Ricardo Lindo: “Castellanos Moya: el autor como moralista” (crítica)

Una reseña crítica del libro de ensayos de Horacio Castellanos Moya, Breves palabras impúdicas.

Ricardo Lindo
La Zebra | #10 | Agosto 1, 2016

Breves palabras impúdicas, un ensayo y cuatro conferencias por Horacio Castellanos Moya, Colección Revuelta, Centro Cultural de España en El Salvador, septiembre de 2010, San Salvador. 99 páginas. ISBN 978-99923-67-13-1.

 

Breves palabras impúdicas, es el más pudoroso libro de Horacio Castellanos Moya, o el menos impúdico, hasta donde se me alcanza. Es, asimismo, el más breve. No encontraremos aquí palabras soeces y la inmundicia humana es abordada desde la reflexión, lo cual mitiga un tanto los negros trazos, y apenas hay atisbos de su salvaje sentido del humor, que hacen de una borrachera con Horacio una experiencia extraordinariamente divertida.

Hay una palabrota, es cierto, pero se trata de una cita de Juan Carlos Onetti y Castellanos Moya se disculpa antes de soltarla: “Los hijos de puta están en todos los bandos”. Se le anticipó Onetti, pero esa frase hubiera debido ser del propio Horacio, pues subyace en toda o casi toda su literatura. También en estos cinco textos. En el primero, “La guerra: un largo paréntesis”, de orden autobiográfico, cuenta como sus jóvenes compañeros poetas se involucran en la guerra del lado de la guerrilla. El paradigmático caso de Roque Dalton debió sin embargo, se dice, haberlos hecho reflexionar. Él, por su parte, optó por abandonar el país.

“Breves palabras impúdicas”, conferencia que otorga su título al volumen, es una reflexión sobre sí mismo y la escritura. Habiendo nacido en Honduras y crecido en ambos países, con parientes en ambos lados pero no con un muy firme sentido de pertenencia, el autor lo va a encontrar en la memoria, una memoria donde campean los grandes personajes y los hechos violentos. Su primer recuerdo es un bombazo ante la casa de su abuelo materno, presidente del opositor Partido Nacional hondureño. Hay otros recuerdos heredados. Su bisabuelo paterno, el general José María Rivas, fue fusilado por la dictadura de los Ezetas en 1890 y fue expuesta su cabeza empalada. Su tío Jacinto va a despedirse de Farabundo Martí “ante el paredón de fusilamiento”.

“Soy un escritor de ficciones —aclara— no un político metido a redentor”. Pero siente que se redime a sí mismo a través de sus relatos donde, de algún modo, salda cuentas con su memoria. Pero “desentrañar el mecanismo de la invención puede ser fatal” y “la purgación de la memoria puede ser sólo una excusa para ficcionar”. Su obra literaria, señala al final, es su razón de ser. En “Política, humor y ruptura”, el ensayo siguiente (pese al subtítulo del volumen se trata de cinco ensayos; las conferencias suelen serlo), habla de su relación con la novela centroamericana, su deuda con Miguel Ángel Espino, con el Dalton de “Pobrecito poeta que era yo”. Son obras que leyó en el momento preciso y no puede ya releerlas con el mismo entusiasmo. Más decisiva es su deuda con “Los compañeros” del novelista guatemalteco Marco Antonio Flores cuyo rudo humor siente más afín que la ironía de otro guatemalteco, Augusto Monterroso, a quien deja entrever sin embargo que considera superior. “Las obras que influyen en un escritor —aclara— no son necesariamente las mejores de la tradición a la que pertenece, sino aquellas que por timing y temperamento lo golpean en el momento preciso”.

En “El cadáver es el mensaje, apuntes sobre literatura y violencia”, cuenta la ruta de su decepción. Tras diez años de exilio regresa a El Salvador “con la ilusión de que como periodista podía contribuir a la construcción de una cultura de paz”. Pero las fuerzas que se habían enfrentado durante la guerra ahogan un esfuerzo periodístico independiente al cual se integra, de la violencia de la guerra se pasa a la violencia simplemente criminal, a la “democratización del crimen”; a los problemas que ya tiene el país, colmado de jóvenes que no saben sino matar y tienen ya la mente distorsionada, se suma la llegada del narcotráfico, que saca provecho de esa calificada mano de obra y el escritor, que se refugia en la ficción y saca sus temas de esa realidad cruel, se ve sobrepasado por la realidad. “La realidad se volvió más grosera, sanguinaria”. De paso, rechaza para su obra la clasificación de “literatura de la violencia”. “La literatura occidental desde sus inicios es una literatura de la violencia, como lo evidencian los poemas épicos de Homero o las tragedias de Sófocles”, señala con acierto.

En el último ensayo, “Lo político en la novela latinoamericana”, rechaza para sus obras otra etiqueta, la de “novela política”. No es político, afirma, y si la política se filtra en sus novelas es porque la ha vivido desde siempre “como una maldición”. Y se libra en seguida a una erudita discusión teórica antes de abordar las novelas que abordan lo político y lo hacen quizás más digerible y comprensible que los políticos, pero, señala, muerta la utopía comunista y perteneciendo al pasado las dictaduras militares de América Latina, esos temas se irán también al pasado, y termina diciendo que sería interesante examinar el tratamiento de lo político en los autores nacidos a partir del 70, a quienes les todo “una democracia que en la mayoría de los países sólo ha servido para aumentar la pobreza, la exclusión económica y social, la corrupción y el crimen”. La prueba es que tantos “solo quieren largarse”.

Estas exposiciones son claras, lúcidas y amenas. Pero ¿lo acompaña siempre la razón? ¿No sería lógico por ejemplo que el futuro nos deparara una extraordinaria novela sobre Fidel Castro, personaje novelesco como ninguno? Pero, más grave aún, si todos nos abandonáramos a ese escepticismo, renunciando a hacer un poco mejor, al menos, el mundo en que vivimos, este no hará sino empeorar. Mas quizás él contribuya a mejorarlo sin pretenderlo o fingiendo no pretenderlo, pues señalar las lacras es función de moralista.

 


RICARDO LINDO (San Salvador, 5 de febrero de 1947 – 23 de octubre de 2016). Poeta, narrador y ensayista salvadoreño. Obtuvo un temprano reconocimiento por su poesía, pero alcanzó celebridad con su primer libro de cuentos XXX (Equis equis equis, 1968), que con un imaginario surrealista relataba las aventuras de un agente secreto, “XXX”, el cual muere en cuatro ocasiones distintas. El libro fue seguido de otro libro de cuentos surrealistas, Rara avis in terris (incorrectamente llamado “terra” en su única edición de 1972); el título proviene de la famosa frase satírica de Juvenal (82 después de Cristo) “rara avis in terris nigroque simillima cygno” (“un pájaro raro en la tierra, algo así como un cisne negro”), y que constituye la primera alusión del autor a su condición de hombre diferente, por su orientación homosexual. No fue sino hasta el 2004, con el libro de poesía Injurias, que el autor se declaró públicamente gay y adoptó una actitud de orgullo de su identidad asumida, así como de una actividad militante ante la discriminación. Su poesía está recogida en varios libros:Jardines (ilustrada por Salvador Choussy, tres ediciones: 1981, 1983 y 2016);Las monedas bajo la lluvia (ilustrada por Salvador Choussy, 1985); El señor de la casa del tiempo (Serviprensa, 1988); Morerías de papel (ilustrado por Guillermo Grajeda Mena, Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala, 1989); Injurias y otros poemas (ilustrada por Beatriz Alcaine, La Luna, Casa y Arte, 2004); Bello amigo, atardece (Índole Editores, 2010). Es autor de varias novelas, incluyendo Tierra (Dirección de Publicaciones e Impresos, 1996) y Oro, pan y ceniza (Editorial Lis, 2001), y de varios libros de cuentos, incluyendo la antología Arca de los olvidos (Dirección de Publicaciones e Impresos, 1998). También es autor de varios ensayos sobre las artes en El Salvador.