, otra naturaleza dispuesta a tragarnos y, en su bello infierno de despojos, llevarnos a su útero de nubes, a sus dunas de miel. Tengo que masticar este segundo. Mientras tanto, con todas las posibilidades de la imaginación, del buen humor y la locura, voy consumiendo, quemando mis signos vitales, mis fusibles. Y vestido de extranjero cruzo el mundo, y extranjero y mundo soy yo. Maldito disfraz. Maldito puente.

 


ALFONSO FAJARDO (San Salvador, 1975). Poeta salvadoreño y abogado especialista en derechos de autor. En poesía, obtuvo el título de Gran Maestre en los Juegos Florales de El Salvador en 2000, y el LXV Premio Hispanoamericano en los Juegos Florales de Quezaltenango, Guatemala, 2002. Ha publicado: Novísima antología (Mazatli, 1999); La danza de los días (Lis, 2001); Los fusibles fosforescentes (DPI, 2013); y Negro (Laberinto, 2013).

Los poemas y la fotografía son reproducidos con la autorización del autor.