Silvia Trujillo: “Legado inútil” (crítica : teatro)

El drama Legado inútil, creado y puesto en escena bajo la dirección de Patricia Orantes, en el Laboratorio Teatral de Artes Landívar de Guatemala, es “una apuesta teatral para (re)pensarnos”.

Silvia Trujillo
Fotografías de Carlos Bernardo Euler
La Zebra | #4 | Abril 1, 2016

Legado Inútil es una creación colectiva del Laboratorio Teatral de Artes Landívar, con la acertada y muy particular dirección de Patricia Orantes. Al verla podría decirse que es una obra sobre la “típica familia guatemalteca, mestiza, de clase media” y, con eso, sintetizar el contenido. Pero se caería en una reducción que no ahonda en lo profundo del planteamiento. Por tanto, una definición más completa, debería incluir al menos tres elementos: es una pieza sobre la biografía, la historia y la memoria; explorada desde las miserias y esperanzas de una familia de clase media; y en la Guatemala del terrorismo de estado de los años ochenta.

Legado inútil es una propuesta estética que, desde la mezcla del juego dramatúrgico y la ficción, logra una mirada profunda y crítica de la historia de Guatemala, que invita a pensarnos, a tratar de entender nuestro presente siempre convulso y, a veces, más esperanzador que otras.

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Herbert Meneses y Alfredo Porras Smith.

En ese sentido, la primera cuestión importante a señalar de la propuesta es el manejo de los tiempos. Si bien es cierto que la trama está centrada a inicios de los años ochenta y todo transcurre en el ensimismamiento de la sala de la casa donde lo que queda de una familia se reúne, luego de enterrar a su patriarca, hay un diálogo permanente con el pasado, donde se nos invita a viajar por los intersticios de la historia familiar y centrar la atención en los legados que transitan de una generación a otra. Incluso, aquellos que llegan hasta hoy.

Si esta familia disgregada es la metáfora para tratar de descifrar el país, es evidente que las memorias que preferimos legar aún son un territorio en disputa.

Una sociedad presente

Otro de los planteamientos novedosos que abona a la singularidad de la pieza es el manejo del contexto porque, aunque los hechos se suscitan en los escasos metros de una sala, hay un diálogo permanente con el afuera, con el contexto sociopolítico que, si bien no aparece directamente, es omnipresente, es un personaje más que obliga a los de adentro a posicionarse de un lado o del otro, en defensa de la vida o de la muerte, en el pasado o en el presente. De forma tal que, aunque en escena no aparecen directamente el genocidio y la tierra arrasada, los fusilamientos y las desapariciones, se cuelan en la historia familiar, como si esta familia incompleta del adentro encontrara su correlato con el afuera en guerra, también desmembrado, herido, desaparecido.

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Amanda Samayoa y Mariam Arenas.

Jalando de esta hebra podría encontrarse una de las claves para entender(nos) en este presente: fragmentados, divididos ideológica y políticamente, sin poder resolver el conflicto de las muertes que nos preceden, de los duelos que no se han hecho, de los horrores que no hemos nombrado. Si esta familia disgregada es la metáfora para tratar de descifrar el país, es evidente que las memorias que preferimos legar aún son un territorio en disputa.

Por momentos, cada uno de los personajes, encarna ideas de país —el patriarca, el militar, el empresario, las luchadoras, las memoriosas, las que no olvidan—, como una especie de prisma desde el cual se nos aparecen las distintas miradas, las distintas realidades, los distintos universos individuales desde donde algunos diálogos se dificultan o son imposibles, donde la presencia del “otro” a veces se tolera, a veces se critica y muchas veces se niega.

Esto nos introduce en otro de los aciertos de la propuesta, otra de las hebras de las que se podría jalar: ¿Qué significa ser mestizos en Guatemala? Porque los personajes lo son, desde esa identidad se piensan, se construyen y presentan sus luchas, se entrelazan con el pasado y se proyectan al futuro. Pero ese también es un debate pendiente. Como el de esta familia, que se niega a perder los privilegios, heredados de un pasado que aún no se redime.

Dos generaciones de actores

legado-inutil-05En término de las actuaciones de Alfredo Porras Smith, Herbert Meneses, Mariam Arenas y Amanda Samayoa, es válido resaltar que son pulcras, magistrales. La madurez artística de los primeros con la precisión y repertorio corporal de las segundas ha dado lugar a una propuesta muy interesante. Ha sido una búsqueda y un gran acierto el hecho de colocar dos generaciones distantes en el escenario.

Patricia Orantes afirmó que fue un hecho premeditado “porque una de las herencias de la guerra interna han sido justamente los baches generacionales, la gente que nos falta, la información que no se ha logrado trasladar, la separación entre una generación y las otras”.

Por eso se asumió la decisión de reunir a este grupo de actrices y actores. Ese diálogo que se provocó y el trabajo conjunto han rendido sus frutos.

“El encuentro ha sido maravilloso”, remata.

Y eso queda claro en el escenario, hay buena comunicación, acciones precisas y armonía escénica.

Aportes artísticos cruciales

legado-inutil-06Los textos, surgidos de una investigación que partió de vivencias y anécdotas de la propia historia de todos los artistas involucrados, fueron luego sintetizados, entrelazados y escritos magistralmente por Margarita Kénefic, para dar lugar a una dramaturgia poderosísima, no lineal, profunda, maravillosa.

A nivel de diseño escenográfico es evidente el excelente trabajo de Cecilia Porras Sáenz y la iluminación de Daniela Gonzáles. En términos de distribución espacial, un acierto fundamental es el involucramiento de quienes asistimos en calidad de espectadores, ya que nos transformamos en invitados a la sala de la familia, y esa intimidad que se logra con los personajes interpela, aguijonea, duele. Porque se está hablando de una familia particular, pero con la cual se comparte historia y memoria, de forma tal que es su historia y la nuestra a la vez.

Nuestro mayor tesoro

En la escena final, una de las mujeres de la familia, la más joven, la que asumió riegos desafiando la comodidad de su clase social y su identidad étnica se despide de la otra, de quien sólo queda su fantasma, respondiéndole que cuando ya no queda otra cosa, nuestro mayor tesoro es la memoria y hay una apuesta importante a identificar ese legado particular en las mujeres que luchan.

Legado Inútil es una pieza de esas que abre interrogantes, que deja en silencio a quienes asistimos a verla porque nos confronta con nosotros mismos, nuestros prejuicios y nuestros silencios, nos hace reflexionar sobre los diálogos que nos faltan y las heridas que no hemos logrado sanar.

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Ficha técnica de Legado inútil

  • Dirección: Patricia Orantes
  • Asistencia de Dirección: Mariam Arenas
  • Elenco: Alfredo Porras Smith, Herbert Meneses, Miriam Arenas y Amanda Samayoa
  • Dramaturgia: Margarita Kénefic, a partir de un trabajo de creación colectiva
  • Diseño de luces: Daniela González
  • Escenografía y vestuario: Cecilia Porras Sáenz
  • Costurera: Beatriz González Leche
  • Colaboración en el montaje de la tormenta: Vanesa Rivera
  • Colaboración en la producción y realización escenográfica: Ángel Romero
  • Diseño gráfico y fotos: Michelle de León
  • Género: Drama
  • Producción: Laboratorio Teatral de Artes Landívar de Guatemala
  • Música: Fragmentos de Peer Gynt, Edvard Grieg; Little Brown Sugar, Glenn Miller; Cuarteto de cuerdas en Re menor, Jean Sibelius; Plaisir d’amour, tradicional, versión de Joan Baez; Sinfonía 100, Joseph Haydn.

 


SILVIA TRUJILLO es socióloga, investigadora y gestora cultural. Este artículo apareció publicado originalmente en el periódico La Hora de Guatemala, el 11 de septiembre de 2015, a raíz de las presentaciones de Legado inútil en el Teatro de Artes Landívar y en el Teatro de Arte Universitario de Guatemala. Esta crítica se reproduce en ocasión del estreno y las presentaciones de Legado inútil en el Teatro Luis Poma de San Salvador del 17 al 20 de marzo de 2016.