Alfonso Kijadurías:HELECHOS de Rolando Costa” (crítica)

Una nueva apreciación de Helechos, un libro que ha perdurado como una de las más significativas aportaciones de la poesía salvadoreña.

Alfonso Kijadurías
La Zebra | 
#6 | Junio 1, 2016

Hace aproximadamente cuarenta años, los entonces poetas jóvenes, fuimos deslumbrados por la aparición de Helechos, publicado en ese entonces por la Dirección General de Publicaciones, dirigida por el poeta y pintor Roberto Monterrosa. Hoy, nuevamente reimpreso por Ediciones El Venado Blanco, que incluye además la serie de poemas bajo el título Aguador, confirma la excelencia poética de ese gran solitario de nombre Rolando Costa. La poesía, la verdadera poesía que no desciende a la copia burda de la realidad sino que busca a través de la reflexión interpretarla y trascenderla, está destinada, como es el caso de Helechos, a perpetuarse en el tiempo y el espacio que ocupan las obras de autores que, alejados de todas las recetas dogmáticas y acartonadas, incursionan, no sin dificultad (sólo lo difícil es estimulante) en territorios nunca antes explorados.

Rolando Costa ha hecho del rigor su mejor aliado, el lema de Rimbaud de que toda poesía se sustenta en el silencio es llevada en Helechos a su mejor definición. El poeta ha creado en ese sentido un lenguaje singular y diverso, hermético si se quiere, pero en todo caso despojado de marullerías y estereotipos ideológicos, de chistes de cervecería o gritos cuartelarios. Entrar a las páginas de Helechos es entrar al taller del alquimista; cada palabra ha transitado por la llama de la experiencia, hasta lograr ese resplandor único que, en lugar de cegarnos, ilumina, guía a otras regiones donde la imaginación se desborda en un afán de acercarnos a los misterios del espíritu humano, y nos hace partícipes de los dones de la naturaleza.

En Helechos, la conciencia del poeta es la conciencia de la naturaleza, hombres, árboles, animales piedras e insectos hablan a través de las palabras del poeta. El poeta deja que el objeto del poema hable con autonomía. De esa manera, con animosa intuición poética, Rolando Costa ha sabido salvar el abismo que separa la materia real perecedera y contingente de la criatura de arte, eterna y absoluta.

“Los poetas saben esconder la profundidad en la superficie”, decía Hofmannsthal, “disimular los abismos más inquietantes en la levedad de la sonrisa y lo aparentemente fútil”. La frase parecería haber sido escrita en relación a Helechos y Aguador, ya que cada texto nos eleva a insospechadas alturas para luego hacernos descender al abismo. El humor en Helechos brota sin amarguras ni reclamos ni venganzas, ya que nace del asombro frente a los absurdos de la vida diaria. Es el humor del bueno, el humor del misticismo, porque el sentido del humor sólo es posible sobre la base del misticismo. Misticismo de la palabra misterio, el que no sólo cree que existen los misterios, los mundos fuera del mundo cotidiano de los cinco sentidos, sino que lo sabe a ciencia cierta. Y precisamente por ello, por descansar su alma en la felicidad espiritual, sabe ver las imperfecciones del mundo como una alegre comedia. Debemos por eso celebrar la reedición de Helechos, la epifanía de su nueva aparición.

En Helechos, la conciencia del poeta es la conciencia de la naturaleza…

Portada de la primera edición de
Portada de la primera edición de “Helechos”, San Salvador, 1971. Dibujo de Armando Solís.

Poeta solitario, y solidario, quizás el más solitario de los poetas salvadoreños, pero al mismo tiempo coherente con los dictados de su conciencia, Rolando Costa permaneció siempre alejado de grupos, corporaciones y círculos de intelectuales que profesan —en su mayoría— la doctrina según la cual sólo existe una verdad a la que deberíamos consagrar toda nuestra vida para alcanzarla y un único cuerpo de expertos calificados para descubrirla o interpretarla; ese método puede alcanzar miles de formas, el estalinismo es una de ellas. Rolando Costa, tuvo siempre el concepto de la cultura como un todo y no una parte de ese todo, de la cultura como una pluralidad de singularidades. Par él, tal como lo revela su poesía, una cultura que resta y no suma encierra la más absurda de las contradicciones. El arcoiris se vistió de negro, cantaba el extravagante cantante de la tira cómica de Dick Tracy.

Poeta solitario, y solidario, quizás el más solitario de los poetas salvadoreños, pero al mismo tiempo coherente con los dictados de su conciencia…

La poesía de Rolando Costa es algo más de lo que he escrito dentro del marco de mis limitaciones, pero no me equivoco al percibir en ella la preocupación por cambiar la vida, volverla más humana, poniendo fin a la mezquindad y la envidia que no nos permiten ver más allá del horizonte. Jamás en estos poemas la desmesura ocupa el puesto de la sensatez, jamás la proclama demagógica ni el alarde de heroicidades de batallas ficticias. Razón no le hubiera faltado a Rolando Costa para dar cuenta de sus actos, de sus saltos de la soledad a la encrucijada de la acción. Durante los diez años que duró el conflicto armado, Rolando Costa formó parte del contingente de la Montañona, en la región de La Palma, Chalatenango, de donde volvió más solitario y pobre, pues allí, a la par de dejar diez años de su juventud, perdió por voluntad propia la última propiedad de su herencia paterna. Con esa actitud no hizo sino reafirmar que escribir significa desprenderse hasta del propio nombre, también que no estamos en la tierra prometida y que no podemos llegar nunca allí, pero sí continuar con tenacidad el camino en esa dirección, a través del desierto.


ALFONSO KIJADURÍAS (pseudónimo de Alfonso Quijada Urías, 1940), es un poeta y narrador salvadoreño. Sus principales libros de poesía son: Los estados sobrenaturales(1971); Toda razón dispersa, antología de obra publicada entre 1967-1993 (1998); Es cara musa (1997); y La certeza de la duda (2005).