Oswaldo Escobar Velado: “En torno a Miguel Hernández” (poesía / ensayo)

Un poema y un ensayo inéditos del poeta salvadoreño Oswaldo Escobar Velado (1918-1961) inspirados en un retrato de Miguel Hernández.

Oswaldo Escobar Velado
Fotografía de David Seymour
La Zebra | #9 | Septiembre 1, 2016

Introducción

Jorge Ávalos

Una fotografía del poeta español Miguel Hernández (1910-1942) recitando a sus compañeros soldados en medio de la guerra civil, inspiró un poema y una conferencia (nunca publicados en libro) del poeta salvadoreño Oswaldo Escobar Velado (1918-1961), uno de los más destacados e influyentes en la poesía salvadoreña de la segunda mitad del siglo XX.

Escobar Velado proyectó en sus versos la figura del poeta cantor, del poeta como acompañante de los procesos de cambio social impulsados por los sindicatos, los gremios, los trabajadores y la masa del pueblo en las fases de la revolución. Ese idealismo no siempre se manifestó de manera coherente en la práctica, pero lo movió a escribir una poesía humanista que refleja muy bien no sólo las aspiraciones revolucionarias de aquellos años, sino las más elementales demandas de igualdad, libertad y justicia.

Reunimos aquí dos textos de Escobar Velado sobre Miguel Hernández: un poema inédito, “Ya llegará, Miguel, el claro día”, y una conferencia, “En torno a Miguel Hernández”, que es una expansión en prosa del poema y la explicación de su origen.

En su conferencia Escobar Velado dice haber sido inspirado por una fotografía del poeta de Orihuela que representaba para él el ideal del poeta militante. Durante décadas esa fotografía, que se creía anónima, sólo existía en una versión recortada en forma horizontal. En años recientes se descubrió la fotografía original, tomada en 1936 por un célebre fotógrafo de guerra, David Seymour (1911-1956), cofundador de Magnum Photo. Esa es la imagen que reproducimos aquí.

Ya llegará, Miguel, el claro día

Un poema de
Oswaldo Escobar Velado

Adiós, hermanos, camaradas, amigos:
¡despedidme del sol y de los trigos!
Miguel Hernández

Los grandes poetas no tienen biografía.
Tienen destino,
y el destino no se narra…
se canta.
León Felipe

I

Vengo desde la angustia que revela
tu España traicionada.
Suave pastor de cabras de Orihuela,
dame la mano tuya constelada.

Poeta, con el fusil en la trinchera
todavía tu voz hoy nos recita
para Rosario, la dinamitera,
la capitana de la dinamita.

Imagino tus gestos: los soldados
oyéndote cantar en la batalla
bajo la madrugada… atrincherados;
aplaudido por el viento y la metralla.

Ya llegará, Miguel, el claro día
por el que tú luchaste en la trinchera.
Cuidará tus granados de poesía
tu España heroica, elemental, torera.

II

Para el pastor dormido un blanco hato de cabras
o alguna flora silvestre.
Soldado de la cárcel, su tumba no la abras.
Allí reposa y duerme un gran dolor campestre.

Enterrado muy cerca de la cárcel, amigos,
prisionera su muerte por las botas impuras,
le tiemblan a sus huesos calcinados de trigos
y banderas maduras.

Se escucha la palabra del esposo soldado.
Y me parece oírte, cercado por las balas,
decirle a Josefina, tu amor ilimitado:
“Espejo de mi carne, sustento de mis alas”.

Sólo el pueblo es el único que puede perturbar
la paz de ese reposo.
Miguel está dormido, tendrá que despertar
cuando despierte España en un día glorioso.

Mientras tanto su muerte prisionera la arranco
y me la traigo, amigos, a dejarla en América.
No es justo que repose en la cárcel de Franco
el poeta a quien el rayo dio su fuerza colérica.

Aquí tendrá de todo. Campiñas, sol y trigos.
El aire —niño libre— para el poeta que duerme;
le sobrarán amigos
para cuidar su muerte cuando su muerte enferme…

Miguel Hernández

“Entre las fotografías que se conservan de Miguel Hernández, hay una para mí, que constituye su testimonio hecho carne y espíritu, de este enorme poeta, quizá el más angustiado y el más completo de la República Española. En la fotografía se mira a Miguel, con el rostro aceitunado, de pie, con la mano derecha en alto, recitando, vistiendo un uniforme de soldado, mientras lo escuchan, fusil a las espaldas, sus compañeros de armas”.

Oswaldo Escobar Velado
sobre la fotografía de Miguel Hernández
tomada por David Seymour

En torno a Miguel Hernández

Una conferencia de
Oswaldo Escobar Velado

Dijo, León Felipe:

Los grandes poetas no tienen biografía.
Tienen destino,
y el destino no se narra…
se canta.

Es por eso que no vengo a decir, no vengo a narrar, la biografía simple o convulsionada de un pastor de cabras o de un ágil y valiente soldado.

El destino de Miguel Hernández principia en Orihuela, cerca de Murcia y Alicante, en un 30 del populoso octubre, diez años apenas de iniciado este siglo de convulsiones amargas y tremendas.

Su destino abre la iniciación de su amargura el día del levantamiento militar contra la república Española (18 de julio de 1936). Este día fue, como dice Elvio Romero: “La piedra de toque de este destino ejemplar”, y agrega: “Para su obra se marcó el instante de darse sin ambages, con la desnudez propia de quien dispara verdades esenciales como el mundo, despojado de adornos y reminiscencias, inconfundiblemente suyo como el pantalón de pana que le caracterizaba”.[1]

Así empieza el verdadero destino de Miguel Hernández, en el Quinto Regimiento del legendario Enrique Líster.[2] Al lado de la República herida crece su voz inconfundible, su Viento del pueblo[3] azota los rostros de los hombres que luchan en las trincheras de Guadalajara y de Madrid, de Valencia y Guadarrama, y fortifica sus espíritus de soldados del pueblo. Por esto, para cantar el destino asombroso de Miguel Hernández, creo, sin temor a equivocarme, que es necesario venir desde la angustia que revela su España traicionada. Y digo:

Vengo desde la angustia que revela
la España traicionada.
Suave pastor de cabras de Orihuela,
dame la mano tuya constelada.[4]

Entre las fotografías que se conservan de Miguel Hernández, hay una para mí, que constituye su testimonio hecho carne y espíritu, de este enorme poeta, quizá el más angustiado y el más completo de la República Española. En la fotografía se mira a Miguel, con el rostro aceitunado, de pie, con la mano derecha en alto, recitando, vistiendo un uniforme de soldado, mientras lo escuchan, fusil a las espaldas, sus compañeros de armas.[5] Esta fotografía y su poema a Rosario, la dinamitera, me hicieron decir:

Poeta, con el fusil en la trinchera
todavía tu voz hoy nos recita
para Rosario, la dinamitera,
la capitana de la dinamita.

Y fue entonces que escuché sus palabras, que lo oí cercado por las balas y comprendí el dolor del poeta, del esposo y del soldado, encariñado a la victoria final, como única solución para la felicidad integral del hombre:

Se escucha la palabra del esposo soldado.
Y me parece oírte, cercado por las balas,
decirle a Josefina, tu amor ilimitado:
“Espejo de mi carne, sustento de mis alas”.

Imagínense amigos, los gestos del poeta. Lejos de los Ateneos y las Academias, propios para los doctos de la rosa. Su tribuna: una humeante trinchera, santificada eso sí, por el amor a la República. Su auditorio: hombres desgarrados en la lucha, algunos moribundos ya, casi con el frío mármol de los héroes helándoles los pies.

Imagino tus gestos: los soldados
oyéndote cantar en la batalla
bajo la madrugada… atrincherados;
aplaudido por el viento y la metralla.

Así era la Academia del poeta soldado, Academia vibrante signada por la sangre y confortada por el amor a la República. Él cantaba en las trincheras de Valencia y Guadarrama, mientras tanto, otros poetas e intelectuales de la Real Academia Española, olorosos a ratas y a sotanas besaban la asquerosa mano del Generalísimo Católico, que en nombre de un Dios Nazi Fascista, estaba salvando —vale decir hundiendo— la civilización y el destino de España.

La lucha por la República Española no es un capítulo cerrado. España no está en España. Anda suelta por el mundo con el espíritu atento y con los puños en alto. Su lucha, como todas las luchas populares del presente siglo, tarde o temprano tendrá que resolverse como un imperativo categórico de que Franco y todos los Franquitos no son más que sombríos testimonios de un pasado en completa decadencia.

España es hoy un inmenso convento. Un nido de Cartujos donde la luz del intelecto permanece dormida. Hace apenas dos días, un amigo que regresara de Europa, me dio este impresionante dato: “en España, se ignora casi por completo la obra de Miguel Hernández”.

Su pueblo al que él tanto quiso y amó, no lo conoce.

Su voz permanece en el exilio, mientras su cuerpo yace en un nicho del Cementerio de Nuestra Señora del Remedio, en Alicante.

Para mí, Miguel Hernández es el poeta tutelar de España. Es el rayo que no cesa,[6] que golpea y taladra y no estará conforme hasta que el hombre universal haya encontrado su verdadero rostro.

Cuando España tenga un aire claro y un sol maravilloso, la voz de Miguel Hernández regresará del exilio para situarse en el verdadero corazón y en la inquietante inteligencia de su pueblo traicionado.

Ya llegará, Miguel, el claro día
por el que tú luchaste en la trinchera.
Cuidará tus granados de poesía
tu España heroica, elemental, torera.

Con una débil caligrafía, araña de la fiebre, un hombre pide a su esposa desde la oscura prisión de Alicante, medicamentos, inyecciones y caldo de arroz hervido con agua, canela y limón. Los pulmones enfermos del poeta claman por la paz de un Sanatorio, pero a pesar de todos los esfuerzos de unos pocos amigos, esto no se puede realizar nunca.

Su cerebro está lúcido. Sabe que la muerte le acosa y sin embargo, todavía tiene esperanza de vivir. Él mismo en carta a su esposa describe una operación que le practicó el doctor Barbero: “Por medio de un aparato punzante —dice— que me colocó en el costado después de mirarme de nuevo con los rayos X, salió de mi pulmón izquierdo, sin exagerar, más de litro y medio de pus en un chorro cuantioso que duró más de diez minutos…”. Y —agrega después— “Espero recobrar el apetito rápidamente”.

La enfermedad progresa. El cuido es del todo imposible en aquél recinto carcelario donde no hay lo elemental para curar a un enfermo.

“Josefina, mándame inmediatamente, tres o cuatro kilos de algodón y gasa que no podré curarme hoy sino me mandas. Se ha acabado todo en esta enfermería. Comprenderás lo difícil de curarme aquí. Ayer se me hizo la cura con trapos y mal”. (Carta sin fecha para su esposa).

Tres días antes de morir escribe su última carta: “Josefina: las hemorragias se cortaron. Pero has de decirle a Barbero —el médico que solícito lo atendió, ¡el pueblo se lo pague un día!— que el pus no destila por el conducto que se le impuso, sino que dilatado el agujero, se acumula y vierte sobre la cama con un golpe de tos a veces. Esto es una molestia y un obstáculo para la buena marcha de la enfermedad. Quiero salir de aquí cuanto antes. Se me hace una cura a fuerza de tirones y todo es desidia, ignorancia y despreocupación. Bueno, me siento mejor, en cuanto salga de aquí la mejoría será como un relámpago. Besos a mi hijo”.

Todavía tenía esperanzas de vivir y de salir de la prisión oscura, a pesar de que en una de sus últimas notas había escrito:

Adiós, hermanos, camaradas, amigos:
¡despedidme del sol y de los trigos!

Y llega por fin la muerte el 28 de marzo de 1942. Queda, según Concha Zardoya, “con los ojos abiertos, tremendamente dilatados y nadie puede cerrarlos”.[7] Sí, amigos, nadie puede cerrar los ojos de Miguel; ellos quedaron abiertos, en ardiente vigilia, y no se cerrarán hasta que sus verdugos caigan para siempre sumidos en la más negra de las ignominias.

Según datos de la escritora citada, “acuden a recibir el féretro, la viuda del muerto, su hermana Elvira, su cuñado y dos amigos (Miguel Abad Miró y Ricardo Fuentes). Los presos forman en el patio, la banda toca una marcha fúnebre y el ataúd sale a hombros de cuatro reclusos. El viento mueve los mantos de las mujeres enlutadas. Abad Miró destapa la caja —de madera blanca sin forrar para identificar a Miguel Hernández: es un muñeco de feria, de estopa, enseguida una calavera y unos ojos grandes abiertos, desorbitados, transparentes. La viuda se echa sobre aquellos restos y los besa con desesperación. Se conduce el féretro al Cementerio de Nuestra Señora del Remedio en cuyo depósito permanecen hasta el día siguiente y se le da sepultura en el número 1009. Aquí descansa Miguel Hernández, bajo el cielo de Alicante.”

Así concluyó la vida corporal de este enorme poeta y así se cerró uno de los más trágicos capítulos preparados por el más cínico de los beatos y por el más estúpido de los dictadores: Francisco Franco.

La vida de Miguel Hernández fue sencilla, nunca le preocupó el saberse admirado, ni adquirió jamás poses de gran intelectual. En este sentido y en muchos otros es superior a nuestro gran poeta chileno Pablo Neruda. Prefirió ser soldado raso a ser un dirigente. Nunca abandonó su cariño para su aldea natal y el paisaje silvestre de Orihuela lo llevaba sangrando con fervorosa devoción.

Para el pastor dormido un blanco hato de cabras
o alguna flora silvestre.
Soldado de la cárcel, su tumba no la abras.
Allí reposa y duerme un gran dolor campestre.

Cerca de la cárcel descansa el poeta, si descansar se puede llamar estar cerca de las botas impuras de los militares de la España Franquista.

Enterrado muy cerca de la cárcel, amigos,
prisionera su muerte por las botas impuras,
le tiemblan a sus huesos calcinados de trigos
y banderas maduras.

Miguel Hernández duerme sencillamente en Alicante. Nadie debe de perturbar su sueño de sublime muerto, como no sea el pueblo, su pueblo ametrallado. Su pueblo que luchó junto a él en las grandes batallas de Valencia o de Madrid. Su pueblo que vio a Generales traidores arrendar a España para un campo experimental de muerte y de ignominia. Su pueblo que disparó contra los aviones alemanes y contra los muñecotes del ejército del Duce.

Hay muertos que no mueren. Y Miguel Hernández es uno de ellos. Tendrá que despertar indiscutiblemente cuando España se libere de la camandulería franquista. Tendrá que despertar y par siempre cuando el pueblo español conozca y guarde como amoroso custodio la obra de este poeta formidable; tendrá que despertar cuando retorne del gran exilio su voz indiscutida… y ese día, amigos, ya está pronto.

Sólo el pueblo es el único que puede perturbar
la paz de ese reposo.
Miguel está dormido, tendrá que despertar
cuando despierte España en un día glorioso.

Aun después de su muerte sigue siendo un prisionero dentro de esa inmensa cárcel que constituye España. Prisionero, cuya voz atormentada y cierta, no debe conocer el hombre de la calle, por mandato de Franco. Porque este muerto en completa vivencia, tiene una luz que si la mira el español auténtico, el devenir histórico de España tendría que acelerarse.

Yo entiendo que esa voz universal de Miguel Hernández debemos recogerla los poetas de América. Debemos de guardarla, como legítimos herederos suyos, aquellos que como él creemos que los poetas son vientos del pueblo y que si uno cae dos o más deben levantarse, para que al llegar nuestra caída se levanten otros en proporción geométrica.

Mientras tanto su muerte prisionera la arranco
y me la traigo, amigos, a dejarla en América.
No es justo que repose en la cárcel de Franco
el poeta a quien el rayo dio su fuerza colérica.

América es un inmenso espacio para guardar una sublime muerte. Miguel no sería extraño entre nosotros. Conocemos su voz atormentada y tenemos hatos de cabras, doradas por el sol del trópico, para que el poeta más genuinamente español juegue con ellas.

Aquí tenemos muertos excelsos. Bolívar y Sandino presiden el panteón de los patriotas. Tenemos muertos anónimos, fecundos y poderosos, cuyos párpados de sangre iluminan la noche que se tiende por Juayúa y por Izalco.[8]

Aquí en América le sobrarán amigos a Miguel Hernández para cuidar su muerte.

Aquí tendrá de todo. Campiñas, sol y trigos.
El aire —niño libre— para el poeta que duerme;
le sobrarán amigos
para cuidar su muerte cuando su muerte enferme…

Nosotros cuidaremos la muerte de Miguel Hernández, del poeta de Alicante, del pastor soldado. Nosotros estaremos al lado de su ceniza brillante como un astro. Los poetas de América seremos los custodios de sus huesos ciegos por la angustia, seremos musgo para que él recline suavemente su cabeza inconforme. Aquí en esta Patria pequeña estará con él su dolor antiguo, el poeta que cuida a Paco Chávez, el que “veía sus antiguas noches, frente al alto cadáver en que yace, definitivamente levantado, lámpara de oración y de silencio”. Estará cuidando la muerte de Miguel nuestro Pedro Geoffroy Rivas[9], la voz más varonil y más atormentada de toda nuestra poesía, mientras allá en Guatemala, con Guatemala rodando en el exilio, tenderá varonilmente sus manos de maya inconforme, con su rostro de ídolo ciego, Miguel Ángel Asturias, para recibir con su liturgia india el encargo de cuidar la muerte del pastor de cabras y de versos, que un día se durmió en Alicante para despertar en el corazón de todos nosotros, libre ya de los muros de la cárcel, libertado por la muerte física, para darnos el mensaje de su poesía que es el signo que señala como un astro cuál es el destino del poeta, en medio de este mundo que algunos consideran irremediablemente perdido pero que yo entiendo que cada día se acerca más a la solución de todos los problemas.

No quiero terminar este pequeño trabajo sobre Miguel Hernández, sin referirme a su libro Vientos del pueblo, publicado en 1937, en medio del fragor más estruendoso de la batalla que en aquellos días aciagos libraba la República española en defensa, más que justificada, de su soberanía.

Este libro, vivo testimonio de lo que constituye la obra artística cuando se complementa con la conducta del autor, fue la que me llevó a creer sin temor a equivocarme, que nadie puede disputar a Miguel Hernández el título, adquirido por derecho propio, con sangre e inteligencia, de verdadero y genial poeta de la República de España.

Su poesía en este libro es tan clara que basta leer cualquiera de sus versos para ya no olvidarlos:

Me quedaré en España, compañero,
me dijiste con gesto enamorado.
Y al fin sin tu edificio tronante de guerrero
en la hierba de España te has quedado.

(“Elegía a Pablo de la Torrente,
cubano muerto en la guerra Civil Española”.)

Naciones de la tierra, patrias del mar, hermanos
del mundo y de la nada:
habitantes perdidos y lejanos,
más que del corazón de la mirada.

Aquí tengo una voz enardecida,
aquí tengo una vida combatida y airada,
aquí tengo un rumor, aquí tengo una vida.

Abierto estoy, mirad, como una herida.
Hundido, estoy, mirad estoy hundido
en medio de mi pueblo y de sus males.
Herido voy, herido y malherido
sangrando por trincheras y hospitales.

(“Recoged esta voz”).

Este libro es exactamente lo que apunta Concha Zardoya: “viento, alud de versos épico, arengas, gritos, dentelladas, cólera, explosión, ternura, llanto”. “Todas aquellas profundas raíces se hacen fruto, luz y estallido en estos poemas que más que suyos, son de su pueblo en armas”.

“En ellos, Hernández llora a los muertos anónimos, a Federico García Lorca; increpa a los tiranos y asesinos; canta al niño yuntero, a la juventud, a los campesinos, a los hombres de la aceituna; canta al sudor de todo los trabajos”. “Son poesías de guerra y han sido escritas en el campo de las trincheras y ante el enemigo”. “Recitándolas de viva voz el poeta ha hecho vibrar a la gente labradora, ha exaltado el ánimo de los combatientes, ha consolado a los heridos”.

Vientos del pueblo es un libro que se escribió en la guerra y ha sido hecho para que lo lean los hombres verdaderos, los hombres dispuestos a morir por los más sagrados ideales de su patria, los hombres que no temen a los tiranos, ni a la cárcel, ni al destierro.

Es claro que es un libro que no deben hojearlo nunca los hombres como Ramón Gaya[10] o como Juan Guerrero Zamora[11], críticos literarios al servicio de los traidores a la patria, al servicio de la sacristanía franquista, quienes manifiestan que el libro de Miguel Hernández era un libro de versos sin métrica.

Termino citando unas palabras de Elvio Romero:

“Por España murió el pastor muchacho. Y ahora desde lejos o desde cerca, conduce a su pueblo hacia un día de rescate, hecho a la medida del tamaño de su corazón profundo”.

“Murió lleno de fe y engrandecido por el amor al hombre, sólo por amor, por amor vigoroso, entrelazados de jubilosa esperanza. Ninguna prisión podía sujetarlo, como ninguna puede sujetar a su valiente pueblo, que en el oscuro trance de sus años tristes levanta en la mano una estrella luminosa”.


NOTAS

El poema y la conferencia se reproducen de una colección privada de documentos y recortes de Oswaldo Escobar Velado. Con algunos errores de concatenación y algunas variantes gramaticales a los versos de Escobar Velado, la conferencia se reprodujo una sola vez en la revista La Universidad, números 1-2, enero-junio, año XXXVI, 1961, San Salvador, Universidad de El Salvador, pp. 145-164.

[1] Elvio Romero (1926-2004), poeta paraguayo. Autor de Miguel Hernández: destino y poesía, Editorial Losada, Buenos Aires, 1958.

[2] Enrique Líster Forján (1907-1994). Político comunista y militar español. Tuvo una destacada participación en la Guerra Civil Española como organizador del Quinto Regimiento de Madrid. Es autor de Nuestra guerra (1966) y de Memorias de un luchador (1977).

[3] Libro de Miguel Hernández: Viento del pueblo: Poesía en la guerra, Socorro Rojo Internacional, Litografía Duré de Valencia, 1937.

[4] Esta y las otras estrofas que no son atribuidas a algún autor específico, provienen del poema “Ya llegará, Miguel, el claro día” de Oswaldo Escobar Velado.

[5] La fotografía fue tomada en Madrir en 1936 por David Seymour de Magnum Photo.

[6] Título de un libro de sonetos de amor de Miguel Hernández: El rayo que no cesa, Espasa Calpe, Madrid, 1936.

[7] Concha Zardoya: Miguel Hernández (1910-1942): Vida y obra. Bibliografía. Antología. Edición original: Hispanic Institute in the United States, Columbia University, New York, 1955. Reedición: Editorial Nortesur, Barcelona, 2009.

[8] Escobar Velado se refiere a los muertos por la represión del dictador Maximiliano Hernández Martínez, la gran mayoría indígenas, que se sumaron a la insurrección comunista en El Salvador de enero de 1932.

[9] Pedro Geoffroy Rivas (1908-1979), poeta y antropólogo salvadoreño, autor, entre otras obras, de Vida, pasión y muerte del antihombre (1932) y Los nietos del jaguar (1977).

[10] No es verdad, como afirma Escobar Velado, que el pintor Ramón Gaya (1910-2005), un coetáneo de Miguel Hernández y oriundo también de Orihuela, haya estado “al servicio de la sacristanía franquista”. Sus “Divagaciones en torno a un poeta: Miguel Hernández”, publicada en la revista Hora de España, mayo de 1938, es una extensa reseña crítica que señala tanto las fuerzas como las debilidades del libro Viento del pueblo, y lo hace con un acucioso sentido literario. La “facilidad versificadora” que Gaya señala en Hernández es un aspecto en el que también coinciden otros críticos que reseñaron el libro, como Manuel Altolaguirre y Tomás Navarro Tomás. La Fundación Miguel Hernández homenajeó a Gaya el año de su muerte y republicó el artículo.

[11] La polémica biografía de Juan Guerrero Zamora (1927-2002), Miguel Hernández, poeta (1955), sí fue considerada desde su publicación una obra de filiación franquista. Aunque hay quienes la defienden, incluyendo el autor, como un esfuerzo por rescatar la figura literaria de Hernández en tiempo de censura, es difícil negar ciertas opiniones de Zamora, como esta: “Es lástima que pasando el tiempo [Miguel Hernández] no viera, en los ideales de Franco, esos mismos ideales de amor, de respeto, en suma: de justicia social, que él tenía”.