German Cáceres: “Una literatura oculta: ORO, PAN Y CENIZA de Ricardo Lindo” (crítica)

Una reseña sobre la novela breve de Ricardo Lindo que traza la historia de sus antepasados judíos-sefarditas.

German Cáceres
Fotografía de Daniel Mordzinski
La Zebra | #10 | Octubre 27, 2016

En la novela Oro, pan y ceniza, de Ricardo Lindo Fuentes, nos topamos con una realidad desconocida que sólo se logra intuir e imaginar. Así lo revelan las palabras de Simón Jesurum (capítulo XXI): “Después pasé a leer en las nubes, en las ramas que el viento mece, en las escamas del pescado. Una literatura oculta acecha en toda cosa, un lenguaje secreto que nos remonta al origen del cosmos, quizás a una era anterior al origen de Dios, el Increado”.

Oro, pan y ceniza (Editorial Lis, San Salvador, 2001) es una ficción sobre los ancestros judíos de Ricardo Lindo, quien en algún momento ha firmado con el “falso” seudónimo de Ricardo Jesurum. Los Jesurum, sefarditas que a finales del siglo XV fueron expulsados de España, su Sefarad amada, se vieron obligados a ir a París, luego a Holanda, y más tarde al Caribe y Centroamérica. No es la primera vez que Ricardo Lindo toca el tema de los judíos y su incidencia en nuestro continente; ya lo hizo en su novela Tierra (DPI, San Salvador, 1996) e indirectamente en su otra novela El canto aun cantado (DPI, San Salvador, 1999).

Todos nosotros, de una manera u otra, estamos interesados en nuestros orígenes, complejos en la mayor parte de casos, controversiales al punto que a veces rechazarnos algunas ramas de nuestro árbol genealógico. El tema de los orígenes nos conduce al de la identidad, la cual en nuestro país ha sido motivo de numerosas discusiones inconclusas, de carácter bizantino y llenas de preguntas que siguen esperando por una respuesta clara. Me parece que uno de los propósitos de Ricardo Lindo en ésta y otras de sus narraciones, es la de dar su respuesta sobre ese controversial tema. Lo hace por medio de su genealogía, es decir, por medio de una indagación en su propia identidad, la cual es de esas que son complejas: judíos, españoles, italianos, razas precolombinas, quizá árabes y, a lo mejor, otras etnias que no han sido esclarecidas del todo todavía, componen la variada genealogía de Ricardo. En el transcurso del cuento vemos que algunos de sus personajes no temen mezclar su sangre con la de gentiles europeos, y en el epílogo, posiblemente en el momento del cuento que más se acerca al concepto renacentista de la “musica reservata” (una forma muy refinada de música vocal secreta al final del siglo XVI), nos deja saber que las razas no europeas no están excluidas en la genealogía de los Jesurum, cuando dice, con una nostalgia poética muy propia de su narrativa:

Hay en el cementerio de la isla antillana de Saint Thomas [acaso la isla en medio del mar, con verdes prados y riachuelos de agua pura soñada por Ana en el capítulo VII] una lápida bajo la cual yacen los restos mortales del rabino Elías Josué Jesurum. La preside una estrella de seis puntas. El nombre del rabino está entre el de su primera mujer, que lo dejó viudo, y el de su segunda mujer, a quién él dejó viuda. Los nombres que siguen son los de algunos de los hijos del rabino, blancos los de la primera mujer, morenos los de la segunda.

Cabe mencionar que este tipo de mestizaje es real, lo podemos ver en algunas de las familias judías que han llegado a estas tierras en diferentes épocas.

Los ancestros Jesurum de Ricardo Lindo en este relato, son reales y al mismo tiempo inventados. De carne y hueso fue su bisabuelo Don Alfredo Jesurum Lindo, judío radicado en Panamá, Colombia, quien con seguridad, por no sentirse ajeno a estas tierras ni al mundo hispánico, decidió resumir su primer apellido a una letra y firmó con el más castizo nombre de Alfredo J. Lindo, de ahí que sus descendientes se conozcan por su segundo apellido. Los personajes y situaciones de esta narración ficticia son verosímiles (exceptuando, probablemente, la conversión al revés, es decir del cristianismo al judaísmo, de unos personajes del cuento), reflejan a seres que existieron o que existen, quienes hacen serias reflexiones sobre la vida, la creación literaria y la artística. Este es un aspecto que me parece muy importante en esta novela. Simón Jesurum no es un simple zapatero, es un intelectual, sobre todo si estamos de acuerdo con lgnace Lepp, quien afirma que encontramos hombres y mujeres que poseen una auténtica vocación intelectual, quienes por circunstancias más allá de su control no pudieron realizar una vocación de la que son conscientes, y agrega que existen verdaderos intelectuales que se ganan la vida en el ejercicio de un oficio manual. Simón Jesurum “quiere hacer un libro, mas ¿cómo emprender la tarea? Hace años que no toma una pluma, y años que no lee un libro, salvo el que está en su propio corazón” (capítulo IX). Esto no se aplica al escritor Hugo Lindo Olivares, padre de Ricardo, ni a nuestro autor: ambos tienen una obra abundante y pudieron dedicarse de lleno a su vocación. Sin embargo existe otro aspecto en las palabras citadas, y es el relacionado con las dudas que él siente al querer plasmar su libro. Son estas las dudas legítimas que todos los que nos dedicamos con responsabilidad a la creación artística sentimos en determinados momentos, lo cual reafirma Ricardo, al final del capítulo IX al decir, como una aceptación de la condición humana, “aún tu error sirve al designio de los cielos”. Más tarde, en el capítulo XI Explica que “el libro de Simón, lentamente, avanza”.

Lo cual suele suceder con la obra de algunos de los grandes creadores de todos los tiempos y, sorprendido ante su obra, tal vez como el Miguel Ángel ante su David, “se queda mirando su pluma de darbasí, y preguntándose cómo habrán salido de ella esas palabras extrañas”. También encuentro esa misma forma de duda, aunque en otro contexto, cuando Ana se halla ante las puertas del conocimiento que le había sido ajeno, y que ahora le resulta irremediable conocer:

Sintió que no era indispensable, sino cruel e inútil.
—Sí —dijo ella—. Es indispensable.
—No tengas temor —dijo él.
—No tengo —dijo Ana, temblando.

Un personaje que refleja otra de las vocaciones de Ricardo Lindo, la pintura, es Elías Jesurum, hijo de Simón, el impresor que en Colonia “hace unos pasquines para un tal Lutero y para la iglesia Católica, que al parecer se peleaba con el anterior”.

Elías se hace pintor gracias a un anacrónico iluminador de libros sagrados, que se convierte en su maestro. Aquí me veo obligado a una digresión, pero que se relaciona con este relato: En 1995 nos encontrábamos con Ana María, mi esposa, en Ámsterdam. Hacía unos días yo había dirigido la Orquesta de Cámara de la Comunidad Europea en Bruselas. Era mayo. Cincuenta años más tarde, en toda Europa se conmemoraba el fin de la segunda guerra mundial, y como parte de esa conmemoración se exponía en la capital holandesa una colección de obras de pintores judíos holandeses asesinados por los nazis. En esa exposición se encontraban cuadros del pintor sefardita Isaac Jesurum de Mezquita. Al verlos, inmediatamente pensé en Ricardo. A nuestro regresó se lo conté, diciéndole que con seguridad Jesurum de Mezquita era pariente suyo, ya que el apellido no es común y el pintor era sefardí y holandés como sus ancestros. Jesurum de Mezquita fue un pintor valioso, quien además había sido maestro de Escher, el famoso grabador. Pienso que Elías Jesurum además de estar inspirado en el propio Ricardo lo está en Jesurum de Mezquita. Algunas analogías entre la vida de nuestro Simón, con la de Jesucristo y la de otro Simón, seguidor del nazareno me parecen muy acertadas, tal como la que encontramos en el capítulo V, aludiendo la negación de Pedro, cuando la monja pregunta:

—¿Sois judíos?
—Somos conversos —contesta Sara—. Hemos venido a pedir perdón al apóstol por nuestros yerros.
—Sois judíos —afirma la monja.
Ya iba a replicar Simón cuando un gallo cantó en el patio.

Y en el capítulo VIII, nos acordamos de Jesucristo en el día de su crucifixión al leer que “Simón Jesurum no podía dejar de reprochar a Dios el haberlo abandonado”. Estas sutiles alusiones, además de otorgarle al relato cierra fuerza poética que proviene de los versos de algunos de los primeros vates cristianos, nos recuerdan que todos tenemos el mismo origen.

En el capítulo XXXIII, “Una Visita a los Infiernos”, Elías Jesurum pintaba su última obra, un retablo. Las sombras le dan la clave para la realización de la pintura, y son estas las que lo llevan a una visión de horror y destrucción: “Mientras lo que se distanciaba del candelabro se iba creciendo en sombra, los pequeños objetos cercanos disminuían en su oscura proyección sobre la mesa”.

La magia de la sombra siempre ha fascinado a los pintores, poetas, artistas de todos los tiempos, publicistas y fotógrafos, y hasta sicólogos como Jean Piaget se han ocupado de su origen. Este capítulo fantasmagórico nos hace pensar en Plinio, su Historia Natural y el origen mítico de la pintura:

Los egipcios afirman que fueron ellos los que la inventaron seis mil años antes de pasar a Grecia; vana pretensión, es evidente. De los griegos, por otra parte, unos dicen que se descubrió en Sición, otros que en Corinto, pero todos reconocen que consistía en circunscribir con líneas el contorno de la sombra de un hombre.

O en el mito de la caverna en La República de Platón:

—Entonces no hay duda —dije yo— de que tales no tendrán por real ninguna cosa más que las sombras de los objetos fabricados.

Podríamos evocar a muchos de los grandes creadores, de hecho creo que Ricardo, en su visión ecuménica de la literatura, los conjura a todos. Tal es así que bien pudieron haber sido de Elías Jesurum, en el momento de pintar su obra final, los versos del Dante.

¡Oh son obras vanas de ideal figura!
Tras de ella, veces tres mis manos junto
y tres vuelven al pecho con tristura.

Y siendo esta una narración neoimpresionista en la que el mundo onírico, los símbolos, las profecías, la magia y el arte abundan, bien pudiera Ricardo Lindo hacer suya aquella definición del impresionismo que Émile Zola nos da en boca de su personaje Gaguére: “Una impresión… para mí, de entrada, es un paisaje que huye, la esquina de una calle melancólica, con la sombra de un árbol que no se ve”.

Oro, pan y ceniza es un cuento que se aparta de la literatura liviana, tan de moda en esta época. No es un relato para el hombre ligth: nos hace reflexionar, desear conocer las técnicas de la pintura renacentista, lugares como la bella iglesia gótica de Saint Severin en París, y la vida de los personajes reales que en ella se encuentran. Nos enseña que hasta un ser como Torquemada puede, en determinadas circunstancias, tener compasión. Nos identificamos con Simón por su constante deseo de escapar de una realidad poco deseada, deseo que se hace cada va más patente en el hombre de hoy. Simón lo hace por medio de sus escritos, sus sueños y, sobre todo, por sus viajes a Safed (que no son sueños) a donde finalmente se va para siempre, en donde debe estar conversando con su maestro el cabalista Luria.

Damos pues la bienvenida a esta nueva obra de Ricardo Lindo que enriquece en forma novedosa la literatura centroamericana, y nos quedamos en espera de sus próximas producciones.

San Salvador, mayo de 2001.


Publicación original:

Cáceres-Buitrago Mejía, German. “Prólogo”. Oro, pan y ceniza. Editorial Lis, San Salvador, 2001, pp. 9-14.