Jorge Ávalos: “Ricardo Lindo y la redención por las palabras” (crónica)

Un perfil del reconocido escritor salvadoreño, escrito en noviembre de 2003, justo antes de la publicación de su poema Injurias, que significaría una nueva etapa en su carrera literaria.

Jorge Ávalos
Retrato del autor por Jorge Ávalos
La Zebra | #10 | Octubre 31, 2016

Ricardo Lindo habla como escribe: con oraciones perfectas. No es extraño que, al conversar, también espigue versos de su memoria con la naturalidad de quien cita las noticias del día: “El papel, mujer blanca que lee el pensamiento”, dice, en francés y español, citando un verso de Oscar Milosz.

“Hay una pregunta”, le digo, “que los escritores detestan…”, y él me la roba de los labios: “¿Para qué sirve la literatura?”

“Pero tenemos que admitir”, insisto, “que cumple una función”.

Y Ricardo sonríe, bebe un trago de vodka y contesta:

“La literatura existe para expresar los hondos sentimientos. Todos nos conmovemos al oír el diálogo del balcón entre Romeo y Julieta, pero nadie se atrevería a hablar así. Los artificios de la retórica sirven para permitirnos ser sinceros”.

¿Eso es todo? Pausa. Piensa un poco mientras los finos dedos de su mano acarician la blanca barba, y se inclina para enfatizar esta idea:

“Las bellas palabras tienen una virtud: redimen. Decir las cosas nos redime de su peso. La poesía es una liberación tan poderosa como la risa o el sarcasmo, o como los buenos sentimientos, incluso, en la medida que constituye una venganza y respuesta a un mundo egoísta y autosatisfecho”.

Un genio peregrino

La curiosa noción de que los buenos sentimientos constituyen un tipo de venganza es justamente el tipo de paradoja sobre la que se erige la obra literaria de Ricardo Lindo, que ha hecho de la colisión de culturas y tiempos la materia prima de su poesía, de sus novelas y de su teatro.

Ricardo nació el 5 de febrero de 1947 en San Salvador, hijo del escritor y diplomático Hugo Lindo y de Carmen Fuentes de Lindo. El renombre de su padre y el trasfondo intelectual de su familia no fueron la garantía de su talento, porque nunca lo son. No hay fórmulas para originar o construir el carácter de un poeta: Ricardo es el único de siete hermanos en asumir de lleno la vocación literaria. Pero el estímulo sí fue un factor en garantizar su precoz surgimiento al mundo de las letras.

“Mi papá fue muy generoso conmigo”, recuerda. “A diferencia de mis hermanos, yo fui muy mal estudiante; en matemáticas en particular. Sin embargo, mi papá hacía que leyera mis cosas frente a sus amigos escritores”.

A los 10 años, Ricardo publicó su primer texto en el semanario infantil chileno El Peneca. Pero el asombro que causaba, entre los escritores consolidados, la calidad de su incipiente obra lo llevó rápidamente a otra escala de publicaciones. En 1962 se convirtió en el colaborador más joven de la revista Cultura, dirigida en ese entonces por la reconocida poeta Claudia Lars. Rompiendo con la costumbre de no opinar sobre los autores que incluía en las páginas de la revista, Claudia decidió esa vez, la única vez, escribir una nota de introducción a los poemas de este nuevo escritor: “Ricardo Lindo es un poeta de 16 años de edad: un niño todavía”. En realidad, al entregarle el poemario, Ricardo tenía 15 años, pero le mintió a Claudia.

“Creí que si confesaba mi verdadera edad, no me publicaría”, confesó Ricardo. “No sé, pero 16 años suena como la edad de un joven maduro”.

El verdadero propósito de Claudia al escribir su introducción a la poesía del Ricardo adolescente, fue distinguirlo de su padre, entonces una de las figuras más célebres de la literatura salvadoreña, y apartarlo así de su vasta sombra.

“Escribe sus primeros poemas cerca de su padre —el doctor Hugo Lindo—”, señaló Claudia, “pero libre por completo de la influencia literaria que cualquier otro joven en iguales condiciones que las suyas, hubiera recibido inevitablemente de un escritor tan vibrante y tan recio como el autor de Varia poesía y El anzuelo de Dios. No consultó a su padre cuando decidió escribirlos. Consultó a su propia alma —antigua y sabia dentro del cuerpo joven—, y a la sangre cristiana y sefardita que corre por sus venas. El resultado de esa íntima consulta son los Cantos del extraño Oriente, que Cultura publica con orgullo salvadoreño en este número de la revista del Ministerio de Educación”.

Algunos detalles son notables de esa publicación primeriza: tanto sus temas como su estilo, de influencia oriental, ya estaban definidos. Más sorprendente aún, es que la búsqueda de su identidad, que realizaría en los cuentos y novelas que escribiría dos y tres décadas después, eran temas aún intocados en su obra, pero cuyas historias de “sangre cristiana y sefardita” ya eran del conocimiento de su primera crítica, Claudia Lars, que dejó el registro de aquella semilla que ya eclosionaba en el espíritu de poeta niño.

El narrador y poeta Alfonso Kijadurías, siete años mayor que Ricardo, lo conocería en esos años, cuando él mismo era todavía un desconocido: “A los 16 años Ricardo Lindo era una especie de genio”, recordó. “Una vez lo vi leer en público junto a Salarrué y otros cuentistas”.

El cuento que leyó en esa ocasión, ocupó la portada de la revista Vida Universitaria a mediados de 1964, poco antes de partir a Europa. Su poesía y prosa publicada entre 1962 y 1965 en la revista Cultura, antes de cumplir los 18 años, lo convirtieron en un poeta reconocido por su imaginación surreal y la riqueza plástica de su lenguaje.

A los 20 años, residiendo en París como estudiante de La Sorbona, comenzó a enviar otro tipo de colaboraciones a La Pájara Pinta y a otras publicaciones: crónicas y críticas culturales, entrevistas con Miguel Ángel Asturias, Marcel Marceau, Jean-Louis Barrault y otras luminarias de la cultura internacional.

La dulzura es venganza

Los sucesos políticos y literarios de 1968, incluyendo las revueltas de los estudiantes en París, sacudieron las conciencias de los jóvenes del mundo. Cuando Ricardo escribió sobre estos sucesos, lo hizo para indicar que las rebeliones eran parte del ciclo recurrente de la historia, pero que dejaban inmutable el factor humano.

“Sócrates habló antes que nosotros”, reflexiona ahora, “y dijo cosas más altas que nosotros. La altura del ser humano estaba antes. Pero entonces, ¿a qué aspiramos? A modelos humanos emblemáticos. Yo creo que el dolor existe para que nos volvamos humanos”.

Antes de llegar a París, cuando Ricardo viajaba por España, conoció a su primer amor (un intelectual español que se haría célebre años después), y así, vivió también su primer desgarramiento amoroso. Fue esto lo que lo condujo al camino inusitado de “la venganza por medio de las bellas palabras: un desgarrón que me lleva a la palabra como un retorno a la vida”. Así nació su primer libro, XXX (Equis Equis Equis), escrito en 1968 y publicado por la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) en San Salvador en 1970.

“Amé a una persona que amaba el surrealismo. Así que respondí a la separación con un ‘te quiero’: ‘Estoy haciendo algo para que te guste lo que hago’. Luego sentí un cambio: con cada página que escribía, esperaba con ansia y curiosidad la siguiente. Descubría una sorpresa cada día y esa felicidad me abrió las puertas a otra relación amorosa. Fue uno de los momentos más felices de mi vida”.

La desbordante imaginación, los continuos juegos literarios y la riqueza verbal de los cuentos surrealistas de XXX convirtieron al libro en un suceso literario. La Dirección de Publicaciones, cuenta una leyenda, no registró nunca la venta de un solo ejemplar, pero el libro desapareció, como por arte de magia, de los estantes: robar el libro de las librerías se convirtió en parte del juego. El libro, junto a las obras contemporáneas de Rolando Costa, Ricardo Castrorrivas, Alfonso Kijadurías y David Escobar Galindo, propició un cambio en la conciencia literaria de El Salvador.

“Ese corto período”, advierte ahora Ricardo, “representó para las letras salvadoreñas la asunción de la libertad de las palabras. Salarrué y Dalton nos habían dado la voluntad del juego. Es verdad que no hay risa en Helechos de Rolando Costa, pero hay la libertad de poder soltar el alma en las palabras, la libertad de ser. Ahora veo que estábamos aprendiendo a ser nosotros mismos”.

El arte de la injuria

Con la inclusión de Arca de los olvidos en la Biblioteca Básica de la DPI (1998), Ricardo se convirtió en el autor más joven en ser considerado parte del canon literario salvadoreño. Críticos como la argentina María Rosa Campeny Queralt, la española Norma Pérez Martín, o los centroamericanos Rafael Lara Martínez y Carlos Fallas Santamaría, pero también autores como Jacinta Escudos, ven en Tierra (1992) una de las mejores novelas escritas en El Salvador hasta la fecha. El consenso es que Tierra es un ambicioso proyecto que permite el mestizaje de la imaginación y la memoria: un espacio verbal donde confluyen historia y ficción, antropología y misticismo, verso y prosa.

Para Ricardo, sin embargo, su obra más personal y lograda es Oro, pan y ceniza (Editorial Lis, 2001), una breve novela histórica sobre una familia de judíos sefarditas que huyen de la persecución de Torquemada y la Inquisición en la España de Isabel la Católica. Escrita con diamantina transparencia, la historia es, ante todo, una exquisita fábula histórica sobre la posibilidad del amor en una época en que el amor era prohibido.

En el 2003, la producción poética y teatral de Ricardo tomó un nuevo giro. 400 ojos de agua, una “farsa sacra” sobre la conquista (dirigida por René Lovo para Teatrio Producciones), resultó ser una obra provocadora y satírica, que ataca frontalmente la intolerancia y la hipocresía. Nada menos, dice Ricardo, se podrá afirmar de su nuevo libro de poemas, que promete “llevar la sinceridad hasta la injuria”.

“He vivido mucho tiempo”, asegura, “para poder llegar a ser sincero, porque cuesta mucho”.

 


JORGE ÁVALOS es un escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014. Sitio oficial: Imaginador: jorgeavalos.com