Jorge Ávalos: “La belleza” (editorial)

Las artes son espejo y expresión de la diversidad. Una identidad nacional es fluida, adaptable, integradora, múltiple y destinada a la evolución social. No hay una belleza, hay muchas.

Jorge Ávalos
La Zebra | #4 | Abril 1, 2016

Creemos saber qué es lo bello porque lo reconocemos fácilmente, intuitivamente, por su apariencia. En realidad, sólo comprendemos el propósito de la belleza cuando superamos las trampas de las apariencias. No quiero decir con esto que trascendemos la apariencia de las cosas, aun cuando esto sea posible. Lo que me interesa aquí es el descubrimiento de que no sólo amamos lo que es bello a nuestros ojos: también le asignamos la categoría de lo bello a lo que amamos.

Hay un dibujo del artista español Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) que ilustra mi punto. Es un retrato de una mujer y de su niño, un bebé que se divierte jugando con las barbas de su madre. Así es: con las “barbas” de su madre. El dibujo en cuestión es el retrato de una mujer barbuda con su hijo. El niño, un bebé todavía, no conoce diferencias ni jerarquías sociales; las categorías de lo bello o de lo monstruoso aún no existen en su conciencia. Frente a él, sólo está su madre: ella es la mujer que lo ama y lo alimenta, que lo mima y lo reconoce como suyo. Su vida y la de él, en esta etapa, son una sola.

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Esa mujer barbuda que Goya retrató con tanta gracia realmente existió. Su nombre fue Magdalena Ventura. Al pie de su dibujo, Goya escribió este dato: “Esta mujer fue retratada en Nápoles por José Ribera o el Españoleto, por los años de 1640”. En efecto, más de un siglo antes, en 1631, la retrató Ribera (1591-1652). Esto significa que el dibujo de Goya, aunque inspirado en la realidad, es una obra de la imaginación y, como tal, busca decirnos algo acerca de la mujer retratada que no nos dice el cuadro original del Españoleto.

El dibujo de Goya no es sobre la rara condición de Magdalena, no es sobre lo que la hace diferente de los demás: es sobre la humanidad que su hijo reconoce en ella. Es un dibujo sobre el amor. El amor transforma las apariencias: hechiza con significados íntimos; le otorga valor a lo que nos es entrañable; y le confiere atractivo a quienes vemos como un espejo de nuestros deseos más profundos. El amor crea belleza.

Esta belleza creada a partir de lo que conocemos tan bien, de lo que es bello a nuestros ojos, es mucho más que apariencia: son los signos que nos dan acceso a la verdad de lo que somos, a la esencia de nuestra identidad. Y la identidad, vista así, no descalifica nada. No existe una identidad fija ni tampoco es posible prescribir una serie de rasgos físicos, lingüísticos o culturales que, asumidos de forma sistemática, conformen un modelo nacional.

Una identidad local, relacionada al territorio en que vivimos, a la lengua que nos ayuda a enriquecer y a articular nuestra experiencia de vida, a la comida que nos nutre, a las costumbres que nos identifican con un grupo humano con el que compartimos historia y con el que construimos nuestro sentido de comunidad, es —por una ineludible necesidad biológica— una identidad fluida, adaptable, integradora, múltiple y destinada a la evolución social. En contraste, el nacionalismo busca la fijeza de la belleza, el culto a una imagen inamovible del ser. El nacionalismo es un fantasía violenta por naturaleza, discriminatoria por definición y restringida en su alcance por los límites tan restrictivos de su concepto.

El amor transforma las apariencias: hechiza con significados íntimos; le otorga valor a lo que nos es entrañable; y le confiere atractivo a quienes vemos como un espejo de nuestros deseos más profundos. El amor crea belleza.

Un artista no puede y, a mi manera de ver, no debería intentar construir falsedades. Si nuestro oficio es el de las ficciones —narrativas, poéticas, escénicas o de cualquier otro género—, nuestro deber es el de crear obras que nos develen o nos aproximen a la verdad, que nos permitan explorar la verdad y comprender o cuestionarnos qué somos en realidad, de qué estamos hechos. La paradoja de la ficción artística y literaria —esa “verdad de las mentiras” a la que se refieren tan a menudo Mario Vargas Llosa o Sergio Ramírez— radica en que su verdadero valor está en evidenciar nuestra humanidad, en explorar con los poderes de la imaginación lo que significa ser humano.

Ser humano es estar presente en el mundo por medio de la verdad y de la inclusión en nuestras vidas de todo lo que el universo, la naturaleza y la humanidad nos ofrecen. Es una exigencia de mutualidad y correspondencia con las fuerzas y corrientes vivas a las cuales pertenecemos. Esto, que es la manifestación viva del amor —en contraposición al poder y la dominación, que es el sueño del nacionalismo—, es lo que permite que perdure y fructifique la humanidad.

 


jorge_avalosJORGE ÁVALOS es un escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014. Sitio oficial:

Imaginador: jorgeavalos.com

Fotografía de Jorge Ávalos – Atardecer en Morazán.