Claudia Meyer: “Marina sinestesia” (poesía)

Una selección de poemas del nuevo libro de la escritora salvadoreña Claudia Meyer: Estación del frío. Acompañados de fotografías de la autora.

Claudia Meyer – poemas y fotografías
La Zebra | #4 | Abril 1, 2016

Introducción

El nuevo libro de poesía de Claudia Meyer, Estación del frío (Índole Editores, San Salvador, 2015), es en realidad dos poemarios: “Faenas hiperbólicas” y “Marina sinestesia”. Ambos podrían haberse llamado por la primera palabra de sus títulos —“Faenas” o “Marina” (es decir, del mar)—, pero la autora se inclina hacia la abstracción literaria, quizás porque sus libros se organizan como construcciones de orden simbólico: los trabajos y los días de los héroes mitológicos en el primero de ellos; el mar como espacio de viajes, de aventuras y naufragios en el segundo. Lo íntimo y lo personal desaparecen de la superficie del poema, arrastrados por un lenguaje de inusual serenidad e inteligencia, que construye imágenes con analogías inesperadas y que abren, a su vez, indagaciones más profundas. Al decir “Un dolor magno es una pupila que siente su propio alumbramiento”, pensaríamos que el poema podría ser un examen del dolor, pero no: es sobre las revelaciones que nos ofrece el dolor, sobre el “alumbramiento” que nos permite ver y comprender lo que dio origen a esa ruptura de vida y lo que está más allá de sus consecuencias: “No sólo el azul y las desdichas amo, / sino los propósitos que cavan sin tregua su propia sepultura: / amo la embriaguez de la tristeza, / la delicia del dolor ante todo lo que amanece.” Como lo demuestran estos poemas seleccionados de “Marina sinestesia”, lo personal y lo íntimo está ahí, latente, entre los versos, y constituye, sin duda, el punto de origen de estos poemas, en los que se intuye cuán furtivas son las emociones ante la vastedad de la historia y de los mares; pero también, cuán significativas son esas emociones, moviendo las agujas del corazón como en una brújula, para entender el trayecto humano por esas grandes vastedades.

Jorge Ávalos

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Poemas de Claudia Meyer

No está perdido lo que no encuentra puerto

No está perdido lo que no encuentra puerto
ni a la deriva una barca que extravía su muelle.
Hay viajes cuyo destino es el recorrido, no un espejismo en el horizonte.
Y se vive viento, niebla, mareas cuyo propósito es ir y venir,
olas donde la brújula sonríe con su boca náutica.
Este viaje nos llena manos y ojos de nosotros mismos:
vamos de forasteros e inmigrantes ilícitos
dejando estelas de ausencias y amares a mares.

Un dolor magno es una pupila

Un dolor magno es una pupila que siente su propio alumbramiento,
puede verse, incrédula, presta,
como el carmín de la boca que aborrece de otras conquistas.
Alfanjes por besos. El vacío por el trópico de dos tactos seduciéndose.
Lágrima o la noche mísera, un pensamiento tocado por compases distantes.
La marea busca a gritos lo tangible de su roce,
en la espera guarnecida por la opresión.
El ancho pecho permite el pálpito de la vida indefensa,
la tiranía de la piel que se estremece.
No sólo el azul y las desdichas amo,
sino los propósitos que cavan sin tregua su propia sepultura:
amo la embriaguez de la tristeza,
la delicia del dolor ante todo lo que amanece.

Era una boca

Era una boca en su primer cruzada,
rojo miedo que trepidaba en la vena,
rauda vida que ignoró que no existe el olvido.
Era un ojo pardo, incrédulo, perdido en una noche de espuma.
Un sueño a paisajes poblado de negros cabellos.
Pálpito que medita sobre su herida frente al espejo.
Era frágil, era humano.

Yo te amé como nunca

Yo te amé como nunca. Viví tus ojos de pájaro salvaje,
tu desnudo de sombra cálida.
Tu nombre era aire que llenaba el silencio, eras carne,
delicado enjambre de vida detonando en mi crepúsculo,
catarata de alegría entre mis manos.
Eras tibia mirada que recogía las caricias esparcidas por las habitaciones.
Contigo era posible la luz, el torrente de luceros fluyendo por las venas,
como el brazo de espuma que navegaba entre las sábanas cada mañana.

La vida se aprecia

La vida se aprecia por los sentidos.
Es la estación del frío.
Percibo ahora la vida por los matices de la omisión.

Necesito un oleaje

…mi única patria, la mar.
José de Espronceda

Necesito un oleaje donde enterrar un sentimiento furtivo.
Una ola de música sonrojada que deje escribirse un silencio.
Ahora soy de nuevo agua: salobre alegría tatuada sobre tu beso.
Calla de pronto el azul líquido: se pobló de soledad
y pasea su lengua marina entre los huesos.
Preciso de una ola donde rasgar una infancia caduca.
Una ola turbulenta que deje arrullarse una nostalgia.
Para viajar este mar no necesita marea, avanza sigiloso trazando caricias azules,
besando la espuma en un infinito compás de espera.
Ahora deseo dormir, pero se crispa el sueño como dolor enroscado,
se lo devora la arena mientras lapida los híbridos gestos de tu ausencia.

Necesito una ola que desee mecerse sobre tu aroma.
Una ola que añore el zarpazo de tu evocación.
Entre el mar y cielo la noche fue oprimiendo la playa,
divisando un quejido de memoria y el presente latido de un sentimiento.
Súbitamente esto soy ante tu color de puerto:
palabra náufraga que persigue el solitario ocaso de tu recuerdo.

Retorno a este mar al crepúsculo de una fábula.
Mi sombra se detiene sobre su espuma
y se posa en la arena sumida en un yodado letargo.
Mi corazón gotea caracolas de melancolía:
agoniza sobre la sábana líquida del océano.

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claudia_meyer.jpgCLAUDIA MEYER (San Salvador, 1980). Mercadóloga, gestora cultural, editora, poeta y articulista. Su poesía aparece en varias antologías. En El Salvador recibió la distinción de Gran Maestre por haber ganado tres premios nacionales de poesía en los Juegos Florales. Estación del frío (Índole Editores, 2015) es su primer libro publicado.