Alberto Sánchez Argüello: “Apuntes sobre el microrrelato” (ensayo)

El microrrelato es un cuento, pero es tan breve, que no necesita más que una página o un párrafo o, quizás, incluso, nada más que una oración, para poder ser todo lo que necesita ser para llamarse cuento. ¿Cómo es posible? ¿Qué hay del desarrollo de los personajes, la fábula o la trama? ¿Acaso es el microrrelato un género distinto? En este ejercicio de síntesis, los “Apuntes sobre el microrrelato: un acercamiento a un género narrativo volátil”[1], el narrador e ilustrador nicaragüense Alberto Sánchez Argüello realiza una indagación personal entre la literatura académica sobre esta forma literaria tan esquiva, en busca de su mejor definición.

Alberto Sánchez Argüello
La Zebra |
#3 | Marzo 1, 2016

“Vendo zapatos de bebé, sin usar”.
Ernest Hemingway

Corría el mes de agosto del año 2011 y las ideas pujaban por encarnarse de alguna manera en ese recorrido lánguido que separa a Sebaco de Managua. Ya me sabía de memoria cada kilómetro por mi trabajo de supervisión en un proyecto de formación profesional en Matagalpa y Estelí. Normalmente combatía el viaje con buenas lecturas, pero se me antojaba hacer algo distinto, así que tomé sin demasiada convicción el Smartphone que me acaban de entregar y me inventé pequeños textos narrativos para postearlos directamente como estados de Facebook, así nacieron los hiperbreves.

Aquel nombre sirvió para aglutinar un conjunto de textos que durante los siguientes meses fui compartiendo desde mi cuenta en Facebook, para luego ser cribados, editados y publicados en pequeñas series en mi blog “El santuario de las ideas”. Lo que comenzó como un pasatiempo de caminos, se convirtió en un experimento de largo aliento que me llevó más adelante a escribir otras brevedades en ciento cuarenta caracteres desde mi cuenta de Twitter @7tojil y eventualmente compilar antologías en formato PDF para compartir desde los espacios virtuales.

Tardé más de un año en descubrir que no estaba solo, que muchas otras personas, hombres y mujeres en diferentes latitudes, ya habían experimentado con textos narrativos breves y que incluso existían teóricos que habían dedicado ensayos, libros e investigaciones al tema.

Mi primer encuentro virtual fue con Alberto Chimal y José Luis Zarate, ambos mexicanos y con cuentas en Twitter y Facebook, desde las cuales comparten todo tipo de textos narrativos. Más adelante tuve el placer de descubrir a Ana María Shua, Andrés Newman, Fernando Iwasaki, Patricia Esteban Erles y Solange Rodríguez Pappe, entre muchos otros autores y autoras.

Descubrí que existía toda una comunidad de autores(as), teóricos, blogs, publicaciones y editoriales que apostaban a cultivar, estudiar y divulgar esos textos breves que reciben muchos nombres.

¿Y cómo se llaman?

En una de esas tantas veces en que me lleno los ojos con los libros de Literato, me topé con una “Antología del minicuento nicaragüense” de Edgard Escobar Barba, publicada por Horizontes de Palabras en el 2005. El hallazgo se dio en perfecta sincronía con mi búsqueda de respuestas acerca de los textos breves.

El libro contenía referencias a Violeta Rojo, lo que naturalmente me llevó a buscarla con el feliz resultado de encontrar su “Breve manual (ampliado) para reconocer minicuentos” publicado por la editorial Equinoccio en Venezuela en el año 2009 (disponible para descarga gratuita online).

Violeta Rojo se doctoró en Letras en la Universidad Simón Bolívar, Caracas, con una tesis sobre la literatura autorreferencial venezolana en los siglos XIX y XX. En la misma universidad realizó la Maestría Literatura Latinoamericana con una tesis sobre teoría del minicuento.

Como ya se puede ver, ella ha apostado por el término “minicuento” para dar cuenta de los textos narrativos breves. Por su lado Lauro Zavala, profesor en la Universidad Autónoma Metropolitana de Xochimilco y miembro de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC), en el área de Humanidades, se refiere a estas brevedades como minificción.

Llegado a este punto yo estaba ansioso por compartir con otras personas el gusto por los minicuentos/minificciones, y se me ocurrió montar una lectura colectiva, a ver si así descubría a alguien más que estuviese en esta misma frecuencia creativa. Y confieso que mi truco para evitarme problemas con lo del nombre —sobre todo porque no sabía si todas las personas aportarían textos breves de naturaleza narrativa— fue usar el término mucho más inclusivo de microliteratura, que abarca desde los haikus, pasando por aforismos y bestiarios, hasta los microrrelatos.

¿Microrrelatos?

En el año dos mil doce yo me encontraba al borde del fin de mi contrato y la incertidumbre laboral me motivaba a escribir rabiosamente microliteratura, tanto así que produje en serie varias antologías virtuales y eventualmente cree el sello editorial de PARAFERNALIA ediciones digitales cuya primera publicación fue una antología de microrrelatos de Hanzel Lacayo.

Para Dolores Koch, doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Nueva York (CUNY) existe una diferencia entre los minicuentos y los microrrelatos:

“Aunque se han publicado varios estudios sobre el minicuento, ninguno parece ofrecer razones convincentes que desmientan el hecho de que el minicuento se adhiere generalmente a las convenciones del cuento como lo definieran Poe, Quiroga y Cortázar, cuya extensión nunca ha sido realmente delimitada. Hay cuentos largos, medianos, cortos y, por lo tanto, también minicuentos. Debo aclarar que no todas las minificciones son minicuentos o micro-relatos. Hay otras formas, algunas intermedias, y hay micro-relatos y fragmentos relacionados, articulados en una obra mayor como en la novela fragmentada. Y aunque las minificciones sean muy breves, esto no significa que carezcan de envergadura A otras formas muy breves como, por ejemplo, el haiku, se les ha atribuido calidad literaria sin discusión.”[2]

Antes de avanzar en los porqués de esta diferencia, conviene parar un poco en el atributo principal que normalmente consideramos a la hora de diferenciar los textos breves narrativos, llámense minicuentos o minificciones, de otro tipo de textos como cuentos y novelas: la extensión.

Sobre esta línea tampoco existe un acuerdo universal, pero como a uno le toca escoger en esta vida, yo me adhiero a lo que plantea Lauro Zavala:

“La minificción es la narrativa que cabe en el espacio de una página.”[3]

Sin embargo la extensión por sí misma no puede —ni debe— ser el único criterio para identificarlos. De acuerdo a Violeta Rojo existen al menos cinco características que los convierten en un género aparte:

  1. Son muy breves, no llegan por lo común a las dos páginas impresas, aunque lo más frecuente es que tengan una sola página.
  2. Pueden o no tener un argumento definido. Cuando no lo tienen es porque el argumento está implícito y necesita de la intervención del lector para completarse.
  3. Suelen poseer lo que se llama “estructura proteica”, esto es, pueden participar de las características del ensayo, de la poesía, del cuento más tradicional y de una gran cantidad de otras formas literarias: reflexiones sobre la literatura y el lenguaje, recuerdos, anécdotas, listas de lugares comunes, de términos para designar un objeto, fragmentos biográficos, fábulas, palíndromos, definiciones a la manera del diccionario, reconstrucciones falsas de la mitología griega, instrucciones, descripciones geográficas desde puntos de vista no tradicionales, reseñas de falsos inventos y poemas en prosa, por no dar más que algunos ejemplos.
  4. Exhiben un cuidado extremo en el lenguaje. Al tener que utilizar un número escaso de palabras, describir situaciones rápidamente, definir situaciones en pocas pero justas pinceladas, el escritor debe utilizar las palabras exactas, precisas, que signifiquen exactamente lo que se quiere decir.
  5. Es común en ellos el uso de los “cuadros”, según la terminología de Eco (1981) o “marcos de conocimiento”, según la conceptuación de Van Dijk (1980). Debido a la brevedad del espacio y a la condensación de la anécdota, el autor debe encontrar un tema conocido, o dar referencias comunes para no tener que explicar situaciones ni ubicar largamente al lector. En los minicuentos es común el uso de la intertextualidad y, en menor medida, de la metaliterariedad.

Por mi lado yo también fui encontrando diferencias a la hora de escribir textos como estados de Facebook —normalmente menos de una cuartilla— y textos de ciento cuarenta caracteres desde mi cuenta de Twitter. Los primeros demandaban poca descripción de personajes y lugares, me obligaban a centrarme en las situaciones y cuidar la distancia entre el desarrollo y el desenlace, que normalmente era una epifanía que resignificaba el texto. Pero desde twitter la situación se volvía más desesperada: los personajes a veces ni nombre podían tener por la despiadada economía verbal, no se podía dar tiempo a describir prácticamente nada y por ende la elipsis era la reina en ese ecosistema virtual.

Por eso coincidí con la Dra. Koch cuando encontré sus ensayos sobre los microrrelatos y su diferencia con el minicuento:

“A través de la historia, el cuento ha sido la narrativa más elemental, cuyo origen oral tradicional le permite pasearse de una cultura a otra, de un idioma a otro, de un siglo a otro. Cada época lo colorea según su visión del mundo y lo arma de los recursos literarios en boga. Pero su estructura básica no ha cambiado.

Un problema a resolver es comprobar si la estructura del minicuento sigue o no las pautas establecidas por el cuento. Otro asunto a dilucidar es la diferencia entre cuento y relato. Esto es necesario si queremos decantar el cuento del llamado micro-relato. Por breve que sea, el minicuento consta, al igual que el cuento, de una exposición o introducción, un nudo o situación conflictiva, y una acción o suceso concreto que constituye el desenlace. Debido a los recursos estilísticos empleados para lograr la brevedad, algunas de estas etapas sólo se sugieren. La exposición nos dará una idea de la ubicación del narrador o del personaje, esto es, su identidad, localidad y tiempo histórico. El nudo o conflicto apuntará a su situación o disyuntiva, y el desenlace resolverá esa situación por medio de un suceso o acción concreta.

Tanto el minicuento como el micro-relato son minificciones y en consecuencia característica más notable, la brevedad, no nos sirve para diferenciarlos. Y está bien que así sea, según Gabriel Jiménez Emán, excelente autor de micro-relatos: …es su intensidad, no la poca extensión de su desarrollo: es por ello que prescindo siempre del término corto para aludir a su precisión. Lo que importa, entonces, no es su carácter escueto sino la eficacia de su síntesis (1980/81:26). La brevedad es superficial comparada con la intensidad necesaria. Cristina Peri-Rossi comenta: “La función de un relato es agotar, por intensidad, una situación” (1997:76). Es la intensidad la que se distingue en el micro-relato.”[4]

El microrrelato es entonces el ejemplo paradigmático del efecto iceberg de Hemingway, al que se llega principalmente a través del recurso de la elipsis.

Eso mismo había aprendido con la construcción de textos desde twitter: uno podía elaborar escritos que a modo de fractales contuviesen en un fragmento una ventana a un universo narrativo que iba más allá de lo escrito.

El microrrelato no impacta por lo que dice, sino por lo que no dice, por lo que estimula en el lector, generando una relación de co creación entre autor(a)/lector(a).

Evidentemente deben existir ciertas condiciones y calidades literarias que delimiten el texto para evitar convertirlo en un mero aforismo, chiste o enigma tramposo (que podría llevarnos a cualquier lugar o a ninguno).

Esto significa que el universo narrativo que se esconde debajo del microrrelato, ya sea antes, durante o después de la situación que nos presenta, existe en algún lugar, necesariamente en la mente del autor(a) y es sólo un fragmento, aquel fragmento que recoge las pistas necesarias para estimular el pensamiento inductivo/deductivo del lector(a) el que será manifestado en forma de palabras.

Voy cerrando…

Con sorpresa descubrí que Irene Andrés Suárez en su “Antología del microrrelato español (1906-2011) publicada por Cátedra en el año 2012, menciona a Rubén Darío como el precursor del género y Clara Obligado incluye “La col” de Darío en su Antología de relatos hiperbreves “Por favor, sea breve” publicada por páginas de espuma en el año 2001.

Pero es sabido que Nicaragua ha tenido autores que han cultivado estos textos, estando a la cabeza de la lista Juan Aburto con su colección de cuentos “El Convivio” de 1972 —que incluye minicuentos— y Michele Naljis con su maravilloso experimento microliterario “Ars combinatoria” publicada por la editorial Nueva Nicaragua en 1988.

Ahora puedo decir que normalmente escribo minicuentos, textos microliterarios y ocasionalmente se me escapa algún microrrelato, sobre todo en forma de microseries —otra cosa que aprendí de Chimal y Zarate—.

Sin embargo la búsqueda no termina, la microliteratura y el microrrelato en particular requieren mucho cuidado y ejercicio, eso sí, advierto que son altamente adictivos, por ende los recomiendo sin moderación.


NOTAS

[1] Publicado originalmente en la revista Hilo Azul, Año V N° 9 Invierno 2014 y la Revista Plesiosaurio, Año VII, Nº 7, Vol. 1. Lima, diciembre de 2014.

[2] Koch, Dolores M. “Diez recursos para lograr la brevedad en el micro-relato”, 2010.

[3] Zavala, Lauro. “Seis problemas para la minificción, un género del tercer milenio”, 2010.

[4] Koch, Dolores M. “Retorno al micro-relato: algunas consideraciones”, El cuento en red / Revista electrónica de teoría de la ficción breve.


alberto_sanchez_arguello-por_gabriela_montiel.jpgALBERTO SÁNCHEZ ARGÜELLO (Managua, 14 de enero de 1976) es un escritor nicaragüense de cuentos y microcuentos, además de ilustrador, psicólogo, promotor de procesos de cambio y liderazgo. En 2012 creó su propio sello editorial digital con el nombre de Parafernalia Ediciones Digitales.

La imagen que encabeza el ensayo es un microcuento escrito e ilustrado por Alberto Sánchez Argüello, “Unicornio Azul”, fuente: http://asailustrador.blogspot.com/
Retrato del autor: Gabriela Montiel.