Jorge Ávalos: “La Luna, el hogar del happening” (ensayo)

El “performance art” y el “happening”, artes de acción, cumplieron en El Salvador su período de gestación y explosión creativa en La Luna, Casa y Arte en la década de 1990.

Jorge Ávalos
La Zebra | #9 | Septiembre 1, 2016

Durante la década de 1990, La Luna, Casa y Arte se convirtió en un espacio que reunió a creadores de todas las ramas: músicos, pintores, escritores y bailarines. Allí mismo, bajo un solo techo, se encontraron los artistas que permanecieron en el país durante la guerra con aquellos que vivieron en el exilio, o los que militaron en la guerrilla con los que se mantuvieron apegados a una vida civil al margen de la política. El efecto de esa convergencia de talentos y personalidades en un espacio que nació para estimular el encuentro, el diálogo y la creatividad, no tardó en producir frutos.

Desde su fundación en 1991, La Luna fue un referente en la introducción carnavalesca y celebratoria del happening y del performance. Beatriz Alcaine, su fundadora, diseñadora, productora y principal promotora a lo largo de dos décadas, describe La Luna como: “Una gran instalación en constante evolución”.[1] La Luna sirvió de galería para artistas jóvenes pero no era una galería; fue un escenario para la danza contemporánea y para el teatro de cámara pero no era un teatro. La Luna era, más bien, un cabaret, un espacio bohemio que se convirtió en un laboratorio para las artes, sobre todo durante su primera década. El performance art como tal, en El Salvador, tiene su actual origen en las innumerables actividades que se gestaron en ese espacio. En La Luna se realizaron actividades miméticas de la historia del arte contemporáneo que nunca antes habían sido experimentadas por los artistas nacionales, debido al aislamiento de la guerra: Carlos Quijada, por ejemplo, repitió la experiencia del body art a la manera de Yves Klein; en varias ocasiones, se combinó la danza y la proyección de cine a la manera de Yvonne Reiner; y artistas visuales como Oscar Soles, Simón Vega y Verónica Vides transformaron objetos reciclados en piezas de instalación en un espacio vivo, mutable, transitable e interactivo.

Más allá de las experiencias miméticas, el performance se introdujo como un estilo de presentación de una gran variedad de actividades. Poetas crearon poesía instantánea por medio de mosaicos de palabras magnetizadas elegidas por los “lectores”; artistas pintaron cuadros en vivo ante un público y acompañados de música de jazz; y un libro de cuentos eróticos se leyó con la autora reclinada seductivamente sobre una cama. Alexia Miranda presentó aquí su primer performance al regresar de México en el 2003, cobró un precio de entrada y el público pagó para verla nadar en las sombras sobre un plástico negro, como en una fosa negra, mientras se proyectaban sobre la pared una doble secuencia de diapositivas de la trayectoria de su embarazo, incluyendo imágenes de su hijo cuando aún estaba en su matriz. Juana la Loca (Margarita Pavón), una poeta hondureña, realizó —a beneficio de Flor de Piedra, una asociación de prostitutas— un performance espectacular y desgarrador. Aún las más sencillas reuniones de poetas se convertían en eventos ambientados para exaltar los aspectos representacionales de la lectura. Sin pretensión alguna, el happening y el performance han tenido un hogar durante casi dos décadas en La Luna, pero no sólo como un género artístico, sino como un estilo de vida, como un acto de comunión continua con las fuerzas de la creatividad. En esta historia destaca la creación consciente de un happening monumental:

En noviembre de 1999 una marca brasileña de cigarros produjo un gran evento multidisciplinario en el Anfiteatro de la Feria Internacional. La Luna estuvo a cargo del diseño y la producción de un happening que duró ocho horas, en el que participaron más de treinta artistas de distintas disciplinas, cuatro bandas internacionales de jazz y dos locales. Se armaron instalaciones de gran formato, catorce pintores trabajaron lienzos de dos por dos metros, jóvenes crearon personajes en zancos, estatuas vivas, y el público podía participar en la creación de objetos de barro y talla de yeso.

Esta apoteosis colectiva de los esfuerzos de La Luna marca el fin de un período, el fin de las artes como un movimiento de contracultura que se oponía, por su propia naturaleza, a las instituciones formales.[2] En la década siguiente, una nueva generación de artistas, muchos de los cuales participaron en las actividades de La Luna, comenzarían a explorar las posibilidades del arte de acción como un medio individual de expresión artística, y serán acogidos, en una primera etapa, por la Alianza Francesa; luego, y de manera decisiva, por el Centro Cultural de España y, finalmente —aunque de forma muy selectiva—, por el Museo de Arte. Hay que reiterar que durante la década de 1990 La Luna fue la principal plataforma de las artes emergentes; y sólo deja de serlo en el momento en que los artistas jóvenes, y sus propuestas, son aceptados (aunque no asimilados) por las instituciones formales de la cultura. Esto significa que los artistas considerados “emergentes” durante la década de 1990 pasan a ser los forjadores de nuevos discursos estéticos y éticos en la cultura salvadoreña durante la década del 2000. Al mismo tiempo, el papel de la contracultura es asumido, en la década del 2010, por bandas de música que se tornan en los voceros de la juventud, quienes renuevan para sus propios fines el espacio de La Luna, convertido entonces en un laboratorio musical y relacional para los movimientos sociales emergentes.[3] A partir del 2012, con el retorno de Beatriz Alcaine después de una prolongada ausencia, La Luna retoma por un momento la intensa actividad artística y social que marcó su fundación hasta su cierre definitivo ese mismo año:

“Creo que, para los salvadoreños, estos 20 años de Luna han sido un claro ejemplo de que también podemos construir espacios de alegría, respeto, tolerancia, sensibilidad, apertura. Una nueva manera de combinar arte y entretenimiento”, asegura su creadora Beatriz Alcaine.

La Luna, fundada en 1991, se convirtió en el escenario musical centroamericano. En una amplia casa decorada con el estilo más original de Beatriz, este sitio siempre cuenta con exposiciones temporales, eventos culturales e incluso una tienda de ropa de segunda mano. Joaquín Sabina, Los Aterciopelados, Café Tacuba, entre otros, estuvieron entre los invitados, mientras que cientos de bandas independientes desfilaban en el escenario buscando una oportunidad en el mundo de la música. Cualquier proyecto artístico de danza, teatro, documental e incluso literatura ha tenido que pasar por aquí para darse a conocer.

Para algunos, este sitio ha sido como el Café Gijón de El Salvador, aunque la intención de Beatriz fue siempre “salir de toda ideologización”. Durante los 90, artistas internacionales venían a manifestar su apoyo al Frente Martí de Liberación Nacional y algunos sandinistas, huyendo de su propia guerra en Nicaragua, encontraron un refugio en este lugar. El pasado 24 de agosto, Alcaine junto con sus socios Herenia Castellón y Kike Huezo, anunciaron el cierre de este sitio que es calificado para algunos como un “oasis” tras la guerra.

“Cuando estamos leyendo una buena novela, nos encantamos con la historia y no queremos que se acabe. Pero todo lo que sube baja y todo lo que tiene un inicio debe tener un final”, escribieron en su carta de despedida.

¿Las razones? El fin de un ciclo. Lo cual no significa que el cierre sea definitivo, que la Luna no pueda volver a resurgir de otra manera. “Toda la experiencia que hemos acumulado es energía que se transforma y que seguramente se expresará pronto en nuevas formas. Se termina la Casa y Arte como empresa, pero el concepto y el nombre de La Luna perduran”.[4]

Ramificaciones del “happening”

El happening y el arte de acción o performance art, tal y como se concibió en La Luna, se ramificó a partir de las semillas que se plantaron y fortalecieron en ese espacio mítico en la década de 1990. No es extraño que uno de los ejemplos más significativos del arte de acción en su modalidad más lúdica, tal y como se manifestara en La Luna, fuera concebido como un pretexto para parodiar las relaciones sociales en torno a la cultura oficial y formal, creando un puente inesperado entre lo marginal y lo institucional. Esto ocurrió cuando el escritor y acuarelista Ricardo Lindo montó una exposición de “pinturas invisibles” en la Casa de la Cultura de Suchitoto, sin saber que su propuesta tenía un precedente histórico en la exposición “El vacío” de Yves Klein. Lindo no es un artista conceptual y le interesaba muy poco integrarse a los nuevos movimientos del arte contemporáneo; su motivación estaba más cercana al happening, al juego en sí, que había a aprendido de las experiencias de La Luna.[5] De hecho, el proyecto como tal fue concebido y producido por Miguel Huezo Soundy, director y promotor del proyecto cultural “La Casa de los Mestizos”. El público asistió a la apertura de una exposición de obras de arte invisibles, y siguió el protocolo social de los eventos culturales para luego caminar por el espacio de la galería y discutir la obra invisible de Lindo. Las palabras de apertura fueron pronunciadas solemnemente por la directora de la casa de la cultura, se dieron agradecimientos a los colaboradores y se sirvió un coctel, y cuando se anunció al pintor y un grupo de niños colgaron en las paredes dos marcos vacíos, la soprano Claudia Acosta apareció vestida de negro, con el rostro cubierto con un velo negro incluso, vocalizando un aria de ópera. Nadie habló de paredes vacías ni de tomaduras de pelo, sino de la nueva propuesta artística del reconocido poeta y acuarelista salvadoreño Ricardo Lindo.

A partir de este suceso, que ocurrió en el año 2000, el performance art se orienta hacia formas espectaculares (es decir, representacionales o teatrales), hacia el evento como una ramificación del arte conceptual o hacia un meta-discurso que hace del arte mismo su objeto de exploración y de crítica. La fusión de estas categorías se da intensamente al final de la primera década del siglo XXI y se renueva con un desarrollo consciente del arte relacional, que ya el “arte invisible” de Lindo había prefigurado. Como lo señalaría Nicolas Bourriaud, al estudiar la legibilidad de las prácticas “aparentemente inasibles” en el arte contemporáneo, “la parte más vital del juego que se desarrolla en el tablero del arte responde a nociones interactivas, sociales y relacionales”.[6] Esta perspectiva para integrar los sistemas contextuales del arte a los esfuerzos críticos para decodificarlo es particularmente válida en El Salvador, debido a la necesidad vital de construir nuevos cimientos sociales y de restablecer vínculos y relaciones en el período de la posguerra, que comprende, aproximadamente, dos décadas, de 1990 a 2009.[7]

 

NOTAS

[1] Alcaine, Beatriz. “Ojalá: emergencia cultural en El Salvador”. Visiones del sector cultural en Centroamérica, coordinado por Jesús Oyamburu. Agencia Española de Cooperación Internacional, Embajada de España, San José, Costa Rica, p. 209.

[2] Utilizo el término “contracultura” con un sentido restringido y siguiendo los criterios del historiador que lo acuñó en los Estados Unidos, Theodore Roszak en su libro de 1968 El nacimiento de una contracultura. Las similitudes con el movimiento beatnik podrían parecer anacrónicas en el período post-guerra fría, pero no lo son porque la sociedad civil en San Salvador necesitaba sanar y crear, en oposición a las instituciones hegemónicas del gobierno, espacios experimentales de creación y lenguajes artísticos que contribuyeran a reconstruir el tejido social; como un centro de cultura urbana, La Luna cumplió ese papel y lo continúa haciendo.

[3] La Luna se ha convertido en un centro de actividad musical para el rock alternativo, el hip hop, el break dance, el reggae y la música tropical; en plataforma de promoción del tatuaje y el arte de la calle; y en un espacio de encuentro de las tribus urbanas, los emo y los goth, etc.

[4] Sánchez Inzunza, Alejandra. “La última cerveza en La Luna”. Drómanos, 11 de septiembre de 2012. Consultado el 10 de enero de 2013: http://dromomanos.com/la-ultima-cerveza-en-la-luna/

[5] Datos sobre este suceso me fueron proporcionados por Ricardo Lindo, a quien entrevisté para este ensayo.

[6] Bourriaud, Nicolas. Estética relacional. Editorial Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2006.

[7] La paz se firma en El Salvador en diciembre de 1991, pero es a partir de enero de 1990, después de la “ofensiva final” de las fuerzas guerrilleras en octubre-noviembre de 1989, cuando se inicia el proceso para negociar y cerrar el capítulo sangriento de la guerra. Es también en 1991, antes de la firma de la paz, cuando comienza el retorno de los intelectuales y artistas exilados, se funda La Luna e inicia el complejo proceso de reconciliación social, el cual culminaría como una obligación democrática al ser elegido el primer presidente propuesto por un partido de izquierda, en marzo de 2009. Mauricio Funes, del FMLN se convierte en presidente de la República en junio de ese año.

 

En la fotografía: la bailarina Tere Cornejo durante un perfomance en La Luna, Casa y Arte en marzo de 2012.